Capítulo 3 — Los invitados de sir Reginald #5
Lady Beatrice pronunció el nombre de su hijo en voz baja, y el reverendo Bell comenzó a hablar sobre las condiciones de la carretera que unía Moorbridge con el valle.
Charles se recostó en la silla, tomó la copa y no volvió a dirigirse a su padre durante varios minutos.
Eleanor mantuvo la vista en su plato, consciente de que había presenciado una discusión familiar que no le correspondía interpretar, pero la frase de sir Reginald había despertado en ella una asociación incómoda.
No confundas el silencio con la falta de respuesta.
Era una forma extraña de hablar de una carta, sobre todo en una casa donde los libros ausentes parecían ser motivo de preocupación.
Tal vez no hubiera relación entre ambos asuntos; tal vez solo estuviera buscando conexiones porque la invitación la había predispuesto a desconfiar.
Se recordó que su trabajo consistía en catalogar libros, no en inventar misterios donde solo había tensiones domésticas.
Cuando la comida terminó, sir Reginald anunció que debía atender varios asuntos en su despacho antes de la llegada del abogado y que esperaba ver a los invitados en el salón principal a las cuatro.
Lady Beatrice se retiró con Margaret para revisar los preparativos de la cena, mientras Charles dijo que necesitaba aire fresco y salió hacia el vestíbulo en busca de su abrigo.
El reverendo Bell se quedó unos minutos hablando con el anfitrión, y Eleanor aprovechó para regresar a su habitación y recoger la libreta.
Antes de abandonar el comedor, sin embargo, oyó que alguien pronunciaba en voz baja el nombre de una mujer, seguido de una respuesta que no logró distinguir.
No se detuvo a escuchar. Había llegado a Whitmore Manor para trabajar, y aunque la casa estaba llena de pequeños enigmas, todavía no tenía razones para pensar que alguno de ellos fuera asunto suyo.
Al salir al corredor, se encontró con Agnes Pritchard, que llevaba una lista de tareas y una llave distinta de la que había entregado por la mañana.
El ama de llaves le explicó que, si estaba preparada, podía acompañarla a la biblioteca principal.
Sir Reginald había dado finalmente su autorización para que comenzara el trabajo, aunque deseaba que Eleanor examinara primero los inventarios y se familiarizara con la disposición de la colección antes de tocar los ejemplares más antiguos.
Eleanor aceptó con una mezcla de alivio y expectación.
Había esperado durante horas la oportunidad de ver los libros, y por fin iba a entrar en la habitación que había motivado su viaje.
Sin embargo, cuando Agnes la condujo hacia el corredor oeste, no tomó el camino más directo.
Avanzó por una galería cubierta de retratos, atravesó una pequeña sala de música y se detuvo ante una puerta de roble con herrajes negros.
Más allá, el pasillo continuaba hacia una zona de la casa que parecía menos frecuentada.
El papel de las paredes cambiaba de color, las lámparas estaban más separadas y el aire era sensiblemente más frío.
—La biblioteca está al final de este corredor —dijo Agnes, introduciendo la llave en la cerradura—.
Le advierto que la casa puede resultar confusa al principio.
Hay habitaciones que se comunican entre sí y otras que permanecen cerradas durante gran parte del año.
Si necesita regresar a su habitación, es preferible que llame a alguien del servicio hasta que conozca bien el camino.
La puerta se abrió con un sonido profundo y Eleanor vio, al otro lado, una estancia cuya amplitud superaba todas sus expectativas.
Las estanterías de nogal se elevaban hasta el techo, interrumpidas por galerías superiores y escaleras móviles; varias lámparas de bronce colgaban sobre una gran mesa central, y una chimenea de piedra ocupaba el extremo más alejado de la habitación.
El olor del cuero antiguo y del papel envejecido llenaba el aire con una intensidad casi embriagadora.
Sobre una mesa lateral descansaban varios libros abiertos, un par de guantes blancos y un pequeño montón de fichas de catálogo.
Al fondo, junto a una ventana alta, había un escritorio cubierto de documentos y una caja de madera cerrada con llave.
Eleanor dio un paso hacia el interior, incapaz de ocultar la admiración que le producía aquella colección.
Durante unos segundos olvidó la tensión de la comida, la expresión de sir Reginald y las extrañas advertencias de Agnes.
Allí estaban los libros, miles de volúmenes reunidos a lo largo de generaciones, cada uno con su historia, sus marcas de propiedad y sus secretos posibles.
Pero cuando se acercó a la mesa central, algo llamó su atención antes incluso de que pudiera examinar los primeros ejemplares: sobre una ficha de inventario había una línea tachada con tinta negra, y debajo, escrita con una letra antigua y temblorosa, aparecía una anotación que alguien había intentado borrar sin conseguirlo del todo.
Diciembre de 1857. No trasladar este volumen sin autorización de la familia.
Eleanor leyó la frase dos veces. Después levantó la mirada hacia Agnes Pritchard, que permanecía junto a la puerta con las manos cruzadas sobre el delantal.
—¿A qué volumen se refiere esta anotación?
Por primera vez desde que había llegado a Whitmore Manor, el ama de llaves pareció verdaderamente incómoda. Su mirada se desvió hacia las estanterías del fondo y regresó enseguida a Eleanor.
—No lo sé, señorita. Esa ficha es muy antigua.
—Pero alguien se tomó la molestia de tachar la anotación.
Agnes apretó ligeramente los labios. Durante un instante pareció dispuesta a responder, pero al final se limitó a señalar la mesa y las estanterías.
—Será mejor que empiece por los inventarios más recientes. Sir Reginald le explicará cualquier detalle que considere necesario.
El ama de llaves salió de la biblioteca y cerró la puerta con suavidad.
Eleanor permaneció inmóvil, con la ficha entre los dedos y el rumor del fuego a su espalda.
En algún lugar de la casa sonó una campanilla, seguida por voces lejanas y el ruido de una puerta que se abría y volvía a cerrarse.
Afuera, la nieve continuaba cayendo sobre los jardines, cubriendo los caminos y borrando las huellas de quienes habían atravesado la propiedad aquella mañana.
Eleanor dejó la ficha sobre la mesa, abrió su libreta y anotó la fecha que acababa de encontrar.
No sabía qué libro había sido trasladado en diciembre de 1857, ni quién había escrito la advertencia, ni por qué alguien había intentado borrar aquellas palabras.
Pero empezaba a comprender que los volúmenes ausentes de Whitmore Manor no eran una simple cuestión de orden y catalogación.
Y mientras se preparaba para revisar los primeros registros, tuvo la impresión de que, en aquella casa, la Navidad no solo traía consigo reuniones familiares, regalos y cenas junto al fuego, sino también recuerdos que algunas personas habrían preferido dejar enterrados bajo la nieve.