El secreto de Whitmore Manor Capítulo 3 — Los invitados de sir Reginald #4
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Capítulo 3 — Los invitados de sir Reginald #4

Poco después del mediodía, Mary regresó para acompañarla al comedor.

El corredor parecía haber adquirido una actividad nueva: dos criados transportaban una bandeja de copas, una doncella colocaba flores frescas en un jarrón y, desde la cocina, llegaban el aroma de la carne asada y el sonido de utensilios chocando contra las superficies de trabajo.

Al pasar junto a una puerta entreabierta, Eleanor vio a una mujer joven sentada en una butaca junto a la ventana de una pequeña sala.

Tenía el cabello castaño rojizo recogido con una cinta oscura, el rostro pálido y unos ojos verdes que destacaban bajo unas cejas finas.

Vestía un traje de lana color gris perla, con una chaqueta entallada y un cuello de encaje sencillo.

Sobre las rodillas descansaba un libro de botánica ilustrado, y una mano sostenía una pequeña rama seca que parecía examinar con atención.

La joven levantó la vista al advertir la presencia de Eleanor y la observó con una curiosidad cautelosa antes de cerrar el volumen.

—Margaret —dijo Mary—, esta es la señorita Wren. Ha venido para trabajar en la biblioteca.

La joven se puso en pie con una elegancia natural, aunque su expresión permaneció reservada.

—Encantada de conocerla. Soy Margaret Ashford.

Eleanor le estrechó la mano. La de Margaret estaba fría, como si hubiera pasado bastante tiempo junto a la ventana, y sus dedos tenían pequeñas manchas verdes que no parecían proceder de la tinta.

—¿Le interesan las plantas? —preguntó Eleanor, señalando el libro.

—Mucho. Mi padre tenía un jardín bastante grande y me enseñó a reconocer las especies antes de que aprendiera a escribir correctamente.

Después de su muerte, me acostumbré a conservar muestras de las plantas que encontraba en los paseos.

Es una manera de recordar lugares que quizá ya no vuelva a visitar.

Había una melancolía serena en su respuesta, pero también una firmeza que hizo pensar a Eleanor que Margaret estaba acostumbrada a guardar para sí las partes más dolorosas de su historia.

La joven explicó que había pasado varios años lejos de Yorkshire y que el regreso a Whitmore Manor le resultaba extraño, aunque recordaba la casa desde su infancia.

Cuando Eleanor mencionó el invernadero que había visto desde su habitación, Margaret mostró por primera vez una expresión de auténtico entusiasmo.

—En invierno no parece gran cosa desde fuera, pero dentro hay plantas que mi tío abuelo se empeñó en conservar incluso cuando dejó de tener jardineros suficientes.

Algunas especies son delicadas y necesitan una temperatura constante.

Si tiene ocasión, debería visitarlo. La luz de la mañana es preciosa cuando se forma condensación sobre los cristales y el sol consigue atravesar la niebla.

—Me gustaría hacerlo. Aunque sospecho que mi primera obligación será familiarizarme con los libros.

Al escuchar aquella última palabra, Margaret bajó la mirada hacia el volumen que sostenía. El gesto fue tan rápido que Eleanor no habría podido asegurar que significara algo, pero la joven pareció perder parte de la espontaneidad que acababa de mostrar.

—Los libros de esta casa guardan muchas cosas —dijo—. Algunas son interesantes. Otras sería mejor dejarlas donde están.

Mary, que esperaba junto a la puerta, se volvió hacia ella con una expresión de advertencia apenas disimulada. Margaret cerró el libro y sonrió con una cortesía repentina, como si hubiera decidido corregir el rumbo de la conversación.

—Perdone. No pretendía parecer misteriosa. Es una costumbre familiar exagerar la importancia de las cosas antiguas. Mi tío abuelo cree que cualquier objeto que haya pertenecido a tres generaciones merece una vitrina y una explicación.

Eleanor respondió que, en su experiencia, los objetos antiguos solían resultar interesantes precisamente porque nadie recordaba con exactitud por qué se habían conservado.

Margaret pareció considerar la respuesta, y durante un instante sus miradas se encontraron con una comprensión que ninguna de las dos intentó explicar.

Después la joven se despidió y regresó a su asiento junto a la ventana.

Eleanor siguió a Mary hacia el comedor, pero se llevó consigo la impresión de que Margaret Ashford había hablado de los libros con una cautela que no correspondía del todo a una simple afición por la botánica.

El comedor principal era una estancia alargada, con una mesa de roble capaz de acomodar a más de una docena de personas y una chimenea de piedra donde ardían varios troncos de abedul.

Las paredes estaban cubiertas de paneles oscuros y retratos de antepasados, mientras que las ventanas, altas y estrechas, daban al jardín delantero.

Sobre la mesa se había dispuesto una mantelería blanca, platos de porcelana con bordes dorados, cubiertos de plata y copas de cristal que reflejaban la luz de los candelabros.

En el centro, una composición de acebo, hiedra y pequeñas rosas blancas recorría la mesa sin impedir la conversación, y a cada lado había fuentes con pan recién hecho y pequeñas porciones de mantequilla dispuestas sobre platos de plata.

El ambiente era cálido, casi festivo, y el aroma de la sopa, la carne asada y las hierbas frescas hacía que Eleanor sintiera de pronto un hambre considerable.

Había algo reconfortante en aquella abundancia cuidadosamente organizada, en la manera en que los criados se movían sin interrumpir las conversaciones y en el sonido de las copas cuando los invitados comenzaban a acomodarse en sus lugares.

Sir Reginald ocupaba la cabecera de la mesa, con Lady Beatrice a su derecha y Charles a su izquierda.

Margaret se sentó frente a su primo, mientras que el reverendo Samuel Bell, que acababa de entrar en el comedor, ocupó una silla junto a ella.

Era un hombre de cincuenta y dos años, de rostro largo, cabello castaño entrecano y ojos oscuros que transmitían una impresión de paciencia.

Vestía un traje negro impecable, con un chaleco gris y una pequeña cruz de plata prendida discretamente en la solapa.

Su expresión era amable, pero tenía una manera de observar a los demás que parecía más propia de alguien acostumbrado a escuchar confesiones que de un hombre dedicado únicamente a los sermones dominicales.

Saludó a Eleanor con una inclinación de cabeza y le preguntó si había tenido un buen viaje.

Después habló con sir Reginald sobre el estado de la iglesia de Moorbridge, la colecta para las familias necesitadas y las dificultades de algunos agricultores cuyas cosechas habían sufrido las primeras heladas.

Su tono era tranquilo y su conversación parecía evitar deliberadamente los asuntos personales, aunque cuando Charles hizo una broma sobre la costumbre del reverendo de convertir cualquier comida en una ocasión para hablar de la caridad, Samuel respondió con una sonrisa que no llegó a ocultar del todo su cansancio.

—La caridad es un tema que suele incomodar más a quienes pueden permitirse practicarla que a quienes la necesitan —dijo—. Por eso procuro mencionarla durante las comidas. Al menos así todos tienen algo en qué pensar antes de pedir el postre.

La respuesta provocó algunas risas y sirvió para suavizar el ambiente.

Eleanor observó que el reverendo conocía bien a los miembros de la familia y que sabía cuándo intervenir para impedir que una conversación se volviera demasiado áspera.

Sin embargo, también notó que evitaba mirar directamente a sir Reginald cuando se hablaba de asuntos antiguos.

No podía saber si aquello respondía a una diferencia de opiniones o a una simple costumbre personal, pero lo anotó mentalmente junto con las demás impresiones de la mañana.

La comida transcurrió entre conversaciones sobre el tiempo, los preparativos navideños y los últimos acontecimientos de la región.

Lady Beatrice se interesó por la vida en Ashcombe y preguntó a Eleanor si el pueblo conservaba todavía sus tradiciones de invierno.

Charles contó una anécdota sobre un viaje a Londres que terminó con un equipaje extraviado y un criado que confundió una caja de sombreros con una cesta de frutas.

Margaret intervino poco, aunque cuando el reverendo le preguntó por sus plantas mostró un conocimiento preciso de varias especies resistentes al frío y explicó que algunas podían conservarse durante meses si se secaban correctamente.

Sir Reginald escuchaba las conversaciones con una atención que a Eleanor le pareció casi excesiva.

En ocasiones sonreía, pero su mirada regresaba con frecuencia al extremo de la mesa donde descansaba una pequeña carpeta de cuero que había llevado consigo desde el despacho.

Cuando un criado retiró el primer plato, el baronet pidió que le sirvieran una copa de vino y preguntó a Margaret si había recibido noticias de una persona a la que había escrito semanas atrás.

La joven respondió que todavía no, y durante un instante la mesa quedó envuelta en un silencio tan breve como evidente.

—Las cartas parecen tardar más de lo razonable últimamente —comentó Lady Beatrice, intentando recuperar la conversación—. Quizá el tiempo esté afectando al servicio postal.

—O quizá algunas personas no tengan tanta prisa por responder como por ser escuchadas —replicó Charles, mirando a su padre.

Sir Reginald dejó la copa sobre la mesa y sostuvo la mirada de su hijo.

No levantó la voz ni hizo ningún gesto brusco, pero la expresión de su rostro cambió de una manera que Eleanor no pudo pasar por alto.

La cordialidad del anfitrión desapareció y dejó al descubierto una dureza que parecía mucho más antigua que aquella conversación.

—Hay asuntos que requieren paciencia, Charles. Te aconsejo que no confundas el silencio con la falta de respuesta.

—Y yo te aconsejo que no confundas la obediencia con el acuerdo.