Capítulo 3 — Los invitados de sir Reginald #3
No añadió nada más. Eleanor percibió que la respuesta no era exactamente una evasiva, pero tampoco ofrecía la información que había solicitado.
Decidió no insistir y regresó a su sillón justo cuando Mary entraba con una nueva tetera.
El servicio del té permitió que la conversación cambiara de rumbo, y Lady Beatrice comenzó a explicarle que la mansión se había construido en varias etapas, con una parte medieval incorporada a una estructura del siglo XVIII y numerosas reformas realizadas durante la época victoriana.
La galería de retratos, según dijo, era una de las pocas zonas donde todavía podía apreciarse el aspecto original de la casa.
Eleanor escuchó con interés y se preguntó si el cuadro fechado en 1857 formaba parte de aquella historia o si su presencia tenía un significado más personal.
No disponía de datos suficientes para extraer ninguna conclusión, y sabía que una curiosidad expresada demasiado pronto podía cerrar puertas que todavía no había tenido ocasión de abrir.
La conversación fue interrumpida por unas voces procedentes del corredor y el sonido de pasos que se acercaban con una energía mucho menos contenida que la del personal de la casa. Lady Beatrice miró hacia la puerta y dejó escapar un suspiro apenas perceptible.
—Ahí está Charles. Me sorprende que haya conseguido llegar antes de la comida.
La puerta se abrió sin que nadie llamara y entró un hombre de unos treinta y siete años, alto, de cabello castaño claro y rostro atractivo, aunque algo fatigado.
Llevaba un traje de montar de excelente calidad, botas oscuras y una corbata mal anudada que contrastaba con la elegancia del resto de su atuendo.
Tenía los ojos claros, una sonrisa fácil y una manera de ocupar el espacio que revelaba que estaba acostumbrado a recibir atención.
Al quitarse los guantes, Eleanor observó que sus dedos eran largos y cuidados, pero que uno de los puños de la camisa mostraba una pequeña mancha de tinta.
Charles Whitmore saludó a su madre con un beso en la mejilla y se volvió hacia Eleanor con una curiosidad que no intentó disimular.
—No recuerdo haberla visto antes. ¿Una nueva invitada de mi madre?
—La señorita Wren ha venido a trabajar en la biblioteca —respondió Lady Beatrice—. Sir Reginald la ha contratado para revisar los inventarios y catalogar una parte de la colección.
—Ah, la biblioteca. Entonces espero que tenga usted una paciencia extraordinaria. Mi padre es capaz de pasar una tarde entera discutiendo sobre una edición de la que nadie ha oído hablar y que probablemente no leerá jamás.
—Si el libro es interesante, la discusión puede merecer la pena —contestó Eleanor.
Charles sonrió, como si no hubiera esperado una respuesta tan rápida.
—Tiene razón. Tal vez debería pedirle que me recomendara algo para las vacaciones. Últimamente me cuesta encontrar una novela que no me aburra después de las primeras veinte páginas.
—Quizá el problema no esté siempre en las novelas.
La sonrisa de Charles se ensanchó, aunque sus ojos se estrecharon ligeramente.
—Eso mismo me dice mi madre cuando me encuentra leyendo el periódico durante la cena. Supongo que tendré que resignarme a que las mujeres de esta casa compartan una opinión sobre mis defectos.
Lady Beatrice le pidió que se sentara y dejara de hacer bromas a costa de sus invitados.
Charles obedeció, pero lo hizo con una despreocupación que parecía destinada a demostrar que no estaba acostumbrado a recibir órdenes.
Mientras se servía té, habló del estado de los caminos y de una partida de cartas que había jugado en York la semana anterior.
Mencionó a varios conocidos, describió una apuesta que había terminado de manera poco favorable y se burló de un hombre que, según él, había confundido la prudencia con la cobardía.
Eleanor escuchó sin intervenir demasiado.
Había conocido a hombres semejantes en las librerías, clientes que hablaban con generosidad de sus éxitos y convertían sus fracasos en anécdotas divertidas, pero que cambiaban de expresión cuando alguien preguntaba por los detalles.
Charles poseía encanto, sin duda, y una inteligencia rápida que le permitía salir airoso de las conversaciones; sin embargo, también parecía esforzarse demasiado en mantener la atención de los demás.
Cuando Lady Beatrice le preguntó si había recibido respuesta de su administrador sobre un asunto relacionado con las tierras familiares, Charles dejó la taza sobre el plato con un cuidado excesivo.
—Todavía no. El hombre está ocupado y no veo por qué habría de preocuparnos antes de Navidad.
—Tu padre esperaba tener esos documentos antes de que llegaran los invitados.
—Mi padre espera muchas cosas, madre. No todas son razonables.
La respuesta cayó con una frialdad que contrastaba con el tono ligero de la conversación anterior.
Lady Beatrice guardó silencio, y durante unos segundos el único sonido fue el del fuego al consumir un tronco.
Charles pareció darse cuenta de que había ido demasiado lejos y se apresuró a sonreír, preguntando a Eleanor si había encontrado ya algún libro de interés.
Ella respondió que aún no había comenzado el trabajo y que esperaba visitar la biblioteca por la tarde.
El joven se mostró sorprendido al saber que todavía no le habían permitido entrar, pero no hizo ningún comentario.
En cambio, se levantó para acercarse a la ventana y contempló el jardín, donde la nieve se acumulaba sobre los setos.
—Este tiempo va a arruinar la cena de Navidad si continúa así —dijo—. Algunos de los invitados tendrán que quedarse más días de lo previsto. Supongo que a mi padre le encantará tener la casa llena.
—Tu padre disfruta de la compañía de sus amigos —replicó Lady Beatrice.
—Siempre que todos hagan exactamente lo que él desea.
Antes de que su madre pudiera responder, Charles se volvió hacia Eleanor y le preguntó si le habían asignado una habitación cómoda.
La conversación recuperó un tono cordial, pero la tensión no desapareció por completo.
Eleanor comprendió que la relación entre madre e hijo estaba marcada por desacuerdos antiguos, aunque no podía determinar si se trataba de una disputa pasajera o de un conflicto más profundo.
Charles tenía la habilidad de transformar una conversación en una representación de sí mismo, pero debajo de su encanto había una impaciencia que parecía difícil de contener.
Cuando se marchó para cambiarse antes de la comida, dejó tras de sí un perfume amaderado y una sensación de energía inquieta que contrastaba con la calma del salón azul.
Lady Beatrice se disculpó por el comportamiento de su hijo con una frase breve, atribuyéndolo a la fatiga del viaje y a su costumbre de bromear cuando estaba de mal humor.
Eleanor aceptó la explicación sin comentarla.
No era asunto suyo juzgar las relaciones de una familia que apenas conocía, y había aprendido que los conflictos domésticos rara vez se comprendían a partir de una sola conversación.
Sin embargo, cuando la anfitriona le preguntó si necesitaba algo antes de la comida, Eleanor aprovechó para interesarse por el resto de los invitados.
Lady Beatrice le explicó que su sobrina Margaret Ashford había llegado la noche anterior, acompañada por el reverendo Samuel Bell, un viejo amigo de la familia que había aceptado pasar las fiestas en la mansión.
También esperaba la llegada de Edmund Vale, el abogado de los Whitmore, que debía viajar desde York si el estado de las carreteras lo permitía.
La señora Pritchard había reservado habitaciones para todos y preparado el comedor para una reunión que, según Lady Beatrice, sería más numerosa que la del año anterior.
—Margaret es una muchacha encantadora, aunque algo reservada —añadió—.
Ha tenido una vida menos fácil de lo que merece y, a veces, encuentra difícil confiar en las personas.
El reverendo Bell la conoce desde niña y ha sido una ayuda para ella en momentos complicados.
En cuanto al señor Vale, lleva tantos años ocupándose de los asuntos legales de la familia que casi podría considerarse parte de la casa.
Eleanor guardó los nombres en la memoria.
Una sobrina reservada, un reverendo que conocía a la familia desde hacía décadas y un abogado que intervenía en sus asuntos más delicados componían un grupo de personas cuyas relaciones podían ser mucho más complejas de lo que sugerían los títulos y los buenos modales.
No había nada extraordinario en ello; las familias acomodadas solían reunir en Navidad a parientes, amigos y profesionales que habían compartido años de confianza.
Aun así, Eleanor se preguntó si todos ellos conocían las discrepancias en los inventarios o si sir Reginald había decidido mantener el asunto en secreto incluso ante quienes estaban más cerca de él.
La respuesta, sospechaba, podía ser más reveladora que la propia ausencia de los libros.