Capítulo 3 — Los invitados de sir Reginald #2
Había en la voz de Mary una mezcla de orgullo y nerviosismo que Eleanor encontró agradable.
La muchacha hablaba con rapidez, como si temiera que una pausa pudiera ser interpretada como falta de educación, y parecía sinceramente interesada en que su nueva huésped se sintiera cómoda.
Mientras caminaban, le explicó que la casa estaba especialmente ocupada durante las fiestas, porque sir Reginald insistía en mantener las tradiciones familiares aunque el número de invitados hubiera disminuido con los años.
Había que limpiar la plata, preparar la vajilla, revisar los dormitorios y asegurarse de que las chimeneas funcionaran correctamente.
En la cocina, la señora Dobson llevaba varios días preparando conservas, pasteles y dulces, y el cocinero había encargado aves, pescado y grandes cantidades de fruta seca para la cena de Navidad.
Eleanor escuchó con interés aquellas explicaciones, que le ofrecían una imagen de la mansión mucho más humana que la que había percibido durante su conversación con sir Reginald.
Detrás de los retratos solemnes y los muebles antiguos había un ejército de personas que trabajaban para mantener viva la casa, y la Navidad, para ellas, significaba jornadas más largas, listas interminables y la satisfacción de que todo estuviera dispuesto a tiempo.
Al llegar al salón azul, Mary llamó suavemente y abrió la puerta después de recibir una respuesta desde el interior.
La habitación era una de las estancias más hermosas que Eleanor había visto hasta entonces.
Las paredes estaban revestidas de seda azul pálido, interrumpida por molduras blancas y grandes cuadros de paisajes; las cortinas, de terciopelo azul oscuro, caían hasta el suelo, y un enorme espejo dorado reflejaba la luz de las ventanas y el resplandor de la chimenea.
Cerca del hogar había un sofá curvo, dos sillones tapizados en brocado y una mesa de centro sobre la que descansaban un jarrón con flores de invierno, una caja de bombones y varias tarjetas navideñas.
En un rincón, un pequeño árbol decorado con cintas de seda, manzanas rojas y adornos de cristal capturaba la luz de las llamas.
A diferencia del vestíbulo, donde la decoración parecía destinada a recordar la historia de la familia, el salón azul tenía una calidez más íntima, como si estuviera pensado para las conversaciones tranquilas, el té de la tarde y las visitas que se prolongaban hasta que el frío obligaba a cerrar las cortinas.
Junto a la ventana se encontraba Lady Beatrice Whitmore, una mujer de cincuenta y ocho años, alta y delgada, cuya elegancia parecía haber sobrevivido a las modas sin someterse por completo a ninguna de ellas.
Vestía un traje de seda color ciruela con un cuello de encaje blanco, y llevaba sobre los hombros una chaqueta ligera bordada con pequeñas flores.
Su cabello, plateado en las sienes y más oscuro en la parte posterior, estaba recogido en un peinado elaborado que dejaba al descubierto un rostro de facciones finas, nariz recta y labios estrechos.
No era una belleza convencional, pero poseía una distinción que hacía difícil ignorarla; se movía con economía de gestos y mantenía la espalda recta incluso cuando se inclinaba para recoger un objeto de la mesa.
Sus ojos, de un azul claro casi transparente, parecían habituados a examinar a las personas sin revelar demasiado de lo que pensaba.
Cuando Mary anunció a Eleanor, Lady Beatrice dejó sobre una mesa las tijeras con las que estaba cortando una cinta y se volvió hacia ella con una sonrisa educada.
—Señorita Wren. Por fin tengo el placer de conocerla. Mi marido me ha hablado de su llegada y de la ayuda que va a prestarnos con la biblioteca. Espero que encuentre la casa cómoda y que el viaje no haya sido demasiado fatigoso.
—Ha sido muy agradable, milady. El paisaje es precioso, incluso con este tiempo.
—Yorkshire tiene la costumbre de mostrar su mejor carácter cuando uno está dispuesto a soportar su peor clima —respondió Lady Beatrice—.
En verano, nuestros jardines son motivo de orgullo; en invierno, la casa entera parece haberse construido para que nadie tenga que abandonarla. Siéntese, por favor. ¿Le apetece té?
Eleanor aceptó y ocupó el sillón que la anfitriona le señaló.
Lady Beatrice hizo sonar una pequeña campanilla de plata y pidió a Mary que trajera una tetera recién preparada, junto con un plato de pastas y unas rodajas de limón.
La conversación comenzó con los temas habituales: el viaje, el estado de los caminos, las dificultades de mantener una casa tan antigua y los preparativos para las fiestas.
Lady Beatrice hablaba con soltura, aunque sus palabras parecían haber pasado por un filtro de prudencia antes de salir de sus labios.
Cuando Eleanor mencionó la biblioteca, la expresión de la mujer se iluminó durante un instante, como si hubiera encontrado un asunto sobre el que le resultaba más fácil hablar.
—Mi marido siente un cariño extraordinario por sus libros.
Algunos llevan en la familia desde antes de que yo naciera, y otros los ha adquirido él mismo a lo largo de los años.
A veces creo que conoce mejor las vidas de los hombres que escribieron esos volúmenes que las de las personas que se sientan a su mesa.
—Los libros tienen la ventaja de no contradecirnos cuando los conocemos bien —dijo Eleanor—. Aunque también pueden sorprendernos cuando creemos saberlo todo sobre ellos.
Lady Beatrice la observó con interés y dejó escapar una risa suave.
—Me temo que eso último describe bastante bien a mi marido.
Tiene una memoria extraordinaria y no olvida con facilidad ni un dato ni una ofensa.
Pero no debe preocuparse por él. Si se muestra exigente, es porque desea que las cosas se hagan correctamente.
La biblioteca es una de las pocas cosas que todavía le proporcionan un placer verdadero.
La frase estaba pronunciada con afecto, pero Eleanor advirtió una nota de cansancio que no parecía corresponder únicamente a las manías de un coleccionista.
Lady Beatrice se ocupó de servir el té y le preguntó por su librería, por la manera en que había aprendido a catalogar ediciones antiguas y por el estado del comercio de libros en los pueblos pequeños.
Sus preguntas eran inteligentes y específicas, y Eleanor descubrió que su interlocutora conocía más de literatura de lo que habría imaginado al verla supervisando las decoraciones navideñas.
Hablaron de Dickens, de las novelas de George Eliot y de la creciente popularidad de las historias de misterio, género que Lady Beatrice confesó leer en secreto cuando deseaba distraerse de las obligaciones sociales.
Según dijo, en una novela podía soportar un asesinato siempre que el detective tuviera buenos modales y que la solución no dependiera de una casualidad absurda.
Eleanor estuvo de acuerdo en que un misterio debía ofrecer al lector suficientes pistas para permitirle sospechar, aunque no necesariamente acertar.
—La vida real es menos generosa —añadió Lady Beatrice mientras dejaba la taza sobre el plato—.
En una novela, cuando alguien oculta algo, tarde o temprano aparece una carta, un testigo o una confesión que permite comprenderlo todo.
En una familia, los silencios pueden durar décadas y nadie está obligado a explicarlos.
La observación quedó suspendida entre ambas durante unos segundos.
Eleanor no supo si Lady Beatrice hablaba en términos generales o si había aludido, sin proponérselo, a algún asunto particular de los Whitmore.
La anfitriona pareció advertir que había dicho más de lo previsto, porque enseguida retomó la conversación sobre los preparativos navideños y le contó que la cena de Nochebuena reuniría a los miembros de la familia y a varios amigos antiguos.
Después se levantó para comprobar la disposición de las flores en una consola, y Eleanor aprovechó para observar con más atención los cuadros de la estancia.
Uno de ellos representaba a una joven vestida de blanco, sentada junto a un rosal, con un libro cerrado sobre las rodillas.
Tenía el cabello oscuro y una expresión melancólica, y el marco llevaba una pequeña placa con una fecha: 1857.
Eleanor se acercó lo suficiente para leerla, pero Lady Beatrice regresó a su lado antes de que pudiera examinar el retrato con detenimiento.
—Es un cuadro hermoso —comentó Eleanor—. ¿Quién es la joven?
Lady Beatrice siguió la dirección de su mirada y, por un instante, perdió la expresión cordial.
—Una pariente lejana. El retrato llegó a la casa hace muchos años y nadie ha considerado necesario trasladarlo.
—Parece muy joven.
—Lo era. En aquella época, las familias tenían la costumbre de encargar retratos a sus hijas antes de que se casaran. Era una forma de conservar su imagen cuando todavía pertenecían al hogar familiar.