El secreto de Whitmore Manor Capítulo 3 — Los invitados de sir Reginald
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Capítulo 3 — Los invitados de sir Reginald

Cuando Agnes Pritchard regresó a buscarla, Eleanor llevaba casi media hora contemplando la nieve desde la ventana de la pequeña sala de estar y había terminado la taza de té acompañada de dos pastas de mantequilla que, pese a su discreción inicial, resultaron demasiado deliciosas para dejar una tercera en el plato.

El ama de llaves apareció con la misma expresión serena con la que la había recibido, aunque ahora llevaba sobre el brazo una pequeña manta de lana doblada y en la mano una llave de latón sujeta a una cinta oscura.

Le explicó que su habitación estaba preparada y que, antes de la comida, tendría tiempo de instalarse y cambiarse de vestido si lo deseaba.

Eleanor recogió la libreta, guardó la carta de sir Reginald en el bolso y la siguió por el corredor.

Al abandonar la sala, descubrió que el vestíbulo parecía aún más impresionante desde aquella perspectiva: la escalera se dividía en dos tramos al llegar al primer rellano, donde un gran ventanal iluminaba una colección de retratos familiares; el suelo de piedra, cubierto en parte por una alfombra persa de tonos rojizos, reflejaba la luz de las lámparas, y las paredes estaban adornadas con lanzas antiguas, pequeños escudos y dos espadas cruzadas bajo un cuadro que representaba a un caballero montado a caballo.

A ambos lados de la chimenea principal había sillones de cuero oscuro, tan profundos que uno podía imaginar a sus ocupantes pasando allí las tardes de invierno con una manta sobre las rodillas y un libro abierto entre las manos.

Sin embargo, aquella comodidad tenía algo ceremonioso.

Los objetos parecían colocados para recordar la antigüedad de la familia, y hasta las flores frescas del jarrón central, una mezcla de acebo, hiedra y rosas blancas, se encontraban distribuidas con una precisión que hacía difícil creer que alguien las hubiera arreglado sin medir previamente la distancia entre cada rama.

—La casa es más grande de lo que parece desde fuera —comentó Eleanor mientras subían la escalera.

—Siempre ocurre lo mismo con las casas antiguas —respondió Agnes—.

Se construyen para una familia y terminan alojando las necesidades de varias generaciones.

Cada una añade una habitación, cierra una puerta, abre otra y, cuando uno quiere darse cuenta, hay corredores que apenas se utilizan y habitaciones cuyo propósito original ya nadie recuerda.

Lo dijo con naturalidad, pero Eleanor percibió que el ama de llaves había elegido las palabras con cierto cuidado.

No había nada extraño en que una mansión antigua acumulara dependencias olvidadas; lo que le llamó la atención fue la seguridad con que Agnes habló de las puertas cerradas, como si no se tratara de una cuestión arquitectónica, sino de una costumbre que había aprendido a respetar.

Antes de que Eleanor pudiera hacer algún comentario, llegaron al primer piso y avanzaron por un corredor donde las paredes estaban cubiertas de papel verde con pequeñas flores doradas.

A intervalos regulares había mesas estrechas con jarrones, cajas de madera tallada y fotografías familiares en marcos de plata.

El ambiente olía a cera de abeja, lavanda y leña, con un fondo de aire frío que se filtraba desde las ventanas situadas al final del pasillo.

Detrás de una puerta cerrada se oía el golpeteo de una máquina de coser; más adelante, una doncella salió de una habitación con una pila de sábanas limpias, se apartó rápidamente para dejarlas pasar y saludó al ama de llaves con una inclinación de cabeza.

Agnes le devolvió el saludo y continuó sin detenerse.

La habitación de Eleanor se encontraba en el ala este, al final de un pasillo más estrecho que daba a una pequeña galería acristalada.

Era amplia, con una cama de nogal de cabecero alto, dos mesillas a juego, un armario de puertas talladas y una cómoda sobre la que habían dispuesto una jarra de agua, una palangana de porcelana y una bandeja con jabón perfumado.

Las cortinas, de un verde profundo, estaban recogidas con cordones de seda, y junto a la ventana había un sillón tapizado en color crema, una mesita redonda y una lámpara de pantalla marfil.

En la chimenea ardía un fuego modesto que calentaba el centro de la estancia, mientras una alfombra gruesa cubría buena parte del suelo.

Sobre la cama habían dejado una colcha blanca con bordados de pequeñas flores y, a los pies, una manta adicional de lana gris.

Eleanor se acercó a la ventana y comprobó que desde allí podía ver el jardín lateral, el invernadero y una parte de los terrenos que descendían hacia el bosque.

El invernadero era una construcción de hierro y cristal, con el tejado inclinado cubierto de nieve y varias ventanas empañadas por la diferencia de temperatura.

A su alrededor se distinguían macizos de rosales, setos cuidadosamente recortados y un sendero que desaparecía detrás de un grupo de árboles.

Más allá, el bosque se extendía hasta perderse en una bruma grisácea que parecía fundirse con el cielo.

—Si necesita algo, tire de la campanilla que hay junto a la cama —dijo Agnes, señalando un cordón de seda—.

La doncella de su planta acudirá a atenderla.

La comida se sirve a la una y media, y el té de la tarde a las cuatro.

Sir Reginald suele desayunar temprano y trabajar en su despacho hasta la hora de la comida, pero hoy recibirá a los invitados en el salón principal antes de sentarse a la mesa.

—¿Hay muchos invitados?

—Los habituales de Navidad, además de algunos familiares que han llegado antes de lo previsto. La señora Whitmore se encuentra en el salón azul, supervisando los preparativos. Si desea conocerla, estoy segura de que agradecerá saludarla antes de la comida.

Eleanor se volvió hacia ella.

—Me gustaría hacerlo. No quisiera que mi llegada interrumpiera los preparativos de la familia.

—La señora Whitmore sabe que viene usted. Le he comunicado que ha llegado y ha pedido que la acompañe al salón cuando esté preparada.

Agnes dejó la llave sobre la cómoda y comprobó con una mirada que todo se encontraba en orden. Antes de salir, se detuvo junto a la puerta y pareció recordar una instrucción que no había mencionado.

—Una cosa más, señorita Wren. La biblioteca principal permanece cerrada hasta que sir Reginald dé su autorización. Cuando llegue el momento, yo misma la acompañaré. Mientras tanto, puede utilizar el salón de lectura del ala este si desea trabajar o descansar.

—Por supuesto.

—Y si oye pasos durante la noche, no se alarme. El personal tiene que atender varias habitaciones y, con este tiempo, hay que comprobar con frecuencia las ventanas y las chimeneas.

La explicación era perfectamente razonable, pero Eleanor se preguntó por qué Agnes consideraba necesario prevenirla contra el ruido de unos pasos.

Tal vez los huéspedes que llegaban a Whitmore Manor eran menos comprensivos con las incomodidades de una casa antigua de lo que ella suponía, o quizá el ama de llaves había tenido experiencias desagradables con visitantes demasiado imaginativos.

Eleanor no insistió. Agradeció las atenciones, cerró la puerta y comenzó a deshacer la maleta, colocando los vestidos en el armario y dejando el cuaderno de notas sobre la mesita.

Después se acercó al fuego, extendió las manos para calentarlas y examinó la habitación con la satisfacción de quien aprecia los detalles bien elegidos.

La casa podía tener sus peculiaridades, pero nadie podía negar que sus propietarios sabían recibir a sus invitados.

Cuando terminó de instalarse, Eleanor se cambió el vestido de viaje por uno de lana color ciruela, con cuello alto de encaje y puños rematados con pequeños botones de nácar.

Se colocó el broche de plata en el cuello, se recogió de nuevo el cabello y añadió a su atuendo una pequeña cadena de reloj que había pertenecido a su padre.

Antes de salir, abrió la libreta y anotó la hora de llegada, el nombre de Agnes Pritchard y la indicación de que la biblioteca seguía cerrada.

No estaba acostumbrada a registrar sus impresiones personales con tanta meticulosidad, pero la insistencia de sir Reginald en mantener ciertos asuntos bajo su control le había despertado una curiosidad que prefería no dejar a merced de la memoria.

Guardó la libreta en el bolso y salió al corredor, donde una doncella joven, de cabello rubio rojizo y rostro pecoso, estaba retirando una bandeja de una mesa auxiliar.

La muchacha llevaba un vestido gris, un delantal blanco y una cofia sencilla que dejaba escapar algunos mechones junto a las orejas.

Al verla, se apartó para dejarle paso y le dedicó una sonrisa espontánea que contrastaba con la reserva del resto del personal.

—¿Es usted la señorita Wren? —preguntó—. Soy Mary Collins. La señora Pritchard me ha dicho que la acompañe al salón azul.

—Encantada, Mary. ¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?

—Desde que cumplí diecisiete años, señorita.

Hará casi tres años en primavera. Antes vivía con mis padres en Moorbridge, pero mi madre enfermó y necesitábamos el sueldo.

La señora Pritchard me enseñó el trabajo y ahora me ocupo de las habitaciones del ala este y de ayudar a las otras doncellas cuando hay invitados.