Capítulo 2 — El camino entre la nieve #5
Unos minutos después, la puerta volvió a abrirse.
Esta vez apareció un hombre de unos sesenta años, de cabello plateado y rostro alargado, vestido con un traje oscuro de corte impecable y una corbata de seda color vino.
Tenía la espalda recta, las manos finas y una expresión que combinaba la autoridad de quien está acostumbrado a ser obedecido con el cansancio de quien lleva demasiado tiempo preocupado por asuntos que no puede resolver.
Sus ojos eran de un azul pálido, casi gris, y al mirar a Eleanor parecieron examinarla con la misma atención con que ella había estudiado el sello de su carta.
No sonrió inmediatamente; primero observó su rostro, luego la taza de té y, por último, la maleta que el criado acababa de dejar junto a la puerta.
Solo entonces inclinó la cabeza con cortesía.
—Señorita Wren. Soy Reginald Whitmore. Le agradezco que haya aceptado venir con tan poca antelación.
Eleanor se levantó y le tendió la mano. Sir Reginald la estrechó con firmeza, sin prolongar el gesto más de lo necesario, y señaló el sillón frente al suyo.
Su voz era grave y clara, con una pronunciación cuidada que revelaba una educación esmerada, aunque no tenía el tono altivo que Eleanor había imaginado al leer la carta.
Cuando se sentó, el baronet apoyó las manos sobre los brazos del sillón y permaneció unos segundos en silencio, como si estuviera decidiendo por dónde comenzar una conversación que ya había ensayado mentalmente.
—Me han hablado bien de su trabajo —dijo al fin—. Tengo entendido que sabe distinguir una edición corriente de un ejemplar que merece atención, y que no se limita a copiar lo que encuentra en los registros.
—Procuro comprobar los datos siempre que es posible. Un inventario puede ser útil, pero no es infalible. Los libros cambian de propietario, se trasladan de una habitación a otra y, en ocasiones, las anotaciones de quienes los catalogaron hace años contienen errores.
—Precisamente. Por eso la he llamado. Mi biblioteca ha pasado por varias reorganizaciones, y los registros más recientes no concuerdan con algunos documentos antiguos. No deseo que se saquen conclusiones precipitadas ni que se modifique nada antes de que yo haya revisado sus observaciones.
La frase era prácticamente idéntica a la de la carta, pero escuchada en voz alta adquiría un peso diferente.
Eleanor mantuvo la expresión serena y preguntó cuántos volúmenes debía examinar y si existía un catálogo general que pudiera servirle como punto de partida.
Sir Reginald respondió que la colección comprendía varios miles de ejemplares, distribuidos entre la biblioteca principal y dos salas menores, y que los registros estaban guardados en un armario del despacho.
Le facilitaría acceso a los documentos y esperaba que comenzara por los volúmenes anteriores a 1860, prestando especial atención a las ediciones históricas y a los libros que aparecían mencionados en inventarios familiares antiguos.
No le ofreció una explicación sobre la importancia de aquella fecha, y Eleanor, recordando la advertencia de Arthur, decidió no preguntar todavía.
Antes de terminar la conversación, sir Reginald le aseguró que dispondría de tiempo suficiente para trabajar y que la casa permanecería abierta a sus consultas durante la estancia.
Sin embargo, cuando Eleanor mencionó la posibilidad de revisar los libros con la ayuda de un miembro del servicio que conociera la disposición de las estanterías, el baronet respondió con una rapidez que parecía indicar que había anticipado la pregunta.
—La señora Pritchard podrá mostrarle las habitaciones y facilitarle cuanto necesite, pero le agradecería que realizara el examen de los registros por su cuenta.
La historia de esta biblioteca es asunto de la familia y prefiero que las primeras observaciones se mantengan entre nosotros hasta que podamos determinar su significado.
Eleanor inclinó ligeramente la cabeza. No era una petición insólita; muchos coleccionistas preferían mantener en privado los detalles de sus adquisiciones, especialmente cuando se trataba de objetos heredados.
Aun así, la insistencia de sir Reginald en la confidencialidad le pareció más intensa de lo que cabía esperar de una simple catalogación.
Se preguntó si existía una disputa familiar, si alguno de los volúmenes había sido vendido sin autorización o si la colección contenía documentos cuyo valor excedía el estrictamente literario.
No expresó ninguna de aquellas hipótesis.
Se limitó a confirmar que respetaría la privacidad de la familia y que no alteraría los registros sin consultarlo.
Sir Reginald pareció satisfecho con la respuesta, aunque su expresión no se relajó del todo.
—Muy bien. La biblioteca está al final del corredor oeste, más allá de la galería de retratos.
La señora Pritchard la acompañará después de que haya descansado.
Le recomiendo que lleve ropa abrigada; la habitación es amplia y, aunque encendemos la chimenea, el calor tarda en llegar a todos los rincones.
En cuanto a los libros, le ruego que los trate con cuidado. Algunos son irremplazables.
Se levantó para dar por concluida la entrevista y, al hacerlo, pareció recordar algo que había dejado fuera de la conversación.
—Una última cuestión, señorita Wren. Si encuentra un volumen cuyo título no figure en los inventarios, no intente buscarlo por toda la casa ni pregunte por él a los demás invitados.
Anote el dato y comuníquemelo directamente.
Es posible que algunos libros hayan sido trasladados por motivos que no guardan relación con su catalogación.
Eleanor sostuvo su mirada sin mostrar sorpresa.
—Por supuesto, sir Reginald. Registraré las discrepancias y esperaré sus instrucciones antes de realizar cualquier otra comprobación.
El baronet le agradeció la respuesta y salió de la sala, dejando tras de sí el leve olor de su colonia y el sonido de sus pasos sobre el suelo de madera.
Eleanor volvió a sentarse lentamente. En el jardín, la nieve había comenzado a caer con más intensidad, y los copos se acumulaban sobre la barandilla de piedra.
El té seguía caliente, el fuego crepitaba y la habitación conservaba aquella comodidad que parecía propia de una casa preparada para recibir a sus huéspedes durante las fiestas.
Sin embargo, la conversación había dejado una impresión distinta de la que Eleanor esperaba.
Sir Reginald no le había hablado como un hombre que deseaba poner orden en una biblioteca, sino como alguien que temía que ciertos libros fueran encontrados, y que había contratado a una especialista precisamente porque necesitaba saber qué faltaba sin permitir que nadie más lo supiera.
Eleanor abrió la libreta que Arthur le había regalado y escribió la fecha en la primera página.
Debajo anotó tres observaciones: inventarios incompletos; atención especial a los volúmenes anteriores a 1860; no preguntar a los invitados por los libros ausentes .
Se quedó mirando la última frase durante unos segundos y luego cerró la libreta, convencida de que no debía dejarse llevar por las sospechas antes de haber visto la colección.
Afuera, el viento empezó a golpear las ventanas con ráfagas más fuertes, y en algún lugar de la mansión una puerta se cerró con un ruido seco que resonó por el corredor.
Eleanor se acercó a la ventana para contemplar el jardín, donde los caminos comenzaban a desaparecer bajo una capa nueva de nieve.
A través de los árboles alcanzó a distinguir la verja por la que había entrado el carruaje, ahora convertida en una línea oscura entre el blanco del paisaje y el gris del cielo.
Pensó que, si el temporal continuaba, quizá tendría que prolongar su estancia más de lo previsto, aunque la idea no le desagradó tanto como debería.
Whitmore Manor era una casa hermosa, llena de libros y de habitaciones que parecían conservar el eco de generaciones anteriores; una casa donde la Navidad se anunciaba en los adornos, en el fuego de las chimeneas y en las bandejas de dulces que circulaban por los salones, pero donde ciertas conversaciones se interrumpían antes de llegar a su verdadero asunto.
Eleanor no sabía todavía qué había ocurrido entre los muros de aquella propiedad ni por qué sir Reginald se preocupaba tanto por los volúmenes que faltaban en sus inventarios.
Solo sabía que, antes de que pudiera abrir el primer libro, ya había recibido una serie de instrucciones destinadas a impedirle hacer precisamente aquello que mejor sabía hacer: seguir una pista hasta descubrir adónde conducía.