El secreto de Whitmore Manor Capítulo 2 — El camino entre la nieve #4
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Capítulo 2 — El camino entre la nieve #4

Los pinos crecían allí muy juntos, altos y oscuros, con las ramas inferiores cargadas de nieve.

Entre sus troncos se abrían claros donde la luz caía sobre la tierra como una sábana pálida, y en algunos lugares el camino pasaba junto a muros antiguos cubiertos de musgo y hielo.

Eleanor distinguió una verja de hierro oxidado, una caseta de piedra abandonada y los restos de lo que parecía haber sido una antigua entrada a la propiedad.

La carretera principal continuó ascendiendo hasta una curva desde la que, por primera vez, pudo ver Whitmore Manor.

La mansión se alzaba sobre una elevación rocosa al otro lado de un valle estrecho, con una fachada de piedra gris que contrastaba con la blancura de los jardines.

Sus ventanas altas reflejaban el cielo invernal, y varias chimeneas desprendían columnas de humo que el viento arrastraba hacia el bosque.

Dos alas laterales se extendían a ambos lados del edificio principal, formando una estructura irregular que parecía haber crecido con el paso de las generaciones.

La parte más antigua conservaba ventanas estrechas y muros gruesos, mientras que una ampliación posterior mostraba balcones de hierro y grandes ventanales que daban a la terraza.

En el centro, sobre la entrada principal, se distinguía el escudo de los Whitmore tallado en piedra, con el mismo árbol que Eleanor había visto impreso en el lacre de la carta.

La primera impresión fue de belleza, pero también de una gravedad difícil de definir.

Whitmore Manor no parecía una casa abandonada ni una ruina romántica, sino una propiedad cuidada con esmero, acostumbrada a la presencia de sus habitantes y a la llegada periódica de invitados.

Los jardines estaban delimitados por setos recortados, los caminos principales habían sido despejados de nieve y junto a la escalinata se habían colocado dos grandes macetas con pequeños abetos adornados con cintas rojas.

Sin embargo, la amplitud de la fachada, la altura de las ventanas y la sombra proyectada por el bosque daban al edificio una presencia que no resultaba del todo acogedora.

Eleanor pensó que, en primavera, la mansión debía de parecer más luminosa, cuando los rosales treparan por los muros y los jardines recuperaran sus colores; en aquel día de diciembre, en cambio, el conjunto tenía la solemnidad de un retrato antiguo, hermoso y distante, en el que cada figura parecía guardar una historia que no deseaba contar.

El carruaje atravesó una verja abierta y siguió por una avenida bordeada de árboles.

A medida que se acercaban a la casa, Eleanor distinguió los detalles que desde la colina no había podido apreciar: las molduras de piedra alrededor de las ventanas, las contraventanas pintadas de verde oscuro, las lámparas de hierro que flanqueaban la entrada y una hilera de pequeñas figuras talladas en los remates del tejado.

En el jardín delantero, un jardinero de rostro colorado recogía ramas caídas junto a un seto, mientras otro hombre transportaba una caja de madera hacia una puerta lateral.

En las ventanas del piso inferior se adivinaban cortinas pesadas y, detrás de una de ellas, una silueta se apartó en cuanto el carruaje apareció en la avenida.

Eleanor no supo si se trataba de un criado que observaba la llegada o de uno de los miembros de la familia, pero el movimiento fue tan rápido que apenas tuvo tiempo de distinguir la figura.

Hargreaves detuvo los caballos frente a la escalinata principal y bajó del pescante para abrir la portezuela.

Antes de que Eleanor pudiera poner un pie en el suelo, la puerta de la mansión se abrió y apareció una mujer alta, vestida de negro, con un delantal blanco impecable sobre una falda oscura.

Tendría unos cincuenta y cinco años, el cabello gris recogido con severidad bajo una cofia sencilla y un rostro de líneas firmes que parecía haber aprendido a desconfiar de las sorpresas.

Sus ojos, pequeños y atentos, recorrieron a Eleanor desde el sombrero hasta las botas con la precisión de quien evalúa si una persona está preparada para cumplir las tareas que se le encomiendan.

No había hostilidad abierta en su expresión, pero tampoco una cordialidad espontánea.

A su espalda, el vestíbulo se extendía bajo una lámpara de cristal, con paredes revestidas de madera oscura y un suelo de piedra pulida donde la luz de las ventanas dibujaba rectángulos pálidos.

—Señorita Wren —dijo la mujer, inclinando ligeramente la cabeza—. Soy Agnes Pritchard, ama de llaves de Whitmore Manor. Sir Reginald la espera. Permítame que le indique dónde puede dejar su abrigo y su equipaje.

Eleanor le agradeció la bienvenida y subió los escalones con cuidado, notando cómo el aire de la mansión olía a cera, leña y flores cortadas.

Hargreaves entregó la maleta a un joven criado que había aparecido junto a la puerta lateral, y Agnes se apartó para dejarla entrar.

El vestíbulo era más cálido de lo que Eleanor había imaginado.

Una chimenea de mármol ocupaba la pared principal, con un fuego amplio y brillante, y sobre la repisa descansaban un reloj de bronce, dos candelabros y un jarrón de ramas de acebo.

A ambos lados de la entrada se abrían pasillos que conducían a otras habitaciones; en uno de ellos, una escalera de roble ascendía hacia el piso superior con una barandilla tallada y una alfombra roja que amortiguaba los pasos.

En las paredes colgaban retratos de hombres y mujeres vestidos según las modas de diferentes épocas, todos con expresiones serias y miradas que parecían seguir al visitante mientras avanzaba.

Eleanor reconoció el estilo de algunos marcos como propio de principios del siglo XIX, y se preguntó si aquellas pinturas formaban parte de la colección familiar o si habían sido trasladadas desde otras propiedades a lo largo de los años.

—Espero que el viaje no haya resultado demasiado incómodo —dijo Agnes mientras un criado se llevaba el abrigo de Eleanor—.

El tiempo ha empeorado desde esta mañana y el camino estará difícil durante los próximos días.

Hemos preparado una habitación en el ala este, donde podrá descansar antes de reunirse con sir Reginald.

—El viaje ha sido agradable, gracias. El cochero ha tenido mucho cuidado y la carretera estaba mejor de lo que esperaba.

—El señor Hargreaves conoce cada piedra del camino. Si alguien puede llegar a la mansión durante una nevada, es él.

La respuesta fue pronunciada con una sobriedad que no dejaba claro si se trataba de un elogio o de una simple constatación.

Agnes condujo a Eleanor hacia una pequeña sala contigua al vestíbulo, donde había un sofá tapizado en terciopelo verde, dos sillones de respaldo alto y una mesa baja cubierta con un mantel de encaje.

Sobre una bandeja de plata aguardaban una tetera, una jarra de leche, una fuente de pastas de mantequilla y un plato con rodajas de limón.

La habitación tenía las cortinas abiertas y una ventana desde la que se veía el jardín lateral, con un sendero que desaparecía entre los árboles.

Eleanor sintió de inmediato el contraste entre aquella estancia cálida y la severidad del exterior.

Había un fuego encendido, cojines bordados sobre el sofá y un pequeño jarrón con rosas blancas que, a pesar de la estación, desprendían un perfume delicado.

Todo parecía dispuesto para que un invitado se sintiera bien recibido, aunque la pulcritud de los muebles y la disposición exacta de cada objeto sugerían que nadie debía alterar demasiado aquel orden.

—Sir Reginald está terminando una reunión —explicó Agnes—. Me ha pedido que le comunique que la recibirá en cuanto le sea posible. Mientras tanto, puede tomar algo caliente. El viaje desde Moorbridge suele dejar frías hasta las manos más acostumbradas al invierno.

Eleanor aceptó el té y dio las gracias. Cuando el ama de llaves se disponía a marcharse, reparó en que había dejado de mirar la estancia para observar, durante un instante, el pasillo que se abría más allá de la puerta.

Fue un movimiento leve, casi involuntario, pero su rostro adquirió una tensión que desapareció en cuanto se volvió de nuevo hacia Eleanor.

—¿Necesita alguna cosa más, señorita Wren?

—Por el momento, no. Todo es muy confortable.

—Me alegro. En esta casa procuramos que los huéspedes tengan cuanto necesitan. Si desea algo, puede llamar a una de las doncellas o pedírmelo directamente.

Agnes inclinó la cabeza y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.

Eleanor se quedó sola con su taza de té y el rumor del fuego.

Desde algún lugar del piso superior llegaba el sonido de pasos, seguido por el cierre de una puerta y el murmullo de voces que no alcanzó a distinguir.

La mansión estaba llena de actividad, aunque cada ruido parecía amortiguado por las alfombras, las cortinas gruesas y las paredes de piedra.

Eleanor bebió un sorbo y miró hacia el jardín.

A través de los cristales vio caer unos pocos copos de nieve, que se posaron sobre las ramas de un rosal y desaparecieron casi de inmediato al tocar las hojas oscuras.

Había llegado a Whitmore Manor con la intención de ordenar una biblioteca, descubrir algunas ediciones valiosas y regresar a Ashcombe antes de que terminara el año.

Todavía no había visto un solo libro, y sin embargo empezaba a sospechar que la casa exigía de sus visitantes algo más que puntualidad y buenos modales.