Capítulo 2 — El camino entre la nieve #3
El tren llegó a Moorbridge poco después de las diez y media.
La estación era más pequeña que la de Ashcombe y estaba rodeada de colinas cubiertas de brezos, ahora ocultos bajo una capa de nieve.
Un cartel de madera, sujeto a un poste junto a la entrada, anunciaba el nombre del pueblo con letras blancas, y detrás del edificio se distinguían varias casas de piedra agrupadas alrededor de una iglesia de torre baja.
Eleanor descendió al andén, recogió la maleta y se detuvo bajo la marquesina mientras el tren reanudaba la marcha.
El aire era más frío que en Ashcombe y olía a tierra húmeda, carbón y pino.
A lo lejos, una bandada de cuervos levantó el vuelo desde un campo y desapareció detrás de una colina.
El encargado de la estación, un hombre joven con una gorra demasiado grande, se acercó para preguntarle si era la señorita Wren.
Al recibir su respuesta, señaló el camino que conducía a la salida y le indicó que un carruaje había llegado temprano, pero que el cochero había tenido que llevar los caballos a cubierto para protegerlos del viento.
—¿Está aquí el carruaje de Whitmore Manor? —preguntó Eleanor.
—Sí, señorita. Lo encontrará junto a la posada, al otro lado de la plaza. El cochero ha preguntado dos veces por la hora de llegada del tren. Parece que tiene instrucciones de llevarla directamente a la mansión.
Eleanor le agradeció la información y salió de la estación.
La plaza de Moorbridge era pequeña, con una fuente de piedra en el centro y una posada de fachada clara cuyas ventanas estaban adornadas con guirnaldas de hojas verdes.
Junto a la puerta aguardaba un carruaje negro de cuatro ruedas, elegante sin resultar ostentoso, con los herrajes pulidos y el escudo de Whitmore pintado en los paneles laterales.
Los caballos, dos animales castaños de cuello poderoso, llevaban mantas gruesas sobre el lomo y resoplaban pequeñas nubes de vapor que se deshacían en el aire.
El cochero era un hombre de unos cincuenta años, corpulento, de rostro curtido y barba gris recortada con cuidado.
Vestía una librea oscura bajo un abrigo de lana, y llevaba un sombrero de copa baja que parecía haber conocido muchos inviernos.
Al ver a Eleanor, se quitó el sombrero y avanzó para recoger la maleta.
—Señorita Wren, supongo. Soy Thomas Hargreaves, cochero de Whitmore Manor. Le pido disculpas por la espera; los caballos necesitaban descansar antes de subir la colina.
—No he tenido que esperar demasiado, señor Hargreaves. El viaje ha sido agradable y el tren ha llegado casi a la hora prevista.
—Me alegro. Si el tiempo nos lo permite, estaremos en la mansión antes del mediodía. Aunque debo advertirle que la carretera está bastante cubierta en algunos tramos y quizá tengamos que avanzar despacio.
Hargreaves guardó la maleta en la parte trasera del carruaje y le abrió la portezuela.
Eleanor se acomodó en el asiento tapizado de terciopelo azul, donde encontró una manta de lana doblada y una pequeña bolsa de agua caliente envuelta en una funda de punto.
Aquel detalle le pareció una señal tranquilizadora de que, al menos, en Whitmore Manor alguien había previsto las molestias del viaje.
El interior olía a cuero, cera y madera encerada, y las cortinas de las ventanillas estaban confeccionadas con una tela gruesa que protegía del viento sin impedir que entrara la luz.
Antes de subir al pescante, Hargreaves le preguntó si deseaba que cerrara las cortinas, pero Eleanor prefirió dejarlas abiertas.
Había viajado hasta allí para conocer un lugar nuevo y no pensaba perderse el paisaje por culpa del frío.
El carruaje abandonó Moorbridge por un camino que ascendía suavemente entre campos cercados por muros de piedra.
Al principio, la ruta atravesaba una sucesión de prados y pequeñas granjas, con tejados cubiertos de nieve y puertas de madera pintadas de rojo oscuro.
En algunas ventanas se veían coronas navideñas, y en una de las casas un grupo de niños intentaba construir un muñeco de nieve que se inclinaba peligrosamente hacia un lado.
Más adelante, el camino se estrechó entre dos hileras de árboles y comenzó a subir con mayor pendiente.
El paisaje se volvió más solitario; las casas desaparecieron, los campos dieron paso a una extensión de brezos y pinos, y el viento encontró espacio suficiente para barrer la nieve de la superficie de la carretera y acumularla en los márgenes.
Eleanor se acomodó la manta sobre las rodillas y observó cómo las ruedas dejaban dos surcos paralelos en la nieve reciente.
El movimiento del carruaje era suave, acompañado por el ritmo constante de los cascos y el leve crujido de los arneses, y durante un rato se dejó llevar por aquella cadencia, disfrutando de la sensación de alejarse del pueblo sin tener que ocuparse de nada más que mirar por la ventana.
—¿Lleva usted muchos años trabajando en Whitmore Manor? —preguntó cuando el carruaje superó una curva flanqueada por abetos.
—Veintisiete, señorita. Entré como mozo de cuadras cuando todavía vivía el padre de sir Reginald y, con el tiempo, me confiaron los caballos y los carruajes. He visto pasar por esta casa a muchas personas, aunque pocas conocen de verdad la propiedad.
—¿Es tan grande como dicen?
Hargreaves soltó una risa grave que Eleanor oyó a través de la ventanilla entreabierta.
—Depende de lo que entienda por grande. Tiene más habitaciones de las que una familia necesita y menos comodidades de las que una familia moderna desearía.
El ala principal se construyó hace mucho tiempo, y cada generación ha añadido algo sin molestarse demasiado en armonizarlo con lo anterior.
Hay salones que reciben el sol por la mañana y otros que no lo ven ni en verano; pasillos que parecen no terminar nunca y puertas que uno puede pasar años sin abrir.
Pero es una buena casa, señorita. Una casa sólida, con buenas paredes y un tejado que aguanta las tormentas.
—¿Y una biblioteca que necesita orden?
—Eso tendrá que preguntárselo a sir Reginald. La biblioteca es su orgullo. A mí me parece que hay demasiados libros para una sola habitación, pero supongo que cada hombre tiene sus debilidades.
Eleanor sonrió al escuchar aquella última frase.
Le preguntó si la familia acostumbraba a celebrar la Navidad en la mansión y Hargreaves respondió que aquella era una de las tradiciones más antiguas de los Whitmore.
Todos los años, sir Reginald reunía a sus parientes más cercanos y a algunos amigos, organizaba una cena la víspera de Navidad y abría las puertas de la casa para una celebración que podía prolongarse hasta el día de San Esteban.
La señora Whitmore se ocupaba de los preparativos, mientras el personal trabajaba desde principios de diciembre para que cada habitación estuviera limpia, cada chimenea encendida y cada mesa dispuesta con la vajilla adecuada.
En otros tiempos, según explicó el cochero, la familia recibía a tantos invitados que era necesario habilitar dormitorios adicionales y contratar personal temporal para la cocina.
Ahora las reuniones eran más reducidas, aunque la casa seguía preparándose como si fueran a llegar decenas de personas.
—Este año, sin embargo, hay más movimiento del habitual —añadió Hargreaves después de una pausa—.
Han llegado varias cajas de libros, se han solicitado habitaciones que llevaban tiempo cerradas y la señora Pritchard ha pasado tres días reorganizando el ala norte.
No sé qué planes tiene sir Reginald, pero cuando empieza a dar instrucciones de esa manera suele ser porque desea que todo esté exactamente como él lo ha imaginado.
—¿Es difícil tratar con él?
El cochero tardó un momento en responder, quizá porque no estaba acostumbrado a que los invitados preguntaran por el carácter de su patrón antes de conocerlo.
—Es un hombre que espera que las cosas se hagan bien.
No es injusto con quienes trabajan para él, pero no le gusta que le contradigan sin motivo.
Tiene una memoria excelente y recuerda hasta el menor error.
Algunos lo consideran severo; otros dicen que simplemente no tolera las tonterías.
Yo llevo muchos años a su servicio y puedo asegurarle que, si uno cumple con su trabajo, no tiene nada que temer.
Eleanor guardó aquella descripción en un rincón de su memoria.
La severidad de sir Reginald no le preocupaba; los propietarios de colecciones importantes solían ser exigentes, y a menudo esa exigencia nacía del miedo a que alguien dañara aquello que habían pasado años reuniendo.
Le interesó más la mención de las cajas de libros y de las habitaciones cerradas del ala norte.
Quizá la biblioteca fuera más extensa de lo que sugería la carta, o tal vez la familia estuviera reorganizando la mansión antes de las fiestas.
No quiso formular más preguntas, porque el cochero parecía haber llegado al límite de lo que consideraba apropiado contarle.
En su lugar, se volvió hacia la ventanilla y contempló el bosque que empezaba a rodear el camino.