Capítulo 2 — El camino entre la nieve #2
Ashcombe se encontraba ya despierto cuando Eleanor cruzó la plaza en dirección a la estación.
Las fachadas de las tiendas estaban adornadas con ramas de abeto, la carnicería exhibía una corona de acebo sobre la puerta y en la ventana de la pastelería se alineaban tartas de frutas, bizcochos especiados y pequeñas figuras de mazapán que los niños contemplaban con una mezcla de deseo y resignación.
Junto a la fuente, dos mujeres discutían sobre el precio de las naranjas, mientras un hombre de barba blanca descargaba sacos de carbón de una carreta y maldecía en voz baja cada vez que el barro helado hacía resbalar una rueda.
El pueblo olía a humo de leña, pan caliente y lana mojada; sobre las piedras, las huellas de los primeros transeúntes se mezclaban con las marcas profundas que habían dejado los caballos durante la madrugada.
Eleanor caminaba con paso firme, sosteniendo la maleta en una mano y levantándose ligeramente la falda con la otra para evitar que el borde rozara la nieve sucia acumulada junto a las aceras.
Aunque conocía cada esquina de Ashcombe, aquella mañana observó las calles como si fuera a pasar mucho tiempo lejos de ellas.
Reparó en la luz amarilla de la posada, en las guirnaldas que la hija del panadero había colgado sobre la entrada de su casa y en el viejo reloj de la torre, cuyas agujas avanzaban con una lentitud que parecía deliberada.
Aquel paisaje sencillo, con sus imperfecciones y sus rutinas, poseía una calidez que las grandes propiedades no siempre conseguían ofrecer, por hermosas que fueran.
La estación se encontraba al otro extremo del pueblo, junto a un camino flanqueado por hayas desnudas que conducía hacia la línea ferroviaria de York.
Era un edificio de ladrillo rojizo con tejado de pizarra, una marquesina de hierro y bancos de madera donde los viajeros esperaban protegidos a medias del viento.
El humo de una locomotora se extendía sobre los andenes en una nube gris, y el silbato del tren que llegaba desde el sur resonó entre los campos helados con un sonido largo y melancólico.
En el vestíbulo, una estufa de hierro desprendía un calor insuficiente, pero el aroma del carbón y el murmullo de las conversaciones hacían que el lugar resultara más acogedor de lo que sugería su aspecto.
Eleanor compró el billete, dejó la maleta junto a un banco y consultó el reloj de la estación.
Aún faltaban veinte minutos para la salida, de modo que aprovechó para acercarse a la ventanilla y preguntar si había alguna noticia sobre el estado de las vías.
El empleado, un hombre de bigote gris y chaleco marrón, le aseguró que el servicio funcionaba con normalidad, aunque las condiciones meteorológicas podían alterar los horarios durante la tarde.
—¿Viaja usted a York, señorita Wren? —preguntó al reconocerla.
—Solo hasta la siguiente estación. Me espera un carruaje para llevarme a Whitmore Manor.
El hombre levantó las cejas, una reacción tan breve que Eleanor habría podido pasarla por alto si no hubiera estado acostumbrada a observar los rostros.
—Ah, Whitmore Manor. Entonces espero que el carruaje tenga buenos caballos.
El camino que sube desde la estación de Moorbridge se vuelve bastante desagradable cuando nieva.
Hay un tramo entre los pinos donde el viento no encuentra obstáculo alguno, y las últimas heladas han dejado surcos duros en la carretera.
—¿Ha nevado mucho allí?
—Más que aquí, según me han dicho. En la colina siempre hace peor tiempo. La mansión queda expuesta al norte, y el bosque no protege del viento como uno imaginaría.
Eleanor agradeció la información y regresó al banco, aunque no pudo evitar preguntarse por qué el empleado había mostrado aquella expresión al escuchar el nombre de la propiedad.
Quizá solo conocía las dificultades del camino, o quizá las grandes casas despertaban en los habitantes de la región una curiosidad semejante a la que despertaban las historias de fantasmas.
En Yorkshire, las mansiones antiguas eran parte del paisaje y también parte de la memoria colectiva; sus propietarios podían cambiar, sus jardines podían deteriorarse y sus criados podían marcharse, pero las historias persistían mucho después de que sus protagonistas hubieran desaparecido.
Eleanor había escuchado relatos sobre pasadizos tapiados, herencias discutidas y retratos que nadie se atrevía a retirar de las paredes, aunque siempre había supuesto que la mayor parte de aquellas leyendas nacía del aburrimiento y de la afición por adornar los acontecimientos.
No tenía intención de llegar a Whitmore Manor predispuesta contra sus habitantes por las murmuraciones de una estación ferroviaria.
El tren llegó con varios minutos de retraso, cubierto de polvo de carbón y pequeñas placas de hielo en los bordes inferiores de los vagones.
Eleanor subió al compartimento de segunda clase y encontró un asiento junto a la ventana, frente a una mujer de edad avanzada que llevaba una cesta de mimbre cubierta con un paño y un sombrero adornado con flores artificiales.
La mujer la saludó con una inclinación de cabeza, apartó un poco la cesta para dejar espacio a la maleta y volvió a acomodarse los guantes.
Cuando el tren comenzó a moverse, Ashcombe se deslizó lentamente al otro lado del cristal: primero la estación, luego los tejados del pueblo, la torre de Santa Brígida y, finalmente, los campos que se extendían más allá de las últimas casas.
Eleanor observó cómo las chimeneas se reducían hasta convertirse en pequeñas líneas oscuras y sintió una punzada de emoción que no tenía nada que ver con el miedo.
Hacía años que no emprendía un viaje sin compañía y sin un destino familiar al que regresar al final de la jornada.
La idea de pasar varios días en una mansión desconocida le resultaba estimulante, y por primera vez desde que había recibido la carta se permitió imaginar la biblioteca de Whitmore Manor: estanterías de nogal, escaleras móviles, atlas antiguos, primeras ediciones protegidas en vitrinas y quizá algún manuscrito que no hubiera sido consultado durante generaciones.
La mujer sentada frente a ella rompió el silencio cuando el tren atravesó un puente sobre un arroyo casi completamente congelado.
—¿Va usted de visita a alguna familia de la zona?
—Voy a trabajar unos días en una biblioteca privada. La familia me ha contratado para catalogar una colección de libros antiguos.
—Qué ocupación tan agradable. Mi difunto esposo decía que los libros son una buena compañía porque no hacen preguntas inoportunas.
—Su esposo debía de ser un hombre muy prudente.
—Lo era cuando estaba vivo. Después de muerto, sus libros me han hecho descubrir que tenía más secretos de los que yo imaginaba.
La anciana soltó una risita y explicó que había encontrado cartas escondidas entre las páginas de varios volúmenes, algunas dirigidas a personas cuyo nombre nunca había oído mencionar.
Eleanor se interesó por la historia y le preguntó si había conseguido averiguar a quién pertenecían aquellas cartas, pero la mujer negó con la cabeza.
Había vendido la biblioteca a un anticuario después de la muerte de su marido y no había querido investigar demasiado; según dijo, a cierta edad una aprende que la curiosidad puede proporcionar tantas respuestas como disgustos.
Eleanor pensó que aquella afirmación era discutible, aunque decidió no contradecirla.
La conversación derivó hacia las costumbres navideñas, las recetas de pudin y las dificultades de viajar con aquel tiempo, y durante el resto del trayecto ambas compartieron recuerdos de inviernos especialmente duros.
La anciana le habló de una Navidad en la que la nieve había bloqueado el camino durante tres días y de cómo los vecinos se habían reunido en la posada para repartir comida entre las familias aisladas.
Eleanor le contó que, cuando era niña, su padre escondía pequeños regalos entre los libros de la tienda y le pedía que los encontrara siguiendo pistas escritas en papel.
La mujer se rio al imaginar a una niña buscando sorpresas entre las estanterías, y Eleanor descubrió que recordar aquella época le producía una alegría tranquila que no había esperado sentir durante el viaje.
A medida que avanzaban hacia el norte, el paisaje fue perdiendo los tonos apagados del otoño y adquiriendo la blancura uniforme del invierno.
Los campos aparecían cubiertos de nieve, las cercas de piedra estaban rematadas por una línea brillante de hielo y los árboles desnudos extendían sus ramas sobre los caminos como dedos oscuros contra el cielo.
De vez en cuando surgía una granja aislada, con el humo de la chimenea elevándose verticalmente antes de que el viento lo dispersara, o un grupo de ovejas que se apretaban unas contra otras junto a un muro.
Eleanor apoyó la frente contra el cristal frío y observó las pequeñas estaciones que el tren dejaba atrás, cada una con su plataforma estrecha, su reloj redondo y su edificio de ladrillo.
Pensó en la cantidad de vidas que transcurrían en aquellos lugares sin que el resto del mundo reparara en ellas, en las familias que preparaban la Navidad, en los niños que esperaban regalos y en los ancianos que quizá pasarían las fiestas recordando a quienes ya no estaban.
Había algo profundamente literario en aquel paisaje, una mezcla de belleza y melancolía que le habría gustado describir en un cuaderno si no hubiera temido que las palabras resultaran menos precisas que lo que veía.