El secreto de Whitmore Manor Capítulo 2 — El camino entre la nieve
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Capítulo 2 — El camino entre la nieve

El veinte de diciembre amaneció con un cielo bajo y plomizo que parecía descansar sobre los tejados de Ashcombe, y con un frío tan penetrante que Eleanor Wren, al abrir los ojos, tuvo la impresión de que la escarcha había conseguido atravesar los cristales de su dormitorio durante la noche.

Permaneció unos instantes bajo las mantas, escuchando el silencio de la casa y el golpeteo ocasional de una rama contra la ventana, hasta que el reloj de la mesilla le recordó que no disponía de tiempo para entregarse a la pereza.

La habitación, situada en el piso superior de la librería, era pequeña pero acogedora, con paredes de color crema, cortinas de terciopelo verde, una cómoda de nogal heredada de su madre y una cama de hierro cubierta por una colcha gruesa que la señora Finch había confeccionado años atrás.

En la chimenea quedaban brasas de la noche anterior, y sobre una silla aguardaba el vestido de viaje que Eleanor había elegido con la minuciosidad de quien sabe que una primera impresión puede condicionar una relación profesional.

Se trataba de un traje de lana azul oscuro, sencillo y elegante, acompañado de una blusa de cuello alto, un broche de plata y un abrigo forrado que había comprado en York durante el otoño.

A sus pies esperaba una pequeña maleta de cuero, ya preparada con dos vestidos, ropa de abrigo, un neceser, un cuaderno de notas y varios lápices, además de un volumen de Jane Austen que había decidido llevar consigo por si las tardes en Whitmore Manor resultaban menos entretenidas de lo que prometía la biblioteca.

No tenía intención de presentarse ante sir Reginald como una mujer deslumbrada por la riqueza de su familia, pero tampoco deseaba dar la impresión de haber salido de casa sin considerar las exigencias de un trabajo que podía prolongarse durante varios días.

Se levantó, avivó las brasas con una pequeña pala de hierro y añadió dos troncos que comenzaron a crepitar lentamente.

Después se lavó con el agua templada que había dejado preparada la noche anterior, se peinó el cabello frente al espejo y recogió sus ondas castañas en un moño bajo, sujetándolo con horquillas hasta conseguir que ningún mechón escapara de su sitio.

Mientras se abrochaba los puños, repasó mentalmente las tareas que debía realizar antes de marcharse: dejar las cuentas de la semana ordenadas, entregar al señor Bell la llave de la tienda para que pudiera recoger un paquete de la imprenta y pedir a la señora Finch que vigilara el local durante su ausencia.

La librería no cerraría, aunque solo permanecería abierta unas horas cada mañana; Eleanor confiaba en que los clientes habituales comprenderían que, a pocos días de Navidad, la propietaria tenía derecho a ausentarse para atender un trabajo excepcional.

Sobre la mesa había dejado una lista de instrucciones escrita con su letra firme, que incluía recordatorios tan precisos como no colocar las novelas de Dickens junto a los libros escolares y no vender el ejemplar ilustrado de Cuento de Navidad del escaparate sin consultarla antes.

La señora Finch consideraba que semejantes precauciones eran una muestra de carácter, y Eleanor no estaba dispuesta a discutir con ella sobre la diferencia entre el carácter y el hábito.

A las siete y media, cuando descendió a la librería, el fuego de la estufa apenas comenzaba a calentar la estancia y las primeras luces del día se filtraban a través de los ventanales.

Eleanor comprobó las cerraduras, dejó las instrucciones sobre el mostrador y se sirvió una taza de té que acompañó con una rebanada de pan tostado y un poco de mermelada de naranja.

El desayuno le supo mejor de lo esperado, quizá porque la perspectiva del viaje le había despertado un apetito que la inquietud de los días anteriores no le había permitido disfrutar.

En el silencio de la habitación, con el reloj marcando los minutos y el aroma del té mezclándose con el del papel antiguo, la decisión de aceptar la invitación le pareció razonable.

Había trabajado con coleccionistas excéntricos, propietarios que confundían el valor sentimental con el económico y familias que pretendían que una biblioteca se catalogara en una tarde, pero nunca había tenido motivos para desconfiar de una persona antes de conocerla.

Sir Reginald había sido cortés en su carta, había ofrecido condiciones generosas y parecía valorar la discreción profesional.

Si sus libros estaban desordenados, ella los ordenaría; si los registros eran incompletos, establecería las discrepancias; y si alguien había cometido errores en los inventarios, procuraría distinguirlos de cualquier irregularidad deliberada. No necesitaba nada más para comenzar.

Poco después de las ocho, Arthur Pembroke apareció en la puerta de la librería con el sombrero cubierto de diminutos copos y una bufanda de lana gris que le daba un aspecto menos severo del habitual.

Traía un pequeño paquete envuelto en papel pardo y atado con una cuerda fina, que depositó sobre el mostrador sin ofrecer explicaciones hasta que Eleanor dejó de revisar su equipaje.

—No es un regalo de Navidad —aclaró—. Es un remedio contra el aburrimiento, que en las casas grandes puede resultar bastante más peligroso que el frío.

Eleanor desató la cuerda y descubrió un pequeño frasco de cristal con pastillas de menta, junto a una libreta de bolsillo de tapas negras.

—No sabía que la medicina hubiera avanzado tanto como para tratar el aburrimiento con caramelos.

—La medicina no. La experiencia. Las pastillas son para el viaje y la libreta para que anotes cualquier cosa que te parezca interesante.

He observado que, cuando te encuentras ante una colección de libros, pierdes la noción del tiempo y olvidas incluso comer.

No quisiera que la familia Whitmore tuviera que explicar que su catalogadora se desmayó entre dos estanterías por falta de desayuno.

—Tu preocupación por mi bienestar es conmovedora, doctor, aunque sospecho que lo que realmente te inquieta es la posibilidad de que alguien tenga que rescatarme de una nota a pie de página.

Arthur aceptó la acusación con una sonrisa y le preguntó si había preparado ropa suficiente para varios días.

Eleanor le mostró la maleta y le aseguró que llevaba todo lo necesario, incluida una botella pequeña de agua de colonia, un peine y el libro de Jane Austen.

Él observó el equipaje con una expresión de aprobación que parecía más propia de una inspección médica que de una despedida entre amigos.

Después le explicó que había hablado con el encargado de la estación y que el tren de las nueve y cuarto seguía previsto, aunque las nevadas podían provocar retrasos en el trayecto.

No había recibido noticias de cortes en la línea, pero el viento estaba aumentando y convenía que no perdiera tiempo en el camino.

—¿Has confirmado que el carruaje estará esperándote? —preguntó.

—La carta lo asegura.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No, no he confirmado nada. Supuse que una invitación escrita por un caballero de la posición de sir Reginald Whitmore sería suficiente garantía de que alguien habría tenido la sensatez de enviar un vehículo.

Arthur se ajustó los guantes y la miró con una seriedad que no consiguió ocultar del todo su ironía.

—Tu confianza en la sensatez humana es admirable, Eleanor. Algún día deberías escribir un tratado sobre ella. Sería breve, pero quizá tuviera éxito entre quienes disfrutan de la ficción.

Ella se echó a reír y le prometió que, si el carruaje no aparecía, enviaría una nota al pueblo para que pudiera incluir aquel incidente en su próxima conversación con los pacientes.

Arthur le entregó entonces una tarjeta con la dirección de su consulta y le pidió que la llevara consigo por si necesitaba hacerle llegar un mensaje desde la mansión.

Eleanor guardó la tarjeta en el bolsillo interior del abrigo, agradecida por aquella forma discreta de preocupación que nunca exigía explicaciones ni pretendía convertirse en una obligación.

Antes de marcharse, Arthur la ayudó a bajar la maleta hasta la calle y esperó mientras ella cerraba la puerta de la librería.

Las campanillas de latón repicaron por última vez a su espalda, y aquel sonido familiar, que durante años había marcado el comienzo y el final de sus jornadas, le produjo una sensación inesperada de nostalgia.