El secreto de Whitmore Manor Capítulo 1 — La librería de las campanas #4
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Capítulo 1 — La librería de las campanas #4

Cuando Arthur se marchó para visitar a un paciente en las afueras del pueblo, la luz había adquirido un tono más dorado y el escaparate comenzaba a reflejar las llamas de las lámparas interiores.

Eleanor permaneció detrás del mostrador, con la carta abierta ante ella y el libro de cuentas a un lado.

Calculó mentalmente el coste de reparar el tejado, reemplazar las dos estanterías dañadas por la humedad y adquirir un lote de novelas que un comerciante de Leeds le había ofrecido a un precio razonable.

Después miró hacia la habitación trasera, donde su padre había trabajado durante los últimos años de su vida, clasificando libros hasta que sus manos dejaron de tener la firmeza necesaria para sostener una pluma.

Recordó sus consejos, sus largas explicaciones sobre la procedencia de los volúmenes y la manera en que insistía en que un buen librero no debía juzgar un libro únicamente por su precio, sino por la historia que llevaba consigo.

A veces, cuando encontraba una dedicatoria olvidada o una anotación escrita por un propietario desconocido, Eleanor sentía que el establecimiento conservaba una parte de la vida de su padre.

No quería convertirlo en un negocio más grande si para ello tenía que perder aquella intimidad, pero tampoco podía permitirse que el cariño por el pasado terminara condenando el futuro de la librería.

La campanilla de la puerta sonó de nuevo al mediodía y entró la señora Finch, esta vez acompañada por su hermana, que deseaba comprar un libro de cocina para una sobrina recién casada.

Eleanor las atendió, recomendó una colección de recetas domésticas y envolvió el volumen con una cinta verde.

Mientras las dos mujeres discutían si una joven esposa debía aprender a preparar el pudin navideño de su suegra o conservar la receta de su propia madre, Eleanor tomó una decisión.

Aceptaría la invitación. Escribió una respuesta breve, agradeciendo a sir Reginald la propuesta y confirmando que llegaría a Whitmore Manor el veinte de diciembre.

La redactó con la misma cortesía con que habría respondido a cualquier cliente, sin hacer preguntas sobre los libros ausentes ni expresar curiosidad por la biblioteca.

Selló el sobre con lacre rojo y se lo entregó al muchacho que recogía el correo de la tarde, indicándole que debía asegurarse de que llegara a la estación antes de la última salida hacia la finca.

Cuando la puerta volvió a cerrarse, Eleanor sintió una mezcla de satisfacción y expectación.

Había aceptado un trabajo que podía ser provechoso, en una propiedad que prometía una colección extraordinaria y en una época del año que siempre le había gustado.

Pasaría unos días lejos de la rutina de la librería, conocería una biblioteca de la que había oído hablar durante años y quizá descubriría alguna edición rara que justificara el viaje.

No tenía motivos para pensar que aquella invitación encerrara algo más que la necesidad de un propietario meticuloso por ordenar sus libros antes de las fiestas.

Sin embargo, antes de guardar la carta, volvió a leer el párrafo dedicado a los ejemplares ausentes.

La expresión no aparecen en los inventarios recientes continuaba molestándola, no por lo que decía, sino por lo que parecía evitar.

Sir Reginald no había escrito que los libros se hubieran perdido, ni que no recordara dónde estaban, ni que sospechara un robo.

Había elegido una fórmula precisa, casi administrativa, como si la ausencia fuera un hecho que debía constatarse sin aventurar ninguna explicación.

Aquella tarde, mientras las sombras se alargaban sobre la calle del Mercado y las primeras luces comenzaban a encenderse en las ventanas de Ashcombe, Eleanor cerró la librería unos minutos antes de lo habitual.

Colocó las tarjetas navideñas en el escaparate, añadió un pequeño lazo al volumen de Dickens y apagó las lámparas de la sala del fondo.

Antes de salir, se detuvo ante la fotografía de su padre que descansaba sobre la repisa, junto a una caja de plumas y un reloj de bolsillo que ya no funcionaba.

El retrato lo mostraba sentado en la misma silla donde ella había aprendido a leer, con un libro abierto sobre las rodillas y una expresión de paciencia que parecía no haberse agotado nunca.

Eleanor acomodó el marco, se puso los guantes y comprobó que la estufa estuviera bien cerrada.

Afuera, Ashcombe se preparaba para otra noche de helada; en la posada habían encendido las lámparas, la panadería desprendía el aroma de los pasteles recién hechos y desde la iglesia llegaba el ensayo de un villancico que los niños del pueblo cantarían durante la celebración navideña.

Todo parecía dispuesto para una semana tranquila, llena de visitas, regalos modestos y reuniones alrededor del fuego.

Eleanor echó la llave y permaneció un instante bajo el letrero de la librería, contemplando la calle que había recorrido desde niña.

No podía saber que, a varias millas de allí, en una mansión rodeada de jardines y bosques, alguien acababa de recibir una noticia que alteraría los preparativos de Navidad.

Tampoco podía imaginar que el nombre de Whitmore Manor, escrito con tanta formalidad sobre una hoja de papel marfil, terminaría asociado en su memoria al olor de una chimenea apagada, al silencio de una biblioteca cerrada y a un pequeño objeto de cristal que nadie habría sabido explicar.

Por el momento, solo sentía la expectación de quien está a punto de emprender un viaje y la curiosidad de una librera ante una colección que promete más preguntas que respuestas.

Se ajustó el chal, levantó el cuello del abrigo y comenzó a caminar hacia su casa mientras la nieve volvía a caer sobre los tejados de Ashcombe, cubriendo las huellas del día con una suavidad que parecía anunciar que, al menos durante unas horas, el mundo podía permanecer en calma.