El secreto de Whitmore Manor Capítulo 1 — La librería de las campanas #3
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Capítulo 1 — La librería de las campanas #3

—No le mencione eso al vicario. Ayer me explicó que la inclinación forma parte del carácter histórico del edificio.

Eleanor sonrió mientras le servía una taza de té de la tetera que mantenía caliente sobre una pequeña bandeja.

Arthur aceptó la taza, acercó una silla a la estufa y observó el escaparate con aprobación.

La conversación derivó hacia los preparativos de Navidad, la nieve que había cubierto los caminos y la preocupación del boticario por una entrega de medicamentos que debía llegar desde York.

Durante unos minutos, la carta de sir Reginald quedó olvidada sobre la mesa, y la librería recuperó aquella atmósfera apacible que Eleanor tanto apreciaba: el fuego crepitando, el vapor del té elevándose en espirales, el reloj marcando el paso de la mañana y la luz invernal filtrándose entre los libros.

Arthur le contó que el hijo del molinero había aprendido a tocar una melodía navideña con un violín prestado y que el resultado había sido tan lamentable que varios vecinos habían preferido cerrar las ventanas antes que escucharlo por segunda vez.

Eleanor respondió que el muchacho merecía una oportunidad, aunque solo fuera para demostrar que la música podía mejorar con la práctica, y Arthur replicó que la medicina tenía límites, pero la paciencia de los habitantes de Ashcombe parecía carecer de ellos.

Fue Arthur quien reparó en el sobre cuando se levantó para dejar la taza vacía sobre el mostrador.

—¿Correspondencia importante?

Eleanor dudó un instante antes de responder. No acostumbraba a ocultarle asuntos profesionales, pero tampoco deseaba dar a la carta una importancia que todavía no había decidido concederle.

—Una invitación para trabajar en una biblioteca privada. Sir Reginald Whitmore necesita que catalogue su colección de libros antiguos antes de que termine el año.

Arthur dejó de sonreír y miró el nombre impreso en el sobre.

—¿Whitmore Manor? ¿Vas a marcharte a la mansión durante las fiestas?

—Solo si acepto. Me han ofrecido alojamiento y una remuneración bastante generosa. La colección debe de ser extraordinaria.

—No lo dudo. Pero me sorprende que sir Reginald haya recurrido a ti con tanta urgencia. Según tengo entendido, dispone de un bibliotecario particular.

—La carta no menciona a ningún bibliotecario. Habla de discrepancias en los inventarios y de algunos volúmenes que no aparecen en los registros recientes.

Arthur dejó la taza sobre la mesa y se acercó para leer la carta cuando Eleanor se la ofreció.

Sus ojos recorrieron el texto sin apresurarse; al llegar al párrafo de los inventarios, frunció ligeramente el ceño.

No era un gesto dramático, pero Eleanor lo conocía lo suficiente para reconocer que algo había despertado su interés.

—¿Qué sabes de esa familia? —preguntó ella.

—Lo mismo que sabe casi todo el mundo. Sir Reginald es rico, reservado y poco aficionado a recibir visitas que no haya invitado personalmente.

Hace unos años consultó a un colega mío de York por una dolencia que no parecía grave, aunque nunca llegué a conocerlo.

También he oído que sus relaciones con el hijo son complicadas.

Pero los rumores de las familias acomodadas suelen ser como las novelas malas: comienzan con una disputa por dinero y terminan con alguien que abandona el país.

—A veces las novelas malas tienen la ventaja de explicar las cosas con más claridad que la vida real.

—Y la vida real, por desgracia, no siempre proporciona un final satisfactorio. Si aceptas, al menos procura no dejar que te convenzan de que un libro ha desaparecido por arte de magia. Los objetos rara vez desaparecen sin que alguien tenga una razón para moverlos.

La observación, pronunciada con su habitual tono tranquilo, hizo que Eleanor volviera a pensar en la carta.

Arthur no era supersticioso ni se dejaba impresionar fácilmente por las historias de casas antiguas, pero poseía una sensatez que a menudo le permitía descubrir el punto débil de un razonamiento.

Ella le explicó que la colección podía representar una oportunidad excepcional y que el dinero le permitiría hacer varias reparaciones en la librería.

Él no intentó disuadirla. Se limitó a recordarle que las carreteras podían resultar peligrosas con aquella nieve y que, si aceptaba, debía informar a alguien de su llegada y de la fecha prevista para su regreso.

Eleanor prometió hacerlo, aunque ambos sabían que su inclinación natural consistía en considerar las precauciones como una forma de pesimismo hasta que se demostraba que eran necesarias.