Capítulo 1 — La librería de las campanas #2
—El señor Harbury dice que lo trajo un mensajero de la estación.
Un hombre alto, con abrigo negro y guantes de cuero.
No era de aquí. Preguntó por usted y se marchó antes de que pudieran ofrecerle algo caliente.
El señor Harbury quería saber si era un pariente suyo, porque el hombre no parecía conocer a nadie más en el pueblo.
—Qué extraño. ¿Y el señor Harbury ha decidido convertirse en investigador de la correspondencia ajena?
—Dice que es su deber como responsable del correo.
—Entonces debemos confiar en que sus pesquisas no le impidan repartir los periódicos a tiempo.
Thomas sonrió, pero su mirada regresó al sobre.
Eleanor lo guardó bajo el mostrador y le entregó unas monedas por el favor.
El muchacho se marchó después de preguntarle si había recibido alguna novedad editorial sobre una expedición al Ártico, y ella le prometió que reservaría un ejemplar si llegaba a sus manos.
Cuando las campanillas dejaron de sonar, la librería recuperó su calma habitual.
Eleanor permaneció unos instantes mirando la puerta cerrada, consciente de que la carta había alterado de algún modo la mañana, aunque todavía no supiera explicar por qué.
Después se quitó los guantes, se sentó junto a la mesa de roble y acercó el sobre a la luz de la ventana.
El lacre llevaba la impresión de un escudo heráldico que no reconoció de inmediato.
Había un árbol en el centro, dos figuras a los lados y una pequeña corona en la parte superior.
Eleanor examinó el dibujo con atención, convencida de haber visto algo parecido en algún libro de historia local, pero no logró recordar dónde.
Introdujo con cuidado la punta de un abrecartas bajo la solapa y rompió el sello sin dañarlo.
En el interior encontró una hoja doblada en tres partes, escrita por ambas caras con tinta negra, y una tarjeta más pequeña donde figuraban un nombre y una dirección.
La letra era clara, ligeramente inclinada, sin adornos superfluos.
Comenzaba con una fórmula de cortesía que habría podido pertenecer a cualquier invitación formal, pero la segunda frase hizo que Eleanor dejara de respirar durante un instante.
Estimada señorita Wren:
Me permito solicitar sus servicios profesionales para la catalogación de una colección privada de libros antiguos que pertenece a mi familia.
Se trata de una biblioteca de considerable extensión, formada a lo largo de varias generaciones y que requiere una revisión cuidadosa antes de finalizar el año.
Su reputación como conocedora de ediciones antiguas y su discreción en asuntos relacionados con colecciones particulares me han llevado a dirigirme a usted.
Si sus compromisos se lo permiten, agradecería que acudiera a Whitmore Manor el próximo día veinte de diciembre.
Un carruaje estará a su disposición en la estación de Ashcombe para trasladarla hasta la propiedad, donde podrá alojarse durante el tiempo que dure el trabajo.
Las condiciones económicas se acordarán a su llegada, aunque puedo asegurarle que la remuneración estará a la altura de la responsabilidad que deseo confiarle.
Hay, sin embargo, una cuestión que considero necesario señalar.
Entre los volúmenes que deberá revisar se encuentran varios ejemplares que no aparecen en los inventarios recientes.
Le ruego que preste especial atención a las discrepancias entre los registros antiguos y la colección actual, pero que se abstenga de realizar cualquier modificación antes de consultarme personalmente.
Espero que acepte mi propuesta. La biblioteca de Whitmore Manor contiene libros que han permanecido en la familia durante más de un siglo, y considero que ha llegado el momento de poner orden en su historia.
Con la mayor consideración,
Sir Reginald Whitmore
Eleanor volvió a leer la carta, esta vez más despacio.
El nombre le resultaba familiar, como le resultaban familiares los nombres de las familias antiguas del condado, cuyos retratos colgaban en los salones de las grandes propiedades y cuyas decisiones habían determinado durante generaciones la vida de pueblos enteros.
Whitmore Manor se encontraba a unas millas de Ashcombe, en una colina desde la que se dominaba buena parte del valle.
Eleanor había visto la mansión desde el camino de la estación y recordaba sus tejados de pizarra, las altas chimeneas y las ventanas estrechas que parecían observar el paisaje con una severidad propia de otro siglo.
También había escuchado historias sobre sus propietarios, aunque nunca había tenido motivos para interesarse por ellas.
Sir Reginald era un hombre de fortuna considerable, conocido por su carácter reservado, sus opiniones firmes y una afición casi obsesiva por los libros antiguos.
Se decía que poseía primeras ediciones de obras difíciles de encontrar, manuscritos familiares y una colección de documentos relacionados con la historia de Yorkshire.
Para una librera como Eleanor, la posibilidad de examinar aquella biblioteca era extraordinaria; la remuneración, aunque no se especificaba, podía permitirle reparar el tejado del establecimiento y renovar varias estanterías que llevaban años necesitando atención.
Sin embargo, no era la promesa económica lo que la mantenía inclinada sobre la carta, sino una frase que parecía haber sido redactada con especial cuidado: varios ejemplares que no aparecen en los inventarios recientes.
La ausencia de libros en una colección privada no era en sí misma algo extraordinario.
Los volúmenes cambiaban de lugar, se prestaban, se vendían o se perdían durante las mudanzas, y no todos los propietarios mantenían registros precisos.
Pero si sir Reginald había considerado necesario mencionar aquel detalle antes de contratarla, era porque la discrepancia tenía importancia para él.
Más extraño todavía resultaba que le pidiera no modificar los inventarios antes de consultarlo.
Eleanor conocía bien la diferencia entre una biblioteca desordenada y una colección cuya historia había sido alterada deliberadamente.
En ocasiones, los registros antiguos revelaban errores inocentes; en otras, permitían reconstruir la trayectoria de un libro que había pasado por varias manos, y en unas pocas ocasiones excepcionales mostraban que alguien había intentado borrar la procedencia de un ejemplar.
La idea despertó su curiosidad profesional, aunque también una pequeña reserva que no quiso reconocer de inmediato.
Volvió la hoja y examinó la tarjeta que acompañaba la carta.
En ella solo aparecían el nombre de la propiedad y una breve indicación sobre la llegada: Se ruega confirmar antes del mediodía del diecinueve .
No había más explicaciones, ni una palabra personal, ni siquiera una referencia a las fiestas que se aproximaban.
La invitación era correcta hasta el último detalle y, sin embargo, poseía una frialdad que contrastaba con la calidez del papel.
Eleanor acercó la carta al fuego para comprobar si había alguna marca de agua que pudiera revelar su procedencia, pero la luz de la estufa no le permitió distinguir nada concluyente.
La dobló de nuevo, la guardó en el sobre y se quedó mirando el sello roto.
Entonces recordó que, varios meses atrás, un anticuario de York le había hablado de la biblioteca de Whitmore Manor.
Según aquel hombre, la colección incluía una serie de volúmenes procedentes de una antigua casa señorial que había cambiado de propietarios durante el siglo anterior.
También había mencionado, casi como una anécdota, que algunos de los inventarios de la familia parecían incompletos.
Eleanor no había prestado demasiada atención en aquel momento, pero ahora las palabras regresaban a su memoria con una claridad inesperada.
El sonido de las campanillas interrumpió sus pensamientos y anunció la llegada del señor Arthur Pembroke, que entró sacudiéndose la nieve del sombrero antes de cerrar la puerta con el cuidado de quien no desea que el frío se apodere de una habitación caliente.
Arthur tenía treinta y ocho años, el cabello castaño oscuro con algunas hebras más claras en las sienes y un rostro de facciones sobrias que se suavizaba cuando sonreía.
Era alto, de hombros anchos, aunque su manera de moverse no tenía la rigidez de los hombres acostumbrados a exhibir su posición.
Vestía un abrigo de lana gris, una bufanda oscura y guantes de cuero que se quitó mientras se acercaba al mostrador.
Como médico, había adquirido la costumbre de observar a las personas antes de hablarles, una costumbre que a Eleanor le parecía útil en su profesión y ligeramente irritante en la conversación cotidiana.
Se conocían desde hacía varios años, desde que Arthur había regresado a Yorkshire después de completar su formación médica en Londres, y entre ambos existía una amistad construida sobre visitas frecuentes, discusiones literarias y una ironía compartida que ninguno habría confundido con una intimidad romántica.
Arthur había enviudado joven y rara vez hablaba de su matrimonio; Eleanor, que respetaba el dolor ajeno, nunca había intentado arrancarle confidencias.
En cambio, solía recomendarle novelas que él afirmaba no tener tiempo para leer y que, invariablemente, terminaba devolviéndole con observaciones más detalladas que las de cualquier lector ocasional.
—He pasado por la plaza y he visto que el señor Bell ha conseguido colocar el árbol junto a la iglesia —dijo Arthur, dejando el sombrero sobre una silla—. Está torcido hacia la izquierda, pero supongo que la comunidad lo considerará una prueba de autenticidad rural.
—El árbol tiene más posibilidades de mantenerse en pie que el campanario, que lleva veinte años amenazando con inclinarse sobre la plaza.