El secreto de Whitmore Manor Capítulo 1 — La librería de las campanas
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El secreto de Whitmore Manor

El secreto de Whitmore Manor

Por Felicity Rosewood

© inepub.com

Capítulo 1 — La librería de las campanas

En la calle del Mercado, entre una tienda de tejidos y un establecimiento donde se vendían relojes, había una librería estrecha de fachada verde oscuro que llevaba más de cuarenta años formando parte del paisaje cotidiano de Ashcombe.

Sobre la puerta, un letrero de madera pintado a mano anunciaba WREN más allá, un arco de madera conducía a una habitación donde las estanterías llegaban casi hasta el techo y el suelo crujía con la familiaridad de una casa antigua.

Allí se amontonaban novelas victorianas, tratados de historia, biografías de personajes olvidados, atlas, libros de viajes y volúmenes cuyos lomos habían perdido el color original bajo décadas de polvo y luz.

Una escalera estrecha permitía alcanzar los estantes superiores, y junto a ella había una mesa de roble donde Eleanor examinaba las adquisiciones de segunda mano, limpiaba las cubiertas con un paño suave y anotaba en un registro el estado de cada ejemplar.

El aire conservaba una mezcla inconfundible de papel envejecido, cuero, cera de abeja y madera calentada por el fuego; en invierno se añadía el perfume de la canela que Eleanor ponía en una pequeña olla sobre la placa de la estufa, no porque creyera que aquella práctica mejoraba el negocio, sino porque le parecía que una librería debía oler a un lugar donde uno quisiera quedarse.

En el hogar de hierro fundido ardían varios troncos de fresno y, sobre la repisa, un reloj de sobremesa marcaba los minutos con una paciencia que a Eleanor le resultaba mucho más tranquilizadora que la de la mayoría de las personas.

A sus treinta y cuatro años, Eleanor poseía una belleza discreta que no se revelaba de inmediato, sino a medida que uno reparaba en la armonía de sus facciones, en la serenidad de sus movimientos y en la inteligencia viva de sus ojos grises.

Tenía el cabello castaño oscuro, abundante y ligeramente ondulado, que recogía cada mañana en un moño bajo sujeto con horquillas de carey; algunos mechones escapaban inevitablemente junto a las sienes cuando llevaba varias horas trabajando, y ella había renunciado hacía tiempo a la pretensión de mantenerlos en su sitio.

Su rostro era ovalado, con la nariz recta, una boca de labios bien dibujados y una pequeña línea entre las cejas que aparecía cuando algo despertaba su curiosidad.

Vestía aquel día un traje de lana verde botella, sobrio y bien confeccionado, con el cuello alto rematado por una blusa color marfil y una pequeña medalla de plata que había pertenecido a su madre.

Sobre los hombros llevaba un chal grueso cuando se acercaba a la puerta para recibir mercancía, y en los pies, unas botas oscuras cuyo aspecto elegante no conseguía ocultar las señales de uso.

No era una mujer dada a los gestos teatrales ni a las sonrisas complacientes, pero poseía una manera de escuchar que hacía que los demás terminaran contándole más de lo que habían pensado revelar.

A Eleanor le interesaban las personas por la misma razón que le interesaban los libros: ambas podían ofrecer una primera impresión engañosa, ambas escondían pasajes que solo se comprendían al avanzar y ambas revelaban, a veces en una frase aparentemente insignificante, aquello que habían intentado ocultar durante años.

A las ocho y cuarto, mientras retiraba el polvo de una pila de novelas que había adquirido la semana anterior a un vicario retirado, Eleanor oyó las campanillas de la puerta y levantó la vista para recibir a la primera clienta del día.

La señora Finch, esposa del boticario, entró envuelta en un abrigo azul marino, con un sombrero adornado con plumas oscuras y las mejillas enrojecidas por el frío.

Llevaba una cesta de mimbre en un brazo y una lista de compras en la mano enguantada, aunque Eleanor sospechó, con bastante fundamento, que la lista había sido escrita aquella misma mañana y que la mitad de sus encargos terminarían sustituidos por otros cuando la señora Finch descubriera algo que le pareciera más interesante.

—Buenos días, querida. Si el tiempo continúa así, tendremos una Navidad blanca como las de los grabados antiguos —anunció la mujer, quitándose un guante con los dientes mientras miraba hacia el escaparate—.

Mi marido asegura que la helada no durará, pero mi padre siempre decía que cuando el frío llega antes de San Tomás, el invierno se instala hasta marzo.

—Su padre también aseguraba que los cuervos anuncian las visitas inesperadas, y ayer tuvimos tres en el tejado sin que apareciera nadie —respondió Eleanor, dejando el paño sobre la mesa—.

Tal vez deberíamos confiar menos en las aves y más en el servicio meteorológico del señor Harbury, aunque debo admitir que sus pronósticos tampoco inspiran una confianza absoluta.

La señora Finch soltó una risa breve y se acercó al mostrador.

Venía en busca de un libro para su sobrina de doce años, una niña a la que, según explicó, le gustaban las aventuras, los animales y las historias donde las personas buenas recibían finalmente su recompensa.

Eleanor escuchó las preferencias de la pequeña, preguntó qué libros había leído ya y terminó recomendándole una novela de aventuras que llevaba semanas intentando vender sin éxito.

La envolvió en papel crema, ató el paquete con una cinta roja y añadió una tarjeta ilustrada con un acebo.

Cuando la clienta se marchó, no sin antes comentar los planes navideños de tres familias del pueblo y el nuevo abrigo que había encargado la esposa del juez, Eleanor volvió a sus libros con una sonrisa.

Aquellas conversaciones eran parte esencial de su trabajo.

La gente acudía a la librería en busca de historias impresas, pero a menudo encontraba allí un lugar donde dejar durante unos minutos las preocupaciones domésticas, comentar los acontecimientos del pueblo y descubrir que sus problemas, expuestos entre estanterías y con una taza de té caliente al alcance de la mano, parecían menos graves de lo que habían parecido al salir de casa.

Poco antes de las nueve llegó Thomas Bell, el aprendiz de la imprenta, cargando un paquete de periódicos y una caja de tarjetas navideñas que Eleanor había encargado para la temporada.

Era un muchacho de diecisiete años, alto y desgarbado, con el cabello rubio siempre revuelto y una expresión de perpetua sorpresa que no le impedía enterarse de cuanto ocurría en Ashcombe.

Su padre había querido que trabajara en la granja familiar, pero Thomas prefería el olor de la tinta, el ruido de las máquinas y la posibilidad de que su nombre apareciera algún día impreso en la portada de un libro.

Cada vez que visitaba la librería encontraba una excusa para hablar de escritores, inventos o sucesos extraordinarios, y Eleanor sospechaba que su afición por las noticias no respondía tanto a una curiosidad intelectual como al placer de ser el primero en transmitirlas.

—Ha llegado algo para usted —dijo el muchacho, depositando los periódicos sobre el mostrador—. No venía con el resto del correo. El señor Harbury lo dejó en la imprenta porque el mensajero había tomado el camino de la estación y no quería volver a cruzar el pueblo con este frío.

Sacó de debajo del brazo un sobre grueso, de color marfil, y se lo entregó con una expresión que pretendía ser indiferente y que, por esa misma razón, despertó inmediatamente la atención de Eleanor.

El papel era de una calidad muy superior a la utilizada en la correspondencia habitual, con los bordes ligeramente texturados y una solapa sellada con lacre oscuro.

En el centro figuraba su nombre, escrito con una caligrafía elegante y firme: Miss Eleanor Wren, Wren era la impresión de que alguien había dedicado tiempo a preparar una carta que debía llegar exactamente a sus manos.

—¿Sabe quién lo envía? —preguntó.

Thomas negó con la cabeza, aunque no pudo evitar inclinarse un poco hacia el mostrador.