Capítulo 28
El mayordomo de Villa Sola dijo que Georg se había marchado.
—¿Cómo que se ha marchado? —protestó Carlotta, presa del desconcierto.
Él extendió los brazos.
—A estas horas ya estará en el puerto de Montemezzo. Sé que quería ir a Como, pero no estoy seguro de sus planes, milady. A decir verdad, me pareció muy alterado.
Carlotta apretó los puños y corrió hacia el carruaje. María la esperaba en su interior, inquieta.
—¿Y bien? —preguntó.
—No está. Según el mayordomo, ha tomado un barco para ir quién sabe dónde.
—Entonces tenemos que ir tras él, ¿no? No querrás permitir que se vaya así.
Carlotta dejó que su hermana diera instrucciones al cochero.
—No lo sé, María —dijo mientras los caballos se ponían en marcha—. Si quiere irse, ¿quién soy yo para detenerlo?
—¿Quién eres tú? Eres la mujer que él ama —le reprendió su hermana—. Y no es momento de lamentarse, sino de actuar.
Cuando el carruaje llegó al puerto, Carlotta divisó inmediatamente la góndola en la que se había embarcado Georg, solo.
—¡Corre! —la exhortó María, empujándola con tal vehemencia que casi la hizo caer.
Ella se apresuró hacia la orilla, pero la góndola ya había salido del pequeño puerto y estaba lejos.
Georg se marchaba, quizá para siempre, y era solo culpa suya.
Claro que el orgullo también había influido, pero en ese caso no podía culparlo. Ambos eran testarudos y culpables.
Pero ella lo había rechazado.
—¡Georg! —gritó.
No podía oírla. Carlotta se quedó ronca de tanto gritar, llamando la atención de los transeúntes.
—¡Georg! ¡Duque!
Alguien la señaló, pero a ella no le importaba.
—No me oye —comentó, exasperada. Miró a su alrededor y vio a un pescador que recogía las redes en una pequeña barca de remos que parecía soportar el peso de una sola persona.
—¿Cuánto quiere por llevarme hasta allí? —le preguntó.
Señaló la góndola de Georg. El pescador la miró, atónito.
—Vamos, puedo darle dos monedas, podrá comprarse una barca nueva, ¡por favor, es urgente!
El anciano asintió con la cabeza y extendió la mano.
Carlotta no llevaba dinero, pero se quitó del cuello una de las cadenas de oro.
—Esto será suficiente, estoy segura.
Él la ayudó a subir a la barca.
—Reme tan rápido como pueda —pidió Carlotta.
Se volvió hacia su hermana, que la animaba desde la orilla.
—¡Georg! —gritó Carlotta de nuevo.
Esta vez él se volvió, la vio y levantó la mano en señal de saludo. Ella no pudo adivinar la expresión de su rostro, pero estaba segura de que no iba a ordenar que detuvieran la góndola.
—¡Espera! —gritó de nuevo.
No hubo respuesta. No la oía, o tal vez no quería oírla.
—Maldita sea —murmuró Carlotta, inclinándose y agitando los brazos.
La barca se balanceó.
—Tenga cuidado —le advirtió el pescador—, no es muy estable.
María la llamó para que se apartara. El lago era traicionero, lo sabía, pero ¿qué tenía que perder en aquel momento? Si él se hubiera ido, ella se habría quedado como el árbol desnudo que nunca florece
—¡Carlotta, no sabes nadar! —gritó María a sus espaldas. Quizá, en cambio, el amor verdadero era capaz de soportar incluso el peso de su vestido y de sus brazadas inseguras. Eso pensó, confiada, antes de cerrar los ojos y zambullirse.
Pero no fue así. El agua le llegó inmediatamente a la garganta. Lo último que vio fue el cielo azul, a Georg zambulléndose, a María acercándose a la orilla. Y pensar que no quería hacer nada por un hombre, ni siquiera casarse, y mucho menos morir…
Cuando los fuertes brazos de Georg la agarraron, estaba tan desconcertada que empezó a agitarse. «Nos hundiremos los dos», pensó, arrepintiéndose de su gesto imprudente.
—No, debes mantener la calma —protestó él—. Respira, confía por una vez. ¡Confía, maldita sea, Albrecht testaruda!
Carlotta se quedó callada, intentó calmarse, sintió las manos de Georg en su espalda.
—Imagina que eres una estrella de mar, abre los brazos y las piernas —le susurró él, jadeando en su intento por ponerla a salvo, a ella y a sí mismo.
Carlotta no podía hablar. Hizo lo que él le había ordenado. Salvada por un delfín entre las olas. Este era el destino que la villa le había susurrado desde los primeros días.
Cuando logró calmarse, Georg la tomó por los brazos y nadó arrastrándola hasta la orilla.
En el momento en que se convirtió en una estrella de mar, Carlotta comprendió que ninguna rebelión contra las convenciones sociales podría alejarla de lo que sentía por él, que ni siquiera su indomable orgullo lo habría logrado.
—Te amo —le susurró ella, mientras él la ayudaba a mantener el equilibrio sobre las piedras, con el vestido empapado y la dignidad en el fondo del lago.
—Lo sé —dijo él—. Del mismo modo que estaba seguro de que no me dejarías marchar.
—El presuntuoso de siempre —respondió ella—. ¿Entonces lo hiciste a propósito?
—¿Soy libre o no para dar un paseo en barco? —replicó él.
—Si me has salvado de ahogarme para volver a discutir, yo…
Carlotta se detuvo. Miró a Georg, empapado de la cabeza a los pies, y ambos se echaron a reír.
—Eres imposible —repitió él.
—Pregúntamelo otra vez —dijo ella.
—¿Aquí, casi dentro del agua del lago? —protestó él. Ella sonrió.
—Es el lugar perfecto. Este es el lago que ha hecho que nos conozcamos y nos enamoremos.
Georg se arrodilló sobre las piedras. Algunos pescadores se rieron. Él hizo una mueca, no soportaba perder la compostura.
—Carlotta Albrecht, ¿quieres casarte conmigo?
Ella guardó silencio. Georg negó con la cabeza, atónito.
—Mira, no te lo preguntaré una tercera vez —comentó, exasperado.
—¿Apostamos algo?
Carlotta se acercó, lo agarró por la camisa empapada y lo besó en los labios. María, desde el muelle, aplaudió.
—¿Eso es un sí? —preguntó él.
—Tienes que preguntármelo por tercera vez —le retó ella.
Georg se volvió hacia María y hacia algunos curiosos que se habían acercado.
—¡Ha dicho que sí! —gritó.
—Todavía no —bromeó ella, dándole un empujón—. No he oído bien la pregunta.
—¿Quieres casarte conmigo? —dijo él, ya gritando.
—¡Sí! —gritó Carlotta, con todo el aliento que tenía en el cuerpo.