Epílogo
Esa misma noche todos se reunieron bajo el cielo resplandeciente de estrellas sobre el lago de Como, con sus aguas centelleantes admirándolo desde abajo. La villa, iluminada por cientos de velas y antorchas, parecía estar suspendida entre el sueño y la realidad.
La música de un cuarteto de cuerda llenaba el aire, y los invitados, vestidos con elegantes trajes, recorrían los salones y el jardín, sumergiéndose en la atmósfera de lo que sería recordado como la fiesta de despedida, al menos por aquel verano.
En el centro de la sala estaban Miranda, Alba y lady Margaret.
Miranda llevaba un vestido de seda de un verde intenso, que le quedaba perfectamente y resaltaba su elegante figura.
Alba, a su lado, parecía un hada pequeña, con un vestido blanco, sencillo, pero bonito, y el pelo recogido en suaves rizos.
Lady Margaret, siempre impecable, destacaba por su porte regio y un vestido color lavanda que parecía hecho a medida para su figura.
Carlotta observaba la escena desde el jardín, junto a Georg.
—¿No te parece casi irreal? —preguntó Carlotta en voz baja.
—Todo está cambiando muy rápido.
Georg la miró y le tomó la mano con delicadeza.
—Quizá ese sea el secreto de la vida —dijo, con una sonrisa apenas esbozada—. Aceptar los cambios de la corriente y encontrar a alguien con quien nadar.
Carlotta captó la inevitable indirecta, mientras su abuela, al otro lado de la sala, le dedicaba una sonrisa llena de aprobación.
Después de la aventura en el lago la abuela Luisa le había explicado que había sido ella que, al verla tan amargada por el enésimo traslado, había intentado animarla y distraerla.
Cuando inspeccionó la villa, la primera vez que estuvo allí, leyó el diario de Elena y decidió que esa historia podría apasionar a Carlotta y, con un poco de suerte, darle ese valor que al principio de la temporada parecía que le faltaba.
—Para que pudieras encontrarlo y darte cuenta de que la vida no gira solo en torno a nosotros —le dijo—. Y también porque confiaba en que ayudarías a dos hermanas a reencontrarse.
También le contó que, durante la sesión de espiritismo, organizada solo para ellas dos, había protegido a Georg y a la niña.
—Entonces, ¿no crees en los espíritus? —le preguntó Carlotta—. ¿Solo querías probar algo nuevo? Entonces ¿Eleonor estaba manipulando la tabla?
La abuela entrecerró los ojos.
—Creo que hay mucho más de lo que vemos —le susurró—, y para ciertas preguntas ni siquiera yo tengo respuesta.
En ese momento, Carlotta vio cómo un carruaje se detenía ante la gran verja. De él descendió una pareja. Inmediatamente reconoció a Filippo y Patricia.
«Oh, no», se dijo.
Intuyó que ella aún no le había dicho nada. Los dos se acercaron, sonrientes y muy elegantes.
—Mis mejores deseos para vuestra unión —dijo Filippo, guiñándole un ojo a Carlotta—. Un hombre afortunado, Georg de Sajonia.
Carlotta se sonrojó y miró al duque que, ajeno a todo, levantaba la copa en honor a su unión.
Filippo besó a Patricia en la mejilla y se alejó.
Carlotta lo observó profundamente y se dio cuenta de que lo detestaba.
No por los dibujos, sino porque pensaba que era intocable.
Él y su arrogancia iban por ahí sin que a nadie le importara.
Pero ella se prometió que no siempre sería así.
—Aún no le he dicho nada —murmuró Patricia—. No sé cómo hacerlo.
Carlotta quería avergonzarlo esa noche ante todo el mundo, tanto la irritaba y tan grande era su indignación.
—Encontraremos la manera adecuada —le aseguró a su amiga. Georg se acercó.
—¿Qué quería Filippo? Te miraba con aire extraño. Yo diría que enigmático.
Patricia se apartó para dejarlos hablar.
—¿Y si te dijera que mi pluma de artista te pintó desnudo y que esos dibujos ahora están en posesión del marqués?
Georg se atragantó con el vino. Cuando se recuperó, para sorpresa de Carlotta, sonrió.
—Creo que nunca me aburriré contigo, Carlotta Albrecht. Cuéntamelo más tarde, cuando estemos solos. Parece una historia en la que inspirarse.
Lady Margaret se acercó a Carlotta.
—Qué maravilla estar aquí —comenzó diciendo con voz firme pero llena de simpatía—.
Esta noche celebramos no solo una boda, sino también nuevos comienzos.
Alba y Miranda se quedarán conmigo y tomarán el apellido Grey.
Y Alba tendrá en Como la oportunidad de recibir una educación y crecer en un entorno que espero que le dé todo lo que se merece.
Carlotta miró a la niña, que se escondió tímidamente detrás de Miranda, con el rostro sonrojado por la repentina atención.
Luego fue Miranda quien habló.
—Y yo —dijo con una sonrisa insegura pero llena de determinación— voy a perseguir algo que he pospuesto durante mucho tiempo. Voy a buscar a alguien, un chico al que perdí hace años, pero al que nunca he olvidado. No sé si lo encontraré, pero sé que tengo que intentarlo.
A Carlotta se le encogió el corazón. Era increíble ver a Miranda, siempre tan enigmática, revelarse ahora tal y como era. Sin máscaras ni subterfugios. Le estrechó la mano y Miranda le sonrió, agradecida.
Finalmente, para sorpresa de todos, Marianne se levantó.
—Antes de que termine la velada —anunció con voz cargada de emoción—, me gustaría decirle algo a mi hija, Carlotta.
Carlotta la miró sorprendida, mientras los invitados se volvían hacia ella con curiosidad.
—Esta villa— continuó Marianne— ha sido un refugio, un lugar de alegrías y penas, de secretos y verdades.
Pero también es un símbolo de familia, de amor, de futuro.
Por eso, he decidido que llevará tu nombre, Carlotta.
Será tu regalo de boda. La Villa Carlotta será tuya, representará el símbolo de lo que has construido y seguirás construyendo.
Carlotta se llevó una mano a la boca, conmovida por la emoción. No esperaba un gesto tan grande y lleno de significado.
—Mamá… —murmuró con los ojos brillantes, mientras Marianne le sonreía.
Los invitados aplaudieron y Carlotta sintió cómo Georg le estrechaba la mano. Todo estaba colocándose en su lugar, como si los hilos de la vida se entrelazaran perfectamente en aquella inolvidable velada.
La villa estaba sumida en el silencio de la noche cuando Carlotta cruzó el umbral.
El peso de las emociones de ese día, el anuncio de su madre, el futuro que se perfilaba ante ella la mantenían despierta, incapaz de encontrar descanso.
Ya estaba acostumbrada a ser una insomne.
Se asomó a una de las ventanas que daban al jardín, y observó la fachada de la villa iluminada por la luna.
La Villa Carlotta.
El sonido del nombre llenaba su mente. Estrechó el camisón con las manos mientras imaginaba su inicial grabada en la verja de la puerta principal: «C».
Una media luna. Pensó que sería perfecta, un símbolo del profundo vínculo que tenía con ese lugar, no solo porque era su propietaria, sino también como guardiana de historias y misterios.
Se dio la vuelta y se dejó caer sobre la cama, pero no era capaz de conciliar el sueño.
El carillón que estaba sobre la cómoda capturó su mirada.
Estaba allí, silencioso e inmóvil desde que había guardado la llave en su interior, pero ahora le parecía diferente, casi vivo.
Pensó en el pasado, en los recuerdos que guardaba la villa, en los secretos que había revelado.
Ya no le daba miedo lo que pudiera esconder.
Pero mientras intentaba dormirse, un sonido leve, casi imperceptible, la hizo sobresaltarse: el carillón.
Se había activado solo.
La melodía, dulce y melancólica, se extendió por la habitación, acariciando las paredes con sus notas. Carlotta se levantó lentamente, con los pies descalzos sobre el suelo frío, y se acercó a la cómoda.
Miró el carillón, sin tocarlo, el corazón le latía con fuerza, no había nadie en la habitación, pero la música seguía sonando.
—Abuela, eres tú, ¿verdad? —preguntó. Pero nadie le respondió.
Fuera, el lago era una alfombra plateada bajo la luz de la luna.
Atraída por un impulso que no podía explicar, se envolvió en un chal, y abrió la ventana. El aire era fresco, cargado del olor del agua y de la tierra húmeda. Y fue entonces cuando la vio.
Una figura blanca, etérea, caminaba por la orilla. No se movía como un ser humano, sino que parecía flotar, cada paso era como un susurro sobre el agua. Carlotta se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Parecía mitad humana, mitad espíritu, casi fosforescente bajo el resplandor de la luna.
Esta vez, sin embargo, no sintió miedo. Ya no era la joven insegura y asustada que llegó de Potsdam llena de rencores y reparos. Había cambiado, y con ella había cambiado la forma de ver el mundo.
La figura se volvió, por un instante pareció mirarla, o tal vez solo era un juego de luces. Luego se volvió de nuevo y desapareció lentamente, disolviéndose en el reflejo del lago. La melodía del carillón se desvaneció con ella, imponiéndose de nuevo el silencio.
Carlotta cerró la ventana con una sensación de calma que no había experimentado jamás.
Se acostó de nuevo, con los ojos cerrados, y esa vez retomó el sueño fácilmente.
Porque ahora sabía que los secretos del lago, de la villa, de su propia vida, no estaban allí para atormentarla, sino para ser revelados.