El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Georg se dirigió hacia el cuadro que estaba apoyado contra la pared, cubierto por una sábana blanca.

—Ábrelo tú —le rogó.

Se acercó al envoltorio y lo abrió. Sabía bien lo que representaba: Etienne Chevalier arrodillado, presentado por san Esteban a la Virgen. La escena de los dos personajes estaba ambientada en una iglesia, con superficies marmóreas que recordaban la arquitectura renacentista italiana.

—Son tan diferentes el uno del otro —murmuró Carlotta— y, sin embargo, quedan muy bien juntos, se complementan. La contemplación y ser contemplado…

—Un poco como tú y yo —respondió él.

—Georg —dijo ella en voz baja, volviéndose para mirarlo.

Había intuido la pregunta que él estaba a punto de hacerle y no quería oírla.

No tan rápido. No de esa manera. Era difícil de explicar incluso para ella misma, pero sus manos comenzaron a sudar y sintió que las paredes se estrechaban a su alrededor.

Pero él ya había empezado y a ella no le dio tiempo a detenerlo.

Se arrodilló frente a ella, con un gesto que era a la vez antiguo y lleno de sinceridad. Sacó una pequeña caja de terciopelo y la abrió.

—Carlotta —dijo con voz firme pero llena de emoción—.

Quiero pasar mi vida contigo. Ahora que Alba ha encontrado a su hermana, las cosas me parecen más claras.

Sé que tengo que ir a Potsdam y pedir tu mano a tu padre, pero por ahora…

—Se detuvo, mirándola a los ojos—, te lo pido a ti. ¿Quieres casarte conmigo?

Carlotta no podía concentrarse. Miró a su alrededor, como buscando un punto de apoyo para ganar tiempo. Vio cómo María cruzaba la habitación sin siquiera mirarlos, pálida como un fantasma.

—María —murmuró. Georg frunció el ceño.

—¿Cómo?

Carlotta dudó. Estaba enamorada de él, claro que lo estaba, se había pasado todo el verano pensando en ello. Pero la palabra matrimonio , la idea de pertenecer a alguien, el hecho de contentar a su padre, que Georg fuera la pareja que él esperaba, la hicieron dudar.

No podía permitir que Alberto de Prusia le ganara.

No después de lo que había descubierto recientemente, después de todo el dolor que le había causado a su madre.

Y había más: Carlotta acababa de descubrir el verdadero significado de la palabra libertad .

Lo sentía en su piel. Se preguntaba: ¿qué prisa hay por casarse?

No conseguía dar una respuesta satisfactoria.

Se amaban, claro. Eso le bastaba. Quería hacerle partícipe de sus pensamientos, pero las palabras no le salían.

Esperó un instante a que Georg se pusiera de nuevo en pie.

—Lo entiendo —concluyó—. No sé qué pasa por tu cabeza, pero… Creía que…

Las palabras se le atragantaron en la garganta. Carlotta quería aferrarse a su pecho, explicarse y explicárselo, pero se quedó clavada, inmóvil delante del cuadro, sintiéndose una estúpida.

—Te dejo que lo pienses a solas, lo he malinterpretado todo —acabó diciendo.

Se dirigió hacia la puerta, Carlotta intentó llamarlo para detenerlo, pero no pudo emitir ningún sonido.

¿De verdad había rechazado su propuesta? Intentó sentirse orgullosa, libertina, imaginarse como una mujer que llevaría su pintura a Francia y luego a América… Pero se dio cuenta de que sin él esos pensamientos no tenían sentido.

Cuando él se marchó, apareció la abuela en la puerta. Sus enormes ojos azules estaban abiertos de par en par, incrédulos.

—Mi niña —murmuró—, pero ¿qué es lo que le has hecho a ese hombre? Se ha marchado como un perro apaleado, ni tan solo nos ha saludado. ¿Qué ha pasado?

Carlotta le señaló el cuadro.

—Creo que he rechazado su propuesta de matrimonio, abuela.

Se hizo un silencio sepulcral. Carlotta miró a Luisa, parecía conmocionada. Se quedó mirando el díptico, incapaz de hablar.

Finalmente preguntó:

—Y, por favor, ¿puedo saber por qué? Está bien que yo también tuviera algunas dudas sobre la fiabilidad del duque, pero…

Carlotta se pasó una mano por la frente perlada de sudor.

—Me temo… que no tengo una idea clara. Me pareció lo correcto. Si me caso con él, es exactamente lo que mi padre espera de mí. Patricia está pasando por dificultades, María está sufriendo y yo…

Sacudió la cabeza.

—Niña, pero ¿qué ocurre? ¿Te das cuenta de que te estás escondiendo detrás de un montón de excusas? ¿Que estás diciendo tonterías?

Carlotta no respondió.

—La verdadera pregunta que debes hacerte es: ¿amo a ese hombre o me casaría con él solo por convención?

Carlotta guardó silencio. Pasó una mano por el cuadro.

—Dos mitades que se han reencontrado —murmuró.

—Claro —continuó la condesa Luisa, con cierta ironía en la voz—, rechazar a alguien que comprende tan bien tus propias pasiones, que incluso posee la otra mitad del cuadro…

—Me pregunto si fue él quien me regaló ese cuaderno para pintar…

—No, ese fue un regalo de esta pobre anciana, que no quería verte tan aburrida con todos esos ramos de rosas.

—¿Así que fuiste tú? —la acusó Carlotta incrédula.

—No quería que te detuvieras en la primera cesta de flores. Quería que buscaras esa… que luego encontraste —se justificó la abuela.

—Iba por buen camino —murmuró Carlotta— antes de que todo se arruinara.

—¡No puedo creerlo! —gritó María, entrando como una furia en la habitación—. ¿Le has dicho que no? ¿Estás mal de la cabeza?

—Lo he echado todo a perder —admitió Carlotta al final, mirando a su hermana y a su abuela.

Sus ojos se posaron en el cuadro, en su primera pelea bajo el árbol.

Se vio de nuevo delante de la fuente, después de que él se burlara de ella porque quería ser pintora.

«La nueva Artemisia Gentileschi», así le había dicho.

Siempre habían discutido, pero también habían hecho el amor, se habían protegido mutuamente.

Así eran ellos. Y nunca volvería a conocer a nadie como él.

Se dio cuenta de que el miedo a ceder a las convenciones la había llevado a decir no al hombre que amaba.

—¿Y ahora qué?

María resopló.

—Y ahora, princesa Carlotta, voy a llamar al carruaje.