El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

A la mañana siguiente, el sol se filtró entre las pesadas cortinas de la villa, iluminando la habitación de Carlotta con una luz dorada.

Carlotta estaba repasando mentalmente todo el día anterior.

Había dormido toda la noche abrazada a María, como cuando eran niñas, y había escuchado sus confidencias.

—No puedo dejar de pensar en lo que he hecho —dijo su hermana—. He decepcionado a todos. Pero sobre todo a mí misma. Me escapé dejándome llevar por un impulso, pero ya cuando nos detuvimos en Como, en casa de sus parientes, empecé a tener dudas sobre lo que sentía.

Carlotta la abrazó con fuerza.

—Te dejaste llevar por las emociones. No decepcionas a nadie por eso.

—La noche que pasé lejos de aquí —continuó ella— solo sirvió para llenarme de nuevas dudas.

Giovanni hablaba de familia, de hijos, de responsabilidades.

Me sentí asfixiada. Fue bonito mientras se trataba de algo prohibido, pero cuando lo vi tan decidido…

Y cuando intentaba expresarle mis dudas, se enfadaba, daba puñetazos a la pared.

Me asusté. Me pregunté si era eso lo que realmente quería. ¿He cometido un error?

—No, a veces tienes que darte un golpe en la cabeza para comprender. Si volvieras atrás, ¿harías algo diferente?

María la miró con ojos brillantes.

—No hay nada que no volvería a hacer, hermana.

—Entonces todo se arreglará.

María dudó.

—Ya no podré debutar, ¿verdad? ¿Estaré marcada para siempre?

Carlotta negó con la cabeza.

—Ni lo pienses. Se nos ocurrirá algo muy convincente, si quieres seguir optando por el matrimonio. Pero recuerda que eres más libre de lo que crees. Pase lo que pase, siempre estaré aquí para ti.

Se alegró de haberle dicho esas palabras a María. Si hubiera tenido una hermana mayor, le hubiera gustado que le dijeran exactamente eso: «Eres libre. Tú eliges el camino». Era el primer paso para cambiar realmente sus destinos ya escritos.

Carlotta se levantó, llamó a Annette para que la vistiera y luego se dirigió a la habitación de su madre. Johannes salía de ella y, por primera vez, Carlotta lo saludó con amabilidad.

Marianne estaba de pie, junto a la ventana, contemplando el lago. Tenía el aspecto de no haber dormido en toda la noche.

—Buenos días, Carlotta —le dijo sin volverse.

Carlotta no respondió. Se acercó, se detuvo un instante, y luego la abrazó por detrás, cogiéndola por sorpresa.

Marianne se estremeció.

—Carlotta… —murmuró con la voz entrecortada.

—Lo siento —susurró Carlotta, abrazándola con más fuerza—. Siento haberte juzgado. Siento no haberte entendido. Y, sobre todo, siento que nunca hayas conocido el verdadero amor.

Marianne se volvió y la abrazó a su vez, como si temiera que, al soltarla, todo pudiera desvanecerse. Era su primer abrazo después de años, y ambas se sentían un poco fuera de lugar.

—Yo también lo lamento —respondió—. Ojalá hubiera sido más fuerte. Ojalá hubiera podido protegerte de todo esto. Y en cuanto al verdadero amor, al que aludías ayer…, algún día te hablaré de él.

—No me casaré solo para contentar a mi padre —dijo, sintiendo cómo le asaltaba la rabia.

—Eres la orgullosa hija de tu madre —comentó Marianne, satisfecha—, pero sabes que no podemos oponernos a sus decisiones. Ya lo hablaremos. Ahora vete, he visto el carruaje de Patricia que cruzaba el camino de entrada.

Carlotta asintió, separándose de ella con dificultad. Bajó las escaleras con paso rápido. No dejaba de pensar en su padre, en aquellas duras palabras, en el hecho de que sin marido no podría volver nunca más al lugar donde había crecido, al que consideraba su hogar.

El mayordomo, sin darle tiempo siquiera a acomodarse en el salón, le anunció que tenía una visita.

—Haga pasar a lady Von Alten —dijo Carlotta, disfrutando de su expresión de asombro—. La estaba esperando.

Patricia entró en la estancia con el rostro marcado por una expresión que Carlotta nunca le había visto antes: una extraña combinación de vergüenza y determinación.

—Patti —dijo Carlotta, sorprendida—. No esperaba verte tan pronto. Creía que hasta el compromiso no tendrías tiempo para mí.

Patti cerró la puerta tras de sí y avanzó con pasos vacilantes, jugando con los guantes.

—Carlotta, tengo que hablar contigo. Y quiero hacerlo ahora, antes de que cambie de opinión.

Carlotta guardó silencio y le indicó una silla cerca de ella.

—Siéntate —dijo con dulzura—. ¿De qué se trata?

Patti se sentó, con las manos estrechando aún los guantes, como si fueran su único apoyo en aquel momento.

—Tengo que pedirte perdón —comenzó diciendo—, por todo. Por no haberte escuchado, por haberte acusado de ser envidiosa… Estaba tan obsesionada con la idea de un futuro con Filippo que no quería ver la verdad.

Carlotta suspiró. Filippo todavía tenía sus dibujos, pero, después de todo lo que había pasado, quizá eso era lo de menos.

—Patti, ¿qué intentas decirme?

Patricia respiró hondo, parecía que fuera a sumergirse en agua fría.

—Tenías razón. Filippo… no me quiere de verdad.

No utilizó el pagaré para organizar la fiesta, sino que se lo jugó al póquer.

Mi padre sospechaba algo y lo hizo seguir.

Quiere casarse conmigo, sí, pero solo por el dinero.

Está malgastando todos los bienes de la familia.

Y también sospecho que se acuesta con otras mujeres…

La voz de Patti se quebró y Carlotta se acercó para tomar sus manos entre las suyas.

—Patti, siento mucho que hayas tenido que descubrirlo de ese modo. Pero me alegro de que te hayas dado cuenta antes de que fuera demasiado tarde.

Patti asintió, tenía los ojos anegados en lágrimas, pero no permitió que se deslizaran por su rostro.

—No quiero vivir una vida de apariencias, Carlotta. No quiero ser solo otro adorno en la colección de Filippo. He decidido retirar mi promesa.

Temblaba. Si un hombre retiraba su promesa, la mujer quedaba cubierta de vergüenza, porque la culpa tenía que ser necesariamente suya. Pero si ocurría lo contrario, el escándalo no tenía fin.

—Aún no he tenido el valor de decírselo —admitió.

Carlotta le estrechó las manos con más fuerza.

—Yo te ayudaré —dijo con firmeza—. Haré lo que sea necesario, Patti. Te prometo que no estarás sola en esto.

—Hay algo más —admitió Patricia, mirando a su alrededor, como para asegurarse de que estaban realmente solas—. Algo que no me atrevo a contarle a nadie…

De nuevo secretos. Carlotta se estremeció. Pensó que las paredes de aquella villa eran tan gruesas porque tenían que darles cabida a todos ellos.

—Sabes que puedes confiar en mí.

Patricia se mordió el labio inferior.

—Con Filippo consumamos casi de inmediato. Creía que él se sentía atraído por Miranda, yo tenía pánico de perder a mi único pretendiente…, y qué pretendiente. Solo que…

Patricia respiró hondo.

—¿Solo que qué? —la animó Carlotta.

—Tengo un retraso tremendo. No me viene la menstruación desde hace más de un mes. Me temo…

La voz se le quebró. Carlotta apretó los puños. Primero María, ahora Patricia. Si poco antes las hubiera juzgado, ahora entendía lo que las había llevado a ser tan ligeras.

El deseo. Lo había temido y, al mismo tiempo, se había sentido atraída al ver lo que era capaz de hacer en los hombres y las mujeres. Ahora que lo había experimentado en su propia piel podía decir que era una fuerza imparable.

Patricia estaba a punto de romper a llorar. Carlotta la abrazó.

—Quizá haya una solución —la consoló—. No te desesperes, nada se ha echado a perder todavía. No estás perdida por haber cedido a un momento de placer.

Patti le dio las gracias con la mirada, sin poder hablar. Carlotta le acarició el pelo.

«Ya no me reconozco —se dijo—, ya no me reconozco en absoluto».

Esa noche, Carlotta caminaba junto a Georg por el pasillo de la villa. Sus pasos resonaban en el silencio solemne. Habían paseado por el jardín y él la había llevado al interior de la villa, con una expresión que no admitía preguntas y que la dejaba insegura, pero llena de curiosidad.

—¿Qué me estás ocultando ahora? —bromeó ella.

Georg no respondió, se limitó a sonreír y a cogerle la mano.

Atravesaron habitaciones que Carlotta conocía bien, pero esa noche parecían diferentes, cargadas de una nueva tensión.

Finalmente se detuvieron frente al cuadro de la Virgen de Melun , la obra que Carlotta había amado desde niña. La luz tenue de las lámparas de aceite iluminaba el yeso y los colores con una delicada gracia. Georg se detuvo, y señaló el cuadro, aunque sin mirarlo.

—¿Reconoces esto, Carlotta? —preguntó.

Ella asintió con la cabeza y se acercó lentamente.

—Claro que lo reconozco. Este cuadro siempre me ha fascinado. Es…, es mi favorito.

Él sonrió, una sonrisa leve, casi imperceptible.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos y te dije que tenía un asunto pendiente?

—Esperaba que me estuvieras cortejando, pero luego no volví a encontrar ese paquete. ¿Quieres decirme que tenías esto guardado desde entonces?

—En realidad, fue tu abuela quien lo vio en mi casa, cuando me trajo a Alba junto con la niñera y me dijo que la niña estaba deambulando por la villa llamando a su madre.

Fue la noche en que, según me dijo, Alba te despertó y creíste que había un fantasma en la villa.

Yo temía que ella les contara a todos mi secreto, así que le rogué que guardara silencio.

Ella vio… algo que te podía interesar. Ella cambió su silencio por esto.

La otra parte del cuadro. Me dijo que te obsesionaba.

La cuestión es que yo también llevaba toda la vida buscando la otra mitad… Fue difícil separarme de ella.

—No lo entiendo —dijo Carlotta—. ¿Por qué no me lo regaló enseguida?

Georg sonrió.

—Esperaba la ocasión adecuada. Como la de… un regalo de boda, por ejemplo. Al fin y al cabo, debutaste por eso.

—Sí —dijo Carlotta, melancólica, pensando en la carta de su padre. Su abuela le había guardado un regalo de boda, sin saber con quién se casaría, pero con la certeza de que debía hacerlo.