El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Cuando María cruzó el umbral de la villa, el corazón de Carlotta dio un vuelco. Marianne y su abuela Luisa la esperaban en el gran vestíbulo. Su madre lloraba y, en cuanto vio a María, corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, como si quisiera protegerla de todo el dolor del mundo.

—¡María, gracias a Dios! —exclamó Marianne, entre sollozos—. No sabes lo preocupada que me tenías.

María, todavía conmocionada, escondió el rostro en el hombro de su madre.

—Lo siento, mamá. Lo siento mucho. No quería…, no quería haceros daño.

—Ahora eso no importa —intervino la abuela Luisa—. Has vuelto, y eso es lo único que cuenta. Del resto ya nos ocuparemos mañana.

Carlotta se quedó rezagada, observando la escena con alivio y también con un poco de frustración. María estaba a salvo, había regresado, pero todo el peso de sus vidas sin resolver parecía pesar sobre ella como una losa.

María se disculpó de nuevo en voz baja y luego pidió retirarse a su habitación.

Marianne la acompañó hasta la escalera, acariciándole el cabello. Carlotta se quedó de pie junto a su abuela, con los brazos cruzados y el rostro tenso.

—Podrías haberlo evitado, mamá —dijo Carlotta, con un tono lleno de amargura—. Si hubieras estado más presente…

Marianne se quedó en silencio por un momento, con el rostro descompuesto por una expresión de dolor y rabia. Antes de que pudiera responder, intervino su abuela Luisa, que miró a Carlotta con severidad.

—No puedes hablarle así a tu madre. No sabes lo que se ha sacrificado por ti y por tu hermana.

Carlotta se volvió hacia ella, con el rostro completamente encendido por la ira.

—¿Sacrificado? ¡No os entiendo, no entiendo a ninguna de vosotras! ¿Cómo podéis hablar de sacrificios cuando todo se está derrumbando a nuestro alrededor?

El silencio pesaba. Carlotta sintió un vahído, como si todo el mundo se le escapara de las manos. Por un instante, apareció ante sus ojos la imagen de Marianne llorando, con el rostro oculto entre las manos. Parecía más joven, más vulnerable, de una forma que Carlotta no le había visto antes.

Cuando volvió a abrir los ojos, Marianne estaba allí, de pie, pero no pudo sostener su mirada. Sacudió la cabeza, tratando de alejar el pensamiento, y dio un paso atrás.

—Si papá estuviera aquí ahora…

—Si papá estuviera aquí, te diría que sería mejor que volvieras a Potsdam —replicó Marianne, exasperada.

—¿Qué estás diciendo? ¿Por qué sacas a relucir toda esa maldad?

—Carlotta —intervino Luisa—, escucha a tu madre, por favor.

Suegra y nuera se miraron, animándose mutuamente a hablar.

—Tu padre me escribe cartas, es cierto. Pero son amenazantes. Dice que no permitirá que vuelva a verte si no accedes al matrimonio que él espera, para reparar el escándalo que he causado. Yo no puedo volver a la corte, pero tú ahora solo puedes volver como prometida… Y es culpa mía.

Esas palabras golpearon a Carlotta como puñales.

—No puede ser verdad —susurró—. Abuela, ¿es verdad?

Luisa asintió en silencio.

La imagen de Marianne llorando se hizo más nítida en la mente de Carlotta y sus oídos comenzaron a zumbar.

—He hecho todo lo posible por vosotras —insistió Marianne—, pero tú no lo entiendes. Nunca has querido entenderlo.

—¡Ya basta! —intervino Luisa, levantando una mano para poner fin a la discusión—. Carlotta, déjala en paz.

Carlotta estalló.

—¡No puedo dejarla en paz, esta vez no! Siempre se ha escondido detrás de sus lágrimas, de su… libertad, mientras nosotras nos teníamos que encargar de todo. ¡Jamás ha sido realmente una madre!».

Luisa se quedó en silencio un momento, observando a las dos mujeres. Luego suspiró. Su rostro estaba marcado por un cansancio que no tenía nada que ver con la edad.

—Quizá sea hora de hablar —dijo finalmente, mirando a Carlotta—. Marianne, siéntate. Carlotta, escucha.

Marianne se sentó a regañadientes, con la mirada baja. Carlotta se volvió hacia su abuela y cruzó los brazos.

—¿Qué es lo que tengo que escuchar?

La abuela le entregó un sobre, con el sello abierto, de los Albrecht.

—Esto llegó ayer, pero tu madre no quería enseñártelo. Yo creo que ya es hora de que lo sepas, Carlotta, de que lo sepas todo.

Ella lo abrió y reconoció la letra de su padre.

Respetable madre, querida esposa:

He sabido por mediación de mis informadores que mi hija Carlotta ha rechazado la única propuesta de matrimonio que le ha llegado tras su debut.

¡Y qué propuesta! El sobrino de los duques de Pavía, el conde Francesco Melzi.

No hace falta que exprese cuánto lo lamento y que le recuerde las condiciones de mi promesa: si Carlotta no contrae un buen matrimonio antes de finales de verano, que aporte estima y respeto a nuestra familia y que repare la situación de escándalo en la que nos hemos visto envueltos, se casará necesariamente con el primer partido que había encontrado, es decir, el anciano duque de Wellington, siempre y cuando no haya concertado entretanto un matrimonio más ventajoso.

Exijo, por tanto, que regrese pronto a Potsdam para casarse. Marianne, tu elección recae sobre el honor de la familia y de nuestros hijos y no permitiré que se vuelva a hablar de esto en la corte.

Me pedisteis un verano para que Carlotta encontrara un marido; pues bien, ese tiempo se os ha sido concedido y está a punto de expirar.

Confío en tu buen juicio y espero el regreso a casa de María, que quedará al cuidado de mi tía, en nuestra casa de campo, mientras organizo mi próximo matrimonio con Rosalía Von Rauch. Estoy seguro de que comprenderéis mis decisiones y mi decepción.

Con todo mi cariño, os saluda,

E NRICH A LBERT DE P RUSIA

Carlotta no dejaba de manosear la carta, presa del pánico. Le zumbaban los oídos y sintió que estaba a punto de desmayarse.

—Pero Rosalía… —balbuceó, incrédula.

—Mi dama de honor —aclaró Marianne.

Luisa miró a Marianne con una especie de dulzura que le hizo parecer, por un momento, vulnerable.

—Carlotta —añadió Marianne, en voz baja—. No quería que lo supieras. No quería que lo recordaras. Pero eso hace falta para aclarar las cosas…, entonces te lo diré: tu padre me traicionó, muchas veces. Rosalía no es la primera, y seguramente tampoco ha sido la última.

Entonces Carlotta recordó. Dejó que su mente reviviera esa escena que durante años se había obstinado en olvidar, porque tolerarla le resultaba demasiado doloroso.

Esas imágenes no eran fruto de un sueño, como le había parecido en algunos momentos, sino que eran reales. La lujuria que había visto en los ojos de su padre, mientras Marianne lloraba, no era una imagen que pertenecía al mundo onírico, sino la realidad que había regresado para atormentarla.

—Yo… creo que lo sé —susurró—. Lo vi. Era una niña, pero lo vi.

Marianne la miró, sorprendida.

—¿Lo viste?

Carlotta asintió, los recuerdos afloraban en su mente en una oleada abrumadora. La bata de su padre, la mujer a su lado, que ocultaba su cuerpo desnudo bajo las sábanas.

—Una noche me desperté. Tenía sed y fui a buscarte, después de escapar de la niñera y de la institutriz.

Recorrí el pasillo hacia tu habitación, vuestra habitación…

Y él…, él estaba allí, en la cama que solíais compartir, pero estaba con otra mujer.

Reían, como si todo fuera normal. Él no me vio, pero recuerdo esa risa.

—¿Los interrumpiste?

—Oh, no, salí corriendo. Vi que estabas en las escaleras, llorando, pero solo quería olvidar. Creo que era demasiado pequeña para aceptar la realidad. Sin embargo, tu rostro se me quedó grabado en la memoria; era un rostro que sufría.

Dejó de hablar, tratando de respirar.

—Corrí a la habitación de María. Me metí en su cama y lloré toda la noche. Desde entonces, nunca he dejado de pensar que fue culpa tuya. ¿Por qué lo permitiste?

Las lágrimas corrían por el rostro de Marianne.

—Esa fue la primera vez. No pude hacer otra cosa, Carlotta —dijo con voz entrecortada—.

Lo intenté. Lo soporté, por vosotras. Después de aquella primera vez me juró que nunca volvería a pasar, que me quería y que para él era importante nuestro matrimonio.

Pero al cabo de unas semanas, cuando estaba embarazada de Albert, me di cuenta de que volvía a casa cada vez más tarde y que ya no visitaba mis aposentos.

Entonces le ordené a uno de mis consejeros de confianza que lo siguiera, y este me juró que lo vio tonteando con una baronesa…

Poco a poco, y a mi pesar, me di cuenta de con quién me había casado.

Nunca le bastaba, y las amantes eran cada vez más jóvenes.

Intenté perdonarlo porque no quería que mis hijos crecieran sin un padre, pero luego tomé conciencia de que todos sabían lo que ocurría en la corte y que yo era el hazmerreír de todos.

No tenía ningún respeto, ni por mí misma ni por el vínculo del matrimonio.

Entonces les conté a mis padres lo que estaba pasando en mi casa, pero estos ni siquiera se sorprendieron.

Ni mucho menos se decepcionaron. Para ellos era normal que un hombre tuviera amantes y que la mujer lo aguantara todo sin decir palabra.

Pero hay un límite para lo que uno puede soportar.

Todas mis doncellas pasaban por su cama.

Y cuando ya no pude más, fui yo la culpable, la traidora.

Compré la libertad con el dinero de mi padre y hui.

Dejé que también vosotros creyerais que solo era egoísmo por mi parte, porque no quería que le guardaseis rencor a vuestro padre y arruinaseis vuestro futuro.

Insistí en el matrimonio porque era la condición que él había impuesto.

Quería que fueras tú quien eligiera con quién casarse.

No quiero que te quite todo. Pero, como has leído en la carta, el tiempo se está acabando.

—Carlotta, tu madre ha sufrido más de lo que puedas imaginar —intervino la abuela—, y, a pesar de todo, se ha quedado por vosotros.

Yo he tenido un gran amor, lo sabes, tuve la suerte de enamorarme enseguida de mi marido, pero no siempre es así.

Y, cuando no es así, quien paga las consecuencias es siempre la mujer.

Carlotta intentó responder, pero las palabras se le atragantaron en la garganta. Había demasiada verdad en lo que había oído, demasiado dolor que ya no podía ignorar.

La casa se había quedado en silencio, y ese silencio parecía casi un alivio, como un respiro después de una tormenta. Pero en su mente todavía había caos, un torbellino de imágenes y palabras que no lograba acallar.

Las visiones.

Aquellas figuras fugaces, aquellas sombras en los pasillos y en los jardines, que a menudo había sospechado que eran sobrenaturales, aquel canto lejano que siempre parecía evocar algo olvidado.

Ahora todo tenía sentido. No eran fantasmas, no eran presencias sobrenaturales.

Eran sus recuerdos, aprisionados en la mente de una niña y que ahora volvían para atormentarla.

Alba no era el único ser humano en busca de respuestas en el corazón de la noche. También ella deambulaba por la villa buscando una verdad que no quería ver.

—Esta es la verdad, Carlotta. Lamento que la hayas descubierto así, pero quizá era el momento —dijo Marianne.

Ella no dijo nada. Se limitó a contemplar el lago, las olas que acariciaban el embarcadero, y tuvo la impresión de que estaban tratando de consolarlas a ambas.

Dos mujeres que habían sido heridas por el mismo hombre.

Mientras su madre se alejaba y su abuela la seguía, Carlotta dejó que las imágenes de sus recuerdos se fundieran con las aguas oscuras del lago y, al ponerse el sol, se permitió llorar.