El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Georg negó con la cabeza, sonriendo. Carlotta se inclinó para besarlo, él le devolvió el beso.

—Y lo más increíble es que seguiríamos haciéndolo toda la noche.

—¿El qué?, ¿discutir?

—No. Besarnos.

Puso su mano sobre la suya. Pensó en cuando se había acariciado imaginando que él la poseía y en el escalofrío de placer que había sentido cuando él había explorado su cuerpo.

Le tomó el rostro entre las manos y lo besó de nuevo, sintiendo sus cálidos labios, que le respondieron con una intensidad que la abrumó. Estaba en una posada y se sentía más libre y salvaje que en cualquier otro momento de su vida.

—Túmbate conmigo, solo un momento —le rogó. Georg tenía los ojos brillantes. Dejó que ella lo llevara de la mano hasta la cama. Se tumbaron juntos, él todavía con las botas y la chaqueta puestas, ella en enaguas.

—Esto empieza a ser inapropiado —murmuró Georg. Ella se acercó a él y le rozó la mejilla con la mano.

—Muy inapropiado —susurró—, pero confío en ti.

Él la miró y luego se esforzó por apartar la mirada.

—Quizá esto duela —susurró.

—¿Por qué?

—Porque estar así a tu lado me vuelve loco.

Carlotta quería oír exactamente esas palabras. Se incorporó sobre un codo, con el rostro muy cerca del suyo.

—¿De verdad te causo ese efecto?

Georg sonrió.

—No tienes ni idea del efecto que me causas.

—He imaginado tantas veces tus manos sobre mí.

—Yo también —admitió Georg.

Deslizó la mano entre sus muslos. La miró como pidiendo su aprobación, ella asintió.

—Por favor —añadió.

Georg la acarició allí, donde ella nunca se había sentido tan cálida y húmeda. La penetró con un dedo, respirando sobre ella, atento a cada expresión de su rostro. Ella estaba en éxtasis.

Carlotta se metió en la boca el dedo que él le ofrecía y lo chupó con avidez. No quería ser esclava de las convenciones. Al igual que su hermana, estaba decidida a dejarse llevar.

El cabello de Carlotta se adhirió a las mejillas de él, como si no quisiera soltarlo nunca más.

Georg le quitó la enagua con un gesto lento.

—Quizá deberíamos… —murmuró, sin apartar la mirada de sus pechos desnudos. Carlotta sentía que tenía los pezones erectos.

—Quizá deberíamos dejar de pensar —le dijo.

Georg se tumbó sobre ella. Sus ojos verdes, con mil reflejos de un lago en una tormenta, era lo único que Carlotta quería ver en ese momento.

Mientras él le besaba el cuello, ella le desabrochó los pantalones.

—Nunca me atrevería… —susurró el duque, que aún intentaba oponer una débil resistencia.

—No te atreverías a contradecir a una princesa que te desea —le susurró ella al oído—, por mucho que te guste discutir con esa mujer.

Georg le tomó los pechos entre las manos, los besó, haciéndola gemir. Se inclinó sobre su vientre, introduciendo la lengua dentro de ella.

—Si tengo que parar…

—No debes parar, debes continuar —logró decir ella, mientras oleadas de placer, como olas espumosas, atravesaban su cuerpo.

Él se tumbó sobre ella y comenzó a penetrarla lentamente, con tal delicadeza que Carlotta se vio obligada a arquear el cuerpo y pedirle que empujara más fuerte.

Nunca había experimentado esa sensación, ni siquiera en todas las veces que se había imaginado ese momento. El dolor agudo de algo que se rompía dentro de ella, en lugar de asustarla, la hizo gritar de placer.

—¿Te he hecho daño? —suspiró él, preocupado.

—Sí —respondió Carlotta—, y es también el dolor más placentero del mundo.

Georg aumentó las embestidas, mirándola a los ojos, y alcanzaron el clímax juntos, susurrando sus nombres.

Carlotta se dejó caer sobre la cama, vencida por un cansancio que le provocaba una agradable sensación de satisfacción.

Se dejó llevar por el sueño, con una mano sobre el pecho de él, que la seguía acariciando.

Pensó que la mayor victoria para una mujer era encontrar placer en sus propias decisiones y seguir los impulsos de libertad del alma.

Se rio para sí misma por ese pensamiento tan profundo, dictado por el inconsciente, y se dijo que pronto pintaría la escena en la que una diosa se concedía el lujo del amor con un druida del lago, por primera vez.

—Carlotta —susurró Georg cuando vio que ella abrió los ojos.

Ella se incorporó de un salto.

—¿Cuánto he dormido?

—Una hora, más o menos —respondió él.

—¿Y tú has estado despierto todo el tiempo? —preguntó Carlotta.

—Mirarte dormir es tan bonito como hacer el amor contigo.

Ella sonrió.

—Al menos, mientras duermo, no puedo llevarte la contraria.

Él la abrazó y le acarició el pelo. Carlotta miró por la ventana.

—Si nadie nos ha despertado, significa que aún no hay rastro de María.

—Acicalémonos y reanudemos la búsqueda.

Carlotta asintió. Hizo ademán de levantarse, pero él la retuvo.

—Primero dame un beso.

—Solo si me lo pides con amabilidad —replicó ella.

Carlotta estaba a punto de besarlo cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y ante ellos se precipitó un joven mensajero con el pelo revuelto.

—¡Lady Carlotta! ¡Conde Georg! —exclamó jadeando—. Los han visto. En el puerto de Como. Una diligencia está a punto de partir.

Carlotta se levantó tan rápido que volcó el vaso de agua sobre la mesita. Se secó los labios, reparando que la mezcla de cansancio y pasión había prevalecido sobre todo lo demás. Georg ya se había puesto en pie. Tenía el rostro enrojecido.

—¿María? —preguntó, lleno de esperanza y temor—. ¿Estás seguro?

El chico asintió frenéticamente.

—No estoy seguro, pero la descripción que nos habéis dado coincide. Un hombre y una chica rubia, muy elegante.

Georg agarró la capa y la echó sobre los hombros de Carlotta.

—Vamos —dijo—. No hay tiempo que perder.

Se tomaron de la mano, como dos cómplices en una estafa. Carlotta estaba inquieta por su hermana, pero al mismo tiempo no podía olvidar lo que acababa de pasar, y le parecía estar flotando en una nube mientras corrían hacia el puerto.

Cuando llegaron, el olor del lago y el estruendo de las olas que rompían contra los muelles los envolvieron.

Los barcos se balanceaban sobre el agua cristalina.

Era un caos de voces y ruidos: marineros que daban órdenes a gritos, cuerdas que se tensaban y el sonido sordo de las cargas que se arrastraban hacia los barcos.

De ellos bajaban algunas damas, acompañadas por sus caballeros, que se dirigían a paso ligero hacia las diligencias.

Carlotta buscaba frenéticamente entre la multitud.

—¡María! —gritó, pero su voz se perdió entre el tumulto.

Fue Georg quien la vio primero.

—Ahí —dijo, señalando una figura femenina junto a un hombre alto y robusto. Estaban junto a un carruaje, en el que estaban cargando el equipaje. El viento alborotaba el cabello de la joven, a la que agarraba el jardinero.

María y Giovanni. Un amor imposible, se dijo Carlotta, admirando el valor y la impudicia de su hermana.

Carlotta corrió hacia ellos sin pensar.

—¡María! —gritó de nuevo, y esta vez su hermana se volvió.

Estaba llorando. Tenía los ojos enrojecidos y las mejillas surcadas por regueros salados que se mezclaban con la lluvia fina.

Giovanni la agarraba del brazo, tratando de convencerla de que subiera al carruaje.

Sus ojos estaban fuera de sí, como aquella primera vez que lo vio maltratando al caballo.

Aquellos ataques de ira debían de ser más frecuentes de lo que María había imaginado, porque ella aparecía a los ojos ajenos como conmocionada.

Carlotta los alcanzó, jadeando.

—Ya no sé si es lo correcto —oyó decir a María, con voz entrecortada—. No puedo hacerlo, Giovanni. No puedo dejarlo todo.

—¿Adónde pensáis ir? —preguntó Carlotta, temiendo cualquier respuesta.

—A Gretna Green —respondió Giovanni, decidido.

—¿Qué es Gretna Green? —preguntó Georg.

—Una ilusión de felicidad —respondió Carlotta, mirando a su hermana—.

En Sajonia es muy conocido: está situado en Dumfriesshire, y se considera el primer pueblo de Escocia, después de la frontera.

Allí, los menores de edad pueden casarse libremente, sin el consentimiento de sus familias, porque no se rige por las leyes del Parlamento inglés.

El primer edificio que se encuentra en Gretna Green es precisamente la herrería, que es el símbolo de esta ciudad.

El herrero deposita sus herramientas, llama a los testigos y, con un golpe de yunque, declara marido y mujer a los jóvenes amantes, antes de que lleguen los padres de la novia.

María asintió.

—Como en Orgullo y prejuicio , que hemos leído juntas —añadió, dirigiéndose a Carlotta.

Georg la miró sorprendido.

—Sí, lo he leído —admitió Carlotta—. ¿Acaso hay algo malo en ello?

—No, Carlotta —respondió él, a la defensiva—. Es solo que no creía…

—Bueno, no solo leo a Goethe y Shakespeare. Me parece admirable la obra de Jane Austen. Y creo que puede representar una visión de nuestra sociedad, con todas sus contradicciones. Dicho esto, me parece una tontería lo que has pensado, María.

Georg asintió sin decir nada.

Carlotta agarró a su hermana por el otro brazo, obligándola a mirarla a los ojos.

—María, escúchame, te lo ruego —dijo, con la respiración entrecortada—. Sé lo que sientes. Créeme, ahora te parece que no tienes otra opción, tu corazón está a punto de estallar de pasión, pero… No puedes arruinar tu vida así.

Giovanni dio un paso atrás, inquieto, entre Carlotta y María.

—No estamos huyendo —la tranquilizó María, pero su voz era débil, insegura—. Estamos buscando un futuro mejor.

—Un futuro mejor no se construye huyendo —intervino Georg—, ni dejando atrás a las personas que te quieren.

María miró a Carlotta, luego a Giovanni y de nuevo a Carlotta.

—Yo…, yo no quería que acabara así —murmuró—. Solo quería ser feliz.

Carlotta le estrechó las manos, ignorando el viento que le helaba los dedos.

—Y puedes serlo —dijo, con una voz llena de una dulzura que no sabía que tenía—. Pero no así, María. No de esta manera. Ven conmigo. Volvamos a casa, juntas.

María temblaba, Carlotta observó toda la indecisión reflejada en su rostro.

Siempre había sido impulsiva, pero nunca había llegado tan lejos.

Por un lado, la admiraba, realmente había pensado que podía marcharse sola, dejando atrás la carga de los Albrecht.

Por un momento se preguntó si no debería dejarla ir, libre, a perseguir su destino.

¿Quién era ella para retenerla, después de todo?

María soltó a Giovanni y se acercó a Carlotta.

—Está bien —susurró, derrumbándose en los brazos de su hermana.

Georg hizo un gesto a Giovanni, que estaba a punto de replicar, pero luego se volvió sin decir nada, quedándose quieto mirando el carruaje. Se inclinó para coger el equipaje de María, resignado.

—No puedes volver a la villa —le advirtió Carlotta—. Sabes que no puedes.

Él asintió. María comenzó a sollozar con fuerza, mientras él subía y le hacía señas al cochero para que partiera.

—Estás haciendo lo correcto —intentó consolarla Carlotta—. Si es amor verdadero, encontraréis el modo.

Pronunció esas palabras mirando a Georg, que se aseguraba de que Giovanni se alejaba de verdad.

Carlotta abrazó a María con fuerza, mientras el estruendo a su alrededor parecía desvanecerse.