El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

La villa parecía estar sumida en un silencio inquietante cuando Carlotta cruzó el umbral.

Se dirigió inmediatamente al salón principal, con las manos sudorosas y el vestido como si la hubiera atrapado en una tenaza.

Georg había preferido acompañarla y la esperaba fuera porque no era apropiado entrometerse en asuntos familiares.

Su madre la esperaba en el salón, con el rostro tenso y pálido, agarrando nerviosamente un pañuelo entre las manos.

—Mamá, ¿qué ha pasado? —preguntó Carlotta.

Annette la estaba abanicando, mientras los criados murmuraban, inquietos.

Marianne se levantó, con los labios temblorosos mientras intentaba hablar.

—María… —comenzó, pero se detuvo, como si le faltaran las palabras—, María se ha escapado.

Carlotta sintió que el corazón le daba un vuelco. Era lo que había dicho el mensajero, pero hasta el último momento había esperado que se hubieran equivocado.

—¿Por qué? ¿Con quién?

Marianne se levantó de un salto, agarrando el pañuelo con tanta fuerza que casi lo hizo pedazos.

—Ha dejado una nota, solo dice que no nos preocupemos por ella, que seguro que todo será para mejor, que será feliz. No dice dónde. He puesto un anuncio en cuanto he encontrado la breve carta de despedida.

Carlotta leyó rápidamente el mensaje, que parecía escrito de forma apresurada.

—Si sabes algo, habla —dijo Marianne.

—Sé lo mismo que tú, madre. María llevaba unos días rara.

Luisa tamborileaba los dedos en el cristal de la ventana.

Carlotta pensó en la conversación que había mantenido con su hermana, en su amor por el jardinero. Era plausible que se hubiera fugado con él, pero ¿adónde?

—Una cosa es segura: no nos quedaremos aquí con los brazos cruzados. Voy con el duque a buscarla —dijo Carlotta.

—Pero ¿no será peligroso? Ya han movilizado a los gendarmes… —protestó débilmente Marianne.

—No puedo quedarme esperando, madre. Quédate aquí: si vuelve, encontrará a alguien que la acogerá.

No esperó respuesta, salió corriendo, confiando en que Georg estuviera dispuesto a acompañarla.

El duque todavía estaba en el jardín de la villa, a punto de subir al carruaje.

—¿Qué pasa? —preguntó, dejando el caballo y acercándose a Carlotta.

Ella se lo contó todo, con la voz temblorosa cuando se puso a hablar de María y del jardinero, y Georg se quedó inmóvil por un momento; luego le tomó las manos entre las suyas.

—Un jardinero y una noble —murmuró el duque—. Pensemos: ¿adónde podrían haber ido?

—Solo sé que ella está enamorada de él, que ya han… En fin, ella se ha entregado a él. Lo ama.

—Si es así —dijo Georg, «solo hay un lugar al que podrían querer ir: a Como, de donde salen todas las diligencias».

Carlotta frunció el ceño.

—Debemos darnos prisa —insistió el duque—. Si estoy en lo cierto, deben dirigirse hacia allí para tomar una diligencia que los lleve a Génova.

—Espero que así sea —murmuró Carlotta, que ya sentía flaquear sus fuerzas.

—La encontraremos —dijo él—. Te prometo que la encontraremos.

Decidieron registrar Como, los puertos y las pensiones a lo largo de las orillas del lago. Carlotta avanzaba con el corazón en un puño, escudriñando cada rincón, cada sombra, cada rostro desconocido.

Aún no había estado en la ciudad y se había prometido visitarla.

La belleza de aquella joya engastada entre las orillas del lago le pareció violenta en comparación con lo que estaba sintiendo.

Las callejuelas empedradas, salpicadas de palacios nobiliarios y bordeadas de árboles centenarios, se abrían a sugerentes paisajes, donde el tiempo parecía transcurrir lentamente y chocaba con el frenesí de su búsqueda.

Atravesaron con ansiedad febril el corazón palpitante de la ciudad, la piazza del Duomo, dominada por una imponente catedral, con sus agujas y sus refinados detalles góticos.

De María no había ni rastro. Llegaron también a la piazza Cavour, donde las chácharas de los habitantes se mezclaban con el bullicio de las actividades cotidianas, y donde artistas e intelectuales encontraban el ánimo necesario para entablar vivaces discusiones.

Allí, Carlotta esbozó un retrato de María y pidió a un pintor callejero que lo difundiera y que avisara a los guardias si la veían.

Georg la observaba sin ocultar su admiración, mientras ella trazaba con mano decidida, a lápiz, el rostro de su hermana.

Luego se acercaron a unos hombres que descargaban cajas y a las mujeres que se apresuraban a terminar las tareas antes del almuerzo.

—¿Han visto a una chica alta, elegante, con el pelo rubio en compañía de un joven? —preguntó, con una voz que delataba la ansiedad que intentaba reprimir.

Algunos se limitaban a negar con la cabeza, otros respondían con un distraído «no, milady», antes de retomar sus quehaceres.

Georg siempre estaba a su lado, con paso rápido y la mirada atenta, sin detenerse nunca demasiado tiempo en un solo sitio. Era como si estuviera en estado de alerta constante, listo para reaccionar ante cualquier indicio, por pequeño que fuera.

Se adentraron también en las estrechas y empedradas calles de Como, y luego en las pensiones y posadas que bordeaban el lago.

Cada edificio parecía más sombrío y descuidado que el anterior, con puertas que chirriaban y ventanas cubiertas por cortinas descoloridas.

En cada posada repetían las mismas preguntas, y recibían siempre las mismas respuestas negativas.

De pronto, mientras se hallaban en un muelle desierto, Carlotta se detuvo, jadeando y con la frente perlada de sudor. Sus manos temblaban ligeramente, y Georg se dio cuenta inmediatamente.

—Basta, Carlotta —dijo, acercándose a ella—. Tienes que descansar un momento. No podemos seguir así.

Carlotta negó con vehemencia, con el pelo que le caía sobre los hombros.

—No quiero volver —respondió, con la voz quebrada por la angustia—. Aquí me siento cerca de ella. Cada minuto que perdemos podría alejarlos más.

Georg le puso una mano en el hombro, y la obligó a mirarlo.

—No serás de ninguna ayuda para tu hermana si te derrumbas por el agotamiento. Todos nuestros sirvientes están en alerta. La están buscando por todas partes y sabes que tienen sus contactos. Por favor, déjame ayudarte. Paremos un momento. Reanudaremos la búsqueda en breve.

Carlotta lo miró fijamente, con el rostro pálido y los ojos surcados de ojeras.

Había algo en su tono, en la calma que transmitía, que logró penetrar el muro de su agitación.

Asintió lentamente, y Georg le hizo una señal para que lo siguiera hacia una posada no muy lejana, un edificio modesto pero acogedor, con una luz cálida que se filtraba por las ventanas.

Entraron, y el olor a madera ahumada y pan fresco los cautivó de inmediato. Georg se dirigió al posadero y regresó con la llave de una habitación.

—Podrás descansar unas horas. Yo estaré siempre alerta. Le he dicho al posadero que, si alguien nos busca, que nos avise de inmediato.

La habitación estaba en el segundo piso. Carlotta siguió a Georg, conteniendo la respiración. Una vez en el interior, él comprobó que todo estuviera en orden, y le sirvió un vaso de agua.

—La encontraremos, aunque tengamos que poner Como patas arriba —dijo, tratando de consolarla.

—No es responsabilidad tuya —balbuceó ella, reprimiendo las lágrimas—. María es mi hermana. Yo debería encontrarla, yo debería protegerla. Acabo de presenciar el reencuentro de dos hermanas, mientras mi familia se desmorona cada vez más…

Georg negó con la cabeza.

—No estás sola en esto —respondió—. Somos dos, Carlotta. Y resolveremos la situación, pero debemos mantener la cabeza fría. Prométeme que te tomarás unas horas para reponerte. Luego volveremos a empezar, te lo juro.

Carlotta lo miró y, por un momento, el peso del mundo pareció aliviarse. Ya no estaba sola, en esta ocasión. Quizá se equivocaba, pero por primera vez le pareció tener a su lado a alguien capaz de comprenderla.

Asintió débilmente, dejando que el agua fresca le calmara la garganta.

—Estaré aquí fuera —dijo él, disponiéndose a salir.

—Georg —murmuró ella—, para tumbarme tengo que quitarme el miriñaque.

—Claro —respondió él—, puedo llamar…

—¿Puedes hacerlo tú?

Él tragó saliva.

—Creo que puedo, sí.

Carlotta le dio la espalda y él forcejeó con los lazos del vestido. Ella sintió su tacto y se mordió el labio inferior. Cuando le levantó el vestido, sintió que su piel ardía de deseo.

—Carlotta —susurró él—. He intentado evitarlo, pero… Desde el primer momento supe que me encantaba discutir contigo.

—Menuda declaración, duque —exclamó Carlotta, algo resentida. Se estaba desnudando delante de él y Georg hablaba de sus discusiones.

—¿Lo ves? Siempre tienes la respuesta adecuada, con ese toque de sarcasmo odioso…

Carlotta abrió los ojos de par en par.

—Increíble —dijo—. No sé cómo es posible, pero estás empeorando tu posición.

—Como siempre cuando discutimos, ¿no?

—Todo lo dices tú y no voy a negar lo evidente.

—Planteémoslo así, entonces: eres terca, no puedes negarlo.

Orgullosa hasta el punto de no admitir nunca cuando te equivocas.

Pero preferiría discutir contigo toda la vida antes que encontrarme en un matrimonio en el que no creo, con una mujer perfecta, que se atiene a todas las convenciones sociales, que nunca me hace quedar mal, pero que no me hace sentir… esto.

—¿Esto…?

—Esto…, este embrollo de sentimientos al que no puedo ponerle un nombre, que está ahí desde la primera vez que me robaste el árbol del jardín.

—Por fin lo reconoces —suspiró ella.

—Solo he dicho que no puedo ignorar nuestros enfrentamientos, por mucho que haya intentado alejarte.

—¿Y por qué? ¿Por qué has intentado alejarme?

—Ya sabes por qué. Se trataba de Alba y de nuestra sociedad, que no quiere que seamos libres. Solo que tú eres orgullosa y…

—De todos modos, el árbol era mío. Yo me había escondido allí antes que tú.

—¿Cómo has dicho?

—El árbol del jardín, la primera vez que nos vimos. Hace un momento has dicho que te robé el árbol. Pero no fue así.