El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Cuando supe que los míos habían muerto, pues así me lo comunicó la cocinera, que conocía al pescador que me mantenía escondida, todo lo que me quedaba era Alba.

No está claro cómo perdieron la vida aquella maldita noche, pero por la rapidez con la que Alfonso Valsecchi se marchó, me temo que él fue el culpable.

Los cuerpos fueron encontrados en la orilla, los gendarmes dijeron que habían muerto ahogados.

Quería volver a la villa, pero el pescador que me había ocultado me dijo que no resolvería nada, al contrario, que no haría más que poner en peligro la vida de mi hermana.

La cocinera había tenido que marcharse con la familia Valsecchi a Milán.

Antes de irse, buscó a la niña por todas partes, pero esta había desaparecido.

Mientras tanto, los Valsecchi parecían tener prisa por escapar.

No eran bien vistos en Tremezzo. La gente había empezado a murmurar.

—¿Y luego qué pasó? —la apremió Carlotta.

—Me encontré con lady Margaret. Por casualidad, o quizá por destino.

Estaba de visita en el lago, buscando un guía que hablara italiano.

Me dijo que le encantaba nuestra lengua, que quería aprenderla.

Cuando me preguntó si estaría dispuesta a seguirla a Londres, dudé.

Vivía en la buhardilla del viejo pescador, mientras intentaba descubrir cuál sería mi destino.

Pero no podía dejar de buscar a Alba. La cocinera, antes de abandonar la villa, me aseguró que no había ni rastro de la niña y me aconsejó que no me dejara ver durante un tiempo, porque Alfonso Valsecchi se había marchado, sí, pero no sus hombres, a quienes había pagado bien para que lo avisaran en caso de que, por casualidad, hubiera sobrevivido.

Yo… me convencí de que no había nada más que pudiera hacer…

, pero marcharme no fue una decisión fácil: era como si yo también la estuviera abandonando.

Elena apretó los labios: la culpa la estaba devorando.

Lady Margaret aclaró la voz.

—No sabía lo que le había pasado a Elena —explicó—, pero percibía su sufrimiento y veía que siempre miraba a su alrededor con ojos asustados. Me parecía que estaba buscando una vía de escape. Y yo era una mujer que estaba sola. Pensé que me haría compañía.

Miró a Elena y sonrió.

—Lo que no imaginaba es que entre nosotras se establecería esta relación. Para mí, Elena es la hija que nunca tuve.

Elena le estrechó la mano.

—Lady Margaret preparó un ungüento especial para mis quemaduras, es un remedio, sobre todo cuando tengo crisis y siento que todavía estoy envuelta en llamas.

—¿Es lo que te pasó en Villa Camelia? —preguntó Carlotta.

Elena asintió.

—Así que me quedé en Londres durante unos años.

Fui a una escuela y pude curar mis heridas, tanto las internas como las que habéis visto en mi cuerpo.

Poco a poco me convertí en otra persona, entre ensayos de baile y lecturas.

Amo esa ciudad, me permitió renacer, pero había dejado demasiado aquí, en el lago de Como. Solo necesitaba tiempo.

—¿Te cambiaste de nombre enseguida? —preguntó Carlotta. Aún no podía creerse que Elena y Miranda fueran la misma persona. Le había dado vueltas toda la noche, buscando paralelismos entre lo que había leído en el diario y la figura que tenía ante sí. Pero le resultaba difícil encontrarlos.

—No, la decisión fue mucho más tarde. Fue mérito de lady Margaret. Yo sola nunca habría podido construir otra identidad. No se me habría ocurrido. Era más ingenua entonces y creía que bastaría con volver y preguntar. Pero ¿quién iba a hacer caso a una sirvienta?

—Leía en su mirada la melancolía de quien tiene cuentas pendientes y decidí preguntarle qué había pasado antes de conocernos —explicó lady Margaret.

—Así que le conté lo de Alfonso, lo que había sufrido.

Le dije que tenía una hermanita, que no sabía dónde estaba.

Cada noche, cuando cerraba los ojos, veía su rostro.

Pequeña, con ese pelo suave que nuestra madre le peinaba siempre dos veces al día.

La oía llamarme, Nena, Nena, pero su voz se perdía entre el rumor del río, en los callejones de Londres, en mi mente que no encontraba la paz.

Quería volver. Quería saber qué le había pasado.

Carlotta estrechó la mano de Georg, que temblaba.

—Hace tiempo —murmuró lady Margaret— que tenía la idea de mudarme a Italia durante la temporada de verano.

Pensé que volver a los lugares donde había crecido Elena tal vez nos permitiría saber qué le había sucedido a aquella niña.

Sabía por una amiga que toda la nobleza se reunía para negociar y concertar matrimonios justo en el lago, así que compré una villa y le propuse a Elena, que tenía la edad perfecta, que se presentara como mi hija.

¿Hay algo que un buen vestido no pueda hacer para convencer a los demás?

—En efecto —balbuceó Carlotta—, solo parecías un poco excéntrica. Nadie sospechó de tus orígenes.

—Eso es porque lo hicimos bien —explicó Elena—.

Hace tiempo, lady Margaret había colaborado como diseñadora de vestuario en los ensayos de una compañía de teatro.

Todavía conocía al director de escena. Me llevó con él y aprendí a actuar.

No solo tenía que demostrar que era buena montando a caballo y bailando, también tenía que convencer a todos de que era Miranda.

Esa fue la parte más difícil. Las quemaduras en el cuello no me permitían peinarme como la mayoría de las nobles, así que creamos las trenzas.

Pero, junto con las trenzas, tenía que desarrollar mi carácter inconformista… Fue agotador.

—¿Y ese cuchillo? —preguntó Georg.

—Nunca me separo de él, desde que sufrí la agresión del señor Valsecchi. El miedo te blinda.

Carlotta estaba atónita. Por un lado, sentía admiración, por otro pensaba que había sido una estúpida por no haberse dado cuenta de nada.

—Cuando estuve lista, dejé a Elena en Londres y partí como Miranda. Conseguimos que debutara el mismo día que tú, Carlotta, porque quería entrar en la villa. Empezar allí mi investigación.

—Cuando te conocí —intervino Georg.

—Sí.

—Entonces, ¿no te interesaba casarte? —preguntó Carlotta. No podía mirarla a los ojos.

Elena dudó.

—La verdad es que no pensaba en ello. Ya he estado enamorada en el pasado y no acabó bien.

—¿Alguna vez habías pensado en decirnos la verdad? —preguntó Georg.

—Nadie habría aceptado la verdad. Nadie habría creído a una sirvienta que volvía para reclamar a su hermana después de haber huido, y temía que quien lo hiciera me relacionara con los Valsecchi.

Todavía me aterroriza ese hombre. Y sí, me acerqué a ti, Georg, porque sabía que estabas vinculado a la villa, al lago.

Muchos nobles empezaron a decir que no era la nieta de lady Margaret Grey, sino solo su pupila, una pobrecita recogida en la calle.

Y sabemos muy bien la diferencia que eso puede suponer en nuestra sociedad.

—La sangre real… —murmuró Carlotta, recordando las conversaciones con Francesco.

—Lady Margaret me ayudó como siempre había hecho con las niñas huérfanas desde que enviudó.

Estaba complacida de que mi tío se hubiera preocupado por mi educación, le hacía compañía, pero…

—Miranda hizo una pausa—, estaba muy segura de que encontraría a Alba —murmuró—.

A menudo me pregunto dónde estará ahora, qué estará haciendo.

Me pregunto si se acuerda de mí, si todavía siente mi ausencia como yo siento la suya.

El silencio que siguió fue pesado. Georg se levantó, se acercó a la ventana, apartó las cortinas de terciopelo rojo y volvió sobre sus pasos.

Carlotta nunca lo había visto tan tenso.

—La única palabra que me dijo al principio fue Nena —dijo finalmente, con voz temblorosa.

Elena lo miró, incrédula.

—¿Qué?

Georg asintió.

—También dijo «mamá», para ser sinceros.

—No es una broma, ¿verdad? —dijo Elena, que parecía haber recuperado el color en las mejillas.

—La encontré yo —admitió Georg, con el rostro marcado por una extraña dulzura—. Después de aquella tormenta la descubrí sola en el jardín de la villa. Estaba asustada. No había nadie que la buscara, así que, después de preguntarle al guarda si sabía algo, la llevé conmigo.

Elena se puso de pie de un salto, con las manos temblorosas.

—¿Dónde…, dónde está? Quiero verla.

Elena parecía no creerlo. Carlotta la observó y comprendió lo difícil que debía de haber sido para ella disfrazarse de Miranda, fingir que le interesaban los bailes y los cortejos, cuando en realidad su objetivo era algo completamente distinto.

Se dijo que ella, en realidad, aunque no tuviera sangre real, era más noble que todos ellos.

La afinidad que había percibido con aquella chica, en el fondo, era auténtica: ninguna de las dos estaba interesada en las modas, los bailes o los cortejos.

A pesar de tener propósitos diferentes, se habían encontrado y había surgido una relación genuina entre ellas.

Mucho más que con numerosas mujeres nobles y ambiciosas, con las que nunca había sabido de qué hablar.

Georg se volvió hacia Carlotta, como si si pretendiera buscar la fuerza en ella.

—Está conmigo, Elena. Está a salvo.

Carlotta estrechó con dulzura la mano de Miranda, tratando de transmitirle un poco de tranquilidad.

No podía creer que estuviera estrechando la mano de Elena, su Elena, a quien había sentido amiga cuando nadie parecía haber entendido sus deseos y su verdadera vocación.

Luego tomó el diario, que había dejado sobre la mesita.

—Miranda, esto es tuyo. Te lo devuelvo —dijo en voz baja pero intensa.

—¿Cuándo lo encontraste? —preguntó Miranda.

—Casi en cuanto llegué a la villa. No sabía qué esperar. Era como espiar la vida de otra persona, alguien a quien apenas conocía pero que parecía gritar para que la escucharan.

—En esas páginas hay tanta verdad… Está mi vida.