El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

La oscuridad comenzaba a dar paso a una luz dorada, que traía consigo toda la expectación de aquella mañana.

Carlotta había insistido en que Georg pasara a recogerla temprano.

Él le dijo que tal vez era mejor esperar al menos hasta la hora del té, pero ella no había atendido a razones.

Le había costado conciliar el sueño, ansiosa como estaba por descubrir la verdad sobre Miranda.

Había empezado a hojear el diario en busca de palabras de Elena que pudieran darle alguna pista sobre quién era Miranda, algo que se le había escapado.

Pero no conseguía ponerle a Elena la cara de Miranda, imaginársela con ese pelo largo y esos vestidos excéntricos.

El duque se presentó a caballo y le pidió, con una sonrisa pícara, que montara.

—No te dejaré las riendas, tranquila —bromeó. Ella levantó los ojos al cielo.

Se sentó pegada a Georg, el calor de su cuerpo la tranquilizaba más que cualquier palabra.

El caballo trotaba con determinación por el sendero, el sonido de los cascos a un ritmo constante parecía marcar sus pensamientos.

Sus manos se aferraban a la cintura de Georg, quizá con más fuerza de la necesaria, pero él no parecía notarlo.

Al contrario, de vez en cuanto bajaba la mano derecha para cubrir la de ella, estrechándosela brevemente antes de volver a sujetar las riendas.

El sendero serpenteaba entre densos bosques de hayas y alerces, cuyas ramas se balanceaban suavemente con la primera brisa.

A los lados, en medio de los suaves claros aún húmedos por el rocío, asomaban arbustos de enebro y manchas de brezo, cuyas delicadas flores, en tonos violetas y rosas, salpicaban el intenso verde de la vegetación.

Al fondo, los Alpes se recortaban contra el cielo enrojecido y el lago reproducía fielmente las siluetas de las montañas, como un pintor hechizado.

—Todo va bien —le dijo Georg sin volverse.

Su voz era tranquila, profunda, como el lago en las noches sin viento.

Carlotta no respondió, pero asintió contra su espalda.

Percibía los latidos de su corazón a través de la tela de la chaqueta, un ritmo que la hacía sentir protegida, y por un momento se dio cuenta de que no tenía miedo de nada. No con él.

La carretera era irregular, pero Georg parecía conocer cada curva.

Carlotta se concentró en el sonido de la respiración del caballo, en el olor del cuero de la silla, en el calor de las piernas de Georg, que se movían rítmicamente contra sus caderas.

Era una cercanía que la perturbaba y la consolaba al mismo tiempo.

Cada sacudida del caballo le recordaba que él estaba precisamente allí, sólido, real.

—Estamos cerca —murmuró Georg, rompiendo el silencio. Quizá compartía con ella esa extraña inquietud que se mezclaba con la expectación.

Carlotta levantó la vista. Delante de ellos se alzaba una villa de aspecto majestuoso y macizo, con una amplia verja que daba al estanque de nenúfares.

Grandes miradores sujetados por imponentes muros sostenían el amplio jardín que se elevaba en terrazas hacia la entrada. El camino estaba rodeado de cipreses.

Georg ayudó a Carlotta a desmontar del caballo y lo recorrieron cogidos de la mano.

—Esto es… —comenzó Carlotta, pero Georg la interrumpió con un movimiento de cabeza.

—Sí —confirmó—, la villa de lady Margaret.

Carlotta guardó silencio. Se imaginaba algo imponente, pero no tanto.

La villa era una declaración, un grito silencioso de poder y riqueza que casi le daba vértigo.

La idea de que Miranda, o Elena, hubieran vivido allí mientras ella leía su diario y la envidiaba, la hizo sentir pequeña, fuera de lugar, como un fragmento de una historia que no comprendía del todo.

—¿Lista? —preguntó él, lanzándole una de sus miradas profundas.

Carlotta asintió, pero en su interior sabía que no lo estaba. Había demasiadas preguntas, demasiadas sombras esperando a ser iluminadas. Sin embargo, con él a su lado, el miedo parecía algo lejano, un susurro que ya no podía alcanzarla.

Cuando Georg llamó fuertemente a la puerta, el sonido pareció rebotar en el silencio.

El mayordomo abrió poco después, arqueando una ceja con decepción.

—¿A estas horas? Lo siento, pero la señora y sus invitados no reciben visitas a primera hora de la mañana.

—Es urgente —le suplicó Georg.

—Debe saber que estamos aquí. Llámela —añadió Carlotta, con un tono que no admitía réplica.

El mayordomo los miró fijamente durante un momento, vacilante. Parecía querer resistirse, pero al final asintió con un gesto de rigidez.

—Esperad aquí.

Mientras permanecían en el umbral, Carlotta apretó las manos, tratando de calmar sus nervios. Cuando finalmente la puerta se abrió de nuevo, una figura apareció en la penumbra.

Miranda o, tal vez, Elena. Podían ser ambas, pero Carlotta aún no conseguía superponer las dos figuras.

Estaba la chica que iba a pescar, que había crecido en el lago, que había trabajado como sirvienta durante gran parte de su vida.

Y luego estaba la debutante, la que había hecho perder la cabeza a todos con su acento inglés, su comportamiento brillante, su habilidad para hacer cualquier cosa.

Ahora, ante ella, había una mujer que no parecía ser ninguna de las dos.

Tenía el rostro pálido, el pelo recogido en una trenza desordenada y los ojos hinchados.

Llevaba un sencillo traje de viaje, y junto a ella estaba lady Margaret, que la observaba con la misma mirada llena de afecto que ya había notado la vez que las había visto juntas.

Carlotta miró la austera figura de la mujer que había tomado a Miranda bajo su protección, y se sintió intimidada.

—¿Qué hacéis aquí? ¿No os parece una hora poco conveniente? —preguntó Miranda, en voz baja, casi en un susurro. Sus ojos buscaron los de Georg, luego se desplazaron hacia Carlotta.

Ella no respondió y, sin dudarlo, le mostró el diario. Al verlo, Miranda dio un respingo y, en ese momento, Carlotta tuvo la certeza: se trataba de Elena. No se habían equivocado.

—Esto… ¿te dice algo?

Miranda se puso tensa, su respiración se aceleró. Lady Margaret la miró con preocupación, pero no dijo nada. Parecía esperar una decisión por su parte.

—Entrad —dijo finalmente Miranda, dando un paso atrás para dejarlos pasar. Su voz era entrecortada, parecía una criminal que estuviese a punto de confesar el delito que habría de llevarla al patíbulo.

—Si hemos llegado a este punto, entonces es justo que lo sepáis todo.

Los condujo a través de la enorme puerta de madera, una entrada solemne, impregnada de una luz temblorosa que se filtraba a través de amplias vidrieras de colores.

El suelo de mármol, desgastado por el paso de los siglos, reflejaba la austera elegancia de la arquitectura, mientras en las paredes destacaban tapices y cuadros de doncellas de aspecto severo y condes con espadas en la mano.

El aire estaba impregnado de un silencio respetuoso, casi reverencial, y un aroma dulzón emanaba de un jarrón con flores frescas, que parecían recién cortadas.

Se sentaron en un saloncito iluminado por lámparas de cristal que difundían una luz suave y envolvente. Los muebles de madera tallada y los asientos tapizados en terciopelo de gran calidad le recordaron a Carlotta los salones de los cafés de Berlín.

Miranda pidió al mayordomo que sirviera el té, mientras agarraba entre sus manos un pequeño chal. Durante un momento no dijo nada, luego levantó la mirada hacia ellos.

—Por lo visto ya sabéis quién soy en realidad —comenzó a decir en voz baja, pero cargada de emoción.

Carlotta y Georg permanecieron en silencio, esperando. Carlotta estaba ansiosa por contárselo todo, pero confiaba en Georg, que conocía mejor a Miranda. Si aún no había mencionado a Alba era, sin duda, porque quería protegerla hasta el final.

Lady Margaret se acercó a Miranda y le puso una mano en el hombro, pero ella se apartó suavemente.

—Me llamo Elena, y no Miranda —admitió—. Nací aquí, a orillas de este lago. Mi padre y mi madre trabajaban para los Valsecchi, y vivíamos en una pequeña casa cerca de la villa. Tenía una hermana, Alba. Lo era todo para mí.

Georg contuvo el aliento al oír ese nombre, y Carlotta se percató. Le rozó el brazo.

—Pero si habéis leído mi diario —continuó Miranda—, ya sabréis todas estas cosas. Sin embargo, no sabéis lo que pasó aquella noche, cuando escapé.

Carlotta asintió.

—Afuera, la tormenta rugía con furia. Después de que Alfonso, el amo, intentara violarme, mis padres decidieron que tenía que huir, a costa de sacrificar su trabajo.

Lady Margaret suspiró. Le hizo un gesto para que continuara.

—Aquella fue una noche terrible. Los secuaces de Alfonso me siguieron, alguien nos había visto disponiendo las barcas.

Mis padres me habían acompañado al pequeño puerto, dejé que se marcharan y traté de remar velozmente, pero, como me habían visto alejarme, lanzaron antorchas contra mi barca, que empezó a arder.

Fue el fuego que me quemó la piel. Vosotros habéis visto las cicatrices que me han quedado.

Creía que iba a morir. Fueron momentos difíciles, no me arrojé inmediatamente al agua porque temía que me atraparan.

Gritaban que me detuviera, que eran órdenes de Alfonso.

Me dejé caer al lago, pensaron que me había ahogado, la corriente me arrastró lejos.

Carlotta contuvo el aliento.