El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—¿Redimirte? ¿De qué?

Lo sabía. Siempre había sospechado que había algo más.

—Era pequeño, muy pequeño. Pero la edad importa poco cuando se sienten ciertas cosas.

Carlotta se quedó en silencio, esperando a que prosiguiera.

—Susanna era mi hermana —confesó Georg con voz entrecortada—.

Era mi hermanita, y la adoraba. Era un año menor que yo.

En aquella época yo debía de tener poco más que Alba, ¿Seis?

¿Siete? Estábamos de visita en Villa Serbelloni, en casa de unos amigos de mi padre.

Estaba jugando con ella y otros niños, vi que se subía a un plátano, pero no le di importancia.

Y… se cayó. Se había subido para coger algo, una tontería, pero yo debería haberla detenido. O haberla salvado.

—Por eso ese día, en el barco, mirabas con insistencia esa villa…

—No he vuelto allí, ni siquiera la miro desde lejos…

—Pero solo eras un niño. No fue culpa tuya —intentó consolarlo Carlotta. Le acarició el brazo. Los ojos de Georg se llenaron de lágrimas.

—Sí, lo fue —respondió—. Debería haber sido un hermano más atento —dijo, secándose la cara—.

Nadie me culpó directamente, pero desde ese día todo cambió.

La veía en cada rincón. Ella estaba allí y se preguntaba por qué no la había protegido.

Dejó un vacío enorme en la casa y en toda la familia.

Siempre llevaré conmigo este dolor. Es la primera vez que se lo cuento a alguien.

Me haces hablar… Desde ese momento, aunque era muy pequeño, siempre he temido tener la responsabilidad de alguien.

Luego llegó Alba y creé un muro a nuestro alrededor.

Me habría vuelto loco si le hubiera pasado un accidente similar.

—Georg —murmuró Carlotta, tomándole la mano—. No puedes seguir viviendo con ese peso. No puedes dejar que defina quién eres.

Lo miró fijamente, incapaz de apartar la mirada. Sus palabras parecían caer en el espacio entre ellos, eran piedras que rompían la superficie tranquila del lago, ondulándola hasta dejarla irreconocible.

Desde que lo conocía, Georg siempre había irradiado un aura de control, una compostura que ocultaba sus emociones más profundas. Pero ahora, ante ella, parecía diferente. Su verdadera naturaleza estaba saliendo a la luz, y Carlotta, en lugar de asustarse, se sentía atraída por esa fractura.

La idea de que él ocultara algo, de que hubiera un lado de Georg que nadie conocía, siempre la había rondado por la cabeza.

Pero había intentado ignorarla, no dejarse llevar por esa intuición que parecía más una fantasía que una realidad.

Pensó que se había engañado a sí misma, que había vislumbrado algo bajo una máscara. Luego cambió de opinión.

Ahora que esa verdad salía a la luz, sentía una extraña felicidad, como si una parte de ella siempre hubiera sabido que Georg era más de lo que dejaba entrever.

Pero la felicidad se mezclaba con el asombro.

No estaba preparada para la ternura que sentía, ni para la manera en que ese gesto, cuidar de una niña abandonada, esconderla del mundo, le hacía latir el corazón de forma dolorosa.

No habría sabido decir si era amor, pero había algo profundo, algo que le hacía desear estar más cerca de él, saberlo todo, incluso lo que él no quería contar.

—Fueran cuales fueran las razones, has hecho algo extraordinario al quedarte con Alba —murmuró finalmente, con una voz más débil de lo que hubiera querido. Las palabras parecían muy pequeñas en comparación con lo que sentía, con la complejidad del gesto de Georg.

—Puede ser —dijo él—. Pero lo que es seguro es que han cambiado muchas cosas en mi vida.

—¿A qué te refieres?

—Estoy seguro de que lo sabes: mi familia no espera otra cosa que yo me case, para perpetuar la dinastía y tener un heredero. Soy el único hijo, después de todo…

—Lo sé, sí —admitió ella.

—Pocos meses después de la decisión de mantener a Alba bajo mi protección, mis padres me convencieron de que me comprometiera con una noble austriaca, Teresa Eskeles.

Ya estaba todo decidido, incluso el día de la boda.

Sin embargo, cuando nos vimos por primera vez, ella se dio cuenta del afecto que sentía yo por Alba.

Dijo que era inapropiado, que se sentía ofendida.

Le expliqué que era una niña abandonada, pero ella no me creyó.

Pensaba que la niña era mía y me rogó que la enviara a un instituto.

La odié tanto, desde el primer momento, que decidí romper el compromiso, con la desaprobación de mi familia.

—¿Cómo culparte? —murmuró Carlotta.

—Esto me llevó a alejarme de mis padres, que me presionaban para que me deshiciera de Alba, y a encerrarme en mí mismo.

Me dije que ninguna mujer aceptaría a la pequeña, que, para mí, se había convertido en lo más importante.

No quería chismes, así que empecé a llevar una vida bastante retirada.

Renuncié a las recepciones en Villa Sola, que, por otra parte, no son mi pasión, hasta que acepté, ante la insistencia de tu madre, la invitación al baile de máscaras…

Carlotta sintió que la invadía una oleada de emociones.

Se dio cuenta de que esa era la razón por la que no podía separarse de él, a pesar de todo: esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad, de altruismo oculto bajo una coraza de indiferencia.

Pero no podía decírselo, ni siquiera podía admitirlo ante sí misma.

Era demasiado pronto y demasiado intenso.

—Georg… —balbuceó, pero no sabía qué palabras usar. Él permaneció en silencio, pero sus ojos parecían esperar, escrutándola con una intensidad que la hizo apartar la mirada.

Y, en ese momento, comprendió que Georg había entrado en su corazón de una manera que nunca podría explicar a los demás, ni siquiera a sí misma.

No era un amor expresado a gritos, declarado con palabras románticas, sino algo más profundo, más sutil, una melodía tocada suavemente que solo ella podía oír.

Pensó en los retoques silenciosos del pintor después de esbozar la obra.

—Tengo que preguntarte una cosa más, si me lo permites —encontró finalmente la fuerza para decir.

—Claro.

—¿Qué hacías aquella noche en la sesión de espiritismo con mi abuela?

Georg sonrió.

—Siempre era culpa de la pequeña Alba. Aprendió el camino que une nuestras dos villas y, en cuanto la niñera se distrae, viene aquí. Le gusta el invernadero de la villa. Desde allí puede ver el lago, y siempre espera, como si aún esperara ver el barco de sus padres y su hermana regresar.

Carlotta sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

—En fin, aquella noche también se había escapado. Yo había salido corriendo a buscarla y, cuando tu abuela vio que estabas a punto de descubrirla, me ayudó a esconderla.

Carlotta negó con la cabeza, sorprendida, y volvió a pensar en la voz que había oído aquella noche y que llamaba a mamá, al menos eso le había parecido.

Había pensado que era un espíritu o una fuerte sugestión.

Se trataba, pues, de la hermanita de Elena, y la querida condesa Luisa conocía el secreto de Georg.

Pero no del todo: sin duda pensaba que era una hija ilegítima, o quién sabe qué.

Quizá por eso había intentado mantenerla alejada de él.

—Entonces tu abuela me involucró en la sesión de espiritismo. Sin querer, aquella noche despertó algo en mí. Algo que he intentado olvidar durante años. Pero es mejor que sepas que no creo en los fantasmas y mucho menos pienso que ella tenga capacidades sobrenaturales.

Carlotta dudó un instante.

—Susanna, dijiste, es el nombre de tu hermana, ¿verdad?

Georg entrecerró los ojos.

—Sí.

Ahora todo tenía sentido. Las apariciones, los cantos, incluso la sensación de que la villa estaba viva y llena de secretos.

Incluso durante la sesión de espiritismo, la niña estaba cerca y el interés de Georg era solo una tapadera para protegerla.

Detrás de ella, siempre había estado él.

También se explicaba el motivo de las misteriosas salidas en solitario de Georg en plena noche y, sobre todo, la razón por la que no quería celebrar recepciones en Villa Sola.

El corazón le dio un vuelco por la emoción del descubrimiento.

—Me gustaría verla —dijo finalmente.

Georg la miró fijamente durante un largo rato y luego asintió.

—Está bien. Pero solo si prometes guardar el secreto.

Carlotta lo prometió, sabiendo que aquella noche cambiaría todo. La villa, Georg, Alba, cada pieza parecía encajar en un mosaico que aún no lograba comprender del todo.

Pero una cosa era segura: ya no había vuelta atrás.