Capítulo 21
No era posible que estuviera allí. No él.
Pero, pese a todo, allí estaba. Se inclinó junto a ella, con la capa empapada que ondeaba como una sombra sobre el suelo embarrado, y la levantó con delicadeza.
Sus dedos eran cálidos, un contraste tan violento con la lluvia helada que Carlotta dio un respingo involuntario.
La calidez de su tacto no hizo más que aumentar sus escalofríos, todo el frío acumulado estalló repentinamente en su interior.
—Estoy soñando —murmuró Carlotta, sin mirarlo a los ojos—. Estoy en un sueño, ¿verdad? —Se sentía sacudida por violentos escalofríos.
—Carlotta —dijo Georg, acariciándole la cara. Ese contacto le hizo comprender que no, que no era un sueño. Todo era real. La carrera fuera de su habitación, la lluvia, la niña fantasma. Y ahora él.
Carlotta intentó responder, pero no le salían las palabras.
Lo miraba como si fuera un enigma, una pieza de un mosaico que no sabía dónde encajaba.
No era la primera vez que lo encontraba en la villa, en lugares donde no debería haber nadie, en momentos en los que no debería aparecer nadie.
¿Cómo es que siempre llegaba en el momento justo?
¿Por qué parecía saber cosas que ella misma no entendía?
¿Y si el hombre del que estaba locamente enamorada realmente ocultaba algo demasiado turbio como para aceptarlo?
Realmente había bebido demasiado, la cabeza le daba vueltas.
—Georg…, tú…, ¿qué haces aquí? —balbuceó finalmente, con la voz convertida apenas en un susurro, más débil que el estruendo que los rodeaba.
Él no respondió de inmediato. La miraba, pero no a los ojos. Miraba más allá, como si intentara comprender algo, o tal vez ocultar lo que ya sabía.
—Carlotta, no es momento para preguntas. —Su voz era firme, pero había un tono de dulzura, un intento de tranquilizarla sin darle una explicación real—. Tienes que levantarte. Puedes enfermar.
Ella apretó los labios, una parte de ella se inclinaba a obedecer, otra estaba furiosa por ese tono protector que parecía negarle el derecho a saber.
¿Quién era él para decidir? ¿Y por qué cada vez que estaba cerca de él se sentía arrastrada a algo más grande, algo que no entendía, pero que la preocupaba íntimamente?
Georg la levantó con un movimiento decidido. Sus manos permanecieron firmes sobre sus brazos, el contacto la anclaba a una realidad que en ese momento parecía desmoronarse. Y mientras lo miraba, con la lluvia deslizándose por su rostro serio, Carlotta se dio cuenta de lo alterada que estaba.
No era solo la tormenta o la niña que había visto en el jardín. Era Georg. Era su presencia, la forma en que su rostro parecía esculpido por algo antiguo, marcado por un dolor que nunca había sido contado. Era la contradicción de todo lo que representaba: protección y misterio, consuelo y peligro.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? —le preguntó, y esta vez su voz era más firme, más segura. Una pregunta que no podía ignorarse.
Él se puso ligeramente tenso, pero no soltó sus brazos.
—Carlotta…, sé más de lo que crees. Por todos los dioses, ¿estás ebria?
Carlotta se liberó de sus manos con un gesto rápido, no porque realmente quisiera alejarse, sino porque tenía que hacerlo. Tenía que poner distancia entre ella y esas emociones que ya no podía controlar.
—Quizá he exagerado con el vino, sí. Pero no soy una niña —dijo—. Si sabes algo, dímelo. Si tienes algo que ocultar, al menos sé sincero.
De nuevo aquella antigua petición de poder confiar. Temía las respuestas, pero necesitaba oírlas de una vez por todas.
Georg la miró fijamente durante un largo instante. La lluvia seguía cayendo, deslizándose por sus rostros, lágrimas que ninguno de los dos podía permitirse derramar. Entonces él suspiró, un sonido que parecía contener el peso de años de secretos.
—No puedo contártelo todo. —Sus palabras eran casi un susurro, pero Carlotta las percibió claramente, como si hubieran sido pronunciadas directamente dentro de ella—. Todavía no.
Y en ese momento, ella comprendió algo. Quizá no era la niña del jardín la que la atormentaba.
Quizá ni siquiera eran los secretos de la villa o del pasado.
Siempre había sido él. Georg. Desde el momento en que se conocieron, en el debut, había sentido una poderosa atracción por aquel hombre, algo de lo que no habría huido ni aunque se hubiera ido al otro lado del mundo.
Él era el misterio que no conseguía resolver, el enigma que la atraía y la repelía al mismo tiempo. Y no sabía si le asustaba más lo que no decía o lo que ella misma empezaba a sentir por él.
—Vamos —dijo Georg, rompiendo el silencio. La tomó de la mano, esta vez sin dudarlo, y la llevó bajo el pórtico.
—He visto a una niña —murmuró Carlotta, con voz entrecortada, casi inaudible—. Estaba allí, en el jardín. ¿No la has visto?
Georg se detuvo. La mirada que le dirigió estaba cargada de algo que ella no conseguía desentrañar: miedo, tal vez, o tristeza, o ambas cosas. Luego suspiró y negó con la cabeza.
—Carlotta, tenemos que hablar.
Le tendió una manta que, curiosamente, había traído consigo y se envolvió en ella temblando, con los ojos fijos en él.
—¿Ahora quieres hablar conmigo? ¿Te doy pena? —insistió. El último resto de orgullo que le subía por la garganta le hizo pronunciar esas palabras. El pelo mojado enmarcaba torpemente su rostro, pero, por fin, le daba igual.
—¿Pena? Estás bromeando, ¿verdad? ¿Yo tendría que sentir pena por ti?
—Llevas días evitándome, has cambiado después de la sesión de espiritismo y de lo que pasó entre nosotros.
Pensaba que se había establecido una relación especial, que me cortejarías.
No estoy jugando. Luego te vi con Miranda y, desde entonces, todo cambió.
Puede que sea una princesa, Georg, pero ante todo soy una mujer.
Y es a esa mujer a la que te pido que respondas.
Le pareció vislumbrar ternura en la mirada que él le dirigió.
—A la mujer y a la princesa —respondió—. Estoy aquí para intentar decirte la verdad.
«No más misterios —se dijo Carlotta—. No más secretos». Respiró profundamente para intentar calmar la agitación que se había apoderado de ella.
—Esa niña que has visto vive en mi casa, había venido a recogerla y ahora estará en su sitio habitual, en el invernadero —comenzó a explicar Georg, en voz baja, casi como un susurro—. Le había traído la manta. Se llama Alba. Y no es un fantasma.
Carlotta lo miró fijamente, confundida. Intentaba seguir sus explicaciones, mientras en su mente seguía repitiéndose el nombre Alba.
De repente, un escalofrío la sacudió. Era el mismo nombre de la hermanita de Elena.
¿Era ella? Todo ese tiempo había estado preguntándose qué había sido de ella, y al final siempre había estado allí, con Georg.
La persona más querida por Elena, su hermanita.
—¿Qué quieres decir? —balbuceó.
Georg se pasó una mano por el pelo mojado.
—Hace años, después de una tormenta como esta, encontré a Alba en el jardín de la villa.
Era temprano por la mañana, debía de haberse escondido en el invernadero durante toda la noche.
Yo solía pasear por aquí, estaba pensando en comprar esa villa, antes de que llegara Marianne con una oferta superior.
Pregunté al guarda, que me dijo que sus padres trabajaban para los Valsecchi.
Eran pescadores y, aquella noche, no se sabe muy bien por qué, habían salido al lago, a pesar del mal tiempo. El barco nunca regresó.
—Los Valsecchi…
Carlotta sintió que se le cortaba la respiración.
La imagen de una niña sola, bajo la lluvia, esperando en vano a sus padres, se abrió paso en su mente como una puñalada.
Da vueltas y vueltas, la niña que no duerme.
Da vueltas y cae al fondo… ¿No le había pasado a ella también, después de todo?
Solo que no estaba bajo la lluvia, sino en un palacio, en Potsdam.
Porque uno puede sentirse abandonado incluso dentro de un castillo real.
—La niña se había quedado allí, esperando.
No sabía que sus padres nunca volverían.
Me dijeron que había una historia horrible detrás, de esas que no querríamos oír nunca.
La hermana de esta pequeña había huido, quizá también había muerto en el agua junto a sus padres, que intentaban salvarla de su amo.
El cuerpo nunca fue encontrado. Nadie de la familia Valsecchi se hizo cargo de ella, al contrario, se marcharon, cubiertos por los rumores del pueblo, considerados malditos, y yo…
—Georg hizo una pausa y su rostro se suavizó de una forma que Carlotta nunca le había visto— me pregunté qué podía hacer.
Pensé que podía llevarla a un orfanato, pero los primeros días estaba tan aterrorizada por todo que decidí esperar a que se calmara.
Mientras tanto, llamé a una niñera que pudiera cuidarla, y ella parecía más tranquila.
Le gustaba corretear por el jardín de la villa y a mí me gustaba tenerla cerca, me alegraba.
Nunca he estado acostumbrado a las caricias, y cuando esta niña me rozaba la mejilla con sus deditos, no podía resistirme.
Cuando llegó el momento de dejarla ir, me pregunté: ¿por qué?
¿De verdad tengo que separarme de ella? ¿Dónde está escrito?
Me había encariñado. Decidí quedármela conmigo.
—Un gesto noble —susurró Carlotta.
—Un gesto también egoísta. Lo hice por mí, no por ella.
Carlotta lo miró. Era tan severo consigo mismo que llegaba a confundir su generosidad con egoísmo. La ternura por un interés personal.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella—. Estoy segura de que no será nada terrible.
Georg bajó la mirada y se quedó un momento en silencio, como indeciso entre hablar o no hacerlo.
—Verás —dijo al fin—. Yo… tenía una hermana, hace tiempo.
Carlotta sintió que se le quebraba la voz.
—Alba se parece mucho a ella. O quizá soy yo que he querido ver ese parecido, porque necesitaba… —Georg suspiró— redimirme.