El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

El eco de mi grito llenó la habitación, rebotó en las paredes forradas de libros y rompió la ilusión de silencio que Alfonso había creado a su alrededor. Empecé a patearlo, a golpearlo, agitando las manos desesperadamente como si pudieran apartarlo.

Mis pies encontraron su espinilla, un golpe repentino que lo hizo tambalearse, y sentí que su respiración se interrumpía por un instante.

La alfombra debajo de nosotros estaba manchada de vino, el líquido rojo que se había derramado de la bandeja caída.

Parecía sangre. Un mar de sangre en el que ambos nos hundíamos, él con su ira, yo con mi miedo.

Pero mi miedo se estaba transformando. Se había convertido en un arma.

Cada patada, cada grito era un acto de resistencia, una declaración de que no me doblegaría.

Él se detuvo un instante, con la mirada vacilante entre la furia y la duda. Un destello de sorpresa pasó por sus ojos, como si no hubiera previsto que yo pudiera reaccionar. Pero solo duró un segundo. Luego sus manos intentaron agarrarme de nuevo.

Y en ese momento, se abrió la puerta. Era ella, la hija del señor Alfonso, inmóvil en el umbral, iluminada por la tenue luz de la lámpara del escritorio.

Su rostro pálido parecía casi transparente, como una máscara de porcelana a punto de agrietarse, pero sus ojos eran dos llamas, muy abiertos, llenos de una rabia que nunca había visto antes.

Ya no era la chica frívola y distante que yo conocía, la que se paseaba por la casa con vestidos elegantes y sonrisas que nunca llegaban a los ojos.

Era otra persona, una mujer transformada por la ira y el disgusto, con el rostro contraído en una expresión que parecía a punto de estallar.

—Papá, ¿qué estás haciendo? —gritó, con la voz temblorosa pero cargada de una acusación tan afilada como un cuchillo. Sus palabras parecían resonar en la habitación, rebotar contra las paredes revestidas de libros, penetrando en el silencio con una fuerza que me estremeció.

Alfonso se quedó paralizado al instante. Sus manos soltaron mi muñeca, como si de repente estuviera ardiendo, como si el mismo contacto se hubiera vuelto intolerable. Se volvió hacia Lorena con un movimiento lento, casi antinatural, y pude ver algo en sus ojos que nunca hubiera imaginado: miedo.

No era un miedo normal, sino uno que parecía estar arraigado en lo más profundo, algo que se agitaba tras su máscara de autoridad. Por un instante, su rostro pareció vacilar, un destello de vulnerabilidad que desapareció casi de inmediato mientras trataba de recuperar el control.

—No es lo que piensas —dijo, con una voz desprovista de la seguridad que solía tener.

Intentaba parecer una voz tranquilizadora, pero el tono era discordante, falso, como una cuerda demasiado tensa que se rompe.

Incluso a mis oídos sonó absurdo, un intento patético de ocultar lo que ya no se podía ocultar.

Lorena dio un paso adelante, con el rostro ahora esculpido en una máscara de frialdad que me asustó casi tanto como me había asustado el rostro de Alfonso poco antes. Su voz, cuando habló de nuevo, era baja, tranquila, pero había algo en ella que me hizo temblar.

—Sé lo que haces, sé lo que eres. —Cada palabra parecía una sentencia, pronunciada con una precisión que cortaba el aire como una cuchilla—. Y ya basta. No te permitiré que lo vuelvas a hacer.

Alfonso la miró fijamente durante un largo rato, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. El silencio en la habitación era abrumador, apenas quebrado por el tictac del reloj de la repisa.

Me parecía que toda la casa estuviera conteniendo la respiración. No sé cómo conseguí escapar. Lorena me dijo que me fuera, su voz se volvió de repente más urgente, más humana.

—Corre, Elena. ¡Vete! —Esas palabras me sacaron de mi torpor.

Di media vuelta y eché a correr, tropezando con los bordes de mi falda, sin mirar atrás.

No sabía si Alfonso me estaba siguiendo o si Lorena se había quedado allí sola para enfrentarse a él.

Únicamente sentía los latidos de mi corazón, casi más fuertes que mis pasos, que resonaban en el suelo de mármol.

Llegué a la cocina, sin aliento, con el cuerpo temblando como una hoja sacudida por el viento.

Mi madre estaba allí, inclinada sobre la mesa, preparando el pan para el día siguiente.

También estaba Alba, jugando con unos trapos, sentada en el suelo junto a ella.

Cuando me vio, se enderezó al instante, su mirada pasó de la sorpresa a la preocupación en un instante. No hizo falta que dijera nada.

Pero las palabras salieron de todos modos, fragmentadas y entrecortadas por los sollozos que no podía controlar.

—Alfonso…, Lorena…, la biblioteca… —Intenté explicarlo, pero mis palabras eran un torbellino confuso, un caos que no podía ordenar.

Mamá me miró fijamente durante un largo rato, con los ojos llenos de una comprensión que hizo que me derrumbara.

Me tomó por los hombros, me hizo sentar y se arrodilló delante de mí.

—Cuéntamelo todo —dijo, con voz baja pero firme, ya estaba planeando qué hacer.

Y yo se lo conté. Le conté lo que acababa de pasar: la biblioteca, Alfonso, Lorena.

Las palabras salían con dificultad, una tras otra, como si necesitaran ser arrancadas de mí.

Me avergonzaba, no sé por qué. No era yo quien había hecho nada malo, y sin embargo me sentía sucia.

Ella escuchaba, sin interrumpirme, sin perder esa calma que parecía más fuerte que cualquier tormenta.

Pero sus ojos ardían. Y en ese momento comprendí que ella ya lo sabía todo, o al menos una parte.

Quizá ella también había oído a la cocinera hablar de los señores, pero hasta aquel momento había confiado en que Alfonso fuera un amo diferente.

No dijo nada. Solo me abrazó, su cuerpo pequeño pero fuerte me apretaba con una protección que parecía capaz de ahuyentar al mundo entero.

Luego se apartó un poco y me miró a los ojos.

—Tienes que irte —dijo. Hablaba en voz baja, casi en un susurro, pero cargada de una determinación que nunca había visto en ella—. No hay otra opción. Si te quedas aquí, intentará hacerte daño otra vez. O peor aún, podría querer vengarse por haberlo rechazado. Y esa vez nadie podrá detenerlo.

No quería creerla. Esa era mi casa, mi vida. Pero ella no me dejó opción.

—Encontraremos una manera. Te ayudaré. Pero tienes que confiar en mí.

Y lo sé. Sé que tiene razón. Pero la idea de dejarlo todo me rompe el corazón.

Escribo estas palabras sabiendo que quizá sea la última vez que pueda hacerlo aquí, en esta casa que conozco desde siempre.

Pero sé que tengo que irme, porque, si me quedo, Alfonso volverá. Y esta vez nadie vendrá a salvarme.

Carlotta se había llevado el vino y el diario a su habitación.

Una copa tras otra, sin ningún tipo de control, había terminado de leer la página del diario y ahora hervía de indignación hacia aquel hombre.

Era de noche y el cielo estaba envuelto en una tormenta que parecía querer arrancar las raíces de la villa.

La villa gemía bajo el peso del viento, que aullaba entre las ramas de los árboles, y Carlotta comenzó a dar vueltas en su habitación como un animal enjaulado, con el corazón en un puño y un frenesí que no lograba aplacar.

Se aferró con las manos a las cortinas, pero la suave tela parecía casi repelerla, mientras su mirada se perdía en el jardín azotado por la lluvia.

Allí fuera, todo parecía un tumulto: los árboles doblados por la furia del viento, los parterres convertidos en charcos, y, más allá del jardín, el lago, invisible pero presente, una masa negra que se agitaba y rugía en la noche.

Todo lo que no entendía, todo lo que la rodeaba y que no podía controlar ni explicarse, parecía converger en ese momento.

Estaba rodeada de secretos que no le pertenecían, pero que la llamaban, la provocaban, se convertían en un canto lejano que no podía ignorar.

Desde que había llegado a la villa del lago, su vida se había trastornado, tanto que hasta el escándalo de la corte prusiana le parecía un débil recuerdo.

Había conseguido enamorarse de un hombre, su hermana se había acostado con el jardinero, Patricia iba a consumar un matrimonio sin amor.

Se sentía fuera de sí, le daba vueltas la cabeza.

Estaba acostumbrada a beber vino rosado y aguado, no ese vino fuerte que había sacado de la bodega.

Decidida a contemplar más de cerca la furia de la naturaleza intentó abrir la puerta de su habitación para salir a la terraza del piso superior, pero se dio cuenta de que estaba bloqueada.

Agitó la manija, la movió con fuerza hacia arriba y hacia abajo, e intentó tirar de la puerta hacia sí, pero parecía que no había forma de abrirla.

—¿Qué broma es esta? —se preguntó atónita. Todavía se sentía aturdida, pero estaba segura de no haber cerrado la puerta con llave.

Las palabras de la canción infantil que Eleanor había pronunciado durante la sesión de espiritismo volvieron a su mente con tal insistencia que le hizo cerrar los ojos. «Gira, gira en círculos, la niña que no duerme. Gira y cae al fondo, sigue sus pasos».

No pensaba. No podía pensar. Estaba desesperada, consumida por una frustración que escapaba a su control. Sin darse cuenta, sin comprender, confiando en un ritual lejano, comenzó a recitar esas palabras, en voz baja, casi en un susurro.

«Gira, gira en círculos, la niña que no duerme. Gira y cae al fondo, sigue sus pasos».

Lo dijo una vez, luego una segunda, y a la tercera, el viento pareció calmarse por un momento.

Un silencio antinatural cayó sobre la villa, como si la propia casa contuviera la respiración.

Carlotta permaneció inmóvil, con las manos temblorosas sobre las cortinas y los ojos fijos en el jardín oscuro.

Y fue entonces cuando, al asomarse a la ventana, la vio.

Una figura delgada, apenas visible bajo la lluvia torrencial.

Parecía una niña, con el pelo oscuro adherido a la cara y el vestido blanco hecho jirones por el viento y el agua.

La luz de un relámpago la iluminó por un instante, lo suficiente para permitirle ver esos ojos oscuros y profundos, que estaban fijos en ella.

El corazón de Carlotta dio un vuelco.

La niña se dio la vuelta y corrió hacia el jardín, desapareciendo entre los árboles.

Sin pensarlo, sin considerar las consecuencias, Carlotta abrió la puerta de la habitación de par en par, que esta vez, misteriosamente, no opuso ninguna resistencia, y corrió hacia la escalera de mármol, que daba vueltas, se curvaba, exactamente como en la canción infantil. Gira, gira en círculos…

Mientras bajaba las escaleras tuvo la impresión de que la niña estaba detrás de ella. No era posible. Pero ya nada en aquella villa parecía tener una explicación lógica. O quizá simplemente estaba borracha.

Cuando abrió la puerta, el viento helado se abalanzó sobre ella como si la abofeteara y, casi saliendo al encuentro de ella, se precipitó hacia fuera.

La lluvia era un muro frío que le golpeaba la piel, el pelo se le pegaba a la cara mientras corría.

Sus pies descalzos se hundían en la tierra mojada, el barro se le metía entre los dedos haciendo que cada paso fuera una hazaña.

El vestido se le había pegado al cuerpo, pesado como el plomo, pero ella no se detuvo.

No podía detenerse. La niña estaba allí, o al menos eso le parecía, una silueta que se movía rápidamente entre los árboles.

Entonces la figura desapareció. Carlotta se detuvo, con la respiración entrecortada que le ardía en los pulmones; y miró a su alrededor.

La villa, con sus luces tenues, parecía lejana, inalcanzable y, por primera vez, se sintió realmente perdida.

La lluvia se deslizaba por su rostro, mezclándose con las lágrimas que no podía contener.

Todo iba mal. Quizá debería correr hacia el lago, abrazar su destino, dejarse llevar por un espíritu.

Georg no la quería, ahora estaba claro. Sus noches estaban plagadas de pesadillas, su hermana la odiaba y su madre era una extraña.

Se había aferrado a ese diario porque era lo que más cerca había tenido de sí misma en todo ese tiempo, alguien que la entendía.

Pero la verdad era más amarga: se había engañado, Elena no era su amiga, quizá alguien se había burlado de ella también en esto.

Había una palabra que le resonaba en la cabeza: confianza.

Y ella ya no confiaba en nadie, y menos aún en los sentimientos que creía haber sentido por una persona que, a la primera ocasión, la había dejado sola.

Tropezó. Cayó al suelo con un ruido sordo, el barro le cubrió las manos y la cara. Por un momento se quedó allí, inmóvil, cabizbaja, mientras el mundo parecía derrumbarse a su alrededor. Luego levantó la vista y lo vio.

Una sombra se acercaba, grande y decidida, vestía una capa que ella conocía demasiado bien.

—¡Carlotta!

La voz de Georg atravesó el estruendo de la tormenta, ella la percibió profunda y segura, como un faro que se enciende en medio de la oscuridad. Levantó ligeramente la cabeza, con el rostro surcado por la lluvia, y lo vio emerger de la oscuridad como una figura improbable.