Capítulo 20
No era habitual que una princesa bajara al sótano, donde se hallaban la cocina, el lavadero y las bodegas. Para Carlotta, de hecho, era la primera vez. Annette la tomó de la mano.
—Tened cuidado con los escalones —le advirtió—. Al principio ni siquiera a nosotras nos resultó fácil calcular las distancias.
Carlotta pensó en Elena y en su vida como criada en la cocina, cuando Alfonso había bajado a preguntar por ella. Una vez abajo echó un vistazo al reino de la cocinera, que estaba preparando las hierbas para la cena.
—He dicho a todos que no os molestaran —le informó Annette.
—¿Está en el lavadero? —preguntó Carlotta, echando un vistazo a la habitación iluminada.
—No, pasa mucha gente —dijo Annette—. He pensado en hacerla pasar a la bodega.
—Excelente idea, gracias, Annette.
La criada abrió la puerta de la bodega y Carlotta se estremeció por el aire helado. Esperaba no pasar mucho tiempo allí o se resfriaría.
—Si necesitáis algo, estoy aquí fuera —dijo en voz alta para que la señorita Barilani la escuchara.
—Buenas noches —dijo Carlotta.
—Buenas noches, lady Albrecht —respondió la joven.
Carlotta reconoció la voz cristalina que había oído en Villa Melzi.
La joven, que ya no llevaba el uniforme de trabajo, sino un sencillo vestido de algodón blanco, estaba sentada junto a un barril de vino.
En el suelo había montones de damajuanas.
Carlotta se dirigió al aparador y cogió dos copas y una de las botellas que Annette le había preparado en la mesita de degustación. La observó: era muy joven.
Podría tener la edad de María o incluso menos. La misma edad que Elena. Tenía una mirada casta y orgullosa, no había bajado los ojos ni un instante. Carlotta pensó que no bastaría con un buen vino.
—¿Un sorbo? —preguntó.
Sin esperar respuesta, sirvió vino tinto en ambas copas y le ofreció una.
—Gracias —dijo la joven.
—¿Cómo te llamas?
—Cassandra, lady Albrecht.
—Bonito nombre. ¿Y cuánto tiempo llevas al servicio de los Arconati?
—Un año, desde que mi madre tuvo que dejar de trabajar.
Carlotta no le preguntó por qué. Bebió un sorbo de vino. Vaya, qué bueno estaba. El líquido le calentó la garganta.
—¿Sabes por qué estás aquí?
Cassandra parecía tranquila.
—La doncella me dijo que queríais hablar conmigo.
—¿Tienes idea del motivo?
La señorita Barilani bebió el vino.
—Me lo imagino, lady Albrecht. Me vio en la villa con el marqués, el que va a casarse con su amiga la condesa. Pobre diablesa.
Carlotta se sintió impresionada por tanta impertinencia, pero no se desanimó. Bebió un poco más, para darse ánimos.
—Puede que se casen, o puede que no. Estás muy unida a él, ¿verdad?
Cassandra se limitó a asentir.
—Me gusta tu franqueza, así que yo también seré directa. El marqués me ha robado unos dibujos. Dibujos para mí… importantes, digamos. Sé que lo frecuentas. Si esos dibujos vuelven a mí, te pagaré la cifra que quieras. El dinero no es un problema.
La criada volvió a beber y le pasó la copa para que se la volviera a llenar.
—Pero eso no es todo —añadió Carlotta, asestando el golpe final—, si recupero esos dibujos, podré romper el compromiso entre el marqués y la condesa Von Alten.
La señorita Barilani guardó silencio.
—Entiendes —continuó Carlotta— que, cuando el marqués se haya casado, las cosas cambiarán para ti… A pesar de sus promesas.
—¿Qué tipo de dibujos? —preguntó entonces la joven.
—Son retratos al carboncillo —dijo Carlotta—. Imagino que no te costará encontrarlos.
Cassandra terminó la segunda copa y luego una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Filippo ya me advirtió que intentaríais sobornarme, aunque no me explicó el motivo. Lo amo: no necesito nada más.
Carlotta dio un puñetazo en la mesita.
—Sé razonable —dijo alzando la voz—. ¿No entiendes que él no te ama? ¡Te trata igual que a las demás mujeres, con las que se acuesta cuando quiere!
Cassandra volvió a ponerse seria.
—Si hemos terminado, deseo volver a Villa Balbianello —respondió—. Gracias por el vino. Es cierto lo que dicen, que lady Marianne no se priva de nada. Excelente.
Carlotta comprendió que no podía hacer nada más.
Tocó la campanilla para llamar a Annette.
Cuando la señorita Barilani estuvo en la puerta se volvió.
—Oh, lady Albrecht, no sé cómo habéis podido ser tan generosa, pero ahora tenéis otra persona más que puede chantajearos por esos… dibujos.
Sonrió y cerró la puerta detrás de ella.
Carlotta lanzó el vaso contra la puerta. ¿Cómo he podido ser tan estúpida?
Cogió la botella con el vino que quedaba y la envolvió en el chal.
El cielo, que hasta aquel momento había estado despejado, se había oscurecido mientras ella estaba en la bodega y unas nubes grises y cargadas de lluvia presagiaban una tormenta inminente.
Carlotta suspiró y se dijo que al menos el cielo estaba en consonancia con su estado de ánimo. Se dispuso a volver a entrar.
31 de agosto de 1845
Escribo estas palabras con las manos temblorosas y el corazón que parece no querer latir más, como si estuviera a punto de escapar, de irse lejos.
No sé describir lo que ha pasado. Ni siquiera sé si debería.
Pero debo hacerlo. Debo hacerlo, porque si no todo corre el riesgo de disolverse en el aire, como el vapor que se eleva del lago por la mañana, dejando solo la sombra de una pesadilla.
Y yo no puedo permitir que se desvanezca, no puedo permitirme olvidar.
Ocurrió ayer por la noche. El señor Alfonso me ordenó que le llevara el vino a la biblioteca, como otras veces.
Lo hice sin protestar, siempre lo hago, aunque cada vez que tengo que acercarme a él siento algo viscoso que me sube por la garganta, un veneno que se revuelve en mi interior.
La casa estaba en silencio. Esas paredes, que durante el día parecen acogedoras, por la noche se convierten en otra cosa.
Cada crujido parece un secreto, cada sombra parece observarte.
La cocinera me advirtió que tuviera cuidado con esas incursiones nocturnas, sobre todo cuando todos los demás estaban acostados.
Había oído que algunos señores se aprovechaban de la ingenuidad de las criadas y de su posición de superioridad para pedirles favores sexuales a cambio de una supuesta protección.
Me dijo que la llamara, pero no quería despertarla, no quería molestarla por una tontería como el vino.
Ya había pasado otras veces: el señor Alfonso intercambiaba algunas palabras y luego me dejaba marchar.
Entré en su estudio con la bandeja, el peso del metal me parecía más pesado de lo habitual. Él estaba sentado en su escritorio, iluminado solo por la tenue luz de la lámpara, que proyectaba sombras profundas sobre las paredes llenas de libros.
—Acércate —dijo sin siquiera levantar la vista, con tono tranquilo, controlado, el de un hombre acostumbrado a que le obedezcan sin hacer preguntas. Dudé un momento, con la bandeja ligeramente inclinada en mis manos, pero al final me acerqué.
Cuando levantó la vista hacia mí, sin embargo, algo cambió.
Había un destello feroz en su mirada, una sombra que nunca había visto antes.
Ya no era el hombre que me dirigía sonrisas melifluas, que hablaba con esa falsa cortesía que siempre me daba una sensación de incomodidad.
Era aterrador, una bestia que había decidido lanzarse sobre su presa.
—Ven aquí, dame un abrazo —dijo.
—Señor, hay mucho que hacer.
—No dificultes las cosas —replicó, como si no me hubiera oído.
Luego se levantó de golpe y me agarró por la muñeca. La bandeja se me cayó de las manos, el ruido del metal y el cristal al romperse resonó en la habitación como un disparo.
—Sé que tú también lo quieres —dijo. Hablaba en voz baja, casi en un susurro, pero era tan incisiva como una cuchilla recién afilada.
Sus manos me apretaron la muñeca con una fuerza que parecía inhumana, como si quisiera fundir la carne y los huesos en un único bloque de dolor.
Sentía la sangre latir bajo la piel, un latido acelerado que daba la impresión de querer zafarse de aquello, pero no había escapatoria.
Su rostro estaba tan cerca del mío que podía distinguir cada detalle: la piel tensa de sus mejillas, sus labios finos, sus ojos brillando con una intensidad enfermiza—.
Si no, nunca habrías llamado tanto la atención.
—Sus palabras eran un veneno que se derramaba lentamente, gota a gota, inoculado en mis venas.
No era solo la violencia física, era su convicción, esa seguridad que hacía que cada palabra fuera más pesada, más real.
Me hizo sentir culpable de algo, de haberlo atraído, de haberlo provocado.
No podía moverme. Las piernas se me habían petrificado, parecían clavadas al suelo.
La bandeja que había traído yacía en el suelo, el cristal de las botellas roto en múltiples fragmentos que brillaban a la tenue luz de la lámpara.
Quería gritar, pero mi voz parecía succionada por la nada, la respiración atrapada en un nudo en la garganta.
Cuando me empujó hacia el sofá, sentí la textura áspera de la alfombra bajo mis pies, un doloroso contraste con el terror que me envolvía.
Sus movimientos eran bruscos, pero había algo terriblemente calculado en cada gesto.
Me sentía atrapada en una pesadilla: la presión de sus dedos excavando en mi piel, buscando mis pechos, rasgando la ropa.
Su respiración era pesada y caliente contra mi cara, la habitación parecía encogerse a nuestro alrededor.
Y entonces, de repente, algo dentro de mí se rompió. No era mi cuerpo, sino una cuerda invisible que me mantenía inmovilizada. Encontré una fuerza que no sabía que tenía. Grité. No fue un grito cualquiera, sino uno que me desgarró la garganta, que parecía subir desde las entrañas, crudo y visceral.