Capítulo 19
Estimado conde Francesco Melzi:
Solo hoy respondo a vuestra carta, con un retraso que espero que me perdonéis.
En la carta, que he apreciado mucho, me pedís expresamente (al ser incapaz, según vuestras propias palabras, de hacerlo en persona) que os exponga con más detalle mis sentimientos.
Pues bien, al ser llamada a responder con franqueza, no niego que ya desde hace tiempo deseaba hablaros de ello: por desgracia, mis sentimientos hacia vos no son los que una prometida debería sentir por su futuro esposo.
Honrada por vuestra propuesta de matrimonio, debo, sin embargo, rechazarla y rogaros que aceptéis a cambio mi más sincera y leal amistad.
Vuestra,
C ARLOTTA A LbrECHT
Carlotta puso el sello de su familia con el lacre y, por un momento, se quedó mirando el lago, con las manos apoyadas en el escritorio, sintiendo el olor de la tinta.
Le dolía mucho que el conde, al final, hubiera tenido que recurrir a una carta para hablar con ella. Pero los últimos días no habían sido fáciles.
Después de haber rescatado a Miranda, ella y Georg se habían asegurado de que no se armara más escándalo y que el carruaje llegara a recogerla justo a la entrada de Villa Camelia.
Se habían asegurado de que estuviera mejor, habían intercambiado solo unas pocas frases, luego no habían tenido ocasión de hablar de lo sucedido, porque ambos habían sido abordados por los demás invitados.
El conde Francesco había sido bastante insistente en pedirle que la dejara visitarla para hablar de un asunto que le preocupaba, y Carlotta, todavía conmocionada, había buscado todo tipo de pretextos para posponer el encuentro.
Así había llegado esa carta.
En aquellos días había estado tentada de escribir también a Georg o de presentarse en su villa para hablar de lo que había sucedido con Miranda.
Las quemaduras en el cuerpo de Miranda la habían desconcertado, al igual que su sorprendente comportamiento, y quería saber cómo estaban las cosas.
Pero el orgullo se lo impedía: ¿por qué tenía que ser ella quien corriera hacia él?
Si era cierto que Georg también tenía cosas que decirle, ¿por qué no se presentaba en persona en la villa?
Estaba cansada de encontrarse siempre en situaciones fortuitas y de no poder comunicarse nunca de manera sincera.
Y, a decir verdad, también estaba cansada de percibir su olor antes de acostarse, como si él estuviera con ella.
Había también otra cuestión que la mantenía en vilo: estaba esperando a la doncella de la madre de Filippo Arconati.
Se había dicho a sí misma que, si había una manera de intentar recuperar lo que era suyo, era procurando sobornar a los sirvientes.
Nunca había hecho algo así, pero en aquellas pocas semanas su vida había sufrido más cambios radicales que en todos los años que había pasado en Potsdam.
Y ahora estaba dispuesta a cualquier cosa.
Así que le había confiado la tarea a Annette, con la excusa de que había encontrado a la encantadora dama de compañía de cabello azabache muy interesante en la conversación.
—No me estaréis reemplazando, lady Carlotta —murmuró casi ofendida Annette. Carlotta le había dicho que no se preocupara, que solo quería hablar con la doncella y que no pretendía arrebatársela a lady Letizia Arconati Visconti.
Así que Annette fue en su busca, y Carlotta le pidió encarecidamente que, una vez que llegara a Villa Balbianello, solo se dirigiera a la madre de Filippo, y que si él estaba cerca, desistiera.
La petición era extraña incluso para la propia Annette, pero Carlotta le había prometido una generosa recompensa por su esfuerzo y discreción.
Carlotta se sentó ante su caballete, en la terraza.
Tenía la intención de terminar la acuarela que había empezado para su padre: una niña corría bajo el pórtico de una villa y, gracias a un juego de colores y transparencias, su figura se veía traspasada por el paisaje que le servía de fondo, Bellagio.
También había tomado una decisión importante: le pediría permiso a su padre para mudarse a París a una escuela de arte, para pasar el otoño pintando en el Sena.
Esperaba obtener más satisfacción de esa idea, pero con gran pesar se dio cuenta de que amaba esa villa y que era allí donde quería estar.
Estaba a punto de ponerse a trabajar cuando reparó en que algunas cerezas eran arrojadas a la fuente.
Un gesto brusco, casi urgente, hizo que se volviera y mirara hacia abajo. María estaba recogiendo cerezas del árbol, con un gesto de fastidio. Su rostro estaba alterado. Carlotta suspiró, dejó el caballete y decidió acercarse a ella.
—María, ¿te encuentras bien? ¿Qué pasa? —preguntó, tratando de ocultar su disgusto.
María se detuvo, bajó la mirada y se mordió el labio, un gesto que Carlotta reconoció inmediatamente: era la señal de una confesión que luchaba por salir a la luz.
—Llevo un tiempo intentando decírtelo, hermana —respondió.
—Está bien. Quizá no te he prestado la atención suficiente, María, pero ahora estoy aquí.
—Quizá ahora ya sea tarde —dijo ella. Estaba a punto de coger otra cereza, pero Carlotta le aferró la mano.
—¿Te acuerdas de cuando éramos niñas, y se te rompió la muñeca Lucía? ¿La que tanto querías?
María sonrió al recordar.
—Me la había regalado la abuela. Quién sabe dónde estará ahora.
—Te pusiste a llorar, pensabas que la iban a tirar. Pero empezamos a pegarla, pieza a pieza. Y duró muchos años más.
María tenía los ojos brillantes. Bajó el brazo.
—¿Puedo confiar en ti? ¿No me traicionarás?
—Soy tu hermana. Si no puedes confiar en mí, ¿en quién más lo harás?
—Pero no grites.
—¿Es tan grave?
María apretó los labios.
—Depende de cómo se mire. Claro, para mi irreprochable hermana será muy grave, pero ya no puedo guardármelo más. Estoy devastada.
Carlotta sonrió.
—¿No te habrás hecho una idea demasiado ingenua de tu hermanita? —le preguntó—. No soy tan pura como crees.
—Eso ya lo sé —respondió María—, o al menos me he dado cuenta desde que estamos aquí…
—¿Qué será? Otra de tus tragedias —se burló—. ¿Qué muñeca has roto esta vez?
Sin embargo, la expresión de María no era tranquilizadora. Apartó la mano de Carlotta y observó el agua que brotaba de la fuente.
—He pasado la noche con el jardinero.
Su voz era apenas un susurro, pero lo suficientemente clara como para helarle la sangre a Carlotta. Abrió los ojos como platos y dio un paso atrás.
—¿Qué? —exclamó Carlotta, más fuerte de lo que hubiera querido. Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la hubiera oído.
María levantó la vista y Carlotta adivinó el miedo en sus ojos.
—María, ¿no lo dirás en serio?
—Yo también soy hija de mi madre, por lo que parece.
—Pero ¿cómo ha podido pasar? —insistió Carlotta.
María espetó:
—Sabía que no lo entenderías. Que me acusarías y ya está.
—No, no, espera —dijo Carlotta—, solo me lo pregunto…
María bajó la cabeza.
—No eres la única que se ha enamorado. Solo que a mí me ha pasado demasiado rápido. Y no con un noble…
—Siempre te ha gustado Giovanni, me había dado cuenta —murmuró Carlotta, que todavía estaba tratando de asimilarlo.
—Lo quiero —continuó María—. Desde hace tiempo es mi único confidente. Me habla de las plantas, es muy inteligente y empezó a cortejarme… Y entonces… sucedió.
Las palabras se perdieron, tragadas por la brisa, que parecía soplar más fuerte en ese momento.
Carlotta se quedó inmóvil, apretando sus manos en los costados.
María, su hermanita, a quien siempre había visto como una presencia luminosa en su sencillez, había crecido.
Y la descubría misteriosa, compleja. El velo había caído, mostrando a una persona que nunca había conocido realmente.
Se perdió pensando en todas las veces que María le había hecho preguntas tontas, extrañas, que dejaban claro lo ingenua que era.
Y ahora, la pequeña de la casa había hecho lo que ella aún no se había permitido, lo que solo se debía hacer después del matrimonio, se había entregado al…
, al jardinero. Carlotta no podía creerlo.
—María —empezó a decir, tratando de mantener la calma, aunque sentía que le sudaban las manos—. Esto es… muy serio. ¿Sabes lo que significa?
María negó con vehemencia, apretando las manos hasta que se le pusieron blancas.
—¡No lo sé! —estalló, con la voz quebrada por la emoción—. ¡No sé lo que significa! Pero tenía que decírtelo. Me estaba volviendo loca. Desde que lo hicimos, no pienso en otra cosa…
La pequeña María en los brazos de un hombre. Carlotta intentó imaginarlo.
—¿Y cómo…, cómo fue?
María frunció el ceño.
—Si nos hubiéramos quedado en Potsdam —observó—, esa no habría sido tu primera pregunta, lo sabes ¿no?
Carlotta se ruborizó. María tenía razón. Le habría hablado de la seriedad, del honor, del matrimonio. Ahora, sin embargo, eran otras las cosas que importaban. En aquel verano en el lago, María no era la única que había cambiado.
—Ha sido bonito. Doloroso, pero bonito. Hay que hacerlo con alguien a quien se ama, Carlotta. No es cierto que sea un acto que solo sirva para procrear.
Carlotta quedó impresionada por las palabras de su hermana, pero no dijo nada.
—¿Qué piensas hacer, María?
Ella negó con la cabeza.
—No tengo ni idea. Si pienso en papá… Me dan escalofríos. Si se enterara…
Carlotta sintió un nudo en la garganta. Era cierto. Su padre era muy severo, sobre todo con ellas dos.
María estaba allí, delante de ella, ya no era la hermana alegre y despreocupada, sino una mujer con sus secretos, sus penas y una necesidad desesperada por ser escuchada.
Pero, demonios, había hecho algo tremendamente imprudente.
Si la noticia trascendía, y ciertas cosas siempre trascienden, su familia se vería envuelta de nuevo en un escándalo. Carlotta se dio por vencida.
—Lo afrontaremos —dijo finalmente, tomando las manos de María entre las suyas. Los dedos de su hermana estaban fríos y temblorosos. Carlotta los apretó con fuerza.
—De verdad. Siento no haber estado ahí como tú querías. Pero ahora estoy aquí. Lo afrontaremos juntas.
—Ahora él está hablando con sus padres. Quiere asumir sus responsabilidades…, él también me quiere de verdad.
Carlotta sabía que esa unión no sería posible, pero guardó silencio para no decepcionar a María.
—Se me olvidaba —dijo entonces su hermana—, han traído esto… Yo estaba al acecho, como siempre.
Se sacó un sobre del corpiño y se lo entregó. Carlotta tomó la carta, que iba dirigida a ella y a Marianne. El sello de los Arconati. La abrió, ya sabiendo su contenido. Leyó esas pocas líneas.
—Patty se casa —murmuró.
—Era de esperar —respondió María—. No sé si alegrarme por ella. El marqués me cae bien, pero Giovanni me ha dicho que estuvo a su servicio y que siempre estaba peleándose con sus padres, llegaba a casa borracho y tenía una novia diferente todas las noches…
—Quizá aún pueda impedir que cometa ese grave error —susurró Carlotta.
Subieron juntas las escaleras de la villa, y Carlotta le mostró el cuadro que estaba terminando. No le dijo que quería enviarlo a Potsdam, a casa de su padre, ni que había decidido mudarse a París.
—Has mejorado mucho —la felicitó María—. Me siento como esta chica, huyendo del mundo.
Carlotta le acarició el pelo.
—Todo irá bien —le dijo—. Solo tenemos que permanecer unidas.
Antes de que su hermana pudiera responder, Annette anunció su presencia tosiendo a sus espaldas.
—¿Cuándo has vuelto? —preguntó Carlotta—. No he oído el carruaje.
—Hace un momento —respondió ella—. Lady Carlotta, no ha sido fácil, creedme. Pero solicité la presencia de la señorita Barilani, e incluso tuve que insistir. Al parecer es una de las favoritas de la marquesa.
—¿Y? —preguntó Carlotta, ansiosa.
Annette sonrió, complacida.
—Está aquí. Os espera en los sótanos, tal y como vos me pedisteis.