Capítulo 18 #2
Un joven de pelo largo recogido con una cuerda apareció ante Carlotta. Ella lo miró fijamente, tratando de recordar la descripción que había hecho Elena. Ojos verdes. Él mantenía la mirada baja, casi asustado.
—Aquí estoy, milady —dijo en voz baja. No había rastro de la vitalidad que había leído en las páginas del diario. Carlotta decidió intentarlo de todos modos.
—Me preguntaba si usted… ¿es halconero?
Él seguía sin mirarla a los ojos. Asintió con la cabeza.
—¿Ha trabajado por casualidad en el castillo de Vezio?
El chico vaciló y, al volverse hacia su amo, o hacia quien parecía serlo, dejó al descubierto una profunda cicatriz que le partía la sien y le llegaba hasta la clavícula. Tenía el rostro desfigurado. Carlotta no pudo ocultar su horror.
—Por eso no debes estar ante la gente, maldita sea —refunfuñó el hombre barbudo. Vuelve con tus pájaros, que asustas a las clientas.
Carlotta dijo:
—¡Espere! —pero él corrió hacia el carro.
El hombre la miró, molesto.
—¿Queréis comprar algo? —le preguntó.
Ella negó con la cabeza y retrocedió. Había desperdiciado una oportunidad. ¿Podía ser Tano aquel joven? Y entonces, ¿por qué no había en él ni rastro del calor que había acompañado las páginas de Elena mientras las escribía? ¿Y aquella terrible cicatriz?
Carlotta alcanzó a su abuela, la apartó de su enésima compra y la llevó a un banco, junto al lago, tratando de dejar atrás a la multitud.
—¿Qué ha pasado? —preguntó la condesa—. Pareces algo alterada.
—Abuela, hace tiempo que quería preguntártelo. ¿Conocías a la familia Valsecchi?
La condesa Luisa suspiró.
—¿Por qué me preguntas eso ahora?
Algo en su mirada le hizo comprender a Carlotta que ella tampoco era indiferente a la historia, que de alguna manera lo sabía.
—No, no los conocía. Solo sé que alquilaron la villa durante unos años a los Sommariva, antes de que ellos nos la vendieran a nosotros —respondió evasivamente.
Carlotta se enfadó.
—¡Eso ya lo sé, abuela!
—¿Lo sabes? ¿Y cuándo…?
No la dejó terminar.
—Te he preguntado si los conocías. Has venido a menudo al lago a visitar a tu amiga Eleanor, los habrás visto, ¿no? ¿Recuerdas a una tal Lorena? ¿Y sabes algo de Alfonso Valsecchi?
La abuela abrió sus ojos azules de par en par y apretó el brazo de Carlotta.
—¿Cómo te atreves a pronunciar esos nombres aquí delante de todo el mundo?
Alguien se había dado la vuelta para mirarlas.
—¿Por qué?
—Porque esa era una familia que no era querida por la gente del pueblo, créeme. Trajo mucha mala suerte.
—¿Puedes contarme más? —preguntó Carlotta, pensando en Elena.
—Hablaremos de eso en casa, en otro momento —susurró la abuela—. Ahora busquemos a tu madre y vayamos a la villa Camelia, por el amor de Dios.
Carlotta estaba cada vez más nerviosa. Encontraron a Marianne y Johannes junto a un saltimbanqui, mientras su madre intentaba jugar con las pelotas del malabarista.
La observó y, tal como había dicho la abuela, se dio cuenta de que nunca había tenido esa sonrisa en Prusia.
Carlotta esperaba que, mientras tanto, en Potsdam, se hubieran calmado los rumores sobre su divorcio.
Aún no había escrito a Albert, su hermano menor, para saber cómo le iba en la corte prusiana, y de su padre no había llegado ni una sola carta.
Sabía lo ocupado que estaba, lo encendidas que seguían las revueltas populares en Prusia, pero no podía evitar sentir una sutil decepción.
—Se me ha escapado una pelota otra vez —exclamó Marianne, que nunca había reído tanto desde que se habían mudado a Italia.
Le hizo una seña a Carlotta para que la recogiera, pero ella lo evitó cuidadosamente y dijo que era hora de irse.
Marianne dejó las pelotas y se enfurruñó, parecía una niña pequeña.
Johannes intentó consolarla con una palmadita en la mejilla.
—Un noble siempre tiene demasiados deberes —se quejó Marianne, mientras seguía a la condesa Luisa hacia el carruaje.
María las estaba esperando, y parecía que hubiera llorado. Carlotta buscó su mano, pero ella la apartó.
—No me pasa nada —dijo—. Déjame en paz.
El carruaje partió unos cientos de metros y entró en la villa Camelia que, naturalmente, tomaba su nombre de las muchas plantas de camelias que decoraban el jardín inglés de su primo Friedrich. Se había montado un cenador en el patio delantero, frente al lago, rodeado de estatuas de muchachas.
Tras los saludos de rigor, Carlotta se sentó en una de las mesitas de piedra y dio un sorbo de limonada fresca. Aún estaba tratando de ordenar sus ideas cuando alguien se sentó a su lado.
—Lady Carlotta —murmuró Georg. No lo había visto llegar, tan absorta estaba en sus pensamientos. El aroma a cuero y jazmín la embargó. Apretó las manos sobre el vestido e intentó no mostrar lo sorprendida que estaba por su presencia.
—Duque —lo saludó fríamente. Deslizó la mirada en busca de Miranda.
Aún no había llegado. En cambio, vio a lady Patricia y al marqués Filippo, que entraban juntos, seguidos por sus respectivas familias.
Entornó los ojos. Una de las damas de compañía de su madre, estaba casi segura, la morena bajita, era la sirvienta con la que Filippo se había entretenido en Villa Melzi.
La sangre aún le hervía cuando pensaba en lo que había pasado, y en el hecho de que él la estaba chantajeando.
Tenía que encontrar la manera de acercarse a ella.
—Lady Carlotta, ¿podemos hablar? —preguntó Georg, en un tono suplicante que ella nunca había oído.
—Ya nos lo hemos dicho todo —le respondió ella.
—No, no lo creo —insistió él—. Hay cosas que decir. Que explicar.
Carlotta se impacientó.
—Solo os he pedido una cosa, duque, que me dejarais en paz. ¿Os parece tan difícil? Sin embargo, cuando estabais con lady Grey, no me pareció que os costara mucho esfuerzo.
Se levantó, lo dejó solo, y se acercó a María, que seguía con la mirada absorta en el lago, ausente de todo lo que la rodeaba.
Estaba satisfecha consigo misma. Lo había puesto en su lugar. Entonces, ¿por qué le temblaban las manos y se le había cerrado el estómago de repente? Todavía le afectaba. No se había curado en absoluto. Apretó los labios y trató de no volverse en su dirección.
—Lady Grey, bienvenida —dijo su primo Friedrich—. Me alegra que hayáis podido venir.
Carlotta se volvió hacia Miranda.
No tenía buen aspecto. A diferencia de otras ocasiones en las que su llegada había sido recibida con murmullos de aprobación, nadie pareció fijarse en ella.
Llevaba un vestido gris claro, sin ningún tipo de adorno.
En parte, ocultaba su rostro bajo un sombrero del mismo color, que no le sentaba nada bien a su piel ambarina.
Pidió agua, no saludó a Georg y se sentó junto a un arbusto de rododendros.
Parecía un animal enjaulado. Incluso se quitó los guantes y se llevó las manos a la nuca.
Cuando vio a Carlotta, le hizo un gesto para que se acercara.
—¿Y ahora qué queréis vos también? —murmuró Carlotta, acercándose a regañadientes.
—¿Podemos hablar?
Carlotta frunció el ceño.
—Primero Georg, ahora vos, ¿os habéis puesto de acuerdo? —preguntó.
Miranda parecía sinceramente confundida.
—No he vuelto a hablar con el duque desde aquella noche —respondió. Carlotta no la creyó, pero fingió complacerla. Había algo de dolor en su mirada, como si llevara días caminando con zapatos de un número equivocado.
—El sol me está matando —le dijo—, ¿podemos entrar?
Hacía mucho calor. Carlotta asintió. Se dirigieron hacia uno de los salones apartados de la villa, permitiendo que los sirvientes las precedieran.
—Nos gustaría refrescarnos un poco dentro —les explicó Carlotta.
Se acomodaron en una habitación despejada, con la chimenea apagada y un enorme cuadro de Napoleón encima. Carlotta frunció la nariz al verlo. Se sentó en el sofá y se quitó los guantes. Miranda seguía de pie, con el rostro cada vez más enrojecido, pasándose continuamente la mano por la nuca.
—Lo habéis malinterpretado todo —murmuró—. Quería hablar con vos, venir a veros después de aquella noche, pero no sabía cómo me recibiríais.
—No tengo nada que deciros, lady Grey. No somos amigas. ¿Qué queréis de mí?
—Explicároslo —admitió Miranda, con voz aguda, casi estridente.
—Diría que hay poco que explicar y que no es asunto mío.
—Sin embargo, por mucho que os cueste creerlo, lady Carlotta, vos me agradáis. No nos conocemos bien, es cierto, pero he aprendido a leer vuestras miradas. Sé que vos sois una persona honesta, y el otro día, al veros tan alterada, yo…
—Lady Grey, yo también siento estima por vos. De verdad, no hay nada más que añadir. Nada que podáis hacer. Vos y el duque…
—No hay ningún nosotros —espetó Miranda.
Luego se dio cuenta de que casi había gritado—.
Está bien —dijo finalmente, en un tono más bajo, casi en un susurro—.
Vos os habéis confiado a mi persona. Habéis confiado en mí.
Ahora creéis que he traicionado esa confianza.
Tengo que demostraros que os equivocáis.
Tenéis razón, no estoy diciendo toda la verdad.
Pero eso no tiene nada que ver con el duque.
Carlotta la miró fijamente.
—¿Qué queréis decir?
Miranda bajó la mirada por un instante y luego la alzó de nuevo.
—No nací en una familia rica, Carlotta. Fui adoptada, es cierto.
Ya se han extendido los rumores, pero, precisamente porque me gustasteis desde el primer momento, quiero ser yo quien os cuente mi historia.
Mi madre adoptiva era una benefactora, una mujer que creía en las segundas oportunidades.
Abrió una escuela para chicas como yo, chicas que no tenían nada.
Y yo tuve suerte. Me dio un nombre, un título, una vida que nunca hubiera podido imaginar.
Pero eso no cambia quién soy por dentro.
Carlotta guardó silencio. A ella no le importaba si Miranda descendía de una familia noble o no. Eso no cambiaba nada de lo que había visto. Lady Grey había hecho un aparte con el duque de Sajonia, eso era todo. Le bastaba.
—Todo lo que hacéis no es asunto mío —respondió—. Y aquella noche reaccioné de forma exagerada, pero no es culpa vuestra. Soy yo quien se ha engañado.
—No es tan sencillo, Carlotta. Nada lo es. Estaba hablando con el duque, es cierto, pero fui yo quien le rogó que se reuniera conmigo, y me escondí precisamente para que la gente no pensara lo que pensasteis vos. La verdad es otra.
—Os escucho —la desafió Carlotta, exasperada.
Miranda la miró con expresión cansada, como si sus palabras fueran un peso que esperaba aliviar desde hacía mucho tiempo.
—La verdad, Carlotta, es que no siempre podemos permitirnos ser lo que somos.
—Sí, sobre todo vos. Todavía no me explico qué hacíais con un cuchillo debajo del vestido.
Miranda apartó la mirada. Tenía el rostro enrojecido, de lo acalorado que estaba.
Se rascó el vestido sin ningún pudor.
—No tenéis ni idea de los peligros que debe evitar una mujer sola —respondió con dificultad. Se llevó las manos al cuello y empezó a jadear.
—¿Estáis bien? —preguntó Carlotta al verla tan angustiada. Había envidiado a una mujer que llevaba consigo un peso insoportable.
—Está pasando otra vez —murmuró Miranda—. Ayudadme. Me ahogo. Me pica. Me pica.
Carlotta se percató de que intentaba quitarse el vestido. Empezó a desatarle los cordones de la espalda, mientras Miranda se quitaba los zapatos. Su respiración era cada vez más agitada, hasta convertirse en un estertor.
—Ya está —susurró Carlotta, liberándola del miriñaque.
Miranda se desplomó, llorando. Tenía todo el pelo despeinado hacia un lado, y Carlotta se horrorizó. Desde la nuca, toda la espalda, hasta llegar al muslo, la piel de Miranda estaba maltrecha, arrugada, parecía la de una anciana.
—Son quemaduras —susurró Miranda—. A veces me duelen como…, como aquel día.
—¿Qué puedo hacer?
—Hay una pomada en la bolsa que dejé en el carruaje —respondió Miranda en un susurro, retorciéndose de dolor. Carlotta se dio la vuelta para ir a buscarla, y se dio cuenta de que ya no estaban solas.
El duque de Sajonia las había alcanzado y observaba a Miranda con una mano cubriéndose la boca y una mirada angustiada y afligida.