El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Está lista la cesta para nuestra merienda? —preguntó Marianne.

El jardinero negó con la cabeza, confundido. Hasta tal punto parecía distraído que la abuela Luisa tuvo que regañarlo con la mirada.

—Voy a ver a la cocinera —respondió Giovanni, como si se hubiese despertado de repente.

Carlotta le lanzó una mirada divertida: estaba en las nubes, con aire de quien no se da cuenta de lo que está haciendo, la camisa desabrochada y los ojos legañosos.

Johannes, para ese día tan especial, había vuelto a ponerse el traje de cochero, una broma que había ideado Marianne. Vestido con su viejo uniforme, tendió la mano a María y la ayudó a subir al carruaje. La abuela también tomó asiento, con mirada entusiasta.

—Desde que llegamos estoy esperando este momento —comentó.

—Sé que la feria de Menaggio es importante —comenzó a decir María—, pero ¿no podía quedarme en casa?

Carlotta la miró, asombrada. No la reconocía. Solo unos meses antes habría cambiado su mejor vestido por participar en la mayor feria de verano del lago de Como.

—No basta con saberlo, querida —respondió la abuela con paciencia—, hay que participar. La gente del lago vive de las tradiciones.

Luisa de Prusia amaba las tradiciones, así como había amado su tierra, no solo como patria, sino también como naturaleza.

Había crecido aprendiendo a cultivar las plantas y a trabajar los campos, y siempre se había ocupado de sus hermanos menores.

Era una de las historias con las que María y Carlotta habían crecido.

Luisa recordaba con orgullo aquellos primeros años de su vida, y solía repetir que la gente común tenía mucho que enseñar a los nobles. Había sido una mujer muy bella y, sobre todo, fascinante. Carlotta admiraba sus retratos y su porte.

Durante el viaje, la abuela comenzó a contar sus aventuras y Carlotta se esforzó por escucharla con atención, a pesar de que su mente estaba atestada de pensamientos.

Mientras tanto, fuera de la ventana, admiraba encantada los sauces llorones que se inclinaban para acariciar las orillas del lago, en tanto que la luz dorada bailaba sobre el agua y algún pescador atracaba su barca, después de haber capturado agoni durante toda la mañana.

Casitas de piedra y techos rojos se alternaban con pequeñas capillas de oración de los nobles y, de vez en cuando, aparecía una villa con un jardín cuidado y fuentes de las que brotaba agua cristalina.

Cuando Johannes detuvo el carruaje, se encontró catapultada a lo que le pareció una realidad muy diferente de la elegante calma lacustre a la que estaba acostumbrada.

Una fila de puestos se abría ante su vista: dulces, pescado del lago, quesos…

convivían pacíficamente junto a valiosos muebles, gallinas, fruta y verdura, saltimbanquis y tragafuegos.

—Con este calor —se quejó María, cada vez más impaciente.

Carlotta pensó que no le faltaba razón, pero la consolaba el hecho de que solo iban a dar un paseo, o al menos eso era lo que tenían planeado.

Eran huéspedes de su primo Friedrich en Villa Camelia, el cual había puesto a su disposición su finca de verano para un brunch refinado, tal y como a él le gustaba.

Carlotta bajó del carruaje y abrió inmediatamente la sombrilla para protegerse del sol, que ese día era particularmente intenso. Siguió a su abuela Luisa, que se dirigió inmediatamente a probar las tortitas y comenzó a charlar con los comerciantes.

El olor a frito se mezclaba con el sudor de la gente apiñada y el ganado. Carlotta sintió una fuerte náusea. María, a su lado, se puso roja como un tomate.

—Te espero en el carruaje —le dijo a Carlotta—, díselo a la abuela, o seguro que buscará la manera de retenerme.

Ella asintió y se acercó con dificultad a la abuela, mientras Marianne y Johannes desaparecían entre la multitud.

—¿Dónde está tu hermana? —preguntó inmediatamente la condesa Luisa, contrariada.

—No se encuentra muy bien —respondió Carlotta.

—Tu hermana menor parece… diferente, ¿no crees?

La condesa había echado una mirada el carruaje, mientras María cerraba la cortina al mundo.

Carlotta siguió la mirada de su abuela, con una punzada de culpa que le presionó el estómago.

No había prestado mucha atención a María en las últimas semanas, absorta como estaba en sus propios pensamientos.

Después de sus discusiones, decidió que lo mejor sería dejarla macerar en su mal humor, esperando a que le volviera la sonrisa.

—¿Diferente en qué sentido?

Luisa se volvió hacia ella con expresión seria.

—Está inquieta, evasiva. Me parece que nos está ocultando algo. No es la María de siempre. ¿No te ha dicho nada estos días? ¿No has notado nada raro?

Carlotta sintió que su abuela la cogía por sorpresa.

—No —mintió con una sonrisa forzada—. Nada en particular. María siempre ha sido un poco… lunática.

La abuela no parecía convencida. Se detuvo en el puesto de dulces e hizo un gesto para probar el crocante. A Carlotta siempre le sorprendía el gran apetito que tenía, a pesar de su edad.

—Carlotta —dijo en voz baja, pero con firmeza—. Sois hermanas. Es tu deber darte cuenta cuando algo va mal. Sobre todo, ahora que tu madre está distraída y yo no puedo estar en todas partes —dijo la abuela cogiendo el crocante y dándole un mordisco.

—Muy bueno —elogió, y le hizo una señal a un criado para que lo comprara.

—Si mi madre está distraída es porque piensa en su nuevo amor, no en nosotras. Tampoco a mí me han asignado una tarea fácil —murmuró Carlotta. La condesa le ofreció un bocado, pero ella lo rechazó.

Luisa suspiró. En sus sabios ojos volvió a aparecer la llama de la indulgencia.

—Hasta hoy no había visto nunca feliz a lady Marianne —le dijo—. Ha tomado una decisión difícil. No todas las mujeres habrían tenido su valor.

Carlotta se impacientó.

—¡Ha eludido sus responsabilidades! Ha dejado a un hijo en Prusia. ¡A mi hermano! ¿Qué hay de valiente en eso? ¿Y qué le dirá a su hijo cuando finalmente regrese con él?

—No me corresponde a mí decirte esas cosas, pero tu madre no podrá regresar a Prusia. Nunca más. Sus propios padres se lo impedirían. ¿Lo entiendes? Cada uno elige su camino y ella ha tomado uno sin retorno. Ha decidido anteponerse a todo lo demás. Pero os ha llevado con ella.

—Estaba bien donde estaba antes —murmuró Carlotta, sin poder contenerse.

En realidad, las palabras de su abuela la habían impactado. No tenía ni idea de que Marianne había sido desterrada de la corte de ese modo. Esto no cambiaba mucho las cosas, pero sin duda arrojaba una nueva luz sobre su madre.

—Si papá quisiera, la haría volver en un abrir y cerrar de ojos —reflexionó en voz alta—, y nadie se atrevería a decirle que está expulsada.

—¿Y a quién beneficiaría su regreso a la corte prusiana? ¿A ti, querida nieta, o a ella? ¿No ves lo feliz que es aquí? ¿Por qué te molesta tanto que ahora esté bien?

—No se trata de eso —trató de defenderse Carlotta—, es solo que no entiendo por qué le hizo tal desaire a mi padre.

La abuela Luisa entornó los ojos.

—A veces es más fácil quedarse donde no hay amor, para contentar a los demás.

Pero emigrar a tierras inexploradas, con toda la incertidumbre que eso conlleva, solo para preservar la propia libertad, es un acto revolucionario.

Ella fue una mujer revolucionaria. ¿Tienes idea de lo que significa llevar el peso de haber sido la primera, entre todas las nobles, en pedir el divorcio?

Carlotta se rindió. Su abuela no lo entendía, o tal vez se le escapaba algo.

—Pensemos en María ahora —le dijo—. Alguien tendrá que hacerlo.

Sabía que había descuidado a su hermana, y había algo en su mirada ausente que le preocupaba de verdad. Pero ¿qué podía hacer? María nunca se había confiado a ella, no de forma sincera.

—Esperemos que estés exagerando, abuela —intentó decir, tratando de recuperar un tono ligero—. María solo está cansada. Parecía haberse adaptado bien, parecía que se lo estaba pasando bien…

Una gallina se escapó de su dueño y pasó delante de ellas, cacareando.

Luisa arqueó una ceja.

—No finjas que no ves nada, Carlotta. Si hay algo que no va bien tienes que descubrir qué es. Detrás de su apariencia brillante, María siempre ha tenido un alma frágil, y la fragilidad, querida, necesita ser apoyada, no ignorada.

Carlotta asintió, pero en su interior estaba hecha un lío. ¿Frágil? Nunca había pensado en María en esos términos. María era la hermana menor, la que aún podía disfrutar de la vida sin responsabilidades ni demasiadas obligaciones. O al menos eso era lo que le había parecido hasta ese momento.

—Mira ese pájaro, nunca había visto uno igual —comentó Luisa, que había presenciado divertida el rescate de la gallina y ahora observaba al comerciante.

—Quizá sea un halcón amaestrado —respondió Carlotta sin pensar, mientras su abuela la miraba de arriba abajo—. Ahora voy, abuela —dijo Carlotta.

La condesa Luisa no respondió. Nunca había sido de las que ponían impedimentos a sus nietas, no iba a empezar a hacerlo precisamente en ese momento.

Carlotta se acercó al puesto de las gallinas, moviéndose entre los demás visitantes, no sin cierta dificultad debido a su voluminoso vestido. Sentía muchas miradas sobre ella, sobre todo las de las jóvenes del pueblo, que seguramente se preguntaban cuánto tiempo se tardaría en imitar su peinado.

—Milady —dijo un hombre de barba oscura, ligeramente avergonzado—. ¿Puedo hacer algo por vos?

Carlotta dudó. Desde que había visto aquella gallina, no hacía más que pensar en la descripción de Tano que había leído en el diario de Elena.

—Me preguntaba… si criaban halcones.

—Oh —dijo el otro—. Yo no, pero… Claro…

Se volvió para señalar el carro.

—¡Eh, chico! —gritó—. ¡Hay trabajo para ti!

Carlotta contuvo el aliento. Era como haber leído una novela de Dickens y encontrarse de repente con uno de sus personajes. Solo que la historia era completamente real, no inventada.