Capítulo 17 #2
—Se dice que Miranda no es la verdadera hija de los condes Grey.
Parece ser que la condesa la adoptó, no se sabe muy bien, digamos, en qué circunstancias —hizo una pausa significativa y lanzó una mirada a Carlotta.
Ella sintió como una oleada de incomodidad recorría su piel.
No era tanto el contenido del rumor lo que la molestaba, sino la insistencia con la que Francesco lo contaba y que parecía esperar de ella una reacción de complicidad o, peor aún, de aprobación. Carlotta no dijo nada, él continuó.
—Debéis saber que la condesa Grey es una benefactora, y ha fundado una escuela para jóvenes muchachas sin recursos en Londres. Una escuela respetable, por supuesto, y es precisamente allí donde, después de adoptarla…
Dejó la frase en el aire, como si lo que se callaba fuera más elocuente que lo que decía.
—No me gustan los rumores, conde —respondió Carlotta, con una frialdad que lo hizo sobresaltarse—. Y no veo nada malo en fumar o conversar libremente. En cuanto al origen de la duquesa, me parece irrelevante. No es el nacimiento lo que define el valor de una persona.
Francesco inclinó la cabeza. Daba la impresión de que la respuesta le había divertido, pero su sonrisa se agrietó ligeramente.
—Admiro vuestra franqueza —dijo con un tono que delataba una ligera condescendencia—. Es raro encontrar a una joven tan decidida en sus opiniones. Sin embargo, no podéis negar que la educación y el nacimiento tienen su peso. Todo indica que Miranda era solo una humilde dama de compañía, ¿entendéis?
—Seguro que aprobó con nota en la escuela —respondió lacónica Carlotta.
No podía soportar seguir hablando de Miranda.
Se sentía burlada por ella y, al mismo tiempo, el episodio no hacía más que recordarle lo ingenua que había sido al confiar en alguien solo porque le había causado una buena impresión.
—Una escuela, por muy respetable que sea, no puede sustituir a un linaje —dijo Francesco secamente.
Ella levantó una ceja.
—Una escuela, conde, puede hacer mucho más de lo que vos creéis.
No solo se aprende literatura, idiomas y artes, sino también fuerza de carácter, algo que no es habitual ni siquiera entre los nobles.
Miranda, por ejemplo, habla italiano con fluidez y se siente cómoda en cualquier conversación.
Habrá una razón por la que el duque de Sajonia-Meiningen ha empezado a cortejarla.
La última frase la había pronunciado más para sí misma que para él.
Francesco pareció ligeramente irritado.
—No pongo en duda que ciertas cualidades puedan enseñarse. Pero la elegancia, la autenticidad, esas son innatas. No se pueden aprender. Es evidente, cuando observas a alguien, enseguida percibes si realmente pertenece a este mundo. Como vos y yo, por poner un ejemplo.
Carlotta lo miró fijamente durante un momento, sintiendo cómo la ira iba en aumento.
—Me pregunto, conde, si os dais cuenta de lo limitada que es vuestra visión. ¿Sabéis? Muchas personas de sangre noble no tienen ni elegancia ni auténtica nobleza de espíritu. Quizá deberíais observar mejor nuestro mundo antes de juzgar el valor de quienes pertenecen a él o no.
—¡Carlotta! —espetó Marianne, que estaba escuchando la conversación en un rincón de la sala—. ¡Pídele perdón al conde inmediatamente!
—No, princesa, no la regañéis. Me parece que lady Carlotta es notable. Su espíritu es… estimulante.
Carlotta no se dejó seducir.
—No es cuestión de espíritu, conde. Es cuestión de justicia. Y me parece injusto juzgar a una persona por sus orígenes o por la educación que ha recibido. Hay mucho más valor en el carácter y en las acciones que en un nombre o un título.
Le disgustaba defender implícitamente a Miranda, pero no podía callar sus convicciones.
Francesco sonrió de nuevo, pero esta vez de un modo más forzado.
—Sois una mujer decidida —dijo, levantándose del sillón y arreglándose el cuello de la camisa—. Y quizá por eso sois tan fascinante.
Carlotta se limitó a asentir con la cabeza.
Francesco representaba todo lo que ella estaba empezando a detestar: las convenciones, los prejuicios, el peso de un sistema que parecía aplastar todo lo que era auténtico.
Pero, sobre todo, no soportaba que su madre hubiera vuelto a cambiar de opinión y la animara a lanzarse a los brazos de un hombre rico e insulso.
Miró de nuevo a María, que estaba sentada en un sillón en un rincón de la habitación. Observaba la escena impasible, con la mirada fija en el vacío. Carlotta sintió una vaga sensación de inquietud.
—Lady Carlotta, no quiero robarle más tiempo —concluyó Francesco, inclinándose con elegancia—. Espero que tengamos ocasión de continuar esta conversación en otra ocasión más… agradable.
Ella se inclinó para despedirse. Se dijo que esa era la última vez que el conde cruzaba el umbral de la villa. Le enviaría una nota, comunicándole de manera decidida que no estaba interesada en salir con él.
Tan pronto como Francesco se marchó, Marianne se levantó y salió de la sala dando un portazo, sin decir una palabra. Carlotta permaneció inmóvil, con la respiración aún tensa por la conversación.
Luego, la voz de María la sacó de su ensimismamiento.
—Debes de estar muy satisfecha de ti misma —la oyó decir—. Siempre sabes cómo concluir las conversaciones que no te interesan.
Carlotta se volvió hacia ella, frunciendo el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
María se levantó lentamente, alisándose la falda con movimientos comedidos.
—¡Oh!, nada —respondió, con la mirada fija en el techo, como si estuviera hablando sola—. Solo que, evidentemente, tienes cosas más urgentes e importantes que hacer que intercambiar dos palabras con el conde. O con tu hermana.
Carlotta apretó los labios, sintiendo cómo crecía su enfado.
—No es el momento para montar escándalos, María.
—Claro, lo sé. He aprendido a no molestarte con mis… pequeños problemas insignificantes.
Carlotta se puso a la defensiva.
—Esto no es justo, María. Dime qué te pasa. ¿Por qué llorabas delante del marqués en la fiesta de Villa Melzi?
María no la dejó terminar.
—No te preocupes. No es importante. De hecho, son solo asuntos míos. Nada es demasiado importante cuando se trata de mí, ¿verdad?
—Si hay algo que quieras decirme, dímelo ahora en lugar de montar una escena.
María se rio en voz baja, con un deje de amargura.
—¿Por qué? ¿Por qué debería hacerlo? Lo intenté la otra noche, tres veces, pero me dejaste esperándote en la terraza y te marchaste sin avisarme.
Carlotta se acercó, con los ojos encendidos de ira.
—Claro, y tú aprovechaste para compadecerte delante del marqués Arconati, ¿eh? Y no escatimaste nada: le dejaste entrar en nuestra casa y le enviaste a husmear en el desván. ¡No tenías derecho! ¡Ni siquiera puedes imaginar el escándalo que has montado solo porque querías reclamar mi atención!
María abrió los ojos de par en par, fingiendo sorpresa.
—Oh, entonces si eres infeliz es culpa mía. Lo siento mucho. —Luego bajó la voz—: Y perdóname también si, por una vez, soy yo la que tiene cosas más importantes que hacer.
Dicho esto, María se dirigió hacia la puerta, sin volverse.
—¡María! —la llamó Carlotta, pero ella no se detuvo.
Carlotta se quedó sola en el salón de té, con la rabia presionándole el pecho.
Por un instante, se preguntó si realmente había hecho algo malo, si había ignorado a María cuando debería haberla escuchado.
Pero luego el recuerdo de su ironía punzante, de su tono molesto y, sobre todo, de su comportamiento con el marqués le hizo apretar los puños.
El día había comenzado hacía pocas horas y ya le parecía interminable.
Deseaba quedarse un rato sola para ordenar sus ideas, pero ni siquiera tuvo tiempo de pensarlo cuando el mayordomo entró en la sala.
—Lady Carlotta, tengo el placer de anunciaros la visita de lady Patricia Von Alten.
«Justo ahora», pensó Carlotta, y antes de que pudiera responder, Patricia entró en la habitación con un entusiasmo que parecía llenar todo el espacio y la abrazó con vehemencia.
—¡Carlotta! —Sus ojos brillaban, y una sonrisa radiante iluminaba su rostro—. ¡Tengo que hablar contigo! No podía contenerme, tenía que decírtelo enseguida.
Carlotta se dejó abrazar, pero fue incapaz de responder con el mismo entusiasmo. «Dime que no es lo que pienso», dijo para sus adentros.
—¿De qué se trata? —preguntó con una media sonrisa.
Ambas se sentaron en los sillones de terciopelo, y Patricia estrechó las manos de su amiga.
—¡Filippo! ¡Me ha dicho que va a pedirme matrimonio! También ha hablado con mi padre. —Bajó ligeramente el tono de voz—. Él… es todo lo que podría desear, Carlotta.
Carlotta se quedó en silencio un momento, observando a Patricia.
La felicidad de su amiga era contagiosa, pero bajo su apariencia luminosa sentía una extraña presión, como si Patricia intentara convencerse más a sí misma que a los demás.
Quizá no era tan ingenua y, sin duda, había notado que algo en la actitud de Filippo no cuadraba.
Ella lo sabía, lo había notado en su voz: Filippo no la quería.
Solo la estaba utilizando para conseguir el dinero que malgastaba en el juego y en mujeres. Se estremeció solo de pensarlo.
—Patricia, escúchame —dijo finalmente, luchando contra el deseo de contarle todo lo que sabía—. Filippo es encantador, lo sé. Pero ¿estás segura de que es sincero? ¿De que siente por ti lo mismo que tú sientes por él?
Patricia abrió mucho los ojos y retiró ligeramente las manos.
—¿Sincero? Carlotta, ¿qué quieres decir? Filippo es un caballero. ¿Por qué no iba a ser sincero?
Carlotta bajó la mirada. No podía hablar con ella: Filippo todavía tenía esos dibujos que habrían provocado un nuevo escándalo en su familia. Nadie necesitaba eso ahora.
—Yo… solo quiero que seas feliz —respondió, eligiendo cuidadosamente las palabras—, pero te pido que lo pienses. Que lo observes de verdad, más allá de las apariencias y los modales.