El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Esta mañana me he despertado antes del amanecer.

No he pegado ojo en casi toda la noche, pensando en lo que me esperaba.

El señor Valsecchi me había dicho que no llegara tarde y durante toda la noche sus palabras resonaron en mi cabeza.

No era el tono con el que había pronunciado las frases, sino la forma en que me había mirado, parecía que había visto algo en mí que yo misma desconocía.

Me vestí rápidamente, tratando de no hacer ruido para no despertar a mi madre.

Cuando salí, el frío de la mañana me golpeó como una bofetada.

Ya no estoy acostumbrada a las aguas del lago, antes el frío solo me habría alegrado.

El señor Valsecchi me esperaba cerca del barco, impecable como siempre, pero con un aire más relajado de lo habitual.

Me saludó con una sonrisa que pretendía ser cordial, pero que no conseguía ocultar del todo su expresión indescifrable.

El barco era pequeño, con las tablas de madera desgastadas por el uso, pero bien cuidadas. Me senté frente a él, tratando de no cruzar su mirada durante demasiado tiempo. No era fácil, porque él parecía mirarme sin hacerlo, como si observara cada uno de mis movimientos.

Empezó a remar con calma. Los músculos de sus brazos se tensaron ligeramente bajo la camisa, y yo aparté la mirada, fijándola en el agua que apenas se ondulaba.

No dijo nada durante un rato, dejando que el silencio entre nosotros se alargara hasta volverse casi sofocante.

Luego se detuvo, mirando hacia un punto del lago que para mí era indistinguible de los demás.

—Aquí siempre se pesca bien —dijo con seguridad, dando a entender que ese punto era especial para él. Tras una pausa, añadió con una sonrisa casi burlona—: Y si tenemos suerte, podríamos encontrar al lucio del lago.

—¿El lucio? —pregunté, tratando de disimular el tono forzado de mi voz.

No me interesaba la historia, pero sentía la necesidad de responder, de llenar el tiempo muerto entre nosotros.

Me odiaba por ello. Odiaba a su familia, odiaba sentirme tan pequeña bajo su mirada, y sin embargo intentaba no contrariarlo.

Él sonrió, con una sonrisa que nunca me parecía del todo sincera.

—Oh, sí. Una leyenda local —dijo, en un tono casi de complicidad—.

Dicen que en las profundidades del lago vive un lucio gigante, un monstruo antiguo, más viejo que cualquier barco o pescador.

Algunos juran haberlo visto con ojos grandes y brillantes, como el sol cuando se pone.

Otros cuentan que da buena suerte encontrarlo, pero mala suerte si te atreves a intentar capturarlo.

La forma en que lo decía, con esa voz meliflua y un poco baja, me daba escalofríos. Parecía que no solo estaba hablando del lucio, sino de algo más, algo que yo no conseguía desentrañar.

—¿Y vos? —pregunté, tratando de mantener la compostura—. ¿Vos lo creéis?

Inclinó ligeramente la cabeza, mirándome con una mirada que parecía penetrante.

—¿Yo? —dijo, como si estuviera reflexionando seriamente sobre mi pregunta—. No, no lo creo. Pero me parece que es una bonita historia. A mi hija Lorena le encanta. ¿Y a ti? ¿Te gustan las historias?

No supe qué responder. La forma en que había desviado la pregunta hacia mí me incomodaba, me parecía que quería algo que yo no entendía.

—Depende —dije, tratando de parecer despreocupada—. Si son verdaderas o no.

Él volvió a sonreír, con una sonrisa lenta, casi indulgente.

—A veces las historias sirven precisamente para eso —respondió—. Para que podamos creer en algo, aunque sepamos que no es real.

Aparté la mirada, fingiendo estar interesada en el movimiento de la línea de pesca.

No me gustaba cómo me hacían sentir sus palabras. Como si hablaran de mí, no de un lucio o de una leyenda.

Pescamos en silencio durante un rato. Me explicó cómo debía lanzar el sedal, el movimiento correcto de la muñeca, la fuerza necesaria.

Yo intentaba seguir sus instrucciones, demostrarle que sabía hacer algo.

De vez en cuando me corregía, con su voz amable, casi paciente.

Me parecía extraño que fuera tan condescendiente, que no hubiera ni rastro del dueño de la casa al que estaba acostumbrada a evitar.

Luego, mientras me pasaba un cebo, su mano rozó la mía.

No fue un toque casual. No podía serlo. Sus dedos se detuvieron un instante más de lo necesario, y en ese momento sentí cómo me recorría un escalofrío.

No levanté la mirada, no quería, pero sentía la suya sobre mí.

No me dijo nada y yo seguí fingiendo que no había pasado nada.

Pero no podía ignorar la forma en que ese contacto me había dejado perpleja.

Cuando finalmente encontré el valor para mirarlo, él ya estaba contemplando el agua, fingiendo que no había pasado nada.

Quizá había sido todo fruto de mi imaginación.

Quizá no. Pero la duda no me abandonaba.

Lo que más me irritaba era la forma en que yo seguía complaciéndole.

Como si estuviera interpretando un papel que él esperaba de mí, como si fuera otro de sus entretenimientos.

Él no dijo nada, y yo tampoco. Seguí contemplando el lago, tratando de convencerme de que solo había sido una casualidad, un gesto inocente que yo había malinterpretado.

Al final, cuando el sol ya estaba alto, me dijo que era hora de volver.

—Eres buena, Elena, aprendes rápido —dijo mientras remaba hacia la orilla—. Tu padre no exageraba.

No respondí. Me limité a mirar el agua que se ondulaba bajo los remos.

Ahora que estoy de nuevo en casa, sentada a mi mesa con el bolígrafo en la mano, no puedo dejar de pensar en esa caricia.

Me pregunto si fueron todo imaginaciones mías, si dejé que mi mente fuera demasiado lejos.

Probablemente también estoy condicionada por lo que me dijo la cocinera, y por su posición.

Pero sigo sin comprender todo ese interés por la pesca y por mí.

¿No es inconveniente, para un padre de familia con una esposa, salir solo en barco con una mujer?

Quizá ni siquiera me considera como tal, pero lo soy.

Quizá me he preocupado por nada. Quizá es solo la forma en que mira, en que habla, lo que me incomoda.

Sin embargo, algo en mí no puede olvidar ese momento, esa fracción de segundo en que sentí su mano sobre la mía.

Carlotta cerró el diario con un gesto decidido, casi brusco.

Se quedó inmóvil por un momento, con las manos sobre la cubierta, el rostro contraído en una mueca de disgusto.

Fueran nobles o ricos, pensó, los hombres eran todos iguales.

Esclavos de sus deseos, invadidos por la sed de poseer lo que no era suyo.

Marianne le había inculcado esas ideas a Carlotta, había creído haber encontrado la excepción, pero la vida le había demostrado que no existían caballeros sin mancha.

Había tenido la necesidad de refugiarse en la historia de aquella chica, una vez de vuelta a casa. Le hubiera gustado mucho conocer a Elena y advertirle que se alejara de aquel hombre insolente, que había decidido atormentarla.

La vida de Elena estaba allí, entre aquellas líneas, tan íntima y viva que casi parecía oír su voz susurrando en el silencio de la villa.

Temió que Elena hubiera corrido mala suerte.

Volvió a pensar en la bruja Blanca, que parecía conocer sus secretos: ¿quizá la chica había sido asesinada y ahora intentaba comunicar algo?

Se estremeció. ¿Y si Georg estuviera involucrado?

¿Eran estas las sombras a las que se refería Eleanor?

Al fin y al cabo, su villa, Villa Sola, se hallaba bastante cerca de la de Elena.

Y luego estaba ese misterioso nombre que había aparecido durante la sesión de espiritismo, Susanna…

Carlotta creía que se estaba volviendo loca.

Levantó la vista hacia las paredes de la habitación, los paneles de madera antigua que parecían contener la respiración.

Se levantó de la cama, estrechando aún el diario entre las manos, tenía miedo de soltarlo. Las palabras de Elena seguían resonando en su cabeza, un susurro lejano que no podía ignorar.

Se acercó a la ventana, contempló el jardín iluminado por la luna, y un escalofrío le recorrió la espalda.

—Es como si me estuvieras mirando, Elena —murmuró, hablando al vacío—. Estás esperando a que entienda algo. Te prometo que investigaré. Descubriré lo que te pasó.

«Ya estoy harta de las reglas impuestas por los demás, que luego nadie respeta realmente. Estoy harta de vivir como ellos dicen», se dijo.

De repente, Dash, que solía dormir plácidamente toda la noche en su cesta, se dirigió hacia la puerta y empezó a arañarla.

—¿Qué te pasa ahora? —refunfuñó Carlotta—. ¿Has oído un ratoncito?

Cuando le abrió la puerta, el cavalier salió con una vitalidad inusual, recorrió el pasillo y subió las escaleras que llevaban al desván.

—Dash, espera —susurró Carlotta.

Había oído llegar el carruaje, por lo que sabía que Marianne y María aún podían estar despiertas.

Lo siguió descalza, con la lámpara en la mano.

La puerta del desván estaba abierta, había una luz en el interior.

Carlotta se detuvo, pero Dash entró sin detenerse, y ella no pudo dejarlo ir solo, el perro no destacaba precisamente por su instinto de supervivencia y nunca se habría perdonado si lo hubiese herido una rata o quién sabe qué.

Lo siguió sin pensar y se quedó perpleja cuando lo encontró moviendo la cola a los pies de Filippo.

—Qué perrito más bueno —murmuró él, acariciándolo.

Estaba sentado en el baúl donde Carlotta había escondido los dibujos, y tenía un libro en la mano.

Fingió alegrarse de verla, con una sonrisa forzada en el rostro.

—Princesa. Iba a visitaros mañana. No teníais que molestaros tan temprano. ¿O es que ya me echabais de menos?

—¿Qué hacéis en mi propiedad? —gruñó Carlotta—. ¿Y quién os ha dado permiso para venir aquí y hurgar entre estas cosas?

Filippo no se arredró.

—He encontrado esto: Historias y leyendas de Japón. Está dedicado a una tal Elena, así que supongo que no es suyo.

—Idos inmediatamente.

Filippo cogió a Dash en brazos.

—¡Oh, Carlotta! ¿Por qué tanta prisa? Ya que estáis aquí, ¿no queréis saber quién me ha dejado entrar?

—Seguro que no ha sido Antonio.

—Pues sí, él mismo, y por la puerta principal. Vuestra hermanita vio cómo os escapabais en el barco y se quedó muy triste. Patricia y yo nos hemos encargado de ella. La he acompañado personalmente a su habitación, le he acariciado su bonita carita surcada por las lágrimas…

Carlotta apretó los puños.

—No os atreváis a acercaros a mi hermana —le advirtió.

—Lady María es un pequeño capullo de rosa que, por el momento, no tengo intención de recoger, no os preocupéis. Pero es muy habladora, si se le hacen las preguntas adecuadas. Y observa más de lo que vos creéis.

—¿Y bien, marqués?

La luz de la lámpara de aceite jugueteaba en su rostro, desfigurándolo. Filippo sonrió. Parecía seguro de sí mismo.

—Me ha dicho que desde que estáis aquí en la villa habéis cambiado.

Que tenéis vuestros pequeños secretos. Os ha visto subir aquí más de una vez, así que me ha intrigado…

Me ha dejado subir solo; al fin y al cabo, la he acompañado a casa en lugar de su egoísta hermana, era lo menos que podía hacer, ¿no?

—¿Adónde queréis llegar? —siseó Carlotta.

—A ningún sitio en particular. Pero comprenderéis que debo protegerme.

—Protegerse de…

De repente lo comprendió. El marqués se puso de pie y retrocedió, dejando el libro sobre el escritorio de madera.

Carlotta se apresuró a abrir el baúl, rebuscando entre la ropa vieja, donde había escondido los dibujos. Ya no estaban. Se volvió hacia él, con el rostro impasible.

—Ya me había dado cuenta de que detrás de esa expresión angelical se esconde una auténtica puta.

—¿Cómo os atrevéis? —susurró Carlotta, sonrojándose.

Filippo sacó los dibujos de su chaqueta, los que representaban al duque Georg desnudo.

—Un clásico bodegón, sois una buena artista.

—Devolvédmelos —gritó Carlotta, presa del pánico. Se inclinó para cogerlos y él los levantó con una sonrisa diabólica.

—El duque. Quién hubiera dicho que la dulce Carlotta tenía una debilidad por los hombres tenebrosos. Decidme, ¿es fruto de vuestra imaginación o él ya os ha dejado probar lo que habéis pintado con tanta maestría?

—Sois un hombre grosero y repugnante —replicó Carlotta—. Devolvedme lo que es mío.

—Debo admitir que, incluso en los detalles, habéis sido muy precisa. El tema es inequívoco… Ese lunar tan evidente debajo del cuello… Lo vi mientras nos bañábamos, una noche, entre hombres. Pero vos… Sois una continua sorpresa.

Filippo se puso serio.

—Habéis sido lo suficientemente tonta y presuntuosa como para firmar todos vuestros bosquejos. Basta con que haga algunas reproducciones, y mañana todos sabrán que Carlotta es digna hija de su madre. La familia Albrecht, llena de putas. A saber cuánto se alegrará vuestro padre cuando se entere.

Carlotta se rindió. Sabía que no podía arrancarle los dibujos de las manos. Le temblaban los labios.

—¿Qué queréis de mí, marqués?

—Eso está mejor —respondió él—. Deberíais haberme tratado así desde el principio. Que calléis la boca ante vuestra amiga Patricia, dejadme casarme con ella y no os entrometáis más en mis asuntos.

Ella asintió, incapaz de articular palabra. Siempre había despreciado al marqués Arconati, pero no se esperaba todo lo que estaba ocurriendo. No sabía si sentir más pena por Patricia o por sí misma.

—¿Me daréis mis dibujos?

—Cuando se hayan consumado las nupcias —respondió él, hinchando el pecho. Se inclinó para dar una última caricia a Dash.

—Ahora me voy a dormir, estoy cansado. —Su boca se acercó al oído de Carlotta—: Dulces sueños, angelito —susurró.

Ella se quedó inmóvil, como paralizada.

Esperó a que el carruaje se alejara. Solo entonces se inclinó hacia el suelo, hundió el rostro en el pelaje de Dash y ahogó en él el grito más profundo del que fue capaz, asustada y conmocionada.