El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Era Filippo Arconati quien hablaba. Reconoció inmediatamente el tono de su voz y luego lo vio.

Filippo estaba cómodamente sentado, mientras que la mujer, a la que nunca había visto y de la que apenas reconocía los rasgos en la penumbra, estaba abandonada sobre sus rodillas, medio desvestida.

Filippo fumaba, y de vez en cuando le pasaba el cigarrillo a su dama.

—Entonces, ¿por qué quieres casarte con ella? —preguntó la mujer con voz cristalina, exhalando una fina voluta de humo.

Carlotta abrió los ojos de par en par.

Filippo dejó escapar una risa amarga.

—Patti es una elección segura, la pareja perfecta. Tengo que saldar mis deudas, cariño, ya lo sabes.

—No me llames cariño como haces con todas —coqueteó la chica.

—Pero tú eres mi favorita, déjame besarte un poco más.

Filippo extendió las manos sobre los pechos desnudos de la mujer y luego hundió la cabeza en ellos.

—Qué caliente estás —susurró.

—Filippo —respondió ella—, ¡me vuelves loca!

—Cuando me case, convenceré a lady Patricia para que te elija dama de compañía, así podremos vernos todas las veces que queramos.

—Te esperaré siempre —respondió ella, con la voz entrecortada por el placer, mientras Filippo jugaba bajo su vestido.

Así que la mujer era una sirvienta, y desde luego no era la única con la que Filippo se entretenía.

—Mañana tengo una partida torneo de póquer, debo descargar la tensión —dijo Filippo, montándose sobre ella.

—¿Pero no estabas sin blanca?

Filippo se rio.

—El padre de Patricia ha firmado un pagaré por mí, cree que es para organizar una suntuosa fiesta de compromiso.

Carlotta tragó saliva en silencio. Le asaltó tanto la rabia que, sin pensar en las consecuencias de su acción, dio una patada a la puerta.

—Pero qué demonios… —dijo Filippo.

La rapidez con la que la criada se recompuso fue impresionante.

—¿Marqués? ¿Sois vos? —preguntó Carlotta, con tono fingidamente inocente.

—Eh… ¡Lady Carlotta! Me he mareado y el conde Francesco me ha permitido tumbarme un momento aquí.

La criada hizo una reverencia, pasó junto a Carlotta y desapareció.

Filippo encendió una lámpara.

—¿Estabais merodeando sola por aquí? —insinuó.

—No, en absoluto. Iba a admirar las obras de arte, con el permiso del conde.

A Carlotta le hervía la sangre. No se lo iba a permitir. Aún recordaba sus modales repugnantes cuando salió al jardín, y estaba furiosa y disgustada por cómo estaba seduciendo a su amiga.

—Bien, con vuestro permiso, ya me siento mejor, y volveré al salón —dijo Filippo, levantándose.

Carlotta se interpuso entre él y la puerta.

—No tan rápido, marqués —susurró.

Él esbozó una sonrisa burlona.

—¿Qué pasa, princesita, estáis celosa de mis conquistas? Si queréis, también hay para vos.

La miró, con la camisa aún desabrochada, pasándose la lengua por los labios.

—Apuesto a que detrás de esa apariencia puritana se esconde un espíritu salvaje.

Carlotta retrocedió.

—Si me seguís hablando así, gritaré —le advirtió.

—Adelante —se burló Filippo—. Seréis vos quien haga daño a vuestra amiga Patricia y, desde luego, no me importaría poner mis manos sobre vuestras propiedades en Prusia.

Y ahora que lo pienso, también en vos…

Ella sintió que se sonrojaba.

—Se lo contaré todo a Patricia —lo amenazó—, y ella me creerá. Somos amigas desde siempre.

—No lo haréis —dijo el marqués, con tranquilidad.

—Oh, claro que sí. Nunca tendréis ni a ella ni su dinero.

—¿Quién os dice que no la he poseído ya? No me provoquéis, Carlotta. Al fin y al cabo, fuisteis vos quien entró a oscuras en la habitación donde yo estaba descansando…».

—¡No os hará caso!

—¿Estáis segura? Vos sois una amiga. Pero yo estoy a punto de convertirme en su prometido. Y, con todo respeto, sé cómo convencerla mucho mejor que vos.

Filippo extendió la mano para agarrarla, pero Carlotta fue más rápida y se encaminó hacia el pasillo. Empezó a correr, mientras Filippo se reía.

—¡Huid, huid!

Carlotta atravesó el pasillo con el corazón en un puño, olvidándose de las obras de arte, de Georg, de todo.

Solo sentía el sabor amargo de la derrota.

No había sabido plantarle cara, porque si realmente hubiera pedido ayuda y la hubieran sorprendido delante de todos en una habitación oscura, con el marqués en actitud comprometida, eso, en los círculos convencionales, habría significado la obligación de casarse con él y, además, rodeada de un gran escándalo. Y ese gusano no esperaba otra cosa.

Sin embargo, ella sabía la verdad: lo había sorprendido con una criada y había escuchado cómo pensaba jugarse el dinero que el padre de Patricia le había concedido.

Tenía que encontrar a su amiga y contárselo, detener esa locura antes de que se convirtiera en su novia oficial.

Y ella le creería, Carlotta estaba segura.

El largo pasillo conducía a una puerta que daba al jardín. Carlotta se detuvo justo delante de un campo de lavanda cuyo aroma casi la dejó sin sentido. Todavía estaba jadeando. Dio unos pasos hacia el lago para calmarse y vio que había algunas góndolas amarradas, propiedad de la familia Melzi.

Se detuvo. Georg estaba sentado en el borde de una de esas embarcaciones, con la mirada fija en el lago.

—Duque —exclamó ella, aliviada.

—Lady Carlotta, ¿qué haces aquí? —preguntó él, sorprendido.

Carlotta se acercó. En la orilla del lago, unos patos dormitaban.

Georg no la había mirado en toda la noche, y ahora tampoco parecía contento de verla. Carlotta, sin embargo, sintió la necesidad de abrirse a él. A pesar de todo, había algo que la unía a ese hombre. Y era algo a lo que no podía oponerse.

—No tienes ni idea de lo que me acaba de pasar —le dijo, acercándose. En lugar de hacerle sitio, él se levantó rápidamente.

—Pareces alterada —respondió.

Carlotta hubiera querido sentarse a contemplar el lago y sus labios.

Y se sintió decepcionada al ver que él se alejaba de la orilla, como si quisiera alejarla también a ella.

La teoría de Miranda era cierta: ¿estaba huyendo claramente?

¿O más bien tenía razón su abuela, y Georg estaba ocultando algo?

—De hecho, necesito hablar contigo sobre lo que ha pasado. Necesito un rostro amigo y un buen consejo.

Le sonrió, mirándolo directamente a los ojos. Pero su expresión la hirió. No parecía contento de que lo llamara amigo, ni siquiera parecía querer escucharla.

—Lady Carlotta, volvamos, por favor. Podrían malinterpretarlo.

—¿Tan lejos estarían de la verdad? —dijo ella entonces, de improviso.

Se oyó un ruido extraño, procedente de la barca en la que antes Georg estaba sentado. Era como si alguien hubiera contenido un golpe de tos o un estornudo. Georg se estremeció.

Carlotta se asomó para mirar en la góndola. Sintió que las fuerzas le fallaban.

Miranda estaba tumbada en el barco, con el pelo revuelto, el rostro enrojecido y una mano sobre la boca para no hacer ruido.

El golpe en el corazón fue tan fuerte y violento que se preguntó si Georg también lo había sentido. Miranda se levantó, arreglándose el vestido.

—Así que es eso —siseó Carlotta, antes de que ninguno de los dos pudiera hablar.

—¿Hacéis así con todas, duque? ¿Con vuestro aire misterioso y sombrío las conquistáis y luego las seducís en la barca a orillas del lago?

Apretó los puños, indecisa entre huir o estallar en lágrimas. O, tal vez, en saltar al cuello de Georg.

—Lady Carlotta, no es lo que creéis… —dijo Miranda.

—En este momento, creo que sí. Hace un momento me hablabais de ciertas teorías sobre los hombres, y yo estaba pendiente de vuestros labios.

Incluso empezaba a pensar que nos estábamos haciendo amigas.

He sido una estúpida, lady Grey. La intrépida amazona y el duque tenebroso: una pareja excelente. ¡Os deseo lo mejor!

Georg la miraba con una expresión indescifrable.

—Claro que… —le susurró ella—. Me hubiera gustado que me lo hubieras dicho un poco antes.

—No hay nada que saber —respondió él, que se había ruborizado e intentaba agarrarle la mano.

Ella se apartó.

—No te atrevas a tocarme. No te atrevas a volver a dirigirme la palabra. Y sobre todo, si te veo alguna vez más en mi casa, llamaré a los guardias, le guste o no a la abuela Luisa.

Se miraron fijamente durante un instante, y fue Georg quien bajó la mirada, con los ojos verdes apagados de repente. Los de Carlotta, en cambio, ardían.

—Carlotta, espera —le suplicó Georg, pero ella estaba ya corriendo hacia la villa.

Volvió sobre sus pasos hacia el salón, atravesó el pasillo mientras se reprochaba que era una estúpida por haber perdido todo ese tiempo soñando con un cortejo y un matrimonio que nunca existirían.

Había malinterpretado la mirada del duque desde el principio.

Se habían besado, pero para él no había significado nada.

Había querido ver misterios donde no los había, esa había sido su mayor debilidad.

Pensó con vergüenza en los retratos que había dibujado, en sus manos entrelazadas, en aquella ridícula sesión de espiritismo, en su momento de intimidad, cuando en realidad él ya estaba cortejando a otra.

«Dios, qué ingenua», dijo para sus adentros.

Mientras en el salón bailaban una mazurka, se prometió que nunca nunca más volvería a pensar en aquel hombre, que no le dedicaría ni una palabra.

No volvería a permitir que sus sentimientos la abrumaran de aquella manera y le dio la razón a su madre: las mujeres debían ser más fuertes, no caer ante los hombres, sino utilizarlos solo por su prestigio.

También se había sentido decepcionada por Miranda.

Había creído que entre ellas había complicidad, solidaridad femenina.

Le había confiado su interés por el duque y ella no había perdido tiempo en seducirlo.

Incluso la había animado a alejarse del duque solo para poder pasar tiempo con él.

Aunque por alguna inexplicable razón Marianne se alegraría de verla casada, hablaría con su madre, y ella lo entendería.

Al terminar el verano volvería a Potsdam sola, orgullosa de no haber elegido a un marido cualquiera.

Quizá había algo más en su vida, tal vez podría hacer como la pintora francesa Le Brun, a quien tanto admiraba, y que se había ganado la vida gracias a sus retratos, anteponiendo su carrera a todo lo demás.

Le contaría a Patricia la verdad y juntas lucharían contra ese mundo lleno de hombres despreciables y mujeres dispuestas a todo para conquistarlos.

Llamó a Annette, que, como siempre, estaba lista para servirla sin hacer demasiadas preguntas.

—Annette —dijo Carlotta, en voz baja pero firme—, quiero marcharme. Prepara el barco.

La criada asintió sin dudar.

—Enseguida, lady Carlotta.

Su mirada se cruzó con la del marqués Filippo, que antes se reía y ahora tenía una expresión indescifrable y la miraba con resentimiento, mientras fingía escuchar lo que tenía que decir lady Patricia.

Carlotta hubiera querido llevarse a su amiga con ella, pero solamente habrían atraído los chismes de los demás invitados.

También vio a Francesco, intuyó que la estaba buscando y se apresuró hacia la salida principal, casi huyendo.

Poco después, el barco se deslizaba sobre las tranquilas aguas.

Carlotta, envuelta en su manto, miraba el reflejo de las luces de Villa Melzi que bailaban sobre la superficie del lago.

Sintió un nudo en la garganta al abandonar la villa.

No quería llorar, ni sola ni delante de Annette, pero las lágrimas se le escapaban.

«Sé más fuerte que todo eso», se dijo, apartándose un mechón de pelo de la mejilla.

Al observar la villa desde lejos, algo le llamó la atención.

En la terraza menos visible, María, inmóvil, miraba fijamente su embarcación.

La esbelta figura de su hermana apenas se veía en la sombra, pero Carlotta la reconoció y le prestó esa atención que no le había concedido antes.

Le pareció que María estaba llorando, pero no podía estar segura.

Se había olvidado por completo de la petición de su hermana.

Esperaba que al menos ella pudiera ser feliz.

«Adiós a este sueño de amor que se ha roto», pensó. Adiós a la que creía ser correspondida, a la ilusa que siempre usaba palabras amables.

A partir de ese día, una nueva Carlotta la estaba esperando.