Capítulo 15 #2
La sala se quedó en silencio por un momento y Carlotta se volvió, percatándose de que las conversaciones se habían acallado con la llegada de Miranda.
Esta vez no estaba sola, sino acompañada por la que debía de ser su madre, lady Grey, que llevaba un vestido gris claro ribeteado de encaje, el único detalle relevante entre tanta austeridad.
Había tomado a Miranda del brazo y la miraba con cariño.
Ella era todo lo contrario: vestía un traje color esmeralda, que combinaba perfectamente con el color de sus ojos y dejaba entrever su pecho más de lo habitual.
Un sombrero del mismo color le cubría parte del rostro, otorgándole un aire de misterio.
Su maravilloso cabello ondulado caía sobre su cuello y se mecía en sus costados.
No era habitual aquel peinado, pero de Miranda se podía esperar cualquier cosa.
Carlotta sintió que se le secaba la boca.
Toda su confianza, aquella sensación de sentirse fascinante, se desvanecía en cuanto la veía.
Y le aterraba la idea de que Georg la cortejara, que, a pesar de su encuentro nocturno, al final eligiera a otra.
De hecho, él la saludó de inmediato con una reverencia, y Carlotta no se perdió la mirada cómplice entre los dos.
Georg estaba diferente aquella noche. No había ni rastro de la tensión que lo había acompañado en el invernadero, ni de la melancolía que había visto en sus ojos durante la tormenta en el barco.
A decir verdad, parecía incluso carecer del ardor de cuando lo besó.
Estaba hablador, animado, como si el peso que parecía acarrear hubiera desaparecido por completo.
Charlaba con todos, moviéndose con una desenvoltura que Carlotta encontraba insoportable.
¿Por qué ese hombre era tan esquivo solo con ella?
Le parecía que llevaba mil máscaras. Cada vez que lo veía, parecía una persona diferente de la que creía recordar.
Probablemente, en eso residía su encanto.
Lo que sentía no eran celos, o al menos eso esperaba. Era la sensación de ser invisible, de ser ignorada deliberadamente. El temor de haberse enamorado de alguien que, en el fondo, no existía. O que, como decía su abuela, estaba lleno de secretos.
María volvió a llamarla, tirándole de la manga.
—¡Carlotta! Por favor, tengo que hablar contigo.
¿Qué podía ser tan urgente? María solo hablaba de chismes. Y Carlotta esa noche no estaba de humor para escucharla. Se sintió irritada.
—¿Qué pasa, María? ¿Por qué no hablas con mamá? Ya sabes lo mucho que le gusta escuchar tus historias.
Había ironía deliberada en su tono. Marianne solo la escuchaba unos instantes, y cuando percibía adónde quería llegar con la conversación, se daba media vuelta.
Nunca había sido una gran oyente, ni siquiera de pequeñas, y siempre habían competido exhaustivamente por ver quién de las dos atraía más su atención. María frunció el ceño.
—No es con mamá con quien quiero hablar. ¡Y, además, no me estás escuchando! Solo lo miras a él.
Carlotta se puso rígida.
—No estoy mirando a nadie —mintió.
María se cruzó de brazos.
—¿Entonces no te has dado cuenta de que ni siquiera te ha saludado?
Carlotta se volvió bruscamente hacia ella, con la mandíbula apretada.
—No sé de qué estás hablando.
—¡Oh, lo sabes muy bien! —replicó María, bajando la voz, pero no el tono—. No soportas que él te evite.
Las palabras de su hermana fueron como una bofetada. La miró con unos ojos encendidos de rabia que intentaba reprimir.
—No es asunto tuyo.
—Entonces tienes tiempo para escucharme, ¿no?
Carlotta no respondió. Miró de nuevo hacia el salón de baile, buscando desesperadamente algo en lo que fijar la mirada, alguien que no fuera Georg.
María, al ver que su hermana no le prestaba atención, resopló.
—No importa. Cuando decidas escucharme, estaré en la terraza.
Carlotta no la retuvo, ni siquiera se volvió a mirarla.
Solo veía a Georg, riéndose con los caballeros, bailando con las damas, demostrando con cada gesto que aquella noche ella no existía para él.
Sin embargo, la noche de la sesión de espiritismo era una persona completamente diferente.
Las imágenes de aquella velada aún estaban vívidas: el puntero que se desplazaba por la tabla de ouija , la letra S que se había materializado como por arte de magia y, luego, aquel nombre que apareció en los labios de Georg, Susanna.
La forma en que él había cambiado inmediatamente después.
Era como si algo se hubiera roto en su interior.
No había dicho nada, no había pedido explicaciones, pero su rostro se había endurecido, y Carlotta había visto en sus ojos estallar una tormenta que, sin embargo, no había sido capaz de descifrar.
Por último, las palabras de Eleanor.
—Hay mucha ira aquí.
Después hubo aquel momento de intimidad que la despertó del letargo. Le parecía que, desde entonces, solo existían él y sus manos. Pero en ese momento tenía dudas sobre lo que había sentido Georg.
Francesco se acercó a ella.
—Lady Carlotta, ¿deseáis bailar?
Era lo último que quería.
—En realidad… me gustaría visitar la galería de arte, si es posible —le rogó.
Si él la acompañaba, tal vez tendría la oportunidad de aclarar su postura respecto al cortejo que el conde estaba desplegando hacia ella.
Quería cortarlo de raíz. Carlotta había llegado a pensar que Georg no estaba interesado en ella porque tal vez creía que había elegido al conde de Eril.
Se imaginaba cualquier cosa para no volverse loca y correr hacia él sin pudor.
Francesco vaciló.
—Lo siento mucho, no puedo dejar a mis invitados —se disculpó—. Pero si vais en esa dirección, todo recto, después de las tres primeras puertas a la derecha, encontraréis la galería de arte. Mientras tanto, podéis empezar a admirar las pinturas, yo me reuniré con vos en cuanto pueda.
—No sé… si es conveniente ir sola.
—A veces es mejor perderse —susurró una voz femenina a sus espaldas.
Carlotta se volvió y reparó en que Miranda se había acercado a ella. Francesco hizo una reverencia y las dejó solas.
—Os alcanzaré —prometió, antes de prestar atención a otros invitados.
—¿Vos lo creéis? —preguntó Carlotta a Miranda, vacilante.
Ella acercó el abanico a sus rostros, para esconderse de las miradas indiscretas.
—Confiad en mí, en algunos casos es mejor convertirse en presa que en depredador.
—¿De qué estáis hablando?
—De vuestro amor secreto, naturalmente —susurró Miranda.
Carlotta se sonrojó.
—¿Es… tan evidente?
—Solo porque me lo dejasteis entrever el día del accidente, no temáis. Quizá el señor duque está dándose importancia… A veces los hombres pueden ser peores que las mujeres en eso.
Carlotta suspiró. Sentía que podía confiar en Miranda y que le daría algún buen consejo, parecía una experta en asuntos amorosos.
—La otra noche pasó algo…
Miranda acercó aún más el abanico a sus labios.
—¿Lo que yo creo? —susurró.
—Oh, no, no hasta ese punto —respondió Carlotta—, pero hubo un momento de intimidad y yo estaba segura de que…
No pudo terminar la frase.
Miranda le rozó el brazo.
—Hay una teoría… sobre ciertos hombres, ¿sabéis?
—¿Una teoría?
Miranda se rio en voz baja.
—Ellos escriben manuales de conquista y nosotras no podemos responder con nuestros propios clichés sobre el hombre que corteja a la mujer.
—Iluminadme, por favor.
Miranda la llevó junto a una cortina de terciopelo rojo, para poder hablar con más tranquilidad.
—Después de que el hombre se da cuenta de que ha seducido a la mujer —le explicó, con una sonrisa en el rostro que Carlotta no supo interpretar— tiende a desaparecer.
No por mucho tiempo, solo unos días. Mientras la mujer se devana los sesos esperando, él debe recordarse a sí mismo que no ha caído en su trampa, que en realidad sigue al mando de la situación, aunque es evidente que ha perdido la cabeza y está tratando de recuperar el orgullo y la firmeza.
—Nunca había oído una teoría semejante —susurró Carlotta—, pero me parece interesante. ¿Entonces me evita porque teme haberse enamorado?
—Exactamente. Pero si en esta fase del cortejo te ve demasiado involucrada o interesada en él, verás…, es tan tonto que podría pensar que ya te tiene en el bote, y, por ello, sentirse, de alguna manera, menos atraído.
Carlotta entornó los ojos.
—¿Estáis diciendo que el duque de Sajonia es un tonto?
Miranda sonrió.
—No, Carlotta, estoy diciendo que todos los hombres lo son. Y también son inmensamente predecibles. Haz que te desee, huye de él, ve sola o con el conde a admirar las obras secretas de Villa Melzi y verás cómo corre hacia ti.
Carlotta miró a lady Grey con admiración creciente.
—Sois una mina de información valiosa. Nadie me había hablado nunca de estas cosas con tanta franqueza.
—Cuando queráis, lady Carlotta. Si los corderos no se ayudan entre sí, acaban siendo presa de los lobos.
Miranda se alejó y Carlotta decidió darle la razón.
Mientras recorría el pasillo de la villa, oyó la música de la sala cada vez más débil.
Sin embargo, antes de llegar a la puerta que le habían indicado, vio en lo alto de las escaleras un cuadro que representaba a una dama, tal vez la antigua propietaria de la villa.
No pudo resistir la tentación y subió para admirarlo de cerca.
Allí oyó una risa ahogada. Provenía del piso superior, donde quizá estaban las habitaciones de servicio.
Carlotta no pudo resistirse, y siguió esos ruidos y risitas hasta subir las escaleras.
Al final del pasillo, había una habitación entreabierta.
Echó un vistazo en su interior. Era un saloncito apartado, con un sofá de terciopelo amarillo, situado debajo de la ventana.
—Patti es dulce, pero no la amo.