Capítulo 15
Al atardecer, Villa Melzi se reflejaba en la superficie dorada del lago, como una dama vestida de gala que, con su vestido, atrae y cautiva a sus invitados.
Carlotta la observaba con admiración, mientras el barco atracaba, y ella bajaba con Marianne y María.
Cuando llegaron a la fachada principal de la villa, que presumía de su jardín estilo italiano, pudieron admirar los cuatro austeros leones que custodiaban el imponente edificio, y dos estatuas de mármol que representaban a Apolo y Meleagro parecían dar la bienvenida a los huéspedes e invitarles a entrar sin dejarse intimidar.
—Había oído decir que Villa Melzi, en Bellagio, es la más bonita. Ahora entiendo por qué —murmuró Carlotta a su hermana.
El conde Francesco las saludó con una sonrisa, invitándolas a entrar y besándoles la mano. Carlotta estaba impresionada.
—Tenéis toda una colección de arte solo en esta sala.
Francesco asintió, complacido.
—Mi tío es un gran admirador. Deberíais ver el resto.
—Lo haré sin duda —repuso Carlotta.
Marianne, detrás de ella, saludó al conde y cogió rápidamente una copa de vino de una de las bandejas de plata que los camareros estaban sirviendo. Ya había muchos nobles, algunas caras conocidas para Carlotta, otras menos.
Villa Melzi brillaba bajo la luz de cientos de velas que iluminaban las paredes adornadas de tapices y espejos dorados. Los suelos de mármol blanco reflejaban los rayos de las lámparas.
Los músicos ya habían empezado a tocar, pero era demasiado pronto para bailar.
—Carlotta, ¿podemos hablar? —preguntó María.
Carlotta estaba buscando a Georg en el salón.
—Claro, en cuanto lleguemos a casa —respondió ella.
—¿Podemos hacerlo ahora?
—Me gustaría admirar las obras de la villa, si no te importa —respondió Carlotta, rozándole el brazo.
María resopló.
Carlotta se separó de ella y se puso a observar la decoración del interior, que había sido realizada por los mejores artistas italianos del momento, como Andrea Appiani.
Los duques de Lodi habían construido esa majestuosa vivienda solo unos veinte años antes gracias al arquitecto tesinés Giocondo Albertolli, y Carlotta había oído decir que dentro de aquellos muros se conservaban obras de Canova, Bossi y muchos otros que ella había estudiado y amaba locamente.
No podía contener la emoción de visitarla y estaba deseando que Francesco se lo propusiera.
Habían pasado varios días desde la sesión de espiritismo, y Carlotta había intentado varias veces hablar con su abuela para pedirle explicaciones, pero sin éxito.
Luisa se había limitado a hacerle jurar solemnemente que mantendría el secreto, y por su parte fingía que nada había pasado y se comportaba con su naturalidad habitual.
Carlotta no hacía más que pensar en ello, pero su abuela se negaba a sacar el tema, diciendo que daba mala suerte.
Esa tarde, sin embargo, quiso hablar de los admiradores de Carlotta.
Le preguntó de manera muy directa si había alguien que le había llamado la atención.
—El duque de Sajonia-Meiningen —admitió Carlotta, que le resultaba difícil mentir a su abuela.
La abuela asintió.
—He notado cómo lo miras. El duque reúne todas las cartas para concertar un buen matrimonio, pero… ¿estás segura de que su carácter sombrío encaja con el tuyo, tan reflexivo? ¿No acabaríais por apagaros?
«Te aseguro, abuela, que el fuego ya ha prendido y, por lo que a mí respecta, no se apagará», hubiera querido responderle. Pero había cerrado los labios.
—Creo que los polos iguales se atraen más —dijo, y luego volvió al ataque sobre la sesión de espiritismo—. ¿Quieres explicarme qué hacía en la villa aquella noche?
—No puedo, Carlotta —suspiró Luisa—. Son asuntos personales. El duque es una persona misteriosa, tiene el peso de su pasado sobre él. La gente ha empezado a murmurar cosas… extrañas.
Carlotta se enfadó.
—¿De qué tipo? ¿Tiene chicas escondidas? ¿Come carne humana? ¿Es medio vampiro?
La abuela Luisa hizo una mueca de disgusto.
—Carlotta, ¿cómo se te ocurren esas cosas?
—Cuando alguien no habla con claridad, realmente puedes llegar a pensar cualquier cosa.
—La claridad y los secretos casi nunca van de la mano, querida —susurró la abuela.
—¿Quién no tiene secretos, abuela?
—Hay algo raro, créeme. Si no, no te lo diría. Nadie tiene permiso para ir a visitarlo, no da recepciones en la villa, a veces se le ve salir en plena noche, no se sabe adónde va ni por qué… Podría tener cualquier cosa que no te facilitaría la vida. Estar detrás de hombres así no es fácil.
Ahora que lo pensaba, en realidad nunca había oído hablar de nadie que hubiera ido a Villa Sola para una recepción. Carlotta empezó a pensar en ello, era realmente muy extraño.
—No creo que… —logró balbucear al final.
—Carlotta —la interrumpió la abuela—, quizá no sea realmente para ti.
—¿No era yo libre de elegir?
—¿Al menos te está cortejando? —preguntó la abuela—. ¿Ha mostrado interés por ti o su único objetivo es hacerte perder el tiempo?
Carlotta recordaba el beso. ¿Qué había más claro que eso para el comienzo de un cortejo?
La abuela no quería soltar prenda, pero ella se lo preguntaría directamente a Georg.
Le había preguntado, para cambiar de tema, si había descubierto algo más sobre el marqués Filippo, y la abuela le respondió que también circulaban rumores poco halagüeños sobre él.
Se decía que frecuentaba ciertos locales de moral dudosa y que se divertía con varias mujeres.
Al parecer, no había ni un solo hombre adecuado para casarse en todo el lago de Como. Aparte del aburridísimo Francesco.
Carlotta buscaba a Georg entre los invitados, pero no lo veía. El conde Francesco interrumpió sus pensamientos.
—¿Sabéis, lady Carlotta, que nuestras villas han estado compitiendo entre sí?
Carlotta percibió que, en el lago, la forma de exponer el arte era diferente a la prusiana, como si en Prusia no se olvidara el decoro a pesar de la riqueza. En las villas del lago, en cambio, se celebraban auténticas competiciones de ostentación.
—No lo sabía —admitió ella, mientras él la conducía hacia el bufé.
—Los Sommariva, anteriores propietarios de vuestra villa, declararon una auténtica competición de belleza a mi tío, el conde Francesco d’Eril. Ambos querían que su villa fuera reconocida como la más bella del lago de Como, la más colmada de obras suntuosas, la más admirada.
—¿Y quién ganó? —preguntó Carlotta.
—La competición sigue abierta —admitió el conde Francesco, con una sonrisa. Estaba claro que la estaba cortejando, y ella quería frenar su entusiasmo de raíz.
Estaba a punto de pedirle que hablaran en privado, cuando María se unió a ellos en el bufé.
—Carlotta —susurró—, tengo que decirte algo.
—Ahora no, María —respondió ella distraídamente—. ¿Por qué no pruebas estos canapés de salmón? Parecen deliciosos.
Carlotta estaba admirando los platos dispuestos en el bufé, mientras Francesco se ocupaba de saludar a los nobles que seguían llegando.
Una tarta de tres pisos, con el escudo de la familia Melzi, presidía el centro del bufé.
Carlotta posó la mirada en los sándwiches de jamón y champiñones, los tomates rellenos, el pollo a la cacciatora, [4] unos misteriosos dulces adornados con nata y unos granos de azúcar grandes que le recordaban a las almendras picadas.
—Solo con mirarlos engordas —osó bromear una dama a su lado.
Carlotta, como toda respuesta, cogió uno de los grisines de pan con jamón.
—Delicioso —exclamó con la boca llena.
—Duque de Sajonia-Meiningen, es un placer tenerle aquí —dijo Francesco. Carlotta se estremeció. Así que había llegado. De repente perdió el apetito y sintió que le ardían las mejillas.
Después de la sesión de espiritismo no lo había vuelto a ver, pero se había entregado a un nuevo impulso artístico: había comenzado a pintar al duque desnudo.
Desde la noche en el lago, recordaba cada detalle de su cuerpo, y no tenía intención de descuidar esos detalles que, a sus ojos, lo hacían aún más atractivo.
Empezó imaginando que era un busto en el naranjal, luego le tomó el gusto y dibujó retratos al carboncillo, donde él era siempre el protagonista: un querubín, entre las camelias de la villa; un caballero a caballo, pero rigurosamente desnudo, lascivo como Baco, con una copa en la mano, sentado junto a la fuente.
Escondió esos dibujos en el hueco de la pared del piso de arriba, exactamente donde Elena guardaba su diario secreto.
De noche, siempre se aventuraba a subir a ese piso, donde ahora sentía que palpitaba su verdadera existencia.
Había curioseado un poco por allí, sintiéndose como una ladrona, y decidió utilizar aquella buhardilla ya deshabitada como su taller, donde pintaría su repertorio prohibido.
Estaba orgullosa de ello y, al mismo tiempo, se habría avergonzado muchísimo si tan solo una de las criadas lo hubiera descubierto.
Se imaginó la mirada de Annette, escandalizada.
Pero podía estar tranquila: Antonio, el mayordomo, ya le había dicho que a ningún sirviente se le permitía subir a la buhardilla.
Las palabras de su abuela la habían perturbado más de lo esperado.
No tanto por esos negocios turbios de los que hablaba la gente del lugar, sino por esa pregunta: ¿te está cortejando?
De hecho, después de su beso, Georg no se presentó en la villa.
No le envió ni una carta, ni un ramo de flores.
Ella se regodeó en ese recuerdo, pintando de manera obsesiva, y él había desaparecido.
¿Por qué se comportaba así? ¿Por qué no la buscó al día siguiente para declararle su amor?