El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 14 #2
52%

Capítulo 14 #2

Carlotta se volvió hacia Georg, pero él seguía sin mirarla. «¿Quién?», se preguntó. Pero antes de que pudiera formular la pregunta, Eleanor volvió a hablar.

—Ahora no podemos parar —dijo, señalando la tabla de madera.

Se la mostró a Carlotta con aire solemne.

—Esto —dijo Eleanor— no es solo un trozo de madera. Es un puente.

Sus dedos se movieron con delicadeza sobre los símbolos grabados, siguiendo las letras del alfabeto que estaban dispuestas en círculo.

—Un puente entre nuestro mundo y el otro. Es un instrumento antiguo, pero poderoso. Y, como todo instrumento, depende de quién lo usa.

Carlotta se inclinó para mirarlo. Era de madera oscura, desgastada, pero los signos grabados en ella aún eran nítidos, casi vivos a la luz palpitante de las velas.

La palabra «Sí» destacaba en la parte superior izquierda, mientras que la palabra «No» se hallaba en la esquina opuesta.

En el centro, el círculo de letras parecía latir, o tal vez era solo su imaginación.

—¿Y cómo funciona? —preguntó Carlotta, tratando de mantener la voz firme. Se sentía fuera de lugar, como una niña en una reunión de adultos a la que no la habían invitado.

—Solo funciona si la presencia está dispuesta a comunicarse. Nosotros haremos las preguntas y, si quiere respondernos, utilizará el puntero para moverse entre las letras y construir sus palabras.

Carlotta tragó saliva.

—¿Y si no quiere?

Eleanor bajó ligeramente la mirada y luego la alzó de nuevo.

—Si no quiere, permanecerá en silencio. Pero si hemos llegado hasta aquí y ahora nos detenemos, sería como cerrar la puerta en las narices a un invitado. Y eso nunca es prudente.

Carlotta se puso tensa. Se volvió hacia Georg, buscando en sus ojos una señal de consuelo o desaprobación. Pero él seguía mirando la mesa, con las mandíbulas apretadas, como si estuviera luchando con algo en el interior de sí mismo.

Eleanor dio una palmada para llamar su atención.

—No tengas miedo, niña. No estamos aquí para jugar, sino para buscar respuestas. Esta mesa no nos hará daño si permanecemos unidos y atentos. El único peligro es el miedo.

—¿Miedo? —repitió Carlotta, en un tono más alto de lo que quería. Detestaba que la bruja la llamara niña—. ¿Y qué debemos temer exactamente?

Eleanor sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

—Temed, querida, solo a lo que no comprendéis. Pero no olvidéis que las presencias responden a nuestra energía. Si mostramos miedo, podríamos atraer algo… desagradable.

Carlotta sintió como un escalofrío le recorría la espalda, pero trató de disimularlo.

—¿Y si es una presencia buena? —preguntó.

Eleanor le puso una mano sobre el hombro.

—Quizá lo sea. Pero no podemos saberlo hasta que hagamos las preguntas. Y esta mesa, esta noche, será su voz.

—¿Y si quiero irme? —se atrevió a preguntar Carlotta.

—Si nos marchamos ahora, podríamos molestar a la presencia que está con nosotros. Y no podemos permitirnos eso.

Carlotta sintió que el corazón se le aceleraba.

Georg permaneció en silencio, pero en ningún momento soltó la mano de Carlotta.

La forma en que ahora se sentía unida a él la asustaba y, al mismo tiempo, la retenía.

La abuela se había quedado en silencio, pero observaba a Carlotta y luego a Georg, su mirada se balanceaba de uno a otro con curiosidad.

Eleanor, sentada frente a ellos, tenía el rostro sereno, pero en sus ojos brillaba una intensidad que a Carlotta le resultaba difícil ignorar.

—Ahora, poned los dedos sobre el puntero —dijo la bruja Blanca, señalando el pequeño objeto en forma de corazón que había en el centro de la mesa.

Carlotta dudó un momento, luego obedeció, sintiendo la madera lisa y fría bajo sus dedos. A su lado, Georg hizo lo mismo.

—Espíritu —comenzó Eleanor, con una voz susurrante que parecía resonar en las paredes de cristal—. ¿Estás aquí con nosotros?

Durante un momento, no pasó nada. Carlotta se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, mientras el corazón le latía con fuerza contra las costillas. Entonces, lentamente, el puntero comenzó a moverse.

«¿Qué?», murmuró para sí misma, tratando de ver si era solo la presión de sus manos. Era imposible, pensó. Alguien debía de estar empujándolo. Quizá Eleanor. O quizá Georg.

El puntero se deslizó lentamente hacia la palabra «Sí».

«No es una bruja, es una charlatana», se dijo Carlotta, escrutando el rostro de Eleanor. Pero la mujer parecía estar concentrada, con la mirada fija en la mesa, como si nada pudiera distraerla.

—¿Quién eres? —preguntó Eleanor con voz tranquila.

El puntero se detuvo un momento y luego volvió a moverse. Carlotta sintió como un escalofrío le recorría la espalda. ¿Era posible que Eleanor estuviera orquestándolo todo? Intentó mirar los rostros de los demás, pero nadie parecía reaccionar.

Mientras todos estaban concentrados, Carlotta se inclinó para mirar debajo de la mesa. Había oído decir que algunas adivinas pegaban imanes a la mesa y los controlaban con las piernas. No había nada de eso. Su abuela le lanzó una mirada fulminante y Carlotta se recompuso.

El puntero se dirigió directamente a la primera letra: «S».

—¿Sara? —preguntó Eleanor, mirando fijamente la mesa.

—No —leyó la abuela cuando el puntero respondió.

—¿Podría ser… Susanna? —preguntó Georg en un susurro.

El puntero se desvió hacia el «No».

—¿Sofía? —aventuró Carlotta.

Miró cómo el puntero se dirigía hacia el «Sí».

Se volvió hacia Georg, pero él no le devolvió la mirada. Su rostro había cambiado, estaba tenso, casi perturbado. Por un momento pareció que estaba a punto de decir algo, pero permaneció en silencio, apretando los labios como si quisiera contener las palabras.

Carlotta volvió a pensar en las palabras de Francesco: Georg ocultaba algo. Hasta ese momento no se le había ocurrido que pudiera tener que ver con la muerte de alguien.

—Espíritu —continuó Eleanor, bajando la voz—, ¿por qué estás aquí?

Pero antes de que el puntero pudiera responder, un viento repentino sacudió la llama de las velas, apagándolas todas de nuevo.

—Mamá —oyó Carlotta murmurar. O tal vez solo era su imaginación.

Carlotta contuvo un grito, pero no del todo. Un sonido ahogado se le escapó de los labios mientras se aferraba a la mesa para no levantarse de golpe. La segunda vez lo había hecho mejor, parecía que esperaba lo que estaba a punto de suceder.

—Hay mucha rabia —declaró Eleanor—. La siento. Este espíritu no está en paz. Debemos parar, por esta noche al menos.

Carlotta no dijo nada. Georg se levantó de un salto y corrió hacia la puerta del cobertizo de herramientas. Carlotta hizo ademán de seguirlo, pero su abuela la detuvo con firmeza.

—¿Quién es Susanna? —preguntó Carlotta en voz baja, pero nadie respondió. Eleanor se levantó y empezó a recoger los objetos de la mesa con movimientos lentos y metódicos.

—Despidamos al espíritu —dijo la bruja Blanca, sin mirar a ninguna de ellas—. Siempre hay que despedirse. Nunca dejéis a un espíritu sin despedirlo.

Carlotta no sabía cómo se despedía a un espíritu, pero siguió el ritual que Eleanor le indicó, sintiéndose extrañamente vacía.

Cuando todo terminó, se percató de un detalle que le recordó la experiencia de la noble descrita en el diario de Elena. Georg metió la mano en el bolsillo y dejó caer algunas monedas sobre la mesa. La abuela hizo lo mismo, con un gesto rápido, casi mecánico.

Eleanor recogió las monedas sin decir nada, pero su enigmática sonrisa volvió por un instante. Carlotta observó la escena, con la mente llena de preguntas que nadie parecía captar.

La dama blanca se dirigió hacia la salida. La abuela tomó a Carlotta del brazo, sin que ella pudiera quedarse con Georg.

—Vamos, querida, debes de estar alterada —le dijo, casi empujándola hacia fuera.

—Pero abuela, yo…

—Dejad al duque en paz con sus fantasmas —continuó la condesa Luisa, con un tono que no admitía réplica.

—¿Qué hacía él aquí? —preguntó Carlotta mientras caminaban por el naranjal en dirección a la villa.

—Ya es tarde, cariño. ¿Te parece si lo hablamos otro día? —respondió la abuela.

Carlotta sabía que, aunque intentara convencerla, ella se mantendría firme en su intención de no decir ni una palabra aquella noche.

Caminaron hacia sus respectivas habitaciones. Ella esperó a que su abuela entrara y le diera las buenas noches, y luego se apresuró a bajar las escaleras. Apenas tuvo tiempo de ver cómo el carruaje de Georg se alejaba.

—Maldita sea —murmuró.

—Una expresión muy gráfica para una dama tan refinada —dijo una voz a sus espaldas.

Era él: había dejado que el cochero se marchara sin subir. Y ahora, como de costumbre, intentaba burlarse de ella. Esta vez Carlotta no caería en su trampa.

—De hecho, quería hablar con vos —admitió—. ¿Por qué no habéis subido al carruaje?

—Hay luna llena —observó Georg—. Me gustaría recorrer el camino a pie, junto al lago, y admirar la noche.

Carlotta tragó saliva.

—Dejadme que os acompañe.

Él no dijo nada, le ofreció el brazo y comenzaron a caminar.

Indecente. Eso dirían en la corte. Un comportamiento decididamente indecente.

—¿Estáis alterada? —preguntó Georg, rompiendo el silencio.

—Intrigada —respondió ella, tratando por todos los medios de disimular el miedo—. ¿Puedo preguntaros si creéis en los espíritus, sobre todo después de lo que hemos presenciado esta noche?

Georg frunció el ceño.

—Creo en los espíritus. Pero estoy convencido de que esta noche no había ningún espíritu. Solo una charlatana que quería sacarnos dinero.

—Entonces, ¿por qué os prestasteis a su juego? —preguntó Carlotta, confundida.

—Quizá porque de vez en cuando es bueno creer que tenemos el poder de comunicarnos con nuestros muertos.

Se detuvieron. La luna se reflejaba en el lago, balanceándose sobre él, y los patos, en la orilla, dormían, indiferentes a su presencia.

—¿Acaso hay alguien a quien os gustaría decirle algo en el más allá? —se atrevió a preguntar Carlotta—. ¿Quizá a esa Susanna?

—No deseo hablar de eso con vos, perdonadme.

Ella le tomó la mano.

—Me salvasteis la vida —susurró—, y desde ese momento no pienso en otra cosa.

Georg la miró de arriba abajo, deteniéndose en su pecho. Carlotta estaba segura de que él también sentía atracción por ella, la misma que a ella le resultaba ya difícil de ocultar.

—Hice lo que cualquiera habría hecho en esa situación. Nada más.

—¿Nada más? —preguntó Carlotta, exasperada. Le soltó la mano y se sentó en una barca que estaba amarrada a la orilla. Él la alcanzó, con el rostro contraído en una mueca indescifrable.

—Debo pensar que lo suyo siempre ha sido solo cortesía… Aunque, en realidad, yo no he sido especialmente cortés —musitó ella. No podía evitar pensar en las palabras de Elena: ¿por qué cortejarse, cuando el tiempo era tan escaso y la vida tan breve?

—Lady Carlotta, deberíamos volver. Intentad comprender mi posición en este momento —le suplicó él, tomándole la mano.

—Puedo intentarlo —respondió Carlotta, algo resentida—, pero que sepáis que a la gente le encanta murmurar. Parece que circulan rumores sobre vos, y no me gustaría enterarme por otros…

—Por favor, basta. Ya estoy bastante agotado. ¿Queréis creer los chismes de la corte? Os creía distinta.

Sus rostros estaban cerca, sus bocas se rozaban.

—Os lo pregunto precisamente porque no quiero atender a esos rumores —dijo ella—. ¿Tenéis algo que ocultar? Desde la primera noche parece que estáis huyendo.

—Sois tan malditamente testaruda e insistente… — murmuró Georg.

—Oh, no soy la única, creedme.

—Me gusta que seáis así.

—¿Qué habéis dicho? —preguntó ella, incrédula.

—Lo habéis oído perfectamente, Carlotta.

Sus labios estaban tan cerca, tan tentadores, el aroma a almizcle y tabaco era tan intenso que Carlotta creyó que iba a desmayarse.

—Me gustaría conocer vuestros pensamientos —dijo entre dientes—. Los más íntimos, los que no le confiaríais a nadie.

—Quizá te equivocas —susurró él. El repentino cambio al tono informal hizo que Carlotta sintiera un espasmo en el estómago. Tuvo la impresión de que la máscara de Georg se estaba cayendo.

—¿Por qué? —le provocó ella.

—Porque, desde que te conocí, tu espontaneidad, tu sed de vida se me han metido en las entrañas.

—Pero siempre me tratas con desprecio.

Él negó con la cabeza.

—Nunca te fíes de las apariencias. Nunca.

Carlotta lo miró en silencio.

—Ardo de deseo —añadió Georg—. Y no sé cuánto más podré contenerme.

Carlotta quería oír exactamente esas palabras. Se incorporó sobre un codo, con el rostro muy cerca del suyo.

—¿De verdad te causo ese efecto?

Georg sonrió.

—No tienes ni idea del efecto que me causas.

Le tomó el mentón entre los dedos y la besó.

Carlotta había imaginado ese momento varias veces, pero no tenía ni idea de las sensaciones que iba a experimentar.

Le pareció que su cuerpo ardía y sintió el deseo de que la tocaran por todas partes.

Georg la atrajo hacia sí, y prosiguió ahondando con la lengua en su boca.

Sus cuerpos se tocaron y ella percibió todo su deseo, aún protegido por los pantalones.

Carlotta le mordisqueó el cuello y él se dejó llevar por un suspiro intenso.

En un arrebato de audacia, le desabrochó los primeros botones de la camisa, dejando al descubierto un lunar que tenía debajo de la clavícula, y que ella se inclinó para besar.

El barco crujió y alguien llamó a Carlotta.

—¿Quién…? —dijo Georg, con las pupilas dilatadas por el deseo.

—Es el mayordomo. Deben de haber inspeccionado mi habitación después de esta noche. La abuela es astuta, ya lo sabes.

Se rieron.

—Tengo que correr a la villa antes de que suelten a los perros y los caballos.

—Ve —dijo Georg—. Y perdóname por haberte puesto en una situación comprometedora.

Por toda respuesta, Carlotta se volvió hacia él y lo besó de nuevo en los labios, antes de salir corriendo.

No se volvió, pero estaba segura de que él la acompañaba en aquella carrera desbocada, con el pelo ondeando al viento y las mejillas sonrojadas por la emoción. Debería hacerlo más a menudo: correr en bata, en plena noche, después de besar al duque que le había robado el corazón.