Capítulo 14
Se oían voces procedentes del jardín. Carlotta cerró el diario, desconcertada.
Estaba tan absorta en la lectura que no se había dado cuenta de nada hasta que las voces se hicieron evidentes justo debajo de la ventana.
Pero ¿qué demonios estaba pasando? Escondió el libro de piel bajo la bata y se acercó a la ventana. La luna llena reinaba entre las nubes.
Dos siluetas se movían en la oscuridad, y una tercera figura las seguía.
Se dirigían hacia el invernadero. Carlotta se estremeció, estuvo a punto de gritar, pero luego reconoció el paso cauteloso de su abuela.
Era ella, no había duda. Su adorada abuela con otra persona, en plena noche, sosteniendo una lámpara de aceite y guiándola en la oscuridad.
Carlotta se envolvió en un chal y salió de la habitación de Hayez, con los pies descalzos rozando el suelo de madera.
Los siguió sin demora, tenía la impresión de que había una conexión entre el diario y aquella aparición en plena la noche, aunque no conseguía imaginar de qué se trataba.
Llegaron al invernadero y, tras unos segundos, ella se acercó para echar un vistazo.
A través de los cristales empañados por el vapor, Carlotta vio al trío que se hallaba en el interior.
La abuela estaba en el centro, con el rostro serio y concentrado, y junto a ella había una mujer que Carlotta reconoció de inmediato: la bruja Blanca, su inconfundible cabello canoso, la piel pálida y un vestido claro.
Pero lo que más le impactó fue la tercera persona: Georg.
Estaba de pie junto a la condesa Luisa, con una expresión que parecía vacilar entre el escepticismo y la curiosidad.
Carlotta se detuvo, sintiendo que el corazón se le aceleraba.
¿Por qué Georg estaba con su abuela, en plena noche?
Primero el cuadro que le había dado a su madre, ahora esto.
¿Qué lo unía a su familia y, más aún, qué lo llevaba siempre a la villa?
Abrió la puerta del invernadero con un gesto decidido. El olor a tierra húmeda y plantas se mezclaba con el aroma dulzón de las velas encendidas en la mesa, en el centro.
—¡Abuela! ¿Qué estáis haciendo? —preguntó, casi gritando. Los tres se volvieron hacia ella y, por un momento, nadie habló.
Fue la abuela quien rompió el silencio.
—Carlotta, querida, no deberías habernos seguido —dijo.
Pero, curiosamente, parecía aliviada. La mirada de la condesa Luisa siempre era el refugio de Carlotta, incluso en aquella situación tan absurda. Se contuvo para no correr hacia ella y lanzarse a sus brazos.
—Pero ahora que estás aquí, quizá sea mejor que lo sepas.
—¿Saber el qué? —preguntó Carlotta, dando un paso adelante. Su mirada se posó en Georg, buscando una explicación, pero él no dijo nada. Parecía demasiado concentrado en evitar encontrarse con sus ojos, como si realmente hubiera hecho algo malo.
La abuela señaló a la mujer que estaba a su lado.
—Esta es mi amiga Eleanor —explicó—. Algunos la llaman la bruja Blanca, pero para mí es solo Eleanor. Una mujer con un don especial.
Carlotta se quedó boquiabierta, con el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Bruja? Abuela, ¿de verdad crees lo que estás diciendo?
Sabía que su abuela era excéntrica y extravagante, pero nunca habría imaginado que llegara hasta ese extremo.
La abuela se acercó a Carlotta y le puso una mano en el hombro.
—Hay cosas que suceden en esta mansión, Carlotta. Cosas que no todos pueden comprender. En las noches de luna llena, como esta, el lago cobra vida y los secretos del pasado parecen resucitar. Eleanor nos ayuda a darle sentido a todo esto.
—¿Sentido? —repitió ella incrédula—. ¿De qué manera?
Eleanor dio un paso adelante.
—Esta noche queremos evocar un espíritu. A alguien que habitó esta villa, que tal vez sabe cosas que se nos han escapado. Pero no debes tener miedo, querida. Nada de lo que hacemos es peligroso.
Tenía una voz ronca, sin duda estudiada, que a Carlotta le produjo escalofríos.
Apretó el diario bajo la bata. Pensó en la mujer que Elena había descrito en sus páginas y estuvo tentada de preguntarle si sabía algo de hechizos de amor, si le había hecho uno a una dama rica unos años antes, pero la mirada azul de la señora tenía el poder de bloquear todas sus preguntas antes de que surgieran.
Parecía saber que Carlotta también tenía un secreto.
—¿Quieres unirte a nosotros? —preguntó la bruja—. Siento que tú también tienes alguna pregunta relacionada con esta villa. ¿No es así?
Carlotta no respondió. No tenía ninguna intención de confesar lo del diario: eso era solo su secreto. Pero si esa mujer sabía realmente algo de Elena, o de las extrañas presencias que parecían rondar la villa, entonces era el momento de descubrirlo.
Georg carraspeó. Hasta ese momento se había mantenido al margen.
Solo entonces ella recordó que estaba en bata y que todas las noches había experimentado el más perturbador de los placeres pensando en él. Y el querido duque, en lugar de cortejarla, aparecía como siempre en el momento equivocado y no para ella.
La incomodidad sustituyó al orgullo, que disimuló con una pregunta.
—¿Y vos? ¿Por qué estáis aquí?
Georg hizo una mueca, no se sabía si ocultaba una sonrisa o si solo estaba avergonzado.
—Me invitó vuestra abuela —se justificó—. Y no tengo que daros explicaciones. Aunque lo intentara, estoy seguro de que no lo entenderíais.
Carlotta negó con la cabeza, irritada por esas palabras.
Una cosa era imaginárselo tumbado a su lado, otra oírlo hablar y sentir rabia por cómo le había respondido.
¿Qué era lo que Carlotta no podía entender?
Su abuela debería explicárselo, una vez que esos dos se hubieran marchado.
No podía pensar en nada más, solo sentía que había algo muy inquietante en lo que estaba sucediendo.
Y, lo que era peor, se sentía irremediablemente atraída por ello.
—¿Y qué esperáis conseguir? ¿Por qué evocar a alguien? ¿No es… peligroso?
La abuela la miró a los ojos y, por primera vez, Carlotta notó una gravedad casi solemne en su mirada.
—Porque esta villa guarda secretos, Carlotta. Sé que te has dado cuenta; lo sé muy bien. Es inútil intentar fingir que es un lugar normal. Y algunas respuestas solo pueden venir de quienes ya no están.
Carlotta permaneció inmóvil, incapaz de decidir si quedarse o huir.
Le temblaban ligeramente las manos, pero no era solo por el miedo.
Era curiosidad, un deseo irrefrenable de saber qué estaba pasando realmente.
¿Quizá la presencia de Elena estaba en la villa?
¿Era ella quien había activado el carillón y había establecido una conexión especial, quien le había permitido encontrar el diario?
Y entonces, Carlotta se estremeció, ¿Elena había muerto?
Eleanor hizo un gesto hacia la mesa, donde la llama de una vela titilaba en el centro y donde había una vieja tabla de madera con extrañas inscripciones y letras.
—Únete a nosotros —dijo—. Si quieres saber, debes quedarte.
Carlotta dudó, y miró a Georg.
—Quedaos —insistió él.
—No debes temer a los muertos, pequeña mía. Los muertos son aquellos que nos han querido y que ahora están en paz.
Carlotta volvió a pensar en las palabras de Elena. «No son los fantasmas los que me aterrorizan».
—No creo en los espíritus —dijo.
—No tienes por qué creer en ellos —se rio la abuela—. Pero no olvides nunca que nuestra vida también está hecha de misterio. Quien no lo admite, o es un estúpido, o nunca ha vivido de verdad.
Con un profundo suspiro, se sentó junto a su abuela. Todo le parecía absurdo, pero también que estaba dotado de una lógica precisa y contundente.
Junto a la tabla de madera, la bruja dispuso tres objetos: un chal bordado, un sonajero viejo y descolorido, y un anillo desgastado, con una piedra que parecía haber perdido todo su brillo.
Carlotta se inclinó para observarlos mejor, pero nadie le explicó a quién pertenecían ni por qué estaban allí.
Sin embargo, sentía que tenían una historia, un pasado que ella desconocía, pero que estaba vinculado a la villa y, tal vez, también al diario que tenía sobre las rodillas.
Eleanor les ordenó que se sentaran alrededor de la mesa. Colocó más velas con gestos lentos.
—Antes de empezar, debéis saber esto —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Evocar a un espíritu no es un juego. Nunca lo hagáis solos. Los espíritus son caprichosos y nunca sabemos si el que vendrá será bueno o malo.
La tensión en la habitación se hizo palpable. Carlotta se aferró al brazo de la silla; su instinto le decía que se levantara y saliera corriendo, pero se quedó inmóvil.
—Ahora —continuó Eleanor—, cogeos de la mano.
Carlotta sintió cómo la mano fría de su abuela apretaba la suya. Al otro lado, la mano de Georg, cálida y firme, se entrelazó con la suya, y el contacto le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda, pero no se atrevió a mirarlo.
Eleanor se colocó en el centro, con una vela delante de ella. Su voz se convirtió en una cantinela mientras susurraba el estribillo:
Gira, gira en círculos
la niña que no duerme.
Gira y cae al fondo,
sigue sus pasos.
Carlotta cerró los ojos por un instante, mientras el sonido de las palabras parecía resonar en la habitación y rebotar en las paredes de cristal del invernadero. Eleanor repitió el estribillo dos veces, y luego una tercera.
Cuando pronunció la última palabra, la llama de la vela tembló violentamente y la luz se apagó.
Carlotta gritó, y su grito rompió el silencio. Sintió cómo la mano de Georg estrechaba la suya con más fuerza, como si quisiera tranquilizarla, pero el terror ya se había apoderado de ella.
Eleanor le indicó que se quedara sentada. No parecía sorprendida por lo que había sucedido.
—Esta noche, el espíritu de la villa no quiere manifestarse. Sin embargo, habréis notado que no estamos solos. He sentido una presencia a nuestro lado.
La abuela rompió el silencio con voz quebrada.
—¿Podría ser… ella?