El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

La abuela Luisa le había dicho en una ocasión que el amor siempre comenzaba por las manos. Que ella comprendió que amaba a su marido cuando sus dedos se entrelazaron por primera vez y sintió una especie de sacudida. A partir de aquel momento, para ella solo existió él.

Era de noche, las olas del lago acariciaban sus sentidos y Carlotta se acariciaba al ritmo de su vaivén en la orilla.

Desde que había estrechado las manos de Georg, no hacía más que pensar en él.

No había hablado con nadie, habían pasado cinco días y cinco noches en los que se había abandonado a ese languidecer de sensaciones ligadas a un recuerdo.

Había rechazado la invitación del conde Francesco para asistir al estreno de la ópera en el Teatro Social de Como, donde había reservado los mejores asientos; se había negado a asistir a algunos banquetes, fingiendo que todavía estaba agotada por el paseo en barco.

La realidad era que estaba esperando que Georg diera un paso, una invitación, tal vez, o una carta, o una visita improvisada a su casa.

Había leído en un manual que había pasado por sus manos que una mujer debía dejarse cortejar después de haber llamado su atención, y se esforzaba por esperar un gesto suyo, que tardaba demasiado en llegar.

Mientras tanto, en cuanto se iba a dormir, o, mejor dicho, en cuanto intentaba descansar, las manos de Georg volvían a estrecharla y entonces tenía que ponerse cómoda en la cama y dejarse llevar por el impulso de tocarse para calmar el deseo, contrayéndose en un esfuerzo por posponer el placer tanto como fuera posible.

Imaginaba que él estaba allí con ella y la incitaba a acariciarse.

Eso le bastaba para sentir una sensación de satisfacción.

María le preguntó si no se había enamorado. Carlotta sentía que le ardían las mejillas, pero no respondió.

—Pero de verdad esta vez, no como con Franz —bromeó María, mientras paseaban por el jardín.

—¡Cómo se te ocurre mencionar a Franz! —replicó Carlotta.

—Se notaba que estabas enamorada de él —le rebatió su hermana—, pero, en mi opinión, era solo porque tenía ese aire maduro de sabelotodo que tanto te gusta, y porque sabía pintar.

—María Alejandrina, ¿qué sabrás tú del tipo de hombre que me gusta?

María cogió una cereza, se la llevó a la boca y, con una mirada lánguida, susurró:

—Un hombre serio, tenebroso. Uno que conoce todos los cuadros y habla con refinamiento. Lo de Franz te escoció un poco, pero esto parece una quemadura de verdad.

Carlotta la empujó suavemente, tratando de cambiar de tema, sorprendida por el hecho de que fuera tan evidente lo que pensaba y sentía.

De hecho, ya no había vuelto a pensar en Franz.

Había caído en el olvido, como tantas otras cosas de Potsdam que no echaba de menos, como, por ejemplo, las clases de equitación y las pruebas de vestuario.

Lo que quedaba era el amor por la pintura, que había acompañado sus días, dándole una sensación de profunda libertad, que endulzaba la espera angustiosa de Georg.

Carlotta jadeó en la cama, presa de un orgasmo largo y violentísimo. Apretó el borde de la sábana, la apartó y estiró las piernas, satisfecha.

Se dio la vuelta entre las mantas, bebió largos sorbos de agua y sonrió a la ventana abierta.

La noche se había convertido en su aliada más fiel.

Salió de la habitación para ir al salón de Hayez. Estaba empezando a enamorarse de aquella villa. En Potsdam nunca habría soñado con pasear libremente por los pasillos en plena noche, pero en el lago se sentía como en casa, como si hubiera hecho amistad con él.

Carlotta avanzó por el pasillo, con la seda de la bata rozando ligeramente el suelo. Percibía cómo el ruido de sus pasos se amplificaba y creaba un eco siniestro.

No había nadie, y sin embargo se sentía observada.

Los retratos de familia en las paredes parecían sonreír bajo la luz temblorosa de las lámparas de aceite.

Las miradas de sus antepasados eran severas y Carlotta se preguntó si la habían espiado incluso mientras soñaba con ser poseída por Georg y se retorcía entre las sábanas.

Un retrato de un hombre de uniforme, con el ceño fruncido y una mano en la vaina de la espada, llamó su atención.

Nunca había notado lo intenso que era ese rostro que parecía escrutarla con una expresión a medio camino entre el juicio y el desafío.

Apartó la mirada, pero aun así sintió el peso de unos ojos que la seguían.

«Mírame —pensó—, porque nunca me tendrás».

Continuó, acelerando el paso, pero la sensación no desapareció. Las otras obras de las paredes, algunas representaciones sagradas, parecían participar en ese juego. La Virgen de Perugino, con el rostro dulce y los ojos bajos, parecía ahora mirarla con cierto juicio.

—Lo sagrado y lo profano —murmuró Carlotta entre sí, rozándole el rostro. Nunca se había sentido tan en armonía con aquel lugar como aquella noche.

Las pesadas cortinas de terciopelo se movían ligeramente, impulsadas por un viento que no existía. La villa estaba viva y tenía ojos ocultos detrás de cada cuadro, cada espejo, cada rincón. Carlotta dio una vuelta, imaginando que incluso las paredes deseaban tocarla y olerla.

Llegó a la puerta de la sala de Hayez.

Con una respiración profunda, extendió la mano hacia la manija de latón.

En la sala, el gran cuadro de Hayez dominaba el espacio y era el único elemento iluminado por un tenue rayo de luna que se filtraba a través de las cortinas entreabiertas.

Los amantes representados parecían estar atrapados en su eterna despedida, pero esa noche, a sus ojos, había una sensación de espera, como si los personajes estuvieran aguardando el momento oportuno para acercarse y tenderle la mano con el fin de llevarla directamente a su encuentro prohibido.

Imaginó que Georg estaba allí con ella, rodeándole la cintura con sus manos y respirando en su cuello.

Carlotta avanzó, trepidante, y con una energía que ella misma apenas podía comprender.

El gran espejo dorado situado sobre la chimenea le devolvió una imagen que le gustó: el cabello sobre el pecho, similar al peinado que envidiaba de Miranda, la mirada lánguida, los labios entreabiertos en una expresión sensual.

Era la primera vez que se sentía así. Se acercó a su imagen y, tal como hacía con los cuadros que admiraba, se quedó un instante contemplándose, observando lo elegantes que eran los rasgos de su rostro, lo atractiva que se veía.

Todos los artistas que la habían retratado siempre habían elogiado su rostro agradable, su postura, su elegancia.

Pero era allí, gracias a los espejos de esa villa y al aire del lago, donde Carlotta había empezado a verse diferente.

A pesar de todas las convenciones opresivas y las hipocresías, se sentía más libre, más en contacto con su verdadera naturaleza.

Estaba redescubriendo su cuerpo y a sí misma de una manera que no comprendía del todo, pero que la hacía sentir de nuevo anhelante y a punto de excitarse.

Y, curiosamente, sintió que solo había una persona que podía entenderla: ni su madre ni su hermana, sino Elena, a quien había empezado a sentir cercana.

Elena también había sentido atracción por un joven, pero, a diferencia de Carlotta, había sabido expresarlo muy bien, se había dejado llevar por el flujo de sus palabras sin temores ni reticencias.

Y se había visto reflejada en ella, había empezado a comprender que no siempre era bueno resistirse a las tentaciones y al deseo, al contrario, a veces había que dejarse llevar por las olas.

Había algo inquietante y a la vez magnético en la forma en que las emociones de Elena parecían reverberar en las suyas.

Cada frase era un reflejo de lo que Carlotta no podía decir en voz alta.

En todo caso, Carlotta lo pintaba, pero tener en sus manos un texto tan preciso sobre su intimidad la hacía sentir más cerca de ella que de cualquier otra mujer.

Era como si Elena no temiera volcar en el papel sus deseos, sus miedos.

Como si al escribir con todo detalle lo que le sucedía lograra soportar también su peso.

No sabía qué era, no lo entendía del todo, pero lo sentía. Las emociones de Elena y las suyas eran dos corrientes del mismo río.

Después de asegurarse por enésima vez de que no había nadie, hurgó detrás del cuadro y abrió la caja con la llave en forma de sombrero. Siempre la llevaba consigo, colgada de un collar, bien escondida en el corpiño.

La abrió, dejando que las páginas pasaran casi solas hasta el punto en el que había interrumpido su lectura.

20 de agosto de 1845

Cuando corrí a la cocina, sentí inmediatamente la tensión en el ambiente, como si el aire se hubiera vuelto repentinamente más denso.

Las voces que antes se entremezclaban se apagaron en un silencio antinatural, solo interrumpido por el monótono ruido de un cuchillo que se hundía en las verduras.

Me miraban, pero intentaban fingir que no.

Mi madre estaba allí, de pie junto a la mesa central, con esa mirada dura que conozco bien.

No dijo nada, pero me miró fijamente para advertirme de que tuviera cuidado.

Sus ojos, por un instante, se desplazaron hacia mis manos, con las que yo sostenía la gallina que acababa de traer, la cual, abatida y condenada a muerte, me pareció el símbolo de todo lo que estaba yendo mal.

La cocinera, con las manos todavía sucias de harina, me lanzó una mirada fulminante.

—Por fin, Elena —dijo, pero el tono era más que una simple reprimenda. Ella también miraba a la gallina, molesta.

Detrás de ella, dos jóvenes pinches se intercambiaron miradas furtivas, luego se inclinaron de nuevo sobre las verduras que estaban cortando. Pero uno de ellos no pudo resistirse.

—¿Qué hace el señor en la cocina? —susurró lo suficientemente alto como para que se le oyera.

La chica que estaba a su lado, con un cucharón en la mano, se rio silenciosamente.