El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—No parecéis nada cómodo —replicó Carlotta, permaneciendo donde estaba. El balanceo del barco se intensificó, obligándola a apoyarse a su vez en la barandilla, pero no se movió. Había algo en la inmovilidad de Georg que la atraía, una humanidad vulnerable que nunca había visto en un hombre.

—Volved con los demás —repitió él—. Esta tormenta pasará, como todo.

Carlotta no pudo ignorar ese tono, ni apartar los ojos de él. Con las manos aún aferradas a la madera y la respiración controlada, parecía estar luchando contra algo.

—Si la tormenta os incomoda, podemos volver a la orilla. Puedo decir que quiero bajar, a nadie le extrañaría —sugirió. Quería ofrecerle una vía de escape sin que él se viera obligado a admitir nada.

Georg apenas se volvió.

—Nunca permitiría que vos os hicierais cargo de algo por mí. No debéis preocuparos por un cobarde —dijo con dureza.

Las palabras golpearon a Carlotta como una piedra lanzada contra aguas apacibles.

No era el hombre que había conocido y, sin embargo, en ese instante sintió que era más real de lo que había sido nunca.

—Soy yo quien no os permite hablar así de vos mismo —dijo ella—. No os conozco muy bien, pero sé que no sois así. ¿Qué habréis hecho para trataros de esta manera?

Georg sacudió la cabeza y, por un momento, pareció querer decir algo. Abrió los labios, pero luego los cerró de nuevo con un suspiro.

—No lo entenderíais, lady Carlotta. Y ni siquiera deberíais intentarlo —murmuró finalmente.

Pero ella no se movió. No lo dejó escapar.

—Quizá sea cierto. Quizá no lo entendería. Pero no tenéis por qué quedaros solo con lo que os atormenta.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, mientras la lluvia se hacía más intensa.

Georg finalmente se volvió hacia ella. Carlotta vio, en sus ojos verdes, algo que la impactó en lo más profundo: un dolor tan arraigado que parecía haberse fundido con su propia esencia.

Una sombra indeleble que no era capaz de ahuyentar.

El barco dio una sacudida y Georg apartó la mirada, cerrando brevemente los ojos como para recuperarse. Luego se apoyó de nuevo en la barandilla.

—Dejadme en paz —dijo con un hilo de voz, pero Carlotta percibió que esa frase no iba dirigida solo a ella.

No insistió. Se quedó allí, a su lado, sin decir nada, compartiendo el peso de la tormenta, que parecía reflejarse en sus almas más que en ellos mismos.

—¡Carlotta, Georg, venid! —los llamó Filippo. Ella se dio la vuelta apenas, justo a tiempo para ver a Patricia que seguía bebiendo.

—Acabará emborrachándose por culpa del marqués —refunfuñó, tratando de distraer a Georg. Tenía los nudillos blancos, de tanto apretar la barandilla.

—No estáis bien —murmuró Carlotta—, y debo deciros que yo también me siento culpable: si no fuera por mi terquedad, no os habríais herido.

—No digáis tonterías —dijo Georg. Le costaba hablar, como si estuviera dominado por la tormenta y se concentrara en mantener a raya los rayos.

Cuando un relámpago rasgó el cielo, todos gritaron, extasiados, mientras Georg cerraba los ojos.

Villa Serbelloni se erigía ante ellos y Carlotta se dio cuenta de que él estaba hipnotizado.

Le rozó el brazo y buscó sus manos para tomarlas entre las suyas. Él dejó que se las sujetara, sin apartar la mirada. Ella las estrechó, tal y como había hecho cuando Miranda lo estaba curando.

—Estáis helado —constató. El barco seguía balanceándose. Cuando Carlotta se acercó más a él, ninguno de los dos hizo nada por recuperar la posición. Sus cuerpos se pegaron el uno al otro y, al cabo de un instante, Carlotta sintió que Georg le apretaba las manos con más fuerza.

—No sé qué teméis ni por qué —le susurró ella al oído—, pero estoy aquí con vos.

—Gracias —susurró él.

Carlotta resistió el impulso incontrolable de abrazarlo. Sus labios estaban cerca, podía sentir su aliento en la frente.

—¡Duque! —gritó Filippo, dirigiéndose hacia ellos—, ¿qué decís, será mejor que volvamos o la princesa morirá de miedo?

Georg hizo una mueca intentando sonreír, pero seguía paralizado.

—Os lo ruego, marqués, volvamos —dijo Carlotta, soltando las manos de Georg.

—¿Estás realmente asustada, prima? —preguntó Friedrich, sorprendido.

—Acabo de recuperarme, no quiero tener otro ataque de nervios —enfatizó ella, dejando que su voz sonara más estridente de lo previsto.

—A sus órdenes, princesa —dijo él, mientras Patricia seguía riéndose.

—Vuelvo a mi sitio —le susurró Carlotta—, por suerte estamos volviendo a la orilla.

Georg pareció recomponerse, asintió y la miró intensamente, sin mediar palabra.

Miranda le sonrió y volvió a colocarse junto a Georg, con el cabello al viento y el aire de quien ansía la aventura.

Francesco le hizo un gesto a Carlotta para que se sentara.

—Siempre se divierte uno con el marqués —le dijo el conde Melzi—. ¿No os parece?

Tenía que estar en su sitio, claro, pero nadie le había dicho que también tuviera que complacerlo.

—Prefiero otro tipo de diversiones —añadió secamente.

—Duque —dijo entonces Francesco, volviéndose hacia Georg—. ¿Qué le habéis dicho a la princesa? ¡Me la habéis puesto de muy mal humor!

Carlotta no oyó la respuesta, pero le molestó ese comportamiento. No le gustaba que los hombres hablaran de ella en tercera persona estando ella presente.

Se pasó una mano por el pelo, tratando de recomponerse, pero el pensamiento de lo que acababa de pasar le impedía concentrarse.

No se atrevió a volverse, no podía mirar a Georg ahora.

Sin embargo, lo sentía. Sentado detrás de ella, su silencio hablaba más que cualquier palabra.

Algo había cambiado entre ellos, algo que no podía ignorarse.

Era evidente que Georg había sentido una fuerte emoción en aquel barco, que intentaba ocultar un recuerdo doloroso.

El barco comenzó a moverse aún más, y los barqueros los instaron a regresar a Montemezzo antes de que la tormenta empeorara.

—El duque debe tener un secreto muy bien guardado —susurró Francesco al oído de Carlotta. Ella entrecerró los ojos.

—¿Qué queréis decir?

Francesco suspiró, con aire misterioso.

—¿Os parece que se comporta con normalidad? Corren ciertos rumores sobre él…

Al conde Francesco Melzi, por lo visto, le gustaba cotillear. Era exactamente como todos los demás, y Carlotta nunca había tenido la menor duda. Pero ¿qué sabía de Georg? Y lo que sabía, ¿era la verdad o simples calumnias?

Quería preguntarle más, pero se acercaban a la orilla y, además, temía que Georg pudiera oírlos. Detrás de ellos, él y Miranda guardaban un silencio reverencial.

La tormenta comenzó a arreciar cuando atracaron.

Pero Carlotta no podía pensar en el lago, en la lluvia o en los rayos.

El mundo entero se reducía a pensar en él, en sus manos que la estrechaban con el calor que aún latía en sus venas, y en lo que ese momento había significado para ella.

Y, tal vez, también esperaba a Georg, fuera cual fuera el secreto que ocultaba.