El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Las nubes se arremolinaron en un instante, densas y amenazantes, como si reflejaran el estado de ánimo de Carlotta.

El lago de Como, que hasta ese momento había brillado bajo la luz del sol, se había oscurecido.

Habían llegado a Bellagio, con sus majestuosas villas y jardines en terrazas, pero el paisaje parecía envuelto en una luz crepuscular.

Las montañas, recortadas al fondo, parecían sombras inquietantes, mientras el viento comenzaba a agitar la superficie del lago.

Francesco, sentado a su lado, no parecía preocuparse y seguía hablando.

Ella nunca habría sabido decir de qué, porque hacía tiempo que había dejado de escucharlo, presa de una desolación infinita.

En cambio, frente a ellos, Patricia estaba en la gloria.

Llevaba un vestido rosa pálido con un sombrero adornado de rosas, y señalaba con entusiasmo las orillas de Bellagio.

—¡Mirad esa villa! —exclamó, dirigiéndose a Filippo—. ¿No es espectacular?

Filippo, con aire de anfitrión, asintió.

—Es Villa Melzi, donde vive nuestro Francesco. Y pensar que este paisaje ha despertado la admiración de poetas y músicos… Incluso los imperiales de Austria partieron en barco de vapor desde Como y llegaron a la villa… Hace diez años, si no me equivoco.

—Qué culto eres, Filippo —coqueteó Patricia, que estaba embelesada con sus palabras. Él le acarició la espalda en la parte que dejaba al descubierto el vestido.

—Quizá la villa es frecuentada también por algún amante clandestino, escondido detrás de esos cipreses —bromeó. Ella se rio.

—Mi casa —se apresuró a señalar complacido Francesco, dirigiéndose a Carlotta—. Y espero tener pronto el placer de invitaros a admirar también el interior.

Carlotta esbozó una sonrisa vacía, y luego pensó que Francesco era la persona adecuada a quien preguntarle por los Valsecchi, los antiguos inquilinos de la villa.

—Vos —comenzó diciendo un poco cohibida Carlotta— conocéis bien a las familias que viven a orillas del lago, ¿no es así?

Francesco estaba a punto de responder cuando la voz de Georg lo interrumpió.

—¿No os parece que empieza a hacer frío? —preguntó.

Carlotta había levantado la vista hacia el cielo, observando las nubes que ahora parecían un manto pesado a punto de derramarse sobre ellos.

—Me temo que puede haber una tormenta —continuó él—. Quizá sería mejor volver.

Miranda se echó a reír.

—¿Por un poco de lluvia? —replicó, sacudiendo la cabeza—. No habláis en serio, ¿verdad? Será una aventura, ya veréis. En Inglaterra, el cielo siempre hace estas bromas. Se nota que no estáis acostumbrado.

Carlotta apretó los puños y miró al cielo. Las nubes negras se adensaban cada vez más, parecía como si estuvieran presenciando el telón que estaba a punto de caer sobre el escenario. Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—No os preocupéis —le susurró Francesco, al percibir su expresión tensa—. Los barqueros están preparados para las inclemencias del tiempo. Solo será una tormenta de verano sin importancia.

Carlotta asintió sin mediar palabra, fingiendo apreciar los ánimos.

Filippo y Patricia habían empezado a bromear sobre el tiempo, ella con su risa habitual, mientras él gesticulaba teatralmente, describiendo la llegada de la lluvia como «un toque dramático digno de una ópera de Rossini».

Friedrich les seguía cantando algunas arias con su voz aguda.

Miranda parecía divertirse más que nadie, estaba totalmente a gusto. ¿Había algo que esa mujer temiera realmente? Se desenvolvía en todas las situaciones con una seguridad que Carlotta encontraba irritante y envidiable al mismo tiempo.

A pesar del esfuerzo por concentrarse en la conversación a su alrededor, Carlotta no pudo evitar volverse de nuevo hacia Georg.

Finalmente, sus miradas se cruzaron. En esa mirada había algo que ella reconoció de inmediato: un entendimiento silencioso, un eco de la misma inquietud que sentía crecer en su interior.

Sus ojos verdes, tan profundos y graves, parecían escudriñar más allá de las olas del lago, más allá de la tormenta inminente.

Miranda hablaba, pero Georg ya no parecía interesado. Estaba absorto en las aguas oscuras que se agitaban cada vez más, en las nubes que se acumulaban como un presagio. Cuando el primer relámpago iluminó el cielo, seguido poco después por un trueno profundo y lejano, sus ojos se cruzaron de nuevo.

«Deja de mirarlo —se dijo ella—. Para o pensará que estás desesperada».

Carlotta sintió un pinchazo en el pecho. No le daba miedo la tormenta, pero algo en la forma en que Georg se había puesto tenso, en la mirada que parecía reflejar una inquietud, la puso en alerta. Como si estuvieran conectados por un hilo invisible, sentía su aprensión deslizarse dentro de ella.

—¿Deberíamos volver? —le preguntó a Francesco, bajando la voz.

Él le sonrió, relajado.

—No, de verdad. Al contrario, será divertido. Una pequeña aventura inesperada. No suele verse a menudo una tormenta en medio del lago.

El barco comenzó a balancearse y Carlotta se agarró al borde para mantener el equilibrio. Francesco le ofreció el brazo con galantería, pero ella lo ignoró. No le daría esa oportunidad, ni siquiera por el susto.

Para sorpresa de todos, Filippo se puso de pie y comenzó una pantomima, dirigiéndose al «dios del Lago» con gestos enfáticos.

—¡Oh, Señor de las Aguas, ten piedad de nosotros! ¡Líbranos de tu ira! ¡Prometemos traerte ofrendas de buen vino y relatos licenciosos! —gritó, levantado la cabeza y los brazos, parecía haber enloquecido.

Se desató la hilaridad general. Patricia y Miranda reían a carcajadas, y la primera se levantó para alcanzar a Filippo, imitando sus gestos.

Él tomó a Patricia de la mano y la condujo ante los demás.

Sacó una petaca de su chaqueta y la invitó a que diera un sorbo.

Miranda pidió que se la pasaran y Carlotta sintió un poco de asco al verlos beber a esas horas algo que sin duda era fuerte y subía a la cabeza.

Patricia se sonrojó, Filippo le rodeó la cintura con un brazo y extendió el otro hacia Miranda.

Mientras tanto, el cielo seguía siendo desgarrado por violentos relámpagos y los truenos eran cada vez más cercanos. Los primeros destellos danzaban en la distancia, iluminando por breves instantes las montañas al fondo.

Carlotta fingió sonreír, tratando de estar a la altura de aquel ambiente desenfadado.

Pero en su interior solo deseaba volver a tierra firme.

No era precisamente una mujer de lago, y aquella excursión le parecía cada vez más insoportable.

Nunca había sido una persona miedosa, pero ahora, desde hacía días, sentía una extraña inquietud en su interior.

La misma que la había causado un desvanecimiento tan solo unos días antes.

Pensó en la noche que acababa de pasar, en el diario de Elena, en los secretos del lago, un lugar encantado y aún desconocido.

El mismo que ahora mostraba su violenta fuerza.

Se volvió hacia Georg, a pesar de haberse dicho a sí misma que no lo hiciera.

Quería ver su reacción ante aquella situación tan hilarante, que no le gustaba nada.

Se sorprendió al no encontrarlo en su sitio.

Se había desplazado bajo la lona, al fondo de la embarcación.

Parecía estar absorto en sus pensamientos, con las manos entrelazadas, mientras observaba la tormenta con una expresión que no era capaz de descifrar.

Al observarlo mejor, Carlotta se dio cuenta de que no era la lluvia lo que estaba mirando, sino la imponente mansión encaramada en la colina que dominaba Bellagio.

—¿No es Villa Serbelloni? —preguntó Miranda.

—Exactamente. Con estas nubes, se ve aún más majestuosa.

Sus ojos estaban fijos en Villa Serbelloni, al menos eso le pareció. ¿Conocía a los propietarios de la villa? ¿Había estado allí antes?

La lluvia comenzó a caer con insistencia, los suaves sonidos de las primeras gotas que golpeaban el agua del lago se mezclaban con las risas de los demás.

Filippo continuaba con sus comedias, y Miranda, tan cómoda como siempre, reía de una manera casi descontrolada, hasta el punto de tener que agarrarse a la barandilla.

Pero Carlotta no se reía.

El viento le alborotaba el cabello que se escapaba del sombrero, y el balanceo de la barca la obligaba a concentrarse para no perder el equilibrio.

Georg estaba de pie a pocos pasos de ella, cabizbajo.

Sin pensarlo, se levantó y se acercó a él, ignorando el movimiento cada vez más inestable de la góndola.

—¡Carlotta, ven tú también! —la llamó Patricia, que tenía los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas.

Francesco la observó, indeciso.

—Ahora voy —respondió Carlotta a su amiga.

—¡Conde Melzi, venid! —lo incitó Miranda. Francesco, todavía un poco escéptico, abandonó su puesto y agarró la petaca.

—¡Sí, un trago más! ¡La embriaguez de Baco dentro de nosotros y la fuerza de Poseidón bajo nuestros pies! —gritó Filippo.

Cuando Carlotta estuvo lo suficientemente cerca como para ver el perfil de Georg, observó que en su rostro se reflejaba una inquietud tan evidente que resultaba aterradora.

—¿Os encontráis bien? —preguntó ella.

Georg se estremeció ligeramente, como si solo en aquel momento hubiera reparado en su presencia. Sus manos permanecieron aferradas a la barandilla, con los nudillos blanquecinos por la presión. No se volvió del todo, con el rostro oculto por la sombra de la tormenta inminente.

—Estoy bien, volved con los demás, lady Carlotta.

Su voz era tensa, su tono controlado con evidente esfuerzo.

No era el Georg que ella conocía, no era el hombre que había visto montar a caballo con seguridad o moverse con desenvoltura en los salones más elegantes. Este Georg parecía estar doblegado bajo un peso que no podía soportar.