Capítulo 10
Había pasado una semana desde el incidente y Carlotta no había salido de su habitación. Los primeros días había tenido fiebre alta, el médico había vuelto y le había dicho que debía permanecer en reposo, sin más sobresaltos.
—Tuvo demasiada prisa por recuperarse la primera vez, ahora debe descansar de verdad —le explicó a Marianne delante de ella.
Carlotta se sintió como una niña. Odiaba tener que quedarse en la cama todo el día.
Pidió que le trajeran pinceles y papel, intentó pintar observando la maravillosa vista desde la ventana, pero no estaba nada inspirada.
No dejaba de pensar en Georg, en la caída, en la frase que le había susurrado.
Dash no la dejaba sola ni un segundo, solo se separaba de la cama cuando la sirvienta lo sacaba al jardín.
Patricia había ido a visitarla y le había contado que el duque ya se estaba recuperando y que todos lo consideraban un héroe por haberla salvado.
—Ni siquiera puedo agradecérselo en persona —se había lamentado Carlotta.
—Debes tener un poco más de paciencia —le respondió Patricia.
Carlotta se preguntaba si él se habría informado sobre ella, si habría vuelto a ver a Miranda, si habrían pasado tiempo juntos después de que ella le salvara la vida.
Ardía de envidia y de celos, aunque le costaba admitirlo.
En el momento en que lo vio tendido en el suelo, con el abdomen lleno de sangre, sintió una punzada de desesperación. No podía ignorarla.
Había caído la noche y Carlotta sentía que le hervía la sangre, como un tigre enjaulado.
Durante todos esos días, también había pensado en Elena, y ardía en deseos por seguir leyendo el diario. Había tenido que posponer su lectura porque la vigilaban de cerca y no poder volver a poner las manos en él le había causado un dolor casi físico.
Pensó que ella podría aliviar la sensación de frustración que sentía y se dijo que había llegado el momento de intentarlo.
—Ya voy, Elena —murmuró.
Bajó la escalera, un escalón tras otro, lenta y silenciosamente, se apoyó en las paredes y le pareció que la villa contenía la respiración con ella.
Después de los extraños murmullos que había oído, las apariciones nocturnas, los carillones que sonaban de la nada, ahora había un silencio antinatural y absoluto.
Era como si la casa hubiera decidido concederle un momento de tregua.
El cuadro con el beso de Hayez la estaba esperando.
Las manos de Carlotta temblaron mientras lo movía y metía la mano en el nicho de la pared.
El diario seguía allí. Suspiró. Había temido que la propietaria, en esos días, lo hubiera recuperado o que alguien más lo hubiera encontrado y escondido en otro lugar.
Dejó la vela que llevaba en la mano. Le hubiera gustado volver a su habitación y leerlo cómodamente en la cama, pero temía ser descubierta más fácilmente, por María o Annette, que podían entrar en cualquier momento sin previo aviso.
Hojeó frenéticamente las páginas buscando la fecha en la que se había detenido la última vez y se sumergió de nuevo, a través de aquella caligrafía densa, en una aventura que no era la suya.
Pensó que aquella peripecia nocturna y solitaria era lo más transgresor que se había permitido jamás.
Y le pareció saborear un poco de esa libertad que siempre se había negado.
20 de agosto de 1845
Acabo de volver a mi habitación, he guardado rápidamente la tinta que cogí del cuarto de la señora Adele.
No me gusta hacer las cosas a escondidas, pero mi tintero estaba casi vacío y mi tío no volverá hasta dentro de un mes.
No podía esperar: necesitaba escribir, inmediatamente, poner por escrito lo que ha sucedido hoy, como si las palabras pudieran capturar el momento y hacerlo eterno.
Esta mañana me han encargado una tarea sencilla: ir al mercado de ganado en Lenno para comprar dos gallinas gordas.
El señor está organizando un banquete para homenajear a su hija, y las que tenemos en la villa no son suficientes.
En el mercado reinaba el caos habitual: puestos abarrotados, gente gritando para atraer a los clientes.
Me sentía fuera de lugar. Merodeé entre los vendedores, pero ninguna gallina parecía estar a la altura.
Al final, compré un animal robusto a un chico de manos callosas y sonrisa sincera.
La cocinera sabrá qué hacer con él, me dije.
Estaba a punto de irme, deseando dejar atrás aquel caos, cuando me fijé en algo en un rincón.
Eran pájaros extraños, de plumas oscuras y ojos brillantes.
Me recordaron a las criaturas de la noche que había visto en los libros ilustrados de mi tío.
El vendedor era un chico delgado, con un guante de cuero en una mano y un halcón posado en el hombro.
Me sonrió, con esa seguridad y sencillez que solo quien vive en contacto con la naturaleza puede tener.
—Son lechuzas —explicó, atrayendo a su alrededor a un grupo de niñas que lo escuchaban atónitas. Hablaba con un tono tranquilo, como si el mundo que lo rodeaba no pudiera perturbarlo.
Contó que trabajaba en un castillo, al otro lado del lago, el Castillo de Vezio, donde entrenaba aves rapaces para su amo.
—Las llamo con un silbido —dijo— y acuden raudas. Aunque son criaturas salvajes, me obedecen.
Las otras chicas se rieron y le pidieron que hiciera volar al halcón, pero él negó con la cabeza.
—Estoy aquí por negocios —dijo, despidiéndolas con cortesía. Vendía aves de todo tipo, las transportaba en su carro desde Vezio a Como, y viceversa. Recorría todos los mercados.
Yo me quedé. No podía irme. Había algo en aquel chico que me retenía allí.
Quizá su nariz ligeramente ganchuda, parecida a la de un ave rapaz, o sus ojos, pequeños y brillantes, que parecían escudriñar el mundo con la sabiduría de las aves nocturnas.
O tal vez era solo el deseo de saber más sobre ese castillo, y sobre él.
Sacó de la bolsa una focaccia con cebolla y, al percibir que lo observaba, me preguntó si quería probarla.
Acepté un trozo. Por un momento, me sentí como uno de sus pájaros, domesticada por ese gesto amable.
Dejé mi gallina en el suelo y me detuve a hablar con él, observándolo mientras negociaba por un halcón.
—¿Se pelean entre ellos? —le pregunté, curiosa.
—Sí —respondió—, por eso cada uno debe tener su jaula. No es fácil domesticarlos. Es un arte que se aprende de niño.
Le pedí que me contara más. Me contó que había nacido en Vezio y que había frecuentado el castillo como pinche, hasta que el halconero más viejo, que buscaba ayuda, le enseñó ese antiguo arte porque no tenía hijos a quienes transmitirlo.
—Un golpe de suerte para mí —murmuró.
La naturalidad con la que hablaba me daba la impresión de conocerlo desde siempre, aunque era la primera vez que lo veía.
Me había perdido en sus gestos, en su voz, en la forma en que hablaba de sus halcones y del castillo.
No me importaba el tiempo que estaba perdiendo allí, ni que la gallina tuviera que ser entregada de inmediato.
Al final me preguntó si podía acompañarme con su carro hasta la villa, me dijo que estaba de camino a Vezio, y no lo dudé.
Me parecía una aventura demasiado valiosa como para rechazarla.
En el carro, el tiempo parecía suspendido. Lo miraba de reojo, esperando que siguiera hablando.
Cuando me preguntó: «¿Quieres ver un lugar mágico?», sentí que mi corazón se aceleraba. ¿Cómo iba a decir que no? Su voz estaba llena de entusiasmo, y en sus ojos había un brillo que prometía algo único.
—Es algo que nunca le he mostrado a nadie y que descubrí gracias a uno de mis halcones —me confió, y en ese momento, bajo el cielo estival que comenzaba a teñirse de oro, decidí que seguiría a Tano adonde fuera.
No fuimos muy lejos, a solo unas millas de la villa que los señores Valsecchi habían alquilado: Villa La Carlia, majestuosa y misteriosa.
Ya la había visto otras veces, cuando mi padre, todavía pescador, entregaba el pescado fresco a los ricos propietarios de las mansiones que había diseminadas a lo largo de la costa.
Una casa imponente, envuelta en la sombra de cipreses altísimos, cuyo silencio parecía mantener a raya incluso el canto de los pájaros.
—¿Conoces a los propietarios de la villa? —le pregunté, tratando de sacarle algo más sobre ese lugar que parecía flotar entre la realidad y la imaginación.
Él negó con la cabeza, con una media sonrisa que encendió algo en mi interior. Sin responder, detuvo el carro poco antes de llegar a la verja y me indicó un sendero que se perdía entre los árboles del bosque.
—No me tienes miedo, ¿verdad? —bromeó, pero en sus ojos percibí una luz que me puso en alerta, una especie de desafío velado.
Dudé.
—Solo dime adónde vamos.
No tenía miedo, pero una curiosidad febril me ardía por dentro. ¿Qué tendría en mente? ¿Adónde quería llevarme?
—Ya te lo he dicho: quiero enseñarte un lugar mágico —repitió finalmente.
Su voz era un hilo que me arrastraba hacia lo desconocido.
Me tomó de la mano, y ese gesto tan sencillo me hizo sentir a la vez vulnerable y poderosa.
Bajamos del carro y caminamos por el sendero, que era cada vez más empinado, las raíces de los árboles sobresalían como huesos y el aroma húmedo del bosque nos envolvía en un manto denso.
En un momento dado, se detuvo. Me soltó la mano y se volvió hacia mí.
—Ahora te toca a ti buscar la puerta.
Lo miré, confundida.
—¿Qué puerta?
Delante de nosotros había un viejo muro de contención, desgastado por el tiempo, cubierto por una densa maraña de hiedra y musgo.
Parecía que el propio bosque lo hubiese engullido, pero Tano esperaba, divertido, a que yo encontrara algo que evidentemente no veía.
Empecé a buscar, apartando la hiedra con las manos.
Sentía su mirada sobre mí, un peso ligero pero inevitable.
—No encuentro nada —confesé al cabo de unos minutos.