Capítulo 9
Fue como si el tiempo se hubiera detenido.
En el momento exacto en que Carlotta se dio cuenta de lo que estaba a punto de suceder cerró los ojos, y toda su vida, en un mosaico de fragmentos, desfiló ante ella: su padre levantándola en alto, haciéndola girar sobre su cabeza; la caricia de su abuela en las mejillas, su tacto siempre tan tranquilizador; el aroma de las camelias en flor en la villa de la familia y, por último, las vívidas imágenes de Marianne riéndose y de María haciendo pucheros.
La voz de Georg rompió ese torrente de recuerdos.
—¡Carlotta! —gritó.
Cuando abrió los ojos, lo vio. Era una aparición surgida de la niebla: su cabello oscuro ondeaba al viento, mientras el caballo galopaba furiosamente a su lado. El torso de Georg estaba inclinado hacia adelante, la postura firme, los ojos verdes ardiendo como gemas bajo la luz tenue del bosque.
—¡Aguantad! ¡Voy a ponerme a vuestro lado! —gritó. Su voz, tranquila y segura, parecía capaz de arrancarla de cualquier abismo.
Carlotta asintió, con el corazón latiéndole con fuerza.
Georg se acercó con precisión milimétrica y, con un movimiento rápido, extendió el brazo hasta posar una mano sobre la brida de Zeus.
—Oooh, tranquilo, chico, tranquilo…
Zeus dio un respingo, pateó una vez más, pero la orden de Georg era irresistible.
El animal apenas se había detenido, y Georg se dio un impulso y abandonó su caballo para saltar a la grupa de Zeus, detrás de Carlotta.
Ella contuvo el aliento, incrédula. Al sentir el calor de su cuerpo envolviéndola y los fuertes brazos que se extendían más allá de los suyos para agarrar las riendas, se sintió inmediatamente más tranquila.
—El caballo no se calmará —susurró, con un tono apenas más ronco—. Preparaos para saltar.
—¿Saltar…? —No tuvo tiempo de terminar la frase. Zeus, nervioso por el doble peso y el obstáculo que se perfilaba ante ellos, se encabritó.
Carlotta sintió que se elevaba y luego caía, con el mundo girando a su alrededor.
Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba encima de Georg, con el cuerpo pegado al suyo. Tenía la mejilla contra su pecho.
La caída había sido violenta. Carlotta se recuperó rápidamente, pero notó la expresión de dolor de Georg, que seguía extendido en el suelo.
Vio la sangre que brotaba abundantemente de una herida en el costado.
Unas piedras habían desgarrado la tela de su chaqueta y su camisa, y su piel era un espectáculo doliente de carne lacerada.
—Carlotta… —murmuró Georg con voz débil, mientras su rostro ceniciento no hacía presagiar nada bueno.
—¡Georg! —gritó Carlotta, presa del pánico. Sintió que la cabeza le daba vueltas al ver la sangre, pero intentó no perder la compostura. Se dio cuenta de que la herida era muy profunda y que estaba perdiendo sangre de forma alarmante. Le temblaron las manos y sintió el instinto de gritar.
El caballo había regresado, resoplando. Carlotta no tenía la más mínima idea de qué hacer: nunca se había encontrado en una situación así.
—¡Ayuda! —gritó—. Estamos aquí.
Sintió un dolor insoportable en el estómago que la obligó a doblarse. No quería perderlo de vista, pero sus ojos se nublaron. «Él se desangrará y yo moriré de dolor por no haber sido capaz de hacer nada», pensó.
Luego oyó el ruido de cascos al galope y vio que el conde Francesco y lady Miranda se acercaban. Lady Grey miró a Georg, que estaba tendido en el suelo, mientras Francesco apartaba la mirada. Evidentemente, la sangre también le había causado cierto efecto.
—Corred a llamar a los demás —gritó Miranda a Francesco—. Decid que el duque está herido.
Respiraba con dificultad, pero sus ojos estaban llenos de determinación. Sin perder tiempo, se inclinó junto a Georg, evaluando la situación con una calma impresionante.
—Es una herida profunda —dijo sin rodeos—. Pero podemos detener la hemorragia.
Sacó un pequeño cuchillo de la liga, Carlotta la miró aterrada mientras Georg gemía de dolor.
Carlotta la miró con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué…, qué pretendéis hacer?
Miranda no perdió tiempo en responderle: con esa hoja afilada cortó un trozo de su vestido.
—Georg, manteneos despierto —le advirtió.
Carlotta la miraba impresionada, retorciéndose las manos.
—¡No os quedéis ahí parada, cogedle la mano y habladle! ¡No dejéis que se desmaye!
Carlotta se inclinó sobre Georg, que tenía los ojos entrecerrados y respiraba con dificultad.
—Tenemos que detener la hemorragia, no podemos correr riesgos —dijo, mirando a Carlotta con una seriedad que no admitía réplicas—. Mantenedlo despierto. Habladle.
Carlotta asintió, buscó la mano de Georg y la tomó entre las suyas.
—Georg, miradme. ¡Miradme! —dijo con voz entrecortada.
Georg abrió los ojos a duras penas.
—Albrecht, testaruda —murmuró, en tono casi jocoso, a pesar del dolor.
Cuando Miranda tocó la herida, Georg gritó con una fuerza que resonó entre los árboles. Su cuerpo se arqueó y Carlotta le apretó la mano aún más fuerte; le parecía sentir el mismo dolor.
—Debería aguantar —murmuró Miranda. Había rasgado la camisa de Georg, empapada en sangre, y había atado con fuerza, con el borde de la túnica, el abdomen de Georg.
Carlotta seguía apretándole la mano, Miranda se dio cuenta.
—Creo que ya no es necesario. Buen trabajo —declaró.
Le dio la espalda y volvió a colocar el cuchillo en su sitio.
Georg respiraba con dificultad, pero aún estaba consciente. Miranda se secó el sudor de la frente.
Francesco y Friedrich llegaron en compañía de algunos sirvientes y los mozos de cuadra.
—Aquí está. Rápido, saquémoslo de aquí —dijo Friedrich, que parecía muy seguro de sí mismo. Francesco, en cambio, estaba torpe, no se bajó del caballo y se quedó mirando sin mover un dedo.
—¿Habéis detenido la hemorragia? Lo habéis hecho muy bien —felicitó Friedrich, admirado.
—No tenía demasiadas opciones —respondió Miranda en voz baja.
—Lo llevaremos a su villa, ya han avisado al médico.
Mientras lo trasladaban, Georg levantó un brazo y buscó a Miranda con la mirada.
—Gracias —le susurró.
Carlotta sintió que se le encogía el corazón. Si hubiera sido por ella, que se había quedado clavada como un palo, quizá él no habría tenido a nadie a quien dar las gracias.
Miranda le acarició la frente antes de que se lo llevaran.
Carlotta apartó la mirada. Conocía demasiado bien esa sensación de abandono, de soledad, esa sensación de quedarse atrás: la había sentido a menudo con Marianne y también con su padre, sobre todo cuando era pequeña y no era capaz de comprenderlo todo.
Luego, Miranda se volvió hacia ella.
—¿Estáis bien?
Carlotta asintió con la cabeza. Repasó mentalmente lo que acababa de pasar. Miranda había taponado la herida y ella se había quedado observando cómo lo hacía. Aún no podía creerlo.
—¿Estáis mareada? —continuó lady Grey.
—Sí, un poco.
Miranda asintió con la cabeza.
—Es perfectamente normal. Acabáis de presenciar algo que no se ve todos los días. Lamento que os haya pasado a vos, princesa.
Carlotta sintió que esas palabras tenían un efecto reparador sobre ella. Pero no podía olvidar toda la escena, a Georg llamándola testaruda, sin duda presa de un pequeño delirio de dolor, y luego dándole las gracias a Miranda. Veía la mano de ella acariciándole la frente.
—Todo sucedió muy rápido —balbuceó—. Perdí el control del caballo y el duque literalmente me salvó la vida, poniendo en riesgo la suya.
—Estáis muy unidos, se nota —confirmó Miranda—. Él habría hecho cualquier cosa por vos.
—¡Oh, no! —protestó Carlotta, sintiendo que le ardían las mejillas—. En realidad ni siquiera nos llevamos bien, ya veis… Lo habría hecho por cualquiera.
—El duque es un hombre de honor —confirmó Miranda, como si lo conociera bien—, por eso no hay que creer todos los rumores.
Carlotta no pudo contenerse y preguntó:
—¿El duque ha mostrado interés por vos?
Miranda la miró divertida.
—No, lady Carlotta. Y, si os lo estáis preguntando, yo tampoco. Por lo que veo, él tiene otro interés…
—¿Cómo lo veis? —preguntó Carlotta, aliviada y, al mismo tiempo, llena de vergüenza.
—Ciertas cosas se perciben y, a menudo, los directamente interesados se dan cuenta cuando ya es demasiado tarde. Así es el amor.
Esa frase sonaba melancólica.
—Habéis estado increíble. Ojalá tuviera la mitad de vuestro valor…
—Tendréis ocasión de agradecerlo —dijo Miranda—. ¿Estáis en condiciones de caminar?
Carlotta asintió. Miranda ató las riendas de los caballos.
Ninguna de las dos volvió a hablar. Carlotta mantenía la cabeza baja, pensando que si ella no hubiera llegado, el duque habría muerto por su culpa.
Intentó alejar ese sombrío pensamiento mientras miraba a Miranda de nuevo.
Se preguntó por qué demonios iba con un cuchillo bajo la ropa.
Se alegró de haberla oído decir que no estaba interesada en el duque. Le parecía que podía confiar en ella.
Patricia y Filippo las esperaban a la entrada del sendero. Carlotta corrió a abrazar a su amiga.
—¿Estás bien? —preguntó Patricia, mirándola con atención.
—He arriesgado la vida por una estúpida excursión a caballo. Pero sobre todo porque me he dejado llevar por el orgullo. Quería demostrar de un modo estúpido que soy una buena amazona. Todo porque…
Carlotta dejó de hablar y terminó la frase en su cabeza: «… porque el odioso duque me vuelve loca, en todos los sentidos. Porque, cuando él está ahí, ya no entiendo nada y si hubiera pasado algo realmente irreparable nunca habría podido perdonármelo».
Los ojos se le llenaron de lágrimas por la tensión y el miedo.
—Ya ha pasado todo —murmuró Patricia.
Pero Carlotta tenía la impresión de que no era así. Le parecía, por el contrario, que a partir de ese episodio nada volvería a salir bien.