Capítulo 8
—¿Seguro que te encuentras mejor? —preguntó María con un deje de preocupación, mientras observaba cómo Carlotta se calzaba las botas de montar.
—Al menos te lo he dicho diez veces, María. Estoy perfectamente —respondió Carlotta, tratando de ocultar su irritación. Era evidente que nadie, aquella mañana, parecía creerla. La idea de tener que tranquilizar a todos la ponía nerviosa.
Annette, mientras tanto, no podía evitar seguir murmurando entre dientes.
Tras su repentino desmayo en Villa Quaglini, la madre de Patricia había insistido en llamar a un médico.
Este había atribuido el incidente al cansancio, agravado por el hecho de que Carlotta no había comido nada en todo el día.
Pero, una vez en casa, su madre y su hermana se alarmaron, y Carlotta fue recibida como una frágil convaleciente, cuidada y mimada como no lo había sido en años.
Al día siguiente, María no la dejó sola ni un momento, olvidando por completo la pequeña disputa de la tarde anterior.
La asistió en su habitación, se quedó sentada a su lado con mirada vigilante, lista para satisfacer cualquier petición.
Incluso Marianne había pasado a ver cómo estaba, y le acarició la frente con la mano fresca.
Pero esos cuidados pronto comenzaron a agobiarla.
Habían pasado dos días y se sentía muy bien.
Estaba deseando quedarse sola para poder pasear por el jardín de la villa en paz y gozar de esos pocos momentos de libertad que se le concedían.
Montar a caballo y luego encontrar tiempo para retomar el diario de Elena, tal vez terminar el cuadro del paisaje, intentar acabar también la carta para Franz, que yacía en el cajón.
—¿Y tú, estás segura de que no quieres venir? —le preguntó a María—. Pasarás otra tarde aquí, sola.
María bajó la mirada, sonrojándose ligeramente.
—Sabes que me encanta montar a caballo. Pero esta vez paso de ello.
—Sin embargo, no pareces muy disgustada —murmuró Carlotta, observando a su hermana con ojos inquisitivos—. Normalmente echas sapos y culebras cuando no te llevo conmigo.
María se sonrojó aún más, y apartó la mirada.
—¡Y qué puedo hacer si nunca me tienes en cuenta! Me estoy resignando —intentó esquivarla con una sonrisa, pero el rubor de sus mejillas la delató.
—¿Cómo piensas pasar la tarde, entonces? —insistió Carlotta.
María se volvió hacia la ventana y observó el jardín iluminado por la luz del sol que se filtraba entre las hojas.
—Daré un paseo por el jardín —respondió en voz baja—. Ya sabes lo mucho que me gusta este lugar.
—¿Sola?
—Todo lo sola que se puede estar en una villa llena de sirvientes —replicó María, levantando una ceja.
Carlotta suspiró, resignada. María también tenía sus secretos, y quizá no era justo pretender saberlo todo.
Siempre habían estado unidas, pero sus distintos caracteres las habían llevado a mantener una cierta distancia entre ellas, sobre todo cuando se trataba de cosas íntimas o cuando había que protegerse de noticias o situaciones en que podrían hacerse daño mutuamente.
La primera vez que le vino la menstruación, Carlotta corrió a contárselo a su madre y le pidió consejo, rogándole que no le dijera nada a María.
Se avergonzaba, se sentía diferente y distante de su hermana.
Un día, sin embargo, María le preguntó descaradamente si ya se había convertido en mujer y, cuando supo que durante meses su hermana había guardado ese secreto, le gritó que ella también haría lo mismo en todos los acontecimientos importantes de su vida.
Y, de hecho, había cumplido su palabra: Carlotta no sabía si María también se había convertido en mujer, a pesar de que le habían crecido los pechos y la piel se había vuelto más grasa.
Las cosas no dichas habían aumentado, pero todavía se buscaban, sobre todo cuando una necesitaba el apoyo de la otra.
En ese momento, Annette apareció en la puerta.
—Lady Carlotta, ha llegado el carruaje de lady Patricia. Pero si no os encontráis bien para ir… —comenzó a decir.
—¡Estoy bien! —la interrumpió Carlotta con un gesto decidido de la mano—. A ver si me crees de una vez. Iré a este paseo a caballo, ¡solo fue un desmayo tonto!
Annette asintió con una mueca poco convencida, mientras Carlotta besaba a María en la mejilla y se dirigía hacia las escaleras.
Bajó con paso seguro y subió al carruaje de Patricia.
Su amiga la recibió con una sonrisa de complicidad.
Llevaba un traje de amazona de dos piezas, de color marrón oscuro, similar al suyo, pero menos refinado.
Ambas llevaban en la mano el sombrero de copa, que se pondrían solo un momento antes de montar a caballo.
Carlotta había añadido al cuello una corbata negra, un toque atrevido que completaba su atuendo con una elegancia que solo ella poseía.
Le encantaba el traje de amazona, la sensación de libertad que le otorgaba. Quizá era lo que más le gustaba de montar a caballo; por lo demás, hubiera preferido continuar con su cuadro o ponerse a estudiar el catálogo de las obras de arte de la villa.
Patricia, por el contrario, se sentía incómoda, embutida en un atuendo que parecía a punto de explotar en cualquier momento.
—Odio vestirme así —refunfuñó—. ¡Hasta el último momento estuve esperando poder decir que estaba enferma!
—Una vez que hayas montado, te olvidarás de todo —la consoló Carlotta.
La Villa Balbianello del marqués Filippo Arconati Visconti, que había organizado aquella salida, se encontraba a pocos minutos en carruaje, por lo que Patricia y Carlotta intercambiaron pocas palabras, una rezongando por su falta de ganas de montar a caballo, la otra emocionada por la experiencia de cabalgar con vistas al lago, más por las vistas que por el corcel, naturalmente.
No vieron la villa porque el carruaje se dirigió, como estaba previsto, a las caballerizas. El mozo de cuadra estaba ensillando los caballos para las damas.
Carlotta se dispuso a bajar, ayudándose de Annette para ponerse el sombrero de copa, que con los alfileres que sujetaban el tul resultaba especialmente incómodo.
Patricia la siguió, mientras un criado le indicaba el camino para entrar en el majestuoso edificio de piedra que albergaba los caballos.
El mozo de cuadras estaba preparando los animales, colocándoles las sillas de montar.
Carlotta miró a su alrededor, y se preguntó qué cabía esperar de Villa Balbianello si ya en las caballerizas, a juzgar por los amplios ventanales de colores y los separadores decorados en hierro forjado, se respiraba tal magnificencia.
Se acercó a uno de los caballos para dejar que oliera su mano.
—Sois muy buena en eso —la felicitó el mozo de cuadra—, así confiará más en vos.
—Si bastara dejarse oler por los hombres para ganarse su confianza —refunfuñó Patricia, que se mantenía a cierta distancia de los boxes y permanecía en el pasillo central, desorientada.
Cuando Carlotta oyó la voz de Georg sintió un nudo en el estómago. Aún no había entrado en los establos y ya le causaba ese efecto.
—La próxima vez, no obstante, que sea sin damiselas —decía Georg, con su tono habitual de fanfarrón—. Me gustaría organizar una caza del zorro.
—Cuando queráis —respondió Filippo, divertido—. Puedo llevaros a lugares realmente interesantes.
—Lástima que no podamos hacerlo hoy —comentó Georg, con un ligero deje desafiante en la voz.
Francesco intervino en tono tranquilo.
—Pensaba que no era adecuado para princesas.
En ese momento, las damas hicieron su entrada. Patricia, que lo había escuchado todo, se adelantó a su saludo:
—No temáis, nunca me veréis correr detrás de un zorro, ni montada en un corcel salvaje, ni mucho menos con las manos desnudas. —Su risa cristalina se extendió por el aire y los dos hombres respondieron con un gesto divertido.
Carlotta siguió acariciando al caballo sin volverse.
La melena suave la relajaba y le daba un pretexto para no saludar la primera.
La observación de Georg sobre las damas como un impedimento para la caza la había molestado.
Sin embargo, no podía ignorar que la etiqueta las obligaba a montar a lo amazona, lo que limitaba su libertad de movimiento.
Un ruido de cascos la apartó de esos pensamientos: le bastó una mirada a la entrada del establo para ver a Friedrich, que siempre había amado los caballos y parecía perfectamente a gusto.
Carlotta sospechaba que eso le ocurría pocas veces, dado su completo desinterés por el género femenino y sus modales ingenuos.
—El conde Friedrich ha traído su corcel —dijo Filippo, guiñándole un ojo a Georg. Se volvieron para saludarlo y Carlotta dio un suspiro de alivio: no tenía que hablar con el duque.
Francesco, sobrino de los condes de Pavía, propietarios de la Villa Melzi, entró en la caballeriza, saludó a las damas con una reverencia y se dirigió inmediatamente al mozo de cuadra para elegir el caballo. No parecía especialmente entusiasmado por participar en la excursión.
Carlotta dejó que el mozo de cuadra la ayudara a montar, luego los criados tomaron su caballo y el de Patricia y los llevaron fuera.
—Tengo pánico a caerme —confesó Patricia en voz baja—. Mucho más que a cazar zorros.
Carlotta iba a responderle cuando el ruido de los cascos las distrajo.
Lady Miranda apareció a caballo, en perfecto equilibrio, con una chaqueta verde claro que resaltaba su tez luminosa, y un sombrero adornado con plumas que se balanceaban con cada movimiento.
Llevaba el pelo suelto, bajo el sombrero, lo que provocó inmediatamente una mirada de disgusto por parte de Patricia.
Miranda tiró de las riendas, deteniéndose con natural elegancia junto a los hombres, y con una sonrisa intrigante preguntó:
—¿He llegado tarde?