El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Entre los invitados también se encontraba Filippo, que esperó su turno para hablar con ella y, tras besarle la mano, le dijo que se alegraba de volver a verla tan pronto.

Carlotta le agradeció que no mencionara aquel paseo que dieron juntos, que sin duda habría sido motivo de chismes.

Su primo Friedrich, que no se habría perdido un evento mundano, ni siquiera un simple té entre amigas, la saludó con una breve reverencia y una sonrisa.

Carlotta se sintió aliviada de que estuviera allí: lo veía como un hermano, un rostro amigo en medio de tantos zorros.

Luego vio al conde Francesco di Villa Melzi, aquel cuyo nombre apenas recordaba. Se acercó a ella y le besó la mano con una sonrisa de alguien seguro de sí mismo.

—Lady Carlotta, es un placer volver a veros. Espero que hayáis disfrutado de mi obsequio floral.

—Mucho, gracias. Creo que mi madre está visitando a vuestros padres esta tarde —dijo educadamente, tratando de ocultar su incomodidad.

Francesco pareció iluminarse.

—Entonces… —se atrevió a decir, dejando la pregunta en el aire.

Carlotta se sonrojó ligeramente, captando la expectativa implícita.

—No, me habéis malinterpretado. Una visita de cortesía, naturalmente.

El marqués retrocedió, visiblemente decepcionado.

La verdad, clara e innegable, era que Carlotta se sentía extraña en medio de todo aquello. No sabía en quién confiar y detestaba esas hipócritas formalidades. ¿Cómo podría distinguir quién estaba realmente interesado en ella de quién solo buscaba una posición de prestigio en el imperio de su tío?

Patricia, mientras tanto, lanzó una mirada maliciosa a los demás invitados.

—El conde Francesco nos estaba hablando del próximo baile en su casa —explicó con tono de falsa inocencia—. Y nos preguntábamos si no sería divertido improvisar una cuadrilla.

Carlotta abrió los ojos de par en par.

—¿Aquí?

Patricia aplaudió, mientras la puerta se abría de nuevo y todos los invitados se volvieron.

Lady Miranda también había llegado. Llevaba un vestido gris perla, con un enorme lazo en el pecho que cubría, sin ocultar del todo, dos pechos pequeños y firmes.

Su mirada voló de un lado a otro de la sala, sin detenerse ante nadie en particular, pero dando a entender que conocía a todo el mundo.

Seguía llevando ese extraño peinado que terminaba en dos largas trenzas que le llegaban a ambos costados de la cadera.

En otra mujer habrían sido inapropiados y quizá pasados de moda, pero a ella le daban un toque exótico por el que era imposible no quedar cautivado.

Carlotta siguió la mirada de Francesco, que había quedado fascinado por aquella entrada, y se dio cuenta de que Filippo se mordía el labio inferior.

Miranda no solo era original, excéntrica y dotada de un erotismo fuera de lo común, sino que escapaba a cualquier definición, y no era por lo que decía o hacía: con su sola presencia llenaba la sala, rompía todos los equilibrios.

Carlotta nunca había conocido a una mujer así.

Probablemente tampoco los demás invitados.

—Disculpad la tardanza —dijo haciendo una reverencia—, me tenían retenida.

—Bienvenida, lady Grey —respondió Patricia—. Justo estábamos organizando el baile ahora mismo.

A Carlotta le pareció que incluso su amiga se sentía fascinada por la mujer, como si buscara su aprobación.

Miranda sonrió.

—Podría ser divertido… —dijo en un perfecto italiano, apenas matizado por el acento inglés.

Carlotta suspiró. No le gustaba montar una cuadrilla y menos aún sin música, pero no se atrevía a oponerse.

—¿Han llegado todos? —preguntó.

Se volvió hacia la puerta del salón de baile y Patricia interceptó su mirada.

—¿Estás esperando a alguien en particular?

Carlotta dudó. Quería saber si el duque de Sajonia había sido invitado y había decidido deliberadamente no asistir, o si Patricia ni siquiera lo había tenido en cuenta.

Pero no quería preguntarlo delante de los demás, así que sacudió la cabeza y se colocó en posición para la primera figura: pantalon .

La cuadrilla comenzó entre risas y ligeros tropiezos, y enseguida quedó claro para todos que la verdadera reina del baile era Miranda.

Se movía con una gracia totalmente natural, e incluso su sonrisa parecía ser parte del baile, captando la atención de los hombres.

El vestido seguía sus movimientos, sus brazos delgados eran también ágiles, parecía que hubiera nacido para cautivar.

Durante una pausa, Carlotta se acercó a ella.

—Sois una bailarina magnífica —la felicitó.

Miranda le sonrió, llevándose a los labios un vaso de limonada.

—Me gusta bailar —admitió.

Aunque era muy diferente a ella, Carlotta sintió de repente una sensación de cercanía, casi de confianza hacia aquella mujer que parecía tan desprovista de hipocresía.

Se dijo que podría orientar sus elecciones, ayudarla a entender quién era sincero y quién no.

Ella también había debutado, así que podrían confiarse sus respectivos pretendientes, y su astucia quizá la mantendría alejada de los desengaños.

Deseaba dejar de ser tan ingenua. Dudó, luego se puso seria y le preguntó:

—¿Y ya habéis encontrado a alguien en particular con quien hacerlo?

Miranda se puso seria por un instante, mientras la sonrisa se desvanecía de su rostro.

—Todavía no. Creo que no es fácil, para una dama, con estos métodos de cortejo, darse cuenta de quién tiene delante.

Carlotta asintió, sintiendo que se reforzaba la afinidad con esa mujer.

Ella también deseaba algo más auténtico, un amor que no fuera solo un juego de máscaras y conveniencias.

—Para ser inglesa, habláis un italiano impecable, Miranda.

Miranda le dio las gracias.

—Lo estudié durante muchos años en la escuela —susurró.

Carlotta la admiró aún más por ello. Tomar clases en casa, con una institutriz, no era tan aventurero como estudiar en una escuela femenina de verdad. Estuvo tentada de preguntarle cómo era la vida en Londres, pero contuvo su curiosidad.

Cuando los demás quisieron volver a bailar, Carlotta se apartó, quejándose de un ligero dolor en los pies.

Se retiró a un lado, cerca de la ventana, y dejó que su mirada se perdiese más allá del cristal, sobre el lago que reflejaba los colores del atardecer.

Quedó cautivada ante aquel espectáculo y pensó que su madre lo estaría contemplando junto a otro hombre, mientras su padre estaba solo, en Berlín, luchando contra las revueltas junto a su tío.

Se dijo que la familia y el matrimonio no siempre eran garantía de felicidad, sino que, al contrario, a menudo era precisamente allí donde se escondía el núcleo de la más dolorosa injusticia.

Se volvió hacia el salón de baile. La chimenea estaba encendida y el fuego crepitaba detrás de los invitados.

Los invitados se movían al ritmo de la música, riendo, intercambiando miradas cómplices.

Patricia y Filippo estaban perfectamente coordinados.

Él estaba arrimado a ella, con la intención de anular la distancia que había entre ellos; pero ella no parecía darse cuenta, ni importarle.

Miranda giraba con elegancia el rostro radiante, como si cada movimiento le perteneciera.

Friedrich estaba perfectamente a gusto, su risa aguda llenaba la habitación.

Esa danza, ese ambiente, esas miradas… Carlotta se dijo que todo parecía pertenecer a otra persona. Ella era una extraña en una escena perfecta, una figura distante, un cuadro de colores desvaídos en el margen de un lienzo.

Bajó la mirada hasta cerrar los ojos, y una visión curiosa le pasó por la mente, una fantasía que parecía resonar directamente desde lo más profundo de su alma.

Se imaginó a orillas del lago, envuelta en la luz plateada de la luna, el viento despeinándole el cabello, el aroma del agua llenándole los pulmones.

De repente, un delfín aparecía entre las olas y, con su hocico orgulloso y sus ojos inteligentes y vivos, le ofrecía su lomo.

Carlotta se veía a sí misma subiendo a ese lomo liso, mientras el delfín se lanzaba hacia el lago, alejándola de tierra firme, de las convenciones, de los muros de oro que parecían aprisionarla.

Las olas la mecían, le salpicaban el rostro con fresca libertad, mientras la llevaban cada vez más lejos.

El corazón le latía con fuerza, envuelta en una sensación que nunca había experimentado, una mezcla de aventura y alivio, como si por fin pudiera dejar atrás todo lo que la oprimía.

No había espectadores, no había ojos que la juzgaran, no había una imagen que mantener.

Solo estaban ella, el delfín y el lago de Como. Un delfín en el lago.

Carlotta volvió a abrir los ojos y el sueño se desvaneció.

Volvió a mirar la sala, las risas que resonaban como ecos lejanos, sin ningún significado.

Hubiera querido que aquel delfín apareciera de verdad para llevársela lejos, lejos de todo.

Se sorprendió mirando fijamente su propio reflejo en la ventana, observando a la mujer que aparecía a medio camino entre la realidad y el sueño.

Si tan solo pudiera ser libre, pensó, apretando las manos para retener aquella imagen de salvación.

—Lady Carlotta, ¿os sentís a gusto en la villa? —la interrumpió Francesco, con una sonrisa afable.

¿Cuándo habían dejado de bailar?

—Sí, aunque no duermo mucho —respondió educadamente.

—¡Claro! —intervino Patricia, que no perdía ocasión para llamar la atención—. Aquí, en el lago, parece imposible estar tranquilo.

—¿Por qué? —preguntó Filippo.

Patricia adoptó un aire misterioso.

—He oído lo que dicen los lugareños, a través de mi doncella personal —explicó—. Y, no sé si lo sabéis, señores, pero estos pueblecitos están llenos de espíritus.

Por fin un tema que merecía la pena discutir.

Patricia acaparó en un instante toda la atención de sus invitados, Carlotta la primera.

—Me han contado que una pobre muchacha llamada Ghita fue asesinada por un malhechor cuando regresaba sola a su casa. Parece que su espíritu aún vaga por la noche: más de uno lo ha visto.

—Creo, con toda franqueza, que solo son rumores —sugirió Miranda con cierto escepticismo.

—¿No creéis en los espíritus?

—Creo que hay que temer más a los chismes de la corte.

—Entonces, desde vuestro punto de vista, ¿son solo tonterías? —insistió Patricia.

Miranda la observaba divertida, sin temer ser poco oportuna en casa de su anfitriona.

Carlotta tuvo un sudor frío. Estaba anocheciendo y se acordó de su espíritu, que la esperaba en la villa. Le hubiera gustado tomar un poco más de limonada, pero se dio cuenta de que le daba vueltas la cabeza y decidió no levantarse.

—Señoras —dijo entonces Francesco—, no quisiera asustaros, pero, como sabéis, yo vivo al otro lado del lago y no puedo sino confirmar los rumores que circulan y lo extraño de estas presencias.

No solo doncellas, sino también príncipes que velan estos lugares.

El príncipe de Gales, por ejemplo, solía salir en barco con su amante, y una noche no regresaron.

—¿Qué pasó? —preguntó Filippo. Estaba de pie junto a Patricia y tenía la mano apoyada en el brazo de la silla, de modo que el brazo le rozaba el pecho. Y ella, ¿se había dado cuenta y fingía que era un contacto casual? ¿O estaba demasiado absorta en la conversación como para percatarse?

Carlotta se aferró al brazo del sillón. Nadie pareció darse cuenta de su malestar, absortos como estaban en escuchar las historias.

—Hallaron el barco unos días después, pero no había ni rastro de los amantes. Sin embargo, todavía se oyen los gemidos de un hombre y una mujer en el lago…

—Debió de ser horrible acabar así —comentó Friedrich.

—Qué espíritus ni qué niño muerto —añadió Miranda.

Carlotta parpadeó. Se dio cuenta de que no había comido nada desde por la mañana, y, de repente, le faltó el aire. Intentó hablar, pero no pudo emitir ningún sonido.

—Eso no es todo —decía Patricia—. Parece ser que aquí, en el lago, hay una bruja que es capaz de evocar a estos seres…

—Por favor —murmuró Carlotta, pero lo dijo tan bajo que nadie la oyó. Algunos puntos luminosos comenzaron a impedirle ver y sus oídos empezaron a silbar. Sus compañeros de baile se alejaban cada vez más, sus voces se confundían. Solo percibía el eco lejano de una niña que llamaba a su madre.

—Lady Carlotta —oyó que la llamaban—. ¡Carlotta!

Entonces, a su alrededor, la habitación se volvió negra.