El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Carlotta y María regresaron a la villa con el rostro enrojecido por el sol y jadeando por la caminata, y evitaron el comedor, donde sabían que la abuela estaba ocupada en entretener a su invitada.

Carlotta le había contado a María acerca del amante que tenía Marianne, y la reacción de su hermana había sido más comedida de lo esperado.

En solo unos días en Italia parecía haberse vuelto más adulta, más astuta.

Carlotta se sintió aliviada, pero también más sola.

Antes de ir a almorzar, Annette le recordó a Carlotta que, por la tarde, lady Patricia la esperaba en Villa Quaglini.

Carlotta levantó los ojos al cielo: la invitación de Patricia había sido insistente, casi imperiosa, y Carlotta no se había atrevido a rechazarla.

Sin embargo, su mayor deseo era quedarse tranquila en la villa y buscar un momento de soledad para seguir leyendo el diario de Elena.

Hacerlo durante el día, además, no era seguro: había que esperar a que anocheciera para salir de la habitación y llegar hasta el cuadro de Hayez, pero abandonar su dormitorio de noche la inquietaba, así que, por una u otra razón, aún no había encontrado la ocasión.

—¿Puedo acompañarte? —preguntó María, con los ojos llenos de esperanza.

Pero Carlotta no la quería ni siquiera en esa ocasión. Puesto que tenía que visitar a su amiga, quería confiarse solo a ella y hablar de lo que había pasado la noche anterior y, sobre todo, de Georg.

—No es el momento, otra vez será —dijo Carlotta, tajante.

El rostro de María se ensombreció y, sin añadir una palabra, se dio la vuelta y desapareció hacia el fondo del pasillo.

—Siempre se hace lo que tú quieres —gritó antes de encerrarse en su habitación—. ¡Te odio!

Carlotta suspiró, viendo cómo su hermana desaparecía.

Annette esbozó una sonrisa para consolarla.

—Se le pasará, lady Carlotta. Siempre se pasa, al final.

—Tiene la costumbre de exagerar con el tono. Pero sé que no me odia.

—Por supuesto que no, princesa.

Carlotta se quedó de pie frente al tocador, observando a la doncella que con hábiles gestos le desabrochaba el vestido de la mañana, dejándola con el miriñaque y el corpiño.

Respiró profundamente, aliviada, mientras Annette guardaba con cuidado el vestido del desayuno y cogía el de la tarde, más suave y largo, para que le cubriera la punta de las botas.

—¿Puedes aflojarme el corsé? —preguntó Carlotta en un susurro.

A través del espejo, Annette le lanzó una mirada que ocultaba un velo de compasión.

Por primera vez, Carlotta notó la dulzura en sus ojos y sintió una extraña gratitud.

Las ballenas del corsé eran un tormento, parecían encerrarla en una jaula de la que cada noche, cuando por fin se desnudaba, solo deseaba escapar.

—Como queráis, lady Carlotta.

Annette le aflojó el corsé y Carlotta se sintió revivir. Claro, Patricia se daría cuenta de que su silueta no era perfecta, pero ¿realmente era tan importante? Para su amiga, sin duda, tan atenta a la moda y a sus dictados. Pero ¿para ella?

Una vez que se puso el vestido rosa pálido de mangas amplias y luminosas, Carlotta buscó su sombrero favorito: un poke bonnet de terciopelo blanco que se ató bien apretado bajo el mentón.

Se arrepintió de no habérselo puesto aquella mañana delante de Georg: habría sido un refugio discreto de sus miradas.

—¿Deseáis comer algo antes de ir a ver a Patricia? —preguntó Annette.

—Prefiero que no, gracias. Ya me siento bastante prieta así, y estoy segura de que Patty habrá preparado un bufé.

Annette asintió y añadió:

—El carruaje está listo, lady Carlotta. Voy a ver si vuestra hermana necesita algo y bajo enseguida.

Carlotta la miró con expresión suplicante.

—Por favor, Annette, intenta hacerla entrar en razón. No quiero que María se enfade conmigo por una tontería.

Annette le sonrió y se alejó por el pasillo.

Carlotta dio unos pasos hacia la salida, pero se detuvo junto a la puerta entreabierta del comedor, de donde provenían unas voces.

La bruja Blanca aún no se había marchado.

Carlotta oyó que decía algo en voz baja y sintió que el corazón se le aceleraba. Acercó el oído al quicio de la puerta.

—Hay una manera de hacer aparecer a esa criatura…: encender una llama… y recitar estas palabras…

La voz de la mujer se volvió más ronca, un silbido inquietante que hizo estremecer a Carlotta.

Intentó acercarse aún más a la puerta, mientras contenía la respiración.

—Cae al fondo… —murmuraba la bruja, con palabras cargadas de un enigmático y amenazador significado.

Carlotta espió por las rendijas de las puertas y vislumbró la silueta de la anciana, envuelta en un manto blanco, con sus manos nudosas moviéndose en gestos envolventes.

Esos dedos esqueléticos se cruzaban y se deslizaban unos sobre otros, en una danza macabra y, por un instante, tuvo la impresión de que la bruja estaba urdiendo un hechizo.

—¡Carlotta! —una voz a sus espaldas la sacudió. Se volvió de golpe y vio a Marianne, que la miraba con una pizca de diversión.

—¡Me has asustado! —exclamó Carlotta, sintiéndose pillada in fraganti.

—Espero que no estés espiando.

Carlotta intentó disimular su vergüenza.

—No sabía si entrar o seguir adelante —respondió, aunque sabía que a su madre no le había convencido su justificación.

—Sé que vas a ver a lady Patricia. Saluda a su madre de mi parte y dile que iré a visitarla pronto —dijo Marianne, desviando la mirada.

Carlotta hubiera querido que su madre le hubiera preguntado algo, cualquier cosa, acerca de cómo estaba resultando su estancia en la villa. También hubiera querido hablarle de lo que había visto la mañana anterior. O que fuera ella misma quien se lo contara.

Pregúntame si soy feliz, si echo de menos Berlín, si estoy bien.

Pero Marianne se limitó a mirarla con ojos críticos.

—Estás perfecta con ese vestido. Quién sabe cuántas propuestas de matrimonio recibirás.

—Madre… —comenzó Carlotta, pero Marianne no la dejó terminar.

—Mi carruaje también está esperando —dijo—, Johannes y yo nos vamos a Villa Melzi, no estaremos para la cena.

—¿Johannes en calidad de? —preguntó Carlotta.

Su madre suspiró aliviada.

—Ya lo sabes. Por fin. Estaba deseando poder gritarlo al mundo. Estoy enamorada, Carlotta. Feliz. ¿Puedes creértelo?

—Lo creo. Nunca lo he dudado.

¿Cómo podía ser tan egoísta?

Marianne fingió acariciarle la mejilla, pero su mano solo acarició el aire. Carlotta sintió cómo se helaba por dentro.

Yo, en cambio, no soy feliz, mamá. Tengo miedo. Me siento sola. ¿Puedes tranquilizarme?

Pero se tragó todas las palabras que quería decir.

—Me voy. Me alegro de que al menos una de nosotras sea feliz aquí —dijo, despidiéndose.

Se alejó hacia la salida, seguida por una jadeante Annette.

Antes de marcharse, Carlotta echó un último vistazo a la ventana de la habitación de María y vio el rostro pálido de su hermana, que la observaba desde arriba.

Giovanni, el jardinero, arreglaba los setos alrededor de la fuente.

—Quizá podría dar un paseo por el jardín… —murmuró Carlotta, apenada por María.

—Ya verás que más tarde bajará y esta noche lo habrá olvidado todo —la consoló Annette, a quien no se le escapaba nada. Carlotta asintió, poco convencida.

Durante el trayecto hacia Villa Quaglini volvió a pensar en las palabras de la bruja.

Evocar a una criatura, encender una llama…

¿Era cierto lo que había oído? Todo le parecía tan misterioso y teñido de absurdo.

¿Había soñado las dos veces que había visto a la niña?

¿Era solo una sugestión relacionada con el cansancio o el miedo?

No quería creer en fantasmas. Pero, después de todo, había leído en muchos libros que las antiguas villas italianas estaban infestadas de ellos.

Supersticiones, sin duda. Sin embargo, estaba segura: había un secreto en la villa. Y ahora quería descubrir cuál era.

Si Carlotta hubiera podido llevar ropa cómoda, llegar a Villa Quaglini solo le habría supuesto diez minutos a pie, a través del jardín.

Pero los tacones, el corsé y los amplios volantes del vestido la obligaban a desplazarse en carruaje.

El cochero la condujo por la avenida siempre verde de mirtos, naranjos, limoneros y cedros.

Subió por una breve cuesta, tan pendiente que, al mirar hacia fuera, a Carlotta le pareció que estaba suspendida sobre el lago. Luego los caballos se detuvieron.

Carlotta observó que Villa Quaglini, aunque menos majestuosa que su residencia, tenía un encanto discreto y recogido, con aquel jardín que se elevaba en suaves terrazas hacia la entrada principal.

Fue recibida por un mayordomo engreído que la condujo al salón de baile, una muestra de que Patricia no estaba sola.

Carlotta frunció el ceño: no la habían avisado de que habría otros invitados.

Ahora tendría que enfrentarse al pequeño círculo de nobles que su amiga había convocado, y no tenía ganas.

Se preguntaba si también aparecería Georg, con su sonrisa arrogante.

—Amiga mía —exclamó Patricia, acercándose con paso decidido—. ¡No he podido resistirme! Cuando les dije que venías, todos cancelaron sus compromisos para poder asistir.

Carlotta contuvo un suspiro.

—Podrías haberme avisado —musitó.

Entre saludos formales y miradas cómplices, Carlotta se sintió atrapada en un ritual social que no le gustaba nada.

Esperaba una tarde de confidencias y, en cambio, se encontró siendo el centro de atención, observada como un precioso trofeo que exhibir.

De inmediato tuvo los ojos de todos puestos en ella.

A pesar de que el régimen austriaco estaba recibiendo fuertes sacudidas por parte de los disidentes, ella seguía siendo la princesa más codiciada.

Miró a su alrededor: Georg no estaba ahí.