Capítulo 6 #2
Cuando terminaron de desayunar Carlotta le dijo a Annette que quería ir a dar un paseo por el lago con su hermana.
—Pero quiero cambiarme —protestó María, a quien le encantaba arreglarse incluso para pasear por el jardín, y aún más para ir al lago.
Carlotta resopló y le dijo que la esperaría en el pasillo, frente al ventanal principal de la villa, desde donde podía contemplarse la vista espléndida del lago y del entorno.
Colocó allí su caballete y eligió mezclar dos azules diferentes.
Quería pintar un paisaje, aprovechando esa maravillosa luz.
El pincel seguía deslizándose entre los dedos y, cuando por fin consiguió acercarse al lienzo, no le gustó la mancha azul que había hecho. Demasiado clara: el lago tenía una impronta decididamente más oscura.
Fue entonces cuando oyó unos pasos rápidos que cruzaban el pasillo. No podía ser el mayordomo, que siempre se movía con mucha cautela, hasta tal punto que a menudo Carlotta se lo encontraba ante ella sin haberse dado cuenta de que había llegado.
Se asomó para mirar, esperando que no fuera Johannes y, para su gran sorpresa, vio a un hombre elegantemente vestido, que sostenía algo voluminoso y que ni siquiera se dirigió hacia el salón. Parecía saber adónde ir.
Carlotta se levantó de un salto y se dispuso a alcanzarlo. Estaba a punto de subir al primer piso sin que ningún sirviente lo precediese. Era inaceptable. Pensó en el carillón, en el hecho de que la gente pudiera entrar y salir de la villa como quisiera.
Tenía que hablar con los sirvientes sin falta.
—¡Disculpad! —dijo.
El hombre se detuvo.
—No habéis sido anunciado, ¿adónde vais?
Él se volvió para mirarla y ella se sintió atravesada por esa mirada gélida.
Lo reconoció de inmediato: era Georg, duque de Sajonia.
Verlo allí, en su villa, aquella mañana, casi la hizo tambalearse.
Se dio cuenta de que no llevaba nada en la cabeza y sintió una extraña y novedosa sensación: se sintió menos guapa de lo que le hubiera gustado.
—Buenos días, lady Carlotta. Iba a ver a su madre, lady Marianne.
Carlotta frunció el ceño.
—¿A sus aposentos? Normalmente recibimos a los invitados en el salón.
Georg parecía seguro de lo que decía. Dejó por un momento el paquete que llevaba consigo y Carlotta pensó que debía de ser un regalo. ¿Iba a pedir permiso a lady Marianne para cortejarla? Aunque no quería, sintió que empezaba a ponerse nerviosa.
—Eso… ¿es un cuadro? —se atrevió a preguntar, y sintió que se le encendían las mejillas.
Georg la miró a los ojos, sorprendido por la pregunta.
—Es un asunto privado entre la duquesa y yo —respondió fríamente.
Esa respuesta sonó como una bofetada en la cara de Carlotta, que se había ruborizado. ¿Cómo había podido pensar que ese pomposo conde estaba allí para cortejarla?
Apretó los puños, y se tragó la decepción.
—Deberíais haber esperado al mayordomo. ¿Cómo habéis entrado esquivando a los sirvientes?
Se dio cuenta de que había utilizado un tono cortante y, para su gran perplejidad se percató de que Georg sonreía, como si quisiera burlarse de ella.
—Lo siento, debo haberos distraído de vuestro cuadro —bromeó.
Carlotta volvió a mirar la horrible mancha azul que había dejado en el lienzo.
—Veo que no os falta el humor esta mañana —respondió, molesta y aún llena de decepción—. No sé si vos también pintáis, pero esto es un típico… paisaje lacustre.
—No lo dudo —respondió Georg—. Se ven miles en la orilla, donde hay muchos pintores.
Carlotta encajó el golpe. ¿Le estaba diciendo que no tenía talento, que era una cualquiera, o era ella la que tenía que convencerse de sus propias habilidades?
Detrás de ellos apareció el mayordomo.
—Oh, ya habéis entrado. Lady Marianne me ha dicho que acaba de despertarse y que me dejéis el encargo a mí —dijo de sopetón, dirigiéndose a Georg.
El duque le dio las gracias y dejó el paquete en las escaleras.
—Bien, ya he cumplido con mi deber. Ya me puedo ir —comentó, sin borrar de su rostro esa sonrisa que Carlotta detestaba.
Annette se acercó a ellos y les dijo que María aún no estaba lista.
—La esperaremos en el jardín, así acompañaré al duque a la salida —dijo Carlotta.
Ahora se sentía incómoda y quería que se marchara de la villa lo antes posible. Se sentía humillada y, además, se moría de ganas de saber qué había detrás de la tela que protegía el paquete.
—Gracias, lady Carlotta, pero no os molestéis, conozco la salida —respondió él.
—¡Ah! —dijo Carlotta—. He visto que os movéis por la villa como si fuera vuestra casa.
—Después de vos —le interrumpió Georg.
Se dirigieron juntos hacia la salida. Bajaron la escalera en absoluto silencio y Carlotta esperó que sus mejillas hubieran recuperado un color normal.
—Tengo la sospecha de que ha traído un cuadro. ¿Entonces también es un apasionado del arte? —se le escapó.
Georg negó con la cabeza, turbado, quizá pensando que ella había preguntado algo ofensivo.
—En absoluto, al contrario, estoy intentando deshacerme de algunos trastos —le aclaró.
—¿Basura? —protestó Carlotta, escandalizada—. ¡No lo diréis en serio! ¿Acabáis de llamar basura al cuadro que queréis venderle a mi madre?
—Ni siquiera sabéis de qué se trata.
Carlotta se sintió nuevamente herida. Le molestaba que Georg y su madre hubieran hablado de algo que ella no conocía.
Ni siquiera sabía por qué, no lo entendía, pero no pudo evitar sentir envidia.
¿De qué, entonces? Cuando llegaron a la entrada, frente a la fuente, Carlotta vio el carruaje de Georg y al cochero que lo estaba esperando.
Percibió que él se fijó en la escultura que presidía el jardín italiano.
—¿Al menos esto os gusta? —preguntó.
—No especialmente. ¿Y a vos?
—La verdad es que ni siquiera entiendo qué representa este… niño desnudo.
Se arrepintió inmediatamente de sus palabras, porque vio que él se esforzaba para no reírse. Estaba diciendo demasiadas tonterías esa mañana, y la culpa era solo de su estupidez.
—¿No erais una experta en arte?
Carlotta encajó el golpe.
—Nunca he dicho eso. Y, al menos en lo que respecta a esta escultura, reconozco mi ignorancia.
—Se trata del mito de Arión —explicó él, con un tono de repente más dulce.
—¿Me lo explicáis?
—Esta villa está llena de leyendas —dijo Georg, y sus ojos verdes parecieron iluminarse—. Es como si los antiguos propietarios hubieran querido condensar en un solo lugar las maravillas que encontraban en el mundo.
—¿Los Valsecchi? —preguntó ella.
—¡No! —respondió Georg, escandalizado—. Los Sommariva. El conde era un gran conocedor del arte, como habréis notado. Los Valsecchi son solo… inquilinos, que ocuparon la villa durante un breve periodo de tiempo.
—Exacto —comentó ella, maldiciéndose por su falta de atención.
Luego miró la fuente, fascinada.
—Eso no es un niño —continuó Georg, ajustándose el sombrero.
—Entonces, ¿qué es? —preguntó Carlotta, sin preocuparse ya por parecer poco culta. Era evidente que él no quería cortejarla.
—Es una imagen votiva, un monumento para dar gracias a los dioses.
Carlotta observó los labios de Georg mientras hablaba.
—Lo que veis esculpido es Arión de Metimna, un cantante que vino a Italia para admirar sus bellezas, pero, cuando intentó regresar a Corinto, fue despojado y arrojado al mar por los marineros. Lo salvó un delfín, al que le dedicó una escultura como esta.
—Parece un dragón muy pequeño, no un delfín —observó ella. Luego añadió—: Debe de ser emocionante que te salve un delfín.
—Quizá sea emocionante ser salvado por alguien, en cualquier caso.
Él le sonrió. Su rostro se sonrojó de nuevo. ¿La estaba halagando? ¿O solo era amabilidad?
—No tengo ni idea de lo que se siente —respondió ella, avergonzada—. No creo que nadie me haya salvado nunca.
Notaba que cada vez tenía más calor.
—A mí tampoco, la verdad —soltó él.
Sorprendida por aquella confesión inesperada, Carlotta comentó:
—Para ser alguien que no ama el arte, sabéis mucho.
Georg la miró de frente, de nuevo como si ella lo hubiera ofendido.
—Adiós, lady Carlotta. Que tengáis un buen día.
—Igualmente —susurró ella, decepcionada.
Carlotta vio cómo se alejaba, y pensó que era la persona más extraña e irritante que había conocido jamás. Se quedó parada, oliendo el aire, como para adivinar cuál de los muchos perfumes que percibía era el suyo.
Mientras tanto, María la había alcanzado.
—¿Quién es ese hombre portentoso? —preguntó señalando al duque, que estaba doblando la esquina hacia la avenida arbolada.
—Creo… que lo he molestado… —murmuró Carlotta, casi para sí misma.
Siguió mirando fijamente el punto donde había desaparecido de su vista.
—¡Carlotta! —la sacudió María—. ¿A quién has molestado? ¿Qué ha pasado?
—¿Sabías que detrás de esta fuente se esconde una hermosa leyenda? —dijo ella sin responder.
María asintió con la cabeza para hacerle entender que ya lo sabía todo, lo cual no era cierto. Su hermana, como de costumbre, no tenía ganas de perder el tiempo en charlas sobre arte.
—¿Nos vamos? —preguntó, dando una vuelta para lucir el vestido que había elegido.
Jazmín, se dijo Carlotta. Georg olía a jazmín.
—Oh, pero ¿qué me pasa? —exclamó en voz alta, tratando de sacarse de la cabeza ese último pensamiento y el perfume que no quería abandonar sus fosas nasales.
—El sol de Italia no te sienta bien —se burló María.
Carlotta la ignoró. Le molestaba la actitud de Georg, pero de alguna manera sentía que la cabeza le daba vueltas agradablemente, como después de oler incienso o de beber vino. No podía entender esa sensación, ni el corazón que latía acelerado.
Justo cuando estaban a punto de salir por la verja principal, un carruaje se detuvo junto a ellas.
Se corrió la cortina y apareció el rostro de la dama blanca, que ya no llevaba la peluca, sino un sombrero color crema igualmente llamativo.
Sus ojos azules se posaron en lady Carlotta, para escudriñar lo que sabía.
El cochero le abrió la puerta, ella bajó, mientras el mayordomo iba a su encuentro.
—¿Qué hace aquí? —susurró Carlotta.
—Parece que es amiga de la abuela, la ayudó a encontrar esta villa para mamá.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó a María.
Su hermana se puso en marcha, mientras la dama avanzaba hacia su casa, sin volverse hacia ellas.
—La abuela me ha contado que vive sola, en una gran villa en Griante. Dice que conoce todas las leyendas de estos lugares y que la llaman la bruja Blanca, porque siempre viste de blanco y a veces…
La hermana se interrumpió.
—¿A veces qué? —la incitó Carlotta.
María palideció.
—Percibe presencias, habla con los muertos —susurró entonces ella.
Carlotta se estremeció.
—No la perdamos de vista —respondió, tratando de disimular su inquietud—. A saber qué quiere de la abuela.
Ambas se volvieron para contemplar la villa, justo a tiempo para ver cómo entraba en ella la bruja Blanca.