El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Carlotta se quedó dormida enseguida, algo que no le ocurría desde hacía tiempo.

Había sido un día intenso, entre las flores de los pretendientes, el cuaderno con la cita de Romeo y Julieta , el paseo con Filippo, que había resultado muy decepcionante.

Todo eso la había agotado. Había intentado hacer un bosquejo de la villa, pero se había quedado dormida frente al escritorio.

Y sucedió algo impensable: el recuerdo de su querido maestro de pintura, después de solo unos días, le parecía ya lejano.

Cuando volvió a abrir los ojos, tardó un momento en recordar que ya no estaba en Potsdam, sino en Italia. Era noche cerrada, la villa estaba sumida en la oscuridad, bajo un cielo colmado de nubes que no dejaba ver la luna.

Carlotta se dio la vuelta, volvió a cerrar los ojos, intentando recuperar el torpor que la había adormecido.

Oyó un crujido. Le pareció que provenía de la habitación contigua, debía de ser María, que se había levantado por alguna razón.

Intentó quitarle importancia. El ruido se hizo más cercano.

Carlotta se cubrió la cabeza con la sábana.

Permaneció a la escucha, esperando que fuera realmente su hermana la que estaba haciendo ruido en su habitación.

Otro ruido, esta vez más parecido a un silbido. Carlotta estrechó aún más las sábanas sobre su cabeza. No lograba sacarse de la mente lo que le había dicho la dama blanca, la amiga de su abuela: espíritus. Había espíritus en la villa.

Intentó racionalizar. Solo era cháchara de una anciana aburrida. Entonces la oyó: era una voz suave, parecía que cantaba. A pesar de que la puerta de su habitación estaba cerrada, Carlotta no se sentía segura. Se incorporó y encendió la lámpara de aceite.

De repente, todo volvió a quedar en silencio.

Sin embargo, no se lo había inventado. Miró hacia el tocador y le pareció ver un destello en el espejo.

—¿Quién eres? —murmuró Carlotta, sintiendo cómo se le erizaba el vello de los brazos. Si realmente había un fantasma en la villa tenía que descubrirlo. Quizá así convencería a todos para volver a Prusia.

—Mamá —oyó. De nuevo esa voz, llorosa y débil.

¿Era realmente un fantasma? Aunque se muriera de miedo, tenía que averiguarlo.

Salió de la habitación. Al final del pasillo, donde antes estaba el piso de los sirvientes, ahora en desuso, vio la misma silueta blanca que había visto antes, pero fue solo un instante. Le pareció que se desvanecía en cuanto posó los ojos en ella.

—Mamá —dijo la voz, esta vez más lejana.

Carlotta se apresuró a volver a su habitación, miró por la ventana y vio un punto blanco que se perdía hacia la orilla opuesta del lago.

«Estoy soñando —se dijo—. No hay ningún fantasma. Solo estoy sugestionada». Le resultó casi imposible volver a conciliar el sueño.

Durante toda la noche, cada crujido la hacía sobresaltarse. Era el amanecer cuando, reconfortada por la luz que iluminaba la habitación, decidió aventurarse de nuevo hacia el pasillo para ver con claridad.

«Ya basta de tener miedo a nada», dijo para sí, contrariada. Se puso la bata y salió. Cuando se disponía a subir las escaleras del piso que en otro tiempo había pertenecido al servicio, oyó reír a su madre.

Alguien le hizo eco. Se detuvo frente a la puerta de la habitación de Marianne, intrigada.

Giró lentamente la manija, conteniendo la respiración.

Lo primero que vio Carlotta fueron dos nalgas blancas y firmes que se movían rítmicamente.

Se quedó paralizada mirando la escena, sin poder conectar con su mente ni moverse.

Marianne estaba debajo de un hombre, con la cabeza abandonada sobre la almohada en una mueca de placer, las manos en las caderas de aquel adonis que la penetraba con fervor.

—Estás cada vez más guapa, mi dulce Marianne —le dijo.

Reconoció inmediatamente la voz. ¿Cómo iba a olvidarla?

Era Johannes, su cochero. Mientras se apresuraba a cerrar la puerta, recordó todas las veces que la había cogido en brazos para subirla al carruaje, su amabilidad al tenderle la mano a su madre y ayudarla a bajar o a montar en el caballo.

Marianne siempre había tenido un cariño especial por Johannes.

Carlotta debería haberlo entendido. Sentía cómo le ardía la garganta y, por un momento, creyó que iba a devolver.

Intentó contenerse. ¿Así que por eso se habían ido?

¿Un amante? Y además un criado. No era la primera vez que Carlotta oía ese tipo de cosas, era habitual que ricas condesas aburridas se entretuvieran con los criados.

Pero ninguna, que ella supiera, soñaba con poner fin a su matrimonio por culpa de su lujuria.

Y mucho menos alguien que pertenecía a la familia real.

¿Qué dirían en la corte si se enteraran?

Carlotta apretó los bordes de la sábana.

Pero claro: ya lo sabían. La calumnia era realmente el rumor del que se hablaba y, en ese caso, no se trataba de mentiras inventadas: los chismes eran ciertos.

Intentó olvidar ese abrazo, que ya se había clavado en su mente.

Era como si esos pocos segundos se repitieran continuamente en su cabeza: los brazos de él apoyados en el colchón, tensos para concentrar todo el esfuerzo en el movimiento de la pelvis, los pechos de su madre se balanceaban, su expresión era de puro placer.

Nunca había visto una cópula, y que se tratara precisamente de su madre le provocaba malestar, un disgusto tremendo.

Se sentía confusa y, al mismo tiempo, percibía un extraño dolor en el vientre.

Estaba conmocionada por lo que había visto, pero lo que más le había sorprendido era la indiferencia de su madre, que ni siquiera había tenido la precaución de cerrar la puerta con llave. ¿De verdad quería que toda la corte hablara mal de ella y de su nuevo amante?

No se lo permitiría. Le haría entender que estaba equivocada, que no daba buen ejemplo a sus hijas y que por eso no podía exigirle obediencia absoluta: lucharía en nombre de esa libertad que la propia Marianne le había enseñado.

Echaba de menos a su madre. Por eso no podía perdonarla.

Volvió a meter la cabeza bajo la sábana, se obligó a respirar lentamente y a intentar descansar.

Annette abrió las cortinas cuando ella ya estaba despierta y a la espera de que la ayudara a ponerse su vestido de la mañana, una túnica de seda color azul claro.

Se dispuso a bajar las escaleras para dirigirse al comedor.

Primero oyó las risas, luego la vio. María estaba en la sala de los tapices y se reía sola, mientras sostenía una revista entre las manos.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó, irritada.

La noche anterior la había vuelto más susceptible y el buen humor de su hermana la molestaba.

No podía entender cómo se había adaptado tan bien a Italia, cómo siempre conseguía estar a gusto en cualquier situación.

De hecho, parecía que María se sintiera realmente bien dondequiera que estuviera, mientras que ella siempre conseguía sentirse fuera de lugar.

—Una revista que han dejado por ahí las sirvientas. ¡Muy divertida! —dijo María.

—¿Te parece apropiado reírte así? —murmuró Carlotta.

—¿Nos hemos levantado de mal humor? —replicó María, ofendida.

—Llevo con dolor de cabeza desde que me he levantado, no tiene nada que ver contigo.

María asintió.

—Por esta vez, estás perdonada, pero solo porque me espera una tarde maravillosa entre los colores de las hortensias.

Carlotta recordó las miradas que le echó María a Giovanni.

—Últimamente te estás dejando atraer un poco por ciertos jardines italianos y quizá puede que también por los italianos… —la provocó.

María se puso del color púrpura de su vestido de día.

—¿Qué dices? —protestó—. Ya que todavía no puedo ser cortejada como tú, intento al menos divertirme un poco.

—¿Qué entienden los hombres por diversión, María? —preguntó Carlotta, recordando la conversación con el marqués Filippo. Su hermana era dos años más joven, pero estaba mucho más acostumbrada a los chismes que ella, era más astuta.

—Exactamente lo que entendemos nosotras, supongo —respondió María, adquiriendo un rictus de seriedad.

—¿Entonces crees que las mujeres y los hombres son iguales en esto?

Su hermana frunció el ceño.

—A estas alturas, ¿qué entiendes tú por diversión, hermana?

Carlotta abrió la boca para responder, pero vio que su abuela entraba por la puerta y se calló.

—Vamos a desayunar —dijo—. Está a punto de estallarme la cabeza.

María escondió la revista bajo el mantón y la siguió.

—¿Dónde está mi madre? —le preguntó a la abuela Luisa cuando se sentaron alrededor de la mesa del comedor.

—Debe de estar todavía en la cama —respondió la abuela, mordiendo una cereza.

—Está en la cama, sí —confirmó Carlotta, sonrojándose de rabia y vergüenza.

—¿Cómo culparla? Son momentos muy agradables —replicó Luisa, dirigiéndole a Carlotta una sonrisa elocuente.

Carlotta abrió los ojos de par en par.

—¿Tú… lo sabías? —se lamentó.

La abuela se encogió de hombros.

—Desde hace bastante tiempo —admitió.

Carlotta se volvió hacia María.

—¿Tú también lo sabes?

—¿El qué? —dijo su hermana.

—Na…, nada. Te lo contaré después, María —murmuró Carlotta, con un nudo en el estómago.

—Querida Carlotta, espero de todo corazón que esta villa te regale el don de la clarividencia —comentó la abuela—. Creo que te hará falta. En estos tiempos, ser una muchacha agraciada trae poca suerte.

—María, vámonos —susurró Carlotta a su hermana, molesta por esa frase.

Su hermana, con la boca rebosante de mermelada, se volvió hacia ella.

—¿Adónde?

—A dar un paseo. Saldremos justo después del desayuno.

—¿Qué estáis conspirando vosotras dos? —preguntó la abuela.

—Le decía a María que esta mañana quiero ir a ver los barcos.

—Ah, claro —respondió Luisa—. Los barcos del lago. Fascinantes.

La abuela era misteriosa, nunca se sabía del todo lo que pensaba y lo que entendía. Pero las hermanas Albrecht la adoraban también por eso.