Capítulo 5 #2
El marqués le ofreció el brazo, después de dejar a Artù libre para que correteara. Dash lo olisqueó, dieron unas vueltas el uno alrededor del otro, luego el perro de Carlotta se puso a perseguir una mariposa y el del marqués mordisqueó unos hilos de hierba.
—Me alegro de haber venido a visitaros —dijo el marqués—, anoche os vi rodeada de pretendientes y, cuando entré en vuestra casa, comprendí que esta será vuestra temporada. Estáis inundada de invitaciones y cumplidos, por lo que parece.
Carlotta lo miró. Su espesa melena castaña y sus modales reales y a la vez sencillos lo hacían, en efecto, agradable. Sí. Agradable. ¿Podía el amor tener solo el sabor de lo agradable? ¿No debía ser, en cambio, amargo como las cerezas cuando aún no están del todo maduras?
El amor solo podía ser inmenso como un bosque, pensó.
—¿He dicho algo inapropiado? —preguntó Filippo.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que se había olvidado responderle.
—No, claro que no, lo siento, es que estoy muy aturdida, un poco por todo.
—Este vestido azul os sienta muy bien, resalta vuestra tez —dijo él.
Se acercó haciendo que sus cuerpos se rozaran. A Carlotta no le gustó. No había nada más molesto que la cercanía de un extraño, cuando lo que deseaba era, ante todo, ser respetada.
—Gracias, me alegro de que haya terminado el tiempo de las máscaras —respondió ella, apartándose.
—Vuestra villa tiene un jardín precioso —dijo Filippo—. Me he fijado en las hortensias, los árboles frutales… y el precioso roble.
—¿Habéis visto el roble? —exclamó Carlotta, pensando instintivamente en su encuentro con Georg.
Filippo pareció sorprendido.
—¿Cómo no iba a verlo? Debe de ser centenario.
—¿Sabéis de botánica? —preguntó ella.
—No, no tanto como me gustaría. ¿Y vos?
—Estoy en la misma situación.
—Pero sé por vuestra madre que tenéis muchos otros talentos: la pintura, por ejemplo.
—¿Os gusta el arte?
Filippo se rio.
—Prefiero la concreción a los garabatos. En mi villa hay demasiados cuadros. Estoy seguro de que os gustaría contemplarlos. —Lo dijo guiñándole un ojo. No parecía realmente interesado en continuar una conversación sincera con ella.
Carlotta se soltó de su brazo y llamó a Dash.
No tenía ganas de quedarse a su lado ni un minuto más, se sentía incómoda bajo aquella mirada, como si estuviera ante un tribunal a la espera de un veredicto.
La conversación parecía languidecer y ella volvía a pensar en las odiosas palabras de Georg: «No estás en la cárcel. No estás obligada».
Estaba terriblemente confusa y no podía disfrutar del paseo, ni de la vista del lago, que en ese momento era atravesado por dos majestuosos cisnes.
—Os veo pensativa —insistió Filippo—. ¿Os preocupa algo?
Carlotta levantó la vista hacia las ventanas de la villa y se dio cuenta de que las cortinas estaban corridas. Vio la figura de su hermana y su madre. Se sentía observada y todo le parecía falso, casi planeado.
—De hecho, ya os lo he dicho hace un momento, estoy un poco cansada.
Filippo siguió su mirada y luego asintió.
—Si lo deseáis, volvamos. Empieza a hacer un poco de calor.
—Gracias por vuestra comprensión, sois muy amable.
—Carlotta —dijo él, cuando llegaron a la entrada y estaban a punto de despedirse—, no os oculto que detesto ciertas formalidades.
He recibido una buena educación, pero tampoco quiero perder el tiempo.
Sois la perla de esta temporada, la que todos anhelan.
Pero, decidme: ¿os gusta divertiros tanto como a mí?
Le sonrió sin ningún tipo de incomodidad, a pesar de haber susurrado esas palabras para que Annette no las oyera.
—Claro que me gusta divertirme —respondió ella, dándose cuenta inmediatamente de que tal vez había dicho una tontería. ¿A qué tipo de diversión se refería el marqués, lícita o…?
Vio un destello de malicia en sus ojos claros.
—Bien, entonces vendré pronto a visitaros.
Filippo hizo una breve reverencia, luego tomó a Artù en brazos y lo puso en el carruaje.
Carlotta regresó a paso ligero, casi aliviada.
—¿Ya de vuelta? Ni siquiera son las once —protestó Marianne.
Su hermana estaba practicando al piano, sin mucho éxito. Cada dos o tres notas se distraía mirando hacia fuera.
—Mamá, por favor —respondió Carlotta—, necesito respirar un poco.
—¿Llevo las flores a vuestra habitación, lady Carlotta? —preguntó Annette.
—Solo una orquídea —le dijo ella.
Cuando entró en la villa, en lugar de volver a su habitación, se detuvo en el pasillo y miró hacia el lago. Algunas gaviotas surcaban el manto azul del agua en busca de alimento.
Pensó que Elena debía de haber mirado, furtivamente, por esa ventana, antes de cumplir con sus tareas, y que había deseado ser libre para volar lejos. Nunca había reflexionado sobre la servidumbre de esa manera y se sintió avergonzada.
También sintió una extraña sensación en el pecho, le parecía que algo presionaba desde su interior y que quería salir.
Apenas reparó en que su abuela, que finalmente se había levantado, se había acercado a ella. La condesa Luisa le puso una mano en el hombro.
—Respira, niña —le dijo—. Pareces encerrada en una campana de cristal sin oxígeno.
—Abuela —respondió Carlotta, aferrándose a su mano—.
No quiero que este matrimonio sea solo un negocio.
Y no me parece divertido, como piensa María, ni emocionante, como lo ve Patricia.
La temporada acaba de empezar y ya me siento muy abrumada, siento que todos esperan algo de mí. ¿Comprendes lo que te digo?
Luisa asintió.
—Yo también fui joven, hace mucho tiempo —respondió—, aunque a todos les cueste creerlo.
Pero yo tuve un matrimonio de amor, el que deseo para mis nietas.
Por eso te animo a que no te conformes con nada tibio, sino que busques algo ardiente, o al menos date tiempo.
De lo contrario, no sirve de nada tener libertad de elección, ¿no crees?
—¿De verdad tengo esa libertad?
La abuela negó con la cabeza.
—Las mujeres nunca la tenemos del todo. Pero nos gusta pensar que, si nos esforzamos, podemos llevar las riendas. ¿Qué impresión te ha causado ese marqués?
Carlotta frunció el ceño.
—Horrible —admitió.
La abuela hizo una mueca.
—Confía en tu instinto, entonces. Puedo investigar sobre él, si quieres, aquí todos me respetan. Pero la decisión al final, si la hay, será tuya y solo tuya.
Las palabras de su abuela dieron en el blanco, hasta tal punto que Carlotta miró en dirección al roble. Algo ardiente, pensó, como una mirada que te roza y te quema por dentro sin haberte tocado todavía.
Carlotta la tomó del brazo y ambas se encaminaron hacia la sala de Hayez.
—Un poco como el amor que aquí se representa, el de Romeo y Julieta —comentó Carlotta con un suspiro.
—Ese es el sueño de todas. Al menos, el comienzo de la historia. El último beso antes de despedirse —comentó la condesa Luisa.
Le dio un beso en la mejilla, algo que solo hacía cuando la veía en apuros, y la dejó sola contemplando el cuadro.
Carlotta se quedó ante el cuadro. El último beso . Volvió a pensar en las palabras de la nota de su admirador secreto y, al hacerlo, se dio una palmada en la frente.
—«… un último beso y me voy…». Es una cita de Romeo y Julieta —susurró, para sus adentros. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?
Su admirador conocía bien la obra que Sommariva había encargado.
Por lo tanto, conocía esa casa. O tal vez era solo una coincidencia.
Desde luego, no podía serlo tanto por las palabras siguientes: «la llave que abra vuestro corazón».
La mano de Carlotta acarició la cadena. El diario debía de estar relacionado con el cuadro, y quienquiera que se lo hubiera sugerido quería que ella lo encontrara.
Se inclinó para observar los trazos del cuadro más de cerca.
Entonces tuvo una intuición.
Sabía que muchos nobles utilizaban los cuadros para ocultar criptas secretas y cajas fuertes. Recordó que cuando era más pequeña, en el castillo de Charlottenburg, en compañía de una prima suya, se había divertido moviendo cuadros y buscando tesoros escondidos, pero sin suerte.
Vio un hueco en la pared y se quedó boquiabierta. Metió la mano entre el cuadro y la pared y sacó una caja de metal. El corazón le latía con fuerza, nunca se había encontrado ante algo así: la villa estaba jugando al escondite y a revelarse.
La caja tenía una cerradura y la llave que había encontrado encajaba perfectamente.
En cualquier caso, se dijo, era como si aquella caja estuviera pidiendo ser abierta por ella.
Sí, qué extraño. Una caja de música que sonaba en plena noche y una caja detrás de un cuadro.
¿Quién demonios había ideado ese escondite y, sobre todo, por qué?
El misterio la inquietaba y, al mismo tiempo, la atraía.
Dejó la lámpara de aceite en el suelo, se agachó y abrió la caja. Sacó el diario con tapas de cuero, polvoriento, sin ningún grabado en la cubierta.
—Te he encontrado, Elena —suspiró.
Estaba ansiosa por seguir leyendo la historia de aquella chica. No tenía ninguna duda de que el diario era suyo. Respiró hondo, abrió la primera página y acercó la lámpara para poder descifrar todas las palabras.
15 de agosto de 1845
Esta noche ha pasado algo muy extraño; he esperado a que todos se durmieran para poder escribirlo en el diario. Creo que, si no lo escribo, me volveré loca.
Estaba ordenando la habitación de la señorita Lorena Valsecchi, que siempre lo deja todo desordenado, cuando me convencí de que lo hacía a propósito para molestarme.
Cuando cogí su vestido de seda azul, me miró con aire desafiante y me dijo: «¿Por qué no te lo pruebas?
Me queda pequeño, estoy segura de que te quedará muy bien».
Sabía que me estaba provocando, pero no podía decir que no, porque se habría enfadado.
Intenté responder que no me parecía oportuno, que temía estropearlo, pero su respuesta fue obvia: «No te lo estoy pidiendo —precisó—, te lo estoy ordenando».
Pensé que pronto me marcharía de allí, que no valía la pena protestar, así que me coloqué detrás del biombo y me puse el vestido azul, que, a decir verdad, me quedaba holgado, porque la señorita Lorena Valsecchi y yo tenemos una talla diferente.
—Déjame ver si te queda bien —exclamó ella, y me puso delante de su tocador, me recogió el pelo y murmuró que era guapa y muy esbelta.
Estaba a punto de replicar que seguramente el vestido le quedaba mejor a ella, porque tenía más curvas, mientras que yo estoy delgada como un espantajo, cuando Lorena empezó a gritar.
—¡Qué has hecho! ¡Cómo te atreves!
Al principio no entendí lo que estaba pasando, la miraba perpleja sin entender el motivo. Pero cuando el señor Alfonso Valsecchi apareció en la puerta, lo comprendí: quería acusarme de haberme probado su vestido sin permiso. No le gusto, me detesta, aunque no sé por qué.
Creo que también lo hizo porque en casa no es muy apreciada por su padre, que solo tiene ojos para su hijo varón. Quería llamar la atención y yo fui su conejillo de Indias.
El señor Alfonso entró en la habitación y preguntó:
—¿Por qué gritas?
Luego me miró y se quedó inmóvil por un momento, sin añadir nada más.
Lorena no perdió el tiempo y respondió:
—¡Esta desgraciada se ha puesto mi vestido sin pedirme permiso! —dijo, señalándome como hacen las niñas cuando acusan a alguien de haberle robado un juguete.
No tuve el valor de replicar que había sido ella quien me había ordenado que me lo pusiera, me quedé paralizada con ese maldito vestido puesto, esperando recibir mi castigo. Casi deseé que me echaran de la villa, pero no sucedió nada de eso.
El señor Valsecchi, en tono severo, ordenó a su hija que saliera de la habitación y nos dejara solos. Ella, pensando que quería castigarme, sonrió burlonamente, yo la vi, quizá también su padre, no lo sé.
La habría estrangulado.
Una vez solos, el señor Alfonso me ordenó que me sentara y yo le pregunté si podía cambiarme de vestido y volver a ponerme el uniforme.
—Primero ven aquí, Elena —dijo.
Obedecí, ¿qué otra cosa podía hacer?
Me senté en la cama a su lado y esperé a que me abofeteara, o a que me dijera que estaba despedida y, conmigo, toda mi familia.
Él me observó, con sus grandes manos callosas sobre las rodillas. Parecía indeciso sobre qué hacer. Entonces, de forma totalmente inesperada, me preguntó:
—¿Estás bien aquí con nosotros?
Asentí con la cabeza.
—¿Hay algo que te falte, a ti o a tu familia?
—No —respondí—. No nos falta nada, estamos agradecidos por la oportunidad que nos ofrecéis.
—Y nosotros estamos contentos con vuestro trabajo —dijo él.
Luego suspiró.
—Debes tener paciencia con Lorena —me dijo—. Para ella han sido años de cambios y, aunque se hace la mayor, todavía es una niña.
No supe qué responder, me pareció una confidencia demasiado importante para hacérsela a una empleada doméstica, así que me dije que era mejor guardar silencio.
—Te queda bien ese vestido —aprobó él, mirándome de arriba abajo—, y sé muy bien que nunca te habrías atrevido a ponértelo por tu propia iniciativa.
—Gracias, señor.
—Eres una buena chica, Elena —continuó—, no quiero perderte, tu presencia aquí me es muy querida.
Me impactaron esas palabras. Me pregunté, una vez más, si era normal que un señor se dirigiera así a su sirvienta.
—Ahora ya puedes cambiarte —me dijo.
Volví detrás del biombo, él se dejó caer, con un resoplido, sobre la cama de su hija.
Quería decirle que desde esa posición podía verme mientras me cambiaba, pero temía que se enfadara, que me dijera que era una desagradecida y que fuera a contárselo a mamá y papá, que ya tienen sus propios problemas.
Entonces me quité el vestido, me quedé con las enaguas, él me susurró que me lo podía quedar, le di las gracias, pero también pensé que, en realidad, no me quedaba bien, era demasiado grande para mí.
Me gustaría mucho tener una amiga a quien preguntarle si todo lo que ha pasado es normal. No se lo puedo decir a mi madre, no ahora que cree que está embarazada otra vez y se pregunta cómo va a criar a otro hijo con el poco dinero que tenemos.
Cuando salí de la habitación, saludé al dueño con una reverencia y, mientras se levantaba, me dijo:
—Hasta pronto, Elena.
La señorita Lorena estaba fuera, esperando, pero ni siquiera la miré, y corrí a mi habitación, llena de vergüenza.