Capítulo 5
—¡Llegan más flores! —gritó María, abriendo sus ojos azules—, ¡y son todas para ti, hermana!
El mayordomo estaba llevando el enésimo jarrón de orquídeas al salón.
Aquella mañana, Carlotta tenía la cabeza en otra parte.
No dejaba de mirar a su alrededor, de abrir armarios y cajones en cuanto se quedaba sola.
Eran pocos momentos, pero tenía que aprovechar todo el tiempo posible.
Por fin tenía una misión que le parecía digna de ese nombre: encontrar el diario de Elena.
Jugaba con la llave que colgaba de su cuello, mientras su hermana le mostraba satisfecha el jarrón de flores.
Trató de alejar todos aquellos pensamientos.
—No había considerado los aspectos felices del galanteo —bromeó Carlotta, fingiendo admirar el nuevo ramo.
—¿No lees la nota? —preguntó María.
—Léela tú —respondió ella, sabiendo de antemano que eso la haría feliz.
—Bueno, es del conde de Villa Melzi. Dice que ayer fue un placer bailar contigo y te invita a dar un paseo por Como el sábado por la tarde.
Carlotta frunció el ceño.
—¿Y quién es?
—Firma Francesco Melzi.
—Ojalá pudiera recordar más, pero en este momento apenas recuerdo el nombre.
María se rio.
—Ya me lo imaginaba, bailaste toda la noche con todos los pretendientes. Yo también pude dar algunas vueltas.
—María Alejandrina, quédate en tu sitio, todavía no es tu momento —comentó Marianne, que estaba en la ventana mirando no sé qué.
Luego, distraídamente, añadió—: Carlotta, ¿no has leído las notas que te he dejado?
El conde Francesco es el sobrino del duque homónimo de Villa Melzi, duque de Pavía. El que tiene gota.
Carlotta no le había dirigido la palabra desde la noche anterior.
Además de arrastrarla al debut en el lago de Como, su madre ni siquiera veló por ella, haciendo notar a todos lo libertina que era.
Era consciente de que lo había hecho a propósito y, si se lo hubiera hecho notar, habría ocultado una sonrisa burlona para recordarle que las reglas están hechas para romperse.
Sospechaba que su madre, que había tenido un matrimonio concertado y había sido muy infeliz, tenía un plan concreto para ella.
Intentó recordar algunos nombres de los pretendientes con los que había bailado: Federico, el noble español, en busca de esposa, que le había confesado su pasión por los caballos; William, un aristócrata inglés, amante de la caza; y luego, sí, el conde Francesco.
De él no recordaba nada, pero su tío tocayo era mucho más famoso: se decía que había rechazado en matrimonio a Paulina Bonaparte porque a ella le gustaba que Porta la pintara desnuda, y no solo eso, sino que sufría de melancolía a causa de la gota, que en su espléndida Villa Melzi siempre había una puerta cerrada.
¿Sería su sobrino igual de interesante? En un destello de lucidez, recordó que él era alto, tanto que para bailar juntos había tenido que ponerse casi de puntillas.
No le había causado una especial impresión, pero era demasiado pronto para poder juzgar.
A quien recordaba muy bien, en cambio, era a Georg, que no se había dejado ver en el salón. Como si fuera demasiado para él mezclarse con los demás invitados.
—Ayer fue muy divertido —continuó María—, ¡incluso cuando al conde Von Versen se le cayó la peluca!
Se rieron a carcajadas. Marianne se aclaró la voz en un intento de hacerlas callar y siguió mirando por la ventana desde detrás de las cortinas.
—Tengo que decir que la entrada de lady Grey dejó a todos sin aliento —dijo Carlotta.
—Qué exagerada. Debutar con plumas de avestruz… —respondió María.
—A mí me pareció una elección valiente. Además, tenía un porte, una fiereza… Parece ya madura. Ojalá tuviera la mitad de esa seguridad al moverme.
—A mí me ha parecido presumida y, a juzgar por los comentarios, no soy la única.
—Porque cuando alguien se viste de forma inadecuada, el resto del mundo se siente con derecho a juzgar. Sobre todo, si ese alguien es una mujer en edad de casarse. Por eso me ha parecido valiente.
—Una inglesa que ha conquistado Prusia —bromeó María. Luego volvió a ponerse seria.
—¿Qué planes tienes hoy? —le preguntó a Carlotta.
—Ninguno —respondió ella—. Quizá venga a visitarme Patricia, más tarde.
—O quizá no —comentó María—, ayer debió de hechizar a un conde, no recuerdo el nombre, pero estoy segura de que me dijo que hoy volvería a verlo.
—Te veo haciendo carrera como periodista de sociedad —bromeó Carlotta—, pero ¿dónde está la abuela?
—Todavía está durmiendo —le informó María, a la que nunca se le escapaba nada—. Anoche debió de tomarse una copa de más.
Llamaron a la puerta.
—Silencio —dijo Marianne—. Recomponeos.
Carlotta observó que su madre llevaba un vestido de seda demasiado elegante para ser un miércoles por la mañana y se preguntó qué estaría tramando.
El mayordomo entró con un pequeño paquete.
—Han traído esto para lady Carlotta —dijo.
Marianne cogió el paquete y se lo entregó. Carlotta se apresuró a desenvolverlo, imaginando que se trataba de alguna exquisitez. Para su inmensa sorpresa, encontró un pequeño cuaderno similar al que tenía su maestro de dibujo para hacer sus bocetos.
—Debe de ser alguien que conoce muy bien tu pasión —dijo María.
—Qué curioso —añadió Marianne—. ¿Quién te envía papel para cortejarte?
Carlotta se sonrojó. Tenía una idea o, como mínimo, le había entrado la duda. El duque había sido el único que había oído de su hermana su pasión por el arte, hasta el punto de haberse burlado de ella como la nueva Artemisia Gentileschi. ¿Quizá se había arrepentido de aquella salida de mal gusto?
La nota estaba pegada al cuaderno. María estuvo a punto de cogerla, curiosa, pero Carlotta se le adelantó.
«Adiós, adiós, un último beso y me voy».
Espero que esta cita sea la llave que abra vuestro corazón.
Carlotta se sonrojó. ¿Quién le escribía palabras tan atrevidas?
—Bueno, ¿quién te lo ha enviado? —preguntó Marianne.
—Nadie.
Su madre arqueó una ceja.
—¿No está firmado? —preguntó María.
—Entonces —dijo Marianne— ¿vas a decirme quién te ha escrito la nota o no?
Pero ella tampoco lo sabía. Incluso la letra parecía completamente anónima, como si hubiera sido estudiada para parecer lo menos elocuente posible.
Esperaba fervientemente que fuera el duque de Sajonia, tal vez era su forma de disculparse por el descaro que le había mostrado en el jardín.
Pero no podía estar segura. Y, además, ¿por qué provocarla de esa manera, insinuando incluso un beso, cuando ni siquiera le había pedido que bailara con él?
Ese hombre lograba irritarla incluso cuando no estaba presente.
—Un anónimo —respondió Carlotta.
—¿Y qué escribe este anónimo en la nota? ¿Algo inapropiado?
Carlotta ya no sabía cómo eludir las preguntas de su madre, pero, por suerte, alguien volvió a llamar a la puerta y lady Marianne pareció olvidar la historia del misterioso regalo.
El mayordomo se presentó por segunda vez en el salón, después de haberle abierto la verja al visitante.
—Lady Carlotta —anunció en tono solemne—, tenéis una visita. El marqués Filippo Arconati Visconti.
—Por fin —declaró Marianne.
Hizo una señal a María para que fuera con ella a la ventana y dejara sola a Carlotta.
—¿Por qué? —protestó ella.
—Porque así se hace —se limitó a musitar Marianne.
María resopló y se levantó del sillón, dejando sola a Carlotta y acercándose a la ventana.
A Carlotta le extrañó que su madre despachara a María de ese modo, y comprendió claramente que la visita había sido amañada de alguna manera por el marqués Arconati Visconti y Marianne.
Se enfadó. Guardó la nota de su misterioso pretendiente en el corpiño y se dijo que se desharía del marqués y se quedaría en su habitación con su nuevo cuaderno de notas, para realizar algunos bocetos.
Pero la entrada de Filippo hizo que todos sus propósitos se vinieran abajo. El marqués apareció con un cachorro de cavalier king charles spaniel de color caramelo en sus brazos.
—Lady Marianne —saludó haciendo una reverencia—, lady María, lady Carlotta.
Sus ojos oscuros se posaron en ella, mientras el perrito meneaba la cola y miraba a su alrededor con curiosidad.
Dash debió de percibir la presencia de otro cuadrúpedo, porque empezó a ladrar en el jardín.
—Marqués Filippo, qué agradable sorpresa —gorjeó Marianne—. ¿Os apetece una limonada fresca? ¿Algo de comer?
Carlotta repasó de memoria las notas de su madre: excelente partido, rico, noble, algunos hermanos de más. Excelente jugador de póquer, según se rumorea.
—No necesito nada, gracias, lady Marianne. No he traído flores, pero veo que hay en abundancia.
—Tantas como para llenar un invernadero entero —confirmó Carlotta, levantándose para acariciar al cachorro. No podía resistirse a los perritos, sobre todo si eran de la misma raza que el suyo.
—Entonces he hecho bien en traer a Artù —concluyó Filippo. Le dedicó una cálida sonrisa, mostrando una hilera de dientes blancos y cuidados.
Era un chico guapo, de rasgos nórdicos, pelo corto y claro, labios finos. Se quedó mirándola, mientras el perro intentaba escaparse.
—Nosotros también tenemos un cavalier —dijo María, que no podía callarse.
—Me parece que lo vi en el jardín —le respondió Filippo, sonriéndole. Luego se volvió hacia Carlotta:
—Podríamos presentarlos, ¿qué os parece?
Ella miró a su madre, que asintió con la cabeza.
—Os traigo el gorro y la capa —se apresuró a decir Annette, que, por supuesto, tenía que seguirlos.
María miró hacia la ventana, Carlotta sintió pena por ella, que tenía que quedarse en casa mientras fuera hacía un día maravilloso y su hermanita rebosaba vitalidad.
Carlotta se puso el incómodo sombrero de ala ancha que tanto detestaba, pero que le protegía la cara del sol, y luego se adelantó a Filippo.