El secreto de Villa Carlotta (El secreto de Villa Carlotta 1) Capítulo 4 #3
17%

Capítulo 4 #3

—Me parece justo —respondió él—, y por lo tanto no negaré a la princesa de Prusia mi identidad: soy el marqués Filippo Arconati Visconti, de Villa Balbianello.

Precisamente el hijo del marqués Arconati Visconti, que a Patricia parecía interesarle tanto, dada su reacción cuando habían leído la carta de su padre dirigida a Marianne.

Por un instante, Carlotta lo lamentó: Filippo parecía simpático y atractivo, al menos por lo que podía adivinar detrás de la máscara.

Pero, si hubiera decidido salir con él, su amiga no se lo habría perdonado fácilmente.

No sabía mucho de él. Patricia solo había dicho que era el mejor partido en cuanto a título nobiliario y que su madre la empujaba hacia esa dirección.

La idea de que Filippo ya estuviera destinado a su amiga le produjo un ligero e inexplicable alivio.

—Encantada.

—Igualmente.

El vals estaba a punto de terminar. Carlotta ya se sentía cansada. Se preguntó cómo hacían las otras mujeres para dar vueltas toda la noche.

—Su carnet se llenará rápidamente —dijo Filippo—, espero que quiera reservarme el último baile. Lo considero el más importante.

Al pronunciar esas últimas palabras, le puso una mano en la espalda, demorándose un poco más de lo que exigía la etiqueta y atrayéndola hacia sí con tal seguridad que su pecho rozó el del marqués, que se apresuró a bajar la cabeza y sonreírle.

Lo había hecho a propósito, estaba prácticamente segura de ello. ¿Lo había notado alguien más?

Carlotta se sonrojó.

La música se detuvo y se despidieron con una reverencia.

—Estoy deseando que llegue el próximo baile, lady Carlotta —le susurró al oído antes de desaparecer entre la multitud.

Carlotta se apresuró a retirarse, en dirección hacia donde se hallaba María, que la esperaba arrimada a la pared del salón.

—¡Has bailado con el marqués de Villa Balbianello! —le dijo.

—Pero ¿no era un baile de máscaras? —protestó Carlotta, levantando los ojos al cielo. En realidad, todavía estaba alterada por aquel toque, no podía evitar preguntarse si era normal, intencionado, estudiado. Si formaba parte del galanteo.

Su hermana se rio entre dientes.

—No se me escapa nada, ya lo sabes.

—Me muero por un vaso de limonada —respondió ella.

María se rio de nuevo.

—Mira, ¡solo tienes que pedirlo!

Un caballero se acercaba a ella precisamente con limonada, mientras otros dos intentaban llamar su atención para reservar un baile.

Carlotta cogió el vaso, dijo que sí a todos, anotó los nombres en la libreta y dio un gran sorbo. Sintió que la cabeza le daba vueltas.

—Tengo que salir —le susurró a su hermana—, por favor, entretenlos.

—¿Qué? —protestó María.

—¿Qué? —repitió Carlotta—, ¿no me has oído?

Pero en cuanto Carlotta se alejó, oyó empezar a hablar del lago, de lo mucho que le gustaría dar un paseo por la orilla y visitar las otras villas.

—Menos mal que está María —susurró, saliendo del salón y dirigiéndose hacia el jardín.

Había logrado sortear a su madre, que, a pesar de tener que vigilarla, se dejaba distraer por las conversaciones de los marqueses: sabían bien lo mucho que le gustaba el arte y no perdían ocasión de presumir de la última pintura que habían comprado en una subasta.

Para Marianne, esos temas ejercían una atracción irresistible y, con razón, podía vanagloriarse de poseer un enorme conocimiento en el campo artístico, mucho mayor que el de muchos hombres que comerciaban con obras de arte.

Cuando Carlotta se quedó sola, se apoyó en el tronco del gran roble del jardín, bien protegida de los demás invitados, y suspiró.

El viaje, la villa, el debut: era demasiado.

¿Era eso lo que deseaba? Su mirada se perdió en las luces del lago, tal vez en alguna embarcación, tal vez en las estrellas que se reflejaban en su superficie.

—No quiero volver —dijo en voz alta.

Oyó pasos rápidos y decididos, y luego un repentino repiqueteo que la hizo sobresaltarse. Antes de que pudiera volverse, se encontró frente a un joven enmascarado, que claramente intentaba esconderse detrás del mismo roble. Cuando se percató de su presencia, maldijo.

—¡Maldita sea, hazme sitio!

Carlotta abrió la boca, sorprendida por aquellos modales arrogantes.

—Estáis bromeando, ¿verdad?

Él se arrimó al tronco del roble e insistió:

—¡Marchaos a otra parte! —exclamó, mirando hacia la entrada, donde los invitados se detenían a charlar.

—Marchaos vos —espetó Carlotta, apartándose ligeramente.

—El roble no nos oculta a los dos —replicó el desconocido.

—¡Yo me escondí aquí primero, si me lo permitís!

—¿Podéis iros ya?

—De verdad, ¿lo creéis? Con todos los árboles que hay aquí, habéis elegido precisamente el que me esconde. Por si no lo habéis notado, no soy muy ágil vestida así. En cambio, vos podéis saltar aquí, tal y como habéis llegado. Ahora, por favor…

Carlotta abandonó todas las convenciones impuestas e intentó darle un empujón. Él la esquivó y, para esconderse, se acercó aún más, tanto que sus hombros se rozaron.

—¡Acabarán descubriéndome y todo por vuestra terquedad! —murmuró él.

Carlotta ahogó un grito de irritación.

—¿Yo? —protestó en voz baja, pero fingiendo gritar—, ¿sería yo la testaruda que os delata? ¿Y por qué tendríais vos un motivo más noble que el mío para esconderos aquí?

El joven suspiró.

—Sois testaruda y también un poco desagradable, ¿verdad? Quizá por eso estáis aquí. Mirad, no estáis en la cárcel. Vos no. No estáis obligada a quedaros si no queréis.

Carlotta apretó los puños. ¿Quién era este hombre y por qué le hablaba así, como si diera por sentados su papel y su posición?

Como tenía casi todo el rostro cubierto por la máscara, solo podía vislumbrar sus labios. Era alto e iba envuelto en una capa negra.

—¿Quién os creéis que sois… aparte de un pomposo alborotador?

El hombre suspiró y se quitó la máscara blanca. A pesar de la oscuridad, sus ojos verdes impactaron a Carlotta. Era muy apuesto, labios carnosos y tez olivácea. Tuvo que bajar la mirada avergonzada.

—Por vuestra culpa me descubrirán, lo sé. Me tendréis sobre vuestra conciencia —insistió él.

—¡Ni hablar!, podíais haber elegido otro árbol, ¡estamos en un jardín de plantas centenarias!

—Y elegí el que tenía la amarga sorpresa.

—¿Qué derecho tenéis a hablarme así, lord…?

—Georg, duque de Sajonia-Meiningen —respondió él.

Lo dijo con indiferencia, pero Carlotta comenzó a sentir cierta incomodidad.

Poseía un aire de superioridad que no le gustaba.

Conocía bien a la familia del duque de Sajonia.

Marianne se había encargado de proporcionarle una lista de pretendientes que le asegurarían un buen matrimonio.

Era una cuestión de negocios, a la que su hija, según ella, no tenía por qué renunciar si no lo deseaba.

Georg de Sajonia-Meiningen era el único hijo varón, y por lo tanto único heredero, del duque Bernardo de Sajonia.

Carlotta había leído que su nacimiento había sido recibido con alivio por los súbditos, ya que la sucesión al ducado estaba en peligro por la falta de herederos varones.

Vivía en Villa Sola, en Montemezzo, a pocos minutos en carruaje de Villa Sommariva. Carlotta no sabía nada más.

—Pero vos sois la princesa Carlotta, ahora que os veo mejor. La que ha debutado esta noche —exclamó él.

—Qué gran espíritu de observación —respondió Carlotta, a la defensiva.

—No me gusta este tipo de… cosas.

«A mí tampoco», hubiera querido admitir. Los ojos de Georg, que jugaba con las cartas descubiertas, sin máscara, estaban fijos en ella. Intensos, magnéticos. Carlotta lo encontró insoportable. Volvió a esquivar su mirada.

—¡Carlotta!

Su hermana la llamaba desde la entrada principal.

—Carlotta, ¿estás aquí? Hay un duque que se ha enterado de que eres artista, ¡quiere conocerte a toda costa!

—Maldita seas, María —musitó.

—Un duque que quiere conocerte, ¡qué emoción! —se burló Georg, acomodándose mejor detrás del tronco del árbol—. ¿A qué esperáis, princesa?

—¡Ya basta, no tenéis ningún respeto! —gruñó Carlotta.

Él sonrió y, antes de que ella se diera cuenta, la agarró del brazo y la condujo hasta el jardín, ocupando su lugar.

—¡Aquí está, la nueva Artemisia Gentileschi, ya llega! —gritó.

Luego se echó a reír.

Carlotta se volvió hacia él. Si no fuera porque su hermana ya se había girado en su dirección, le habría dado un puñetazo.

—¿Qué haces ahí? —dijo María—. ¡Todos te están buscando!

Le pareció oírle reír de nuevo mientras alcanzaba a su hermana y, a grandes zancadas, volvía al salón.

Estaba acalorada y, al mismo tiempo, temblaba.

Odiaba sentirse así. La belleza de Georg, esos rasgos tan finos y esa mirada magnética, verde como un lago en tormenta, habían sido rápidamente reemplazados por su carácter punzante y molesto.

Podía tacharlo de inmediato de la lista de buenos partidos: no volvería a dirigirle la palabra.

Él había intuido todo su malestar, esa sensación de estar siempre fuera de lugar, y se había divertido acrecentándolo.

¡Incluso la había empujado lejos del roble!

¿Qué tipo de hombre se comportaba así con una princesa?

Bailaría toda la noche sin volver a decirle nada, conseguiría que se arrepintiera de haberse comportado de una manera tan indecorosa.

—¿Dónde te habías metido? —le preguntó María—. Ese duque se ha ido.

—Lady Carlotta —dijo un hombre enmascarado, uno de los muchos que la estaban esperando—. ¿Me concedéis este baile?

Ella asintió. Mientras se preparaba para ese baile aburrido y repetitivo, y recibía los cumplidos de su caballero, sus ojos escudriñaban la pista, en busca de una persona con una capa oscura, una máscara blanca y una estatura notable.

Para su gran decepción, vio al menos a diez personas que podían encajar con lo que buscaba.

Se dio cuenta de que el corazón aún le latía con fuerza, y desde luego no era por el cansancio de la cuadrilla. [3]

Las palabras del duque aún resonaban en su cabeza: «No está obligada a quedarse si no lo desea».

Quizá fue la obviedad de esa afirmación lo que la molestó.

Algo tan directo, tan cierto: aparentemente nadie la obligaba a hacer nada, y, sin embargo, era como vivir en una prisión.

La sociedad tenía demasiadas reglas y una princesa no podía permitirse romperlas.

Más aún si esa princesa era la hija de Marianne, que escandalizaba a la corte por su comportamiento libertino y su inminente divorcio y, pese a ello, le ordenaba que encontrara un buen partido.

Carlotta albergaba la esperanza de que Georg llegara a pedirle que bailara: le habría demostrado que también podía hacerle frente en el baile. Y quizá habría vuelto a estremecerse en su presencia. Pero no vino, y ella se maldijo por aquel deseo retorcido. ¿Qué le estaba pasando?

En un momento dado, un conde enmascarado preguntó a algunos invitados si habían visto al duque de Sajonia.

Dijo que lo estaba buscando desde el comienzo de la velada, sin éxito.

No especificó el motivo, y Carlotta no quiso entrometerse.

Decidió guardarse para sí su extraña conversación.

¿De qué se estaba escondiendo aquel hombre? ¿Y por qué?

—Siempre se me escapa —se enfadó el conde—, pero iré a buscarlo a Villa Sola, si sigue así.

Cuando terminó la fiesta, le dolían los pies y la cabeza le daba vueltas. María, en cambio, parecía emocionada.

—Has sido la más solicitada —exclamó—, creo que en los próximos días tendrás un montón de invitaciones.

—Ahora solo quiero irme a dormir —dijo ella, apoyándose en su hombro.

Una vez en su habitación dejó que Annette la ayudara a quitarse el vestido y se puso la camisa de dormir.

Se miró al espejo mientras la doncella le deshacía el intrincado peinado y le atusaba el cabello, para luego trenzárselo antes de acostarse.

Ya estaba lista, el debut ya se había celebrado.

Y su padre no había estado presente en esa ocasión tan especial.

Carlotta sabía el motivo, pero, aun así, le dolía.

Al fin y al cabo, había tenido éxito y lo había hecho bien.

Cuando Annette se fue, siguió mirándose en el espejo, buscando el parecido de su rostro con el de su madre o su abuela.

De la condesa Luisa había heredado la misma forma de los ojos y la nariz, pero ¿alguna vez tendría el mismo encanto?

Cogió el carillón del tocador y lo abrió para volver a escuchar la melodía.

Los dos compartimentos estaban vacíos, pero al intentar cerrarlos se dio cuenta de que la tela de terciopelo que contenía la nota estaba ligeramente levantada.

—No es posible —murmuró. Cogió una horquilla y hurgó delicadamente para levantar la tela. El carillón contenía un tercer compartimento y allí había una pequeña llave. No era la llave de una puerta, parecía más bien de una caja fuerte o de un cofre.

Carlotta miró a su alrededor, pero no encontró nada parecido.

No era allí donde debía buscar. Resopló, presa de una inexplicable excitación, y enganchó la llave al colgante en forma de flor que solía llevar.

Se estiró en la cama.

—Encontraré tu escondite, Elena —murmuró—, aunque tenga que poner esta villa patas arriba.